Archivo de la etiqueta: RRII

Mapeando el eurocentrismo en la teoría de las relaciones internacionales

(¡Ha pasado mucho tiempo desde que escribo por acá!)

***

Hobson, en la conclusión de su libro sobre el eurocentrismo en la teoría de las relaciones internacionales, busca sintetizar las tesis principales y articular una suerte de mapa que permita dar una visión de conjunto a los diferentes vaivenes teóricos que se han ido desarrollando en la disciplina de las Relaciones Internacionales (RRII). No pretendo resumir las conclusiones, las cuales ya de por sí sintetizan todo lo anterior de una manera excelente, pero sí por lo menos enumerar las tipologías que mapean la teoría y señalar algunas implicancias que surgen del libro para pensar la disciplina.

Entre 1760 y 1914 pueden encontrarse cuatro discursos (los autores y corrientes que expanden esta tipología fueron tematizados aquí, aquí, aquí y aquí):

  • Eurocentrismo manifiesto anti-paternalista (Smith, Kant).
  • Eurocentrismo manifiesto paternalista (Cobden/ Bright, Angell, Hobson, Mill, Marx).
  • Racismo científico ofensivo (Ward, Reinsch, Kidd, Mahan, Mackinder, von Treitschke).
  • Racismo científico defensivo (Spencer, Sumer, Blair, Jordan, C.H. Pearson, Ripley, Brinton).

Entre 1919 y 1945 pueden encontrarse los mismo cuatro discursos, aunque con diferentes representantes (los autores y corrientes que expanden esta tipología fueron tematizados aquí y aquí):

  • Eurocentrismo manifiesto anti-paternalista (Laski/ Brailsford, Lenin/ Bukharin).
  • Eurocentrismo manifiesto paternalista (Woolf, Zimmern, Murray, Angell).
  • Racismo científico ofensivo: (Wilson, Buell, Kjellén, Spykman, Haushofer, Hitler).
  • Racismo científico defensivo (Stoddard, Grant, E. Huntington).

Sin embargo, es durante el período de la Guerra Fría (1945-1989) que la teoría de las relaciones internacionales deviene en un eurocentrismo subliminal de dos tipos que, si bien abandona el racismo científico, no por ello deja de ser racialmente intolerante (los autores y corrientes que expanden esta tipología fueron tematizados aquí, aquí, aquí):

  • Eurocentrismo subliminal anti-paternalista (Carr, Morgenthau/ Waltz, Bull, Watson).
  • Eurocentrismo subliminal paternalista (Gilpin, Keohane/ Waltz, Bull, Watson).

Finalmente, para Hobson luego del fin de la Guerra Fría hasta hoy (1989-2010), lo que tenemos es un retorno del eurocentrismo manifiesto, configurando cuatro discursos (los autores y corrientes que expanden esta tipología fueron tematizados aquí y aquí):

  • Eurocentrismo manifiesto anti-paternalista (Neo-Marxismo).
  • Eurocentrismo manifiesto paternalista (Rawls, Held, Téson, Nussbaum, Fukuyama).
  • Eurocentrismo manifiesto ofensivo (Kagan, Cooper, Ferguson).
  • Eurocentrismo manifiesto defensivo (S.P. Huntington, Lind).

El propósito de esta categorización es el de deconstruir la narrativa oficial de la disciplina, la cual asume la historia de tradiciones teóricas que más o menos resultan continuas (por ejemplo, liberalismo, realismo, marxismo, etc.), así como de asumir un origen puro de la disciplina (desde 1919 para evitar la guerra), no contaminado de prejuicios o discursos racistas. Y es más bien el análisis histórico de las metanarrativas eurocéntricas las que permite mirar a la historia de la disciplina y las teorías de una manera más adecuada, donde uno puede encontrar semejanzas y diferencias que de otra forma permanecerían ocultas.  Finalmente, lo que tenemos hoy para Hobson en el mainstream de la disciplina a nivel teórico es en realidad una jerarquía civilizatoria informal con un estándar civilizatorio subliminal.

A un nivel epistemológico, lo que resulta de la disciplina es que el tan ansiado ideal neopositivista de neutralidad valorativa no ha podido conseguirse, ni siquiera en las teorías que se jactan de ser lo más neutrales posible (piénsese en el mainstream teórico de corrientes como el realismo estructural interpretado de manera neopositivista, o en el neoliberalismo institucional). En la práctica, lo que se sale a la luz es el ideal normativo de celebrar a Occidente, bajo diferentes formas. Frente a esta situación, la tarea prioritaria en la disciplina para Hobson es ver si es posible reconstruir los fundamentos de la disciplina, bajo una visión no eurocéntrica. Él se encuentra trabajando en este momento en una historia global no eurocéntrica de la economía política de los últimos 500 años.


La teoría de las relaciones internacionales como constructo eurocéntrico

Hace más de cuatro meses que no escribía nada en el blog. Creo que ha sido el intervalo de tiempo más extenso, desde que empezó hace ya varios años. Se siente un poco extraño regresar. Como podría esperarse, ello se ha debido a que he estado sin mucho tiempo. Sucede que el año académico del doctorado que acaba de pasar (septiembre 2015 – abril 2016 ) he estado llevando el minor field (la “mención menor”) en Relaciones Internacionales (de ahí que haya tenido algunos posts dedicados a discusiones más metateóricas en dicho campo). Y luego de eso tuve que estudiar intensamente para el examen doctoral que fue en mayo. Afortunadamente todo eso ya terminó y salió bien. Por eso consideré que sería bueno regresar escribiendo sobre un (relativamente) reciente libro muy interesante que hace una relectura crítica de la historia de IR, mostrando sus presupuestos eurocéntricos en sus diferentes variantes. Me refiero a The Eurocentric Conception of World Politics: Western International Theory, 1760-2010 (Cambridge University Press, 2012) de John M. Hobson.

La tesis de Hobson es que las teorías de las relaciones internacionales (de ahora en adelante, “la teoría”) construyen concepciones eurocéntricas de lo internacional. Es este sesgo el que lo lleva a cuestionar el metadiscurso positivista que defiende que lo que hace IR es realizar explicaciones objetivas y universales. En sus múltiples variantes, lo que la teoría hace para Hobson es defender, promover y considerar a Occidente como el ideal normativo. Ahora bien, algo que he disfrutado mucho del libro es que dentro de esa crítica eurocéntrica, el propósito de Hobson es desarrollar una tipología o vocabulario conceptual que dé más matices para comprender las diferentes variantes de presupuestos etnocéntricos presentes en la teoría. Por ejemplo, no todo eurocentrismo es racista, o imperialista, aunque ello no quite que sea igualmente eurocéntrico (se trata de una crítica constructiva al diagnóstico que ha inspirado la obra de Edward Said). Posiciones más radicales y críticas podrían criticar estos matices, como si el objetivo fuese matizar o “lavarle la cara” a la teoría. Sin embargo, creo con Hobson que lo que se gana es una mayor claridad analítica, lo que lleva a agrupar teorías de manera diferente, encontrando interesantes continuidades y diferencias no inmediatamente intuitivas dentro del período histórico que estudia (1760-2010).

Lo que Hobson va a hacer es explicitar qué tipo de metanarrativa que subyace a las diferentes teorías, los diferentes tipos de “estándares civilizatorios”, el grado de agencia que se da a Oriente, si lo que prima es una posición imperialista o antiimperialista, y la sensibilidad más o menos triunfalista con la que se cuenta (Hobson 2012: 3). Es la combinación diferente de estos elementos lo que da lugar a diferentes variedades de eurocentrismo presente en la teoría, dando una visión más matizada y compleja que el “orientalismo” de Said. De ahí que se sostenga que no todo eurocentrismo es necesaria e inherentemente racista, imperialista, optimista, ni negador de la agencia oriental. Teniendo en cuenta todo lo anterior, Hobson encuentra cuatro tipos ideales que se encuentran presentes en el período 1760-1945:

  1. Institucionalismo eurocéntrico imperialista (paternalismo): Occidente posee una agencia pionera que permite que autogenere la modernidad (una diferencia más cultura e institucional), mientras que el Oriente posee agencia condicional, es decir, que requiere de Occidente para poder desarrollarse. Lo que se desprende de esto es que Occidente tiene una misión paternalista y civilizatoria para ayudar a Oriente a desarrollar instiuciones racionales y modernas.
  2. Institucionalismo eurocéntrico antiimperialista (anti-paternalismo): Los grupos no occidentales pueden autodesarrollarse y llegar a la civilización si siguen el camino occidental. Esto quiere decir que la agencia es derivada, mientras que la occidental es excepcional. Lo que se desprende es la no intervención, para no alterar el proceso de desarrollo natural e inherente.
  3. Racismo científico imperialista (ofensivo): en el caso del racismo (donde la diferencia principal es genética y biológica), lo importante es reconocer que existen diferentes variantes en conflicto (como las visiones inspiradas en Darwin y Lamarck). Los lamarckistas dan peso al medio ambiente y a la socialización como elementos que pueden mejorar a las razas. Esto permite ver a las razas como susceptibles de progreso. Si las instituciones modernas pueden exportarse para mejorar a las razas, entonces es posible pensar la intervención como una misión civilizatoria de largo plazo. Pero también existen visiones donde el mejoramiento de las razas es imposible, y aquí la intervención tiene un carácter de opresión y exterminio.
  4. Racismo científico antiimperialista (defensivo): en este caso el discurso racista considera que el imperialismo obstruye el proceso evolutivo natural de las diferentes razas. Y si el discurso racista no admite posibilidad de mejoramiento, lo que se desprende es una política de aislamiento de las razas superiores para que no se mezclen con las razas inferiores (una especie de “apartheid racial”).

Lo que todas estas variantes comparten es la división Oriente/ Occidente, donde los rasgos negativos siempre se encuentran en Oriente (y en el caso extremo, dichos aspectos solamente implican la necesidad de su exterminio) y donde Occidente es virtuoso, pionero y progresista. Esto supone una visión ahistórica del proceso donde Occidente se desarrolló primero por sí mismo, y luego le siguió el resto del mundo. Hobson rechaza esta concepción de la historia, donde es Occidente quien posee una lógica de desarrollo inmanente, apelando a investigaciones históricas realizadas en otros trabajos donde muestra que sin Oriente, Occidente como tal no existiría (básicamente, su desarrollo fue tardío y requirió de tecnologías, instituciones e ideas tomadas de oriente).

A diferencia del período mencionado líneas más arriba, en el período 1945-1989, el racismo científico desaparece de la teoría y el eurocentrismo deviene subliminal. Ya no se habla explícitamente de imperialismo (se habla de “hegemonía”), ni de la división “civilización/ barbarie” (se habla de “modernidad/ tradición”, de “centro/periferia”). Aquí se encuentran las principales teorías de las relaciones internacionales: neoralismo, institucionalismo neoliberal, la escuela inglesa, y el neo-marxismo. Finalmente, luego del fin de la Guerra Fría, el eurocentrismo subliminal regresa a su fase manifiesta. Aquí Hobson utiliza las expresiones “liberalismo occidental” (más cercano al paternalismo eurocéntrico) y “realismo occidental” (más cercano al racismo imperialista) dar cuenta de las teorías que emergen.

Todo esto lleva a Hobson a deconstruir lo que el considera seis axiomas clave que han sido sedimentados como esenciales en la disciplina, mostrando que se tratan de mitos eurocéntricos y no de verdades evidentes: (1) la disciplina no nació ex nihilo luego de la Primera Guerra Mundial con el objetivo promover la paz. Por eso es que el libro empieza mucho antes, en 1760, con el fin de mostrar continuidades eurocéntricas; (2) la disciplina nunca ha sido neutral o libre de valores, como lo esperaría el paradigma positivista (como en el caso de Keohane); (3) los “grandes debates” no existieron, y además comparten supuestos eurocéntricos que hacen a las teorías mucho más cercanas de lo que uno percibiría a primera vista; (4) la idea de Estados soberanos bajo anarquía es problemática porque históricamente lo que ha prevalecido es la jerarquía vía los estándares de civilización, donde la soberanía se da de manera gradual y donde las relaciones entre intra-occidentales son diferentes (aquí la jerarquía puede ser formal o informal, y la soberanía puede ser híper, condicional, o gradual); (5) la globalización ha sido concebida de diversas maneras (como “amenaza” o como “oportunidad”), aunque en ambos casos subyace una visión eurocéntrica; y, finalmente, (6) el mito de las grandes tradiciones teóricas (por ejemplo, realismo, liberalismo, marxismo) es problemático porque imagina continuidades que proyecta desde el presente hacia el pasado (como cuando se piensa que el realismo va de Tucídides a Waltz, Gilpin y Mearsheimer).

En síntesis, el proyecto de Hobson busca realizar una historia crítica de la disciplina que permita abrir nuevas posibilidades no-eurocéntricas de investigación, mostrando las metanarrativas eurocéntricas que subyacen a los discursos teóricos que se han dado sobre lo internacional en los últimos doscientos cincuenta años.

 


Metateoría convencionalista y defensa de la predicción: de la teoría a la política

Luego de haber revisado posibles decisiones políticas (como punto de partida), las teorías sustantivas, así como las metateorías naturalistas y reflexivistas, Chernoff concluye su libro suscribiendo una metateoría convencionalista (desde ya menciono que esta salida es muy rápida en el libro y se siente bastante ex machina). Es cierto que el positivismo lógico no es defendible hoy, pero eso no invalida para Chernoff poder suscribir una concepción naturalista, empirista y no fundacionalista de las ciencias sociales. La ontología de las teorías no sería para Chernoff decidida filosóficamente a priori. Es vía la investigación empírica la que genera observaciones donde nuestras teorías van refinándose y explicando lo que se observa. Eso hace que nos comprometamos ontológicamente con los términos de la teoría. Sin embargo, solamente con eso se mantendría abierta la posibilidad ser un realista o instrumentalista sobre dichos términos. Por eso es que aquí Chernoff sigue a Van Frassen y admite un empirismo agnóstico sobre la existencia de los términos teóricos de las teorías científicas, agnosticismo guiado por un pesimismo inductivo sobre la historia de las teorías científicas.

El convencionalismo tiene sus raíces en la obra de Pierre Duhem. Esta apelación a Duhem le permite a Chernoff ser mucho más cauto sobre el usual optimismo del naturalismo y sobre el excesivo subjetivismo del reflexivismo. La objetividad de la ciencia sí depende de un acuerdo convención entre la comunidad científica, así como de los criterios para elegir a la mejor teoría. Dichas convenciones no están basadas en pura lógica, pero tampoco son puramente arbitrarias o aleatorias. Las convenciones existen por los debates y conversaciones que la comunidad va manteniendo razonadamente. Las convenciones, por ejemplo, van generando acuerdos sobre conceptos claves y sobre estipulaciones para generar mediciones adecuadas. Eso para Chernoff es una condición necesaria, aunque no suficiente, para que el progreso científico pueda tener lugar, aumentando los niveles de predicción. Chernoff pone como un ejemplo de dicho progreso basado en convenciones a la hipótesis democrática: durante su discusión se ha ido refindando conceptualmente qué es una democracia y qué es una guerra, con el fin de evaluar si las democracias se hacen menos la guerra entre sí, así como pasar a medir diádicamente la relación entre democracias y no democracias (a pesar de esto, las ideas que de Duhem que sirven de base no son explicadas con mucho detalle, por lo que la metateoría que suscribe Chernoff hacia el final del libro se siente, como ya mencioné, poco fundamentada). En todo caso, fuera de la metateoría convencionalista, Chernoff termina cercano a un instrumentalismo empirista con un pluralismo metodológico que esté guiado por problemas, más que por métodos. Esto le permite mantener ciertos estándares de objetividad y predictibilidad, aspectos de la investigación científica que permiten que el conocimiento pueda contribuir a tomar decisiones políticas (idealmente) más adecuadas.

Y sobre la oposición entre aproximaciones “externas” o “internas” (como la división de Hollis y Smith entre explicar y comprender en IR, la cual tiene mucho que ver con la división entre naturalismo y anti-naturalismo), Chernoff defiende que no son excluyentes porque responden a diferentes problemas. En algunos problemas el naturalismo sería más adecuado y en otros lo será el interpretativismo. Esto implica que lo que Chernoff está defendiendo es un pluralismo de métodos en IR. Aunque esto no es explícito, me parece que su pluralismo se infiere del convencionalismo metateórico que suscribe. Y a pesar de que se afirma como pluralista, debo decir que el tono del libro y los énfasis que se hacen lo presentan como alguien más simpatizante al naturalismo teórico y metateórico.

En lo que respecta a la distinción hecho-valor, una crítica recurrente es que las aseveraciones sobre hecho son en el fondo valorativas. Pero otra posibilidad también es que detrás de toda aseveración valorativa hay en realidad una aseveración factual (por ejemplo, vía una suerte de naturalismo ético). Chernoff considera que incluso si es posible admitir que la ciencia no exenta de valores (ya que es bastante esperable que la elección de los problemas a investigar científicamente tenga que ver con los valores del investigador), ello no implica abandonar la distinción entre hechos y valores. Es decir, en lo que respecta a qué tan moral o valorativas son las teorías, Chernoff acepta que es posible que no existan aseveraciones puramente factuales y puramente valorativas. Pero eso no quiere decir que uno no pueda juzgar el grado o proporción de elementos factuales y valorativos que componen las aseveraciones de una teoría. Por ejemplo, decir que “Kim Jong-il fue hijo de Kim Il-sung” no es igual de valorativo que decir “Kim Jong-il fue un terrible tirano”. Chernoff cree que si las teorías tienen un mayor componente factual en sus aseveraciones, es posible mantener una mayor objetividad y progreso en la empresa científica naturalista.

Y el punto quizá más importante del argumento: sobre si las ciencias sociales pueden generar predicciones, Chernoff reconoce como un problema que el mundo social sea más complejo y difícil de asilar en sus componentes. También acepta que las regularidades en el mundo social son mucho más superficiales sin necesariamente leyes más profundas que nos brinden predicciones con un alto grado de confiabilidad. Otra crítica es que los cambios sociales a veces son tan radicales que se generan discontinuidades, con lo que las tendencias asumidas hasta el momento se vuelven irrelevantes. A pesar de estas importantes críticas, Chernoff quiere defender que la predicción en las teorías sustantivas en IR es muy importante. Lo primero para legitimar dicha posibilidad de las teorías es que la predicción no tiene que ser determinista. Mientras cumpla con dar una base razonable de conocimiento para guiar la acción política, su carácter predictivo está funcionando adecuadamente. Y es que para Chernoff, si las teorías carecen de cualquier posibilidad de poder predictivo, la utilidad práctica de la teoría para la política sería disuelta. Lo que se desprende de esto es que si el conocimiento puede contribuir a la política, ello solamente es posible si la teoría puede brindar al político una aseveración del tipo “si hacemos A, es probable que suceda B”. Esta aseveración es más razonable que actuar al azar porque se encuentra fundada en la mejor evidencia empírica y el mejor rigor metodológico disponible. Y es por esta defensa de una noción de predicción bastante más modesta, pero útil, que Chernoff puede decir que los reflexivistas tienen que admitir que la predicción es posible, fuera de deseable, si es que quieren defender la relevancia política de sus empresas teóricas. Y en contra de la subordinación mecánica de las teorías a ciertas orientación política, Chernoff defiende que la honestidad intelectual requiere que la evidencia guíe nuestras conclusiones, incluso si estas van contra lo que normalmente desearíamos. Obviamente mientras los cambios sean más dramáticos, los estándares de lo que necesitamos como prueba serán más altos. Entonces, si queremos rechazar la posibilidad de que nuestras teorías sustantivas de IR puedan brindar algún tipo de predicción, entonces debemos abandonar la posibilidad de que el conocimiento científico pueda tener un impacto beneficioso en la decisión política. Esto significaría rechazar que podemos cambiar el mundo en función a políticas que consideramos adecuadas. Por eso es que los estándares de prueba acá deben ser bien altos. Muchos reflexivistas aceptan este rechazo, lo cual implica que aceptan esta consecuencia. Sin embargo, Chernoff considera que ese rechazo es muy rápido (sin suficiente evidencia) y que tienen consecuencias poco deseables (en términos de cómo pensamos y hacemos efectiva la relación entre la investigación científica y la acción política).

A pesar de todo esto, uno siente que la relación entre producción científica y acción política termina asumiéndose mucho más armónica, sin reconocer (como en la crítica reflexivista) que la producción científica también puede estar bastante politizada y marcada por relaciones de poder. Asimismo, incluso si es que la ciencia fuese producida en condiciones ideales como las que dicta la metateoría y las metodologías de investigación empírica, eso no garantiza que la acción política tenga que hacer caso de la ciencia, o que no pueda instrumentalizar a la ciencia para fines políticos que no son compartidos en la comunidad académica. Finalmente, usando el ejemplo sobre el realismo democrático (neoconservadurismo) que fue presentado antes, al margen del rechazo público de la comunidad académica de IR hacia la invasión a Irak, dicha invasión fue hecha (sea o no bajo la guía teórica del realismo democrático). Esto presenta también una pregunta no respondida en el libro: una de las acciones más importantes en política exterior de la década pasada desafió a prácticamente todo el espectro del mainstream teórico. Si eso es así en decisiones fundamentales, ¿qué esperanza de impacto relevante puede quedarle a la disciplina?


La oposición metateórica reflexivista en IR

Las teorías sustantivas de las relaciones internacionales y la discusión metatéorica presentada por Chernoff, recordemos, están basada en una aproximación naturalista a IR. Esto implica el supuesto de que las ciencias sociales pueden operar de manera similar o análoga a las ciencias naturales. Lo que Chernoff llama la “oposición reflexivista” agrupa a las tradiciones teóricas que han rechazado dicha posibilidad. Si bien no tienen algo esencial común, fuera de ser anti-naturalistas, es posible quizá destacar que tienen un mayor interés por el lenguaje y en asumir que las teorías no son neutrales, enfatizando que ellas también toman una posición (crítica o no) sobre los fenómenos sociales que estudian. Algunos de los referentes básicos en la disciplina que caerían bajo esta etiqueta son Nicholas Onuf y Friedrich Kratochwil (constructuctivismo interpretativo), Richard K. Ashley y R.B.J. Walker (postestructuralismo), Andrew Linkltaer y Richard Wyn Jones (teoría crítica).

El punto de partida de esta crítica está bastante vinculado a la tradición filosófica continental bajo el énfasis del carácter hermenéutico que las ciencias sociales demandan. La interpretación del mundo social a la hora de estudiarlo minaría la posibilidad de un conocimiento objetivo análogo al de las ciencias naturales. Esto se debe a que el mundo social no requiere solamente de observación: el contexto social y las intenciones dotan de inteligibilidad a los fenómenos sociales que se están observando (y esto implica prestar atención a reglas formales e informales). Esto implica que no hay términos puramente observacionales, con lo que su distinción de términos teóricos se hace imposible. Y esto no solamente opera en la investigación: los propios seres humanos interpretan sus acciones y sus experiencias en base a marcos que reciben de la socialización, con lo que diferentes grupos podrían interpretar textos y fenómenos sociales de diferentes maneras. Y dentro de la interpretación, es necesario reconocer que existe un proceso circular que va del todo a las partes y de las partes al todo (esto es denominado como el llamado “círculo hermenéutico”). No existe un punto fundacional unívoco para empezar la interpretación (un ejemplo sería la lectura: de las letras a las palabras, a las oraciones, a los párrafos, pero en cada ascenso, también existe un descenso que da sentido a los elementos que van componiendo el todo). Más que eso: al interpretar siempre llevamos un bagaje a la propia actividad interpretativa. Ese legado histórico es lo que también algunos llaman un horizonte interpretativo. Estudiar el mundo social para quienes comparten el giro hermenéutico supone ver más cercano dicho estudio al estudio del lenguaje que al estudio de la naturaleza. El investigador social interpretativista busca descubrir algo análogo a la gramática, la sintaxis y cómo se constituyen palabras, frases y oraciones. Esto no permite predecir qué es lo que va a decir una persona en el futuro, pero sí permite una mejor comprensión del comportamiento de los seres humanos, entendiendo mejor lo que dicen y hacen.

Y quizá lo más importante: si Chernoff agrupa a estas tradiciones como “reflexivistas”, lo hace porque quiere enfatizar que en estas tradiciones teóricas y metateóricas las ciencias naturales lidian con la reflexividad. Esto significa que cuando los seres humanos estudian a los seres humanos, las creencias y prácticas de los seres humanos estudiados pueden cambiar por efecto de la investigación misma. El mundo social admite, pues, la posibilidad de que la investigación social genera profecías autocumplidas y profecías autofrustradas. Una manera general de entender este desenlace es pensando que una teoría de las relaciones internacionales podría ser adoptada por los políticos como guía de acción, confirmando su veracidad. Pero también, los políticos podrían rechazar tener que comportarse así y, al actuar de otra forma, podrían invalidar lo que la teoría dictamina que debe ocurrir.

En lo que respecta al constructivismo interpretativo, lo que se afirma es que esta variante del constructivismo mantiene también que las identidades no están fijas, así como las preferencias, las cuáles dependen de las acciones de los actores, del reconocimiento que obtienen por parte de los demás y de las relaciones que los actores mantienen entre sí (por ejemplo, los Estados). También acepta la mutua co-constitución de agentes y estructuras sociales (siendo estas últimas irreducibles a los agentes que las componen, pues involucra un conjunto de relaciones). Por eso es que rechazan de que el carácter anárquico del sistema internacional tenga solamente una lógica posible (por ejemplo, un realismo hobbeseano). Y si bien la construcción social implica contingencia, el constructivismo destaca que existe también estabilidad y fortaleza, a medida que las prácticas sociales reproducen y refuerzan dicho estado de cosas.

Lo que se llama aquí post-estructuralismo involucra a una familia de teorías opuestas al racionalismo y el naturalismo en las ciencias sociales (parece principalmente una etiqueta bastante amplia para incluir a buena parte de la filosofía francesa contemporánea de la segunda mitad del siglo veinte). Es mucho más radical que el constructivismo interpretativo en su crítica de las ciencia moderna y en cómo opera la institución académica. Dicha tradición rechaza las nociones de “conocimiento objetivo” y de “verdad universal”, así como el optimismo gratuito en el progreso y de que es posible solucionar todos nuestros problemas. Heredan de Saussure la idea de que diferentes lenguajes estructuran nuestra manera de hablar del mundo de manera no igual. Radicalizan esta intuición defendiendo que el lenguaje no es neutral y estructura nuestro mundo y quiénes somos. Cuestionan el racionalismo moderno y las clásicas dicotomías modernas, como hecho-valor, verdad-falsedad, sujeto-objeto, público-privado y hecho-valor. Lo que derivan de estos rechazos es que la investigación no brinda objetividad y conocimiento universal, dado que no hay un fundamento último para el conocimiento. Algunos post-estructuralistas añaden un componente económico a la modernidad para señalar que su cuestionamiento también implica una crítica a la dominación capitalista.

A grandes rasgos, el post-estructuralismo concibe a las sociedades como estando contingentemente estructuradas por discursos dominantes. Siguiendo a Foucault, rechazan una separación entre el conocimiento y el poder. Y por eso, fuera de analizar los discursos y las oposiciones básicas que constituyen un sentido común en la sociedad, también realizan investigaciones genealógicas donde trazan la narrativa histórica de cómo las cosas devinieron lo que son, manteniendo que pudieron ser de otra forma (no existiendo un afuera objetivo o independiente al discurso). Finalmente, la academia y su producción de conocimiento no se hayan al margen de las relaciones de poder y de los discursos dominantes de una sociedad. Esto hace que el post-estructuralismo sea crítico de la academia (de los problemas, autores, cánones e interpretaciones que se privilegian sin mayor problematización). En el caso de IR, por ejemplo, se buscaría evidenciar la influencia y subordinación que ciertas investigaciones tienen para con el imperialismo norteamericano. Las teorías no son nunca neutrales y suponen compromisos políticos (podríamos decir que el post-estructuralismo aquí estaría comprometido con opciones políticas más de izquierda o emancipatorias, sean más o menos maximalistas en su noción de lo que una política emancipatoria o de resistencia supone).

Finalmente, los teóricos críticos, influencias por la Escuela de Frankfurt y por la obra de Antonio Gramsci, también consideran que valor superior que debe guiar la investigación y la acción es la emancipación humana. Esto los ha llevado a cuestionar la racionalidad instrumental por haber producido una ciencia moderna y un sistema económico capitalista que impiden dicha emancipación (esto implica el hecho de que la racionalidad instrumental no es libre de valores). La teoría no-crítica (“tradicional”) no puede percibir críticamente la realidad que la produce y lo que legitima con su actuar.  Con Gramsci se enfatiza que la lucha de clases también requiere de un consenso hegemónico que dota de aceptación y legitimidad a la situación de dominación en una sociedad dada, generando así un tipo de lealtad y afección hacia el orden establecido que lo refuerza y estabiliza. Por eso la teoría crítica también considera fundamental una crítica a los discursos dominantes, con el fin de cuestionar sentidos comunes. También les interesa que la crítica de la sociedad tenga un impacto en que la legitimación de las instituciones esté basada en el consenso y autorización de los ciudadanos.

Luego de esta revisión bastante panorámica de lo que para Chernoff constituye el reflexivismo (presentación bastante general a mi juicio, y por momentos superficial), lo más interesante es que hace la siguiente pregunta  interesante: Dado que una cosa es la teoría sustantiva y otra es la metateórica, ¿sería posible ser un realista en el nivel teórico sustantivo y un constructivista interpretativo en el nivel metateórico? ¿Es posible, por ejemplo, suscribir el realismo estructural de Waltz a nivel teórico, pero con una metateoría constructivista y no naturalista (y podríamos añadir, no racionalista)? Y la respuesta de Chernoff tendría que ser que sí. Quizá no de manera automática, pero por lo menos teniendo que decir que sí es completamente posible tomar la teoría para explicar lo que hay, pero reconociendo que lo que se asume como dado es en realidad construido. Para Chernoff no hay incompatibilidad a priori entre diferentes metateóricas y diferentes teorías sustantivas. Sin embargo, cree que los criterios metateóricos de elección teórica también involucran evidencia empírica y no pura discusión filosófica (esto es interesante porque el rango de elección teórica parece estar más restringido que en el caso de las apuestas filosóficas de Jackson). Sin embargo, Chernoff no explicita claramente de qué depende la elección de metateorías (¿son aquí también cuasi-gratuitas apuestas filosóficas, como en el caso de Jackson, donde lo único que puede desprenderse es un necesario pluralismo?). Y sobre todo, si es que uno asume metateorías menos intermedias como el constructivismo (como el post-estructuralismo), ¿hasta qué punto sería posible asumir una teoría sustantiva como el realismo estructural? ¿Sería realmente posible comprometer dichas metateorías con teorías sustantivas más cerca del mainstream teórico de IR? Esa posibilidad no queda tan clara en Chernoff. Solamente es expresada de manera negativa diciendo que dichas metateorías no tendrían por qué devenir en teorías sustantivas “marxistas”, lo cual realmente no aclara mucho.


A %d blogueros les gusta esto: