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Etiqueta: Robert O. Keohane

Eurocentrismo subliminal ortodoxo: institucionalismo neoliberal y la Escuela Inglesa (1966-1989)

En el caso del institucionalismo neoliberal y la Escuela Inglesa de las Relaciones Internacionales también (como con el caso del realismo de la post-guerra) las distinciones “civilización/ barbarie”, “blancos/no-blancos” son dejadas lado, aunque la primera de las distinciones devendrá subliminal a la hora de que ambas aproximaciones conciban a Occidente como en lugar donde la cooperación inter-estatal sucede, así como se asuma el hecho de que dichos Estados sean mucho más racionales que los demás (Hobson llama a esto, dotar de niveles de “súper-racionalidad” a los Estados occidentales). Como representante clave del institucionalismo neoliberal, Keohane dota a los Estados occidentales de un nivel más alto de agencia, tanto en lo que concierne a niveles de desarrollo (político y económico), como en la capacidad de poder rehacer la política mundial de acuerdo a sus intereses. El resto de Estados tendrá una agencia condicional, subordinada a la penetración de las “benignas” instituciones internacionales de Occidente. Por su parte, la Escuela Inglesa tiene dentro de sí dos concepciones de agencia para Oriente. Una primera, en la línea del institucionalismo neoliberal, es la de una agencia condicional a la asimilación de instituciones y prácticas de Occidente. Pero existe una segunda dotación de agencia de tipo predatoria donde Oriente deviene un problema, ya que desestabiliza el orden social internacional de la civilización occidental, debido a que no comparte los fundamentos básicos que hacen posible a la sociedad internacional (por ejemplo, normas, instituciones, prácticas, costumbres, cultura, etc.).

El neoliberalismo Institucional no se pronuncia sobre esta polémica, pero asume una concepción paternalista implícita, ya que las instituciones internacionales de Occidente sirven para promover la progresiva (y civilizatoria) conversión cultural del resto del mundo a los principios occidentales. En su lectura crítica After Hegemony (1984) lo que Hobson va a querer mostrar, de manera similar a lo hecho con los realistas, es que Keohane también presenta como teóricamente universal algo que termina siendo particular (provincialismo occidental).

Lo primero que es manifiesto, y hecho explícito por Keohane, es que su libro busca generar una teoría basada en los Estados capitalistas avanzados occidentales (junto con Japón). Y es ese fundamento ideológico común (por ejemplo, la creencia en el libre mercado y en la democracia) el que es condición de posibilidad para la cooperación inter-estatal a través de juegos iterados (básicamente el Dilema del prisionero). El otro componente eurocéntrico es que la cooperación requiere de “súper-racionalidad” debido a que los Estados occidentales deben pensar más a lago plazo para que la cooperación pueda emerger e institucionalizarse internacionalmente. Y si bien Keohane advierte que su teoría es para dichos Estados, admite que podría ser relevante para las relaciones “norte-sur”.

El problema para Hobson es que en esta relación la lógica no opera de manera similar por la desigualdad e implica una suerte de paternalismo imperial. Keohane, como los realistas discutidos en la entrada anterior, no considera dicha relación como imperial, ya que su definición involucra explotación económica. Pero es justamente el axioma de que la expansión del libre mercado beneficiaría a las economías del sur, lo que resulta eurocéntrico en última instancia. Uno podría replicar , por ejemplo, que las instituciones financieras internacionales solamente sirven para beneficiar a los países ricos a expensas de los pobres (esto puede hacerse recordando que Estados Unidos y Gran Bretaña se industrializaron con medidas fuertemente proteccionistas y que abrieron sus mercados cuando se encontraban en la cima de la jerarquía económica global: 1846 y 1945, respectivamente).

Ahora bien, Keohane puede responder rechazando esa teoría y basar su argumento en que el libre mercado beneficia a todos los Estados (y me parece que ello es congruente con la importancia que el institucionalismo neoliberal da a las ganancias absolutas de los Estados). Una segunda crítica, más seria, consistiría en decir que la expansión de las instituciones financieras internacionales opera como un vehículo neo-imperial paternalista que genera la asimilación cultural de los países no occidentales al ideal civilizatorio occidental (por ejemplo, prestando atención al hecho cada vez resulta más necesario adoptar las instituciones sociales, políticas y económicas occidentales). Frente a esta objeción, Keohane puede replicar que la asimilación a normas occidentales podría ser algo bueno, con lo que él no tendría problema en conceder ello como algo “benigno” (así sea catalogado por los objetores como un elemento “imperial”). Sin embargo, eso no anula la lógica paternalista eurocéntrica que subyace tras dicha visión.

Otro elemento implícito neo-imperial tiene que ver con la visión de Keohane sobre la hegemonía norteamericana (y que da lugar al título del libro). Keohane afirma que los Estados Unidos han sido clave en establecer las instituciones internacionales más importantes desde 1944, proceso que no fue meramente impuesto, pues habría contado con cierto consenso y negociación con los países involucrados. Lo problemático de ese argumento es que con el Tercer Mundo dichas instituciones han sido impuestas, sin mayor consenso (piénsese sobre todo en los ajustes estructurales). Y a nivel metateórico, resulta importante mostrar estos principios normativos que subyacen a la teoría porque, como se sabe, Keohane es uno de los académicos más representativos de una concepción positivista del quehacer científico para con las relaciones internacionales. Finalmente, dicho eurocentrismo para Hobson ha devenido manifiesto luego del fin de la Guerra Fría cuando Keohane ha pasado a defender abiertamente las intervenciones occidentales en el resto del mundo.

En el caso de la Escuela Inglesa, lo que se comparte con el institucionalismo neoliberal es la tesis de que la anarquía puede ser mitigada con cooperación inter-estatal, si es que existen instituciones y convenciones compartidas (sean éstas formales o informales). Aquí se debe empezar recordando que las teorías de los principales representantes de la Escuela Inglesa (como Bull) suponen el “big bang” endógeno de Occidente donde se da la evolución occidental de una sociedad internacional, logro que luego se expande al resto del mundo. Históricamente, esto va a ser problemático porque para Hobson Oriente siempre ha estado en contacto con occidente, mucho antes de que los europeos se decidiesen a “descubrir” Oriente. El punto es que una aproximación no-eurocéntrica reemplazaría la lógica de la inmanencia con una lógica de confluencia y de interacción entre civilizaciones. En lugar de pensar que primero fue Occidente y luego Oriente, Hobson argumenta en sus otros trabajos (con evidencia histórica) que sin Oriente, quizá no habría habido Occidente en primer lugar.

En segundo lugar, en el proceso de expansión de la sociedad internacional occidental es donde yace el implícito el tópico eurocéntrico sobre la misión paternalista y civilizatoria. Ello se expresa como el “estándar de civilización” que se establece en la sociedad internacional (estándar que hoy ha reemplazado bajo el régimen universal y de los derechos humanos), y dónde Oriente habría aceptado consensualmente la expansión de las ideas occidentales. Sin embargo, para Hobson ello no reconoce que muchas de las revoluciones del siglo veinte (como la de China) se dieron en el marco de una reacción a Occidente.

Finalmente, el otro elemento eurocéntricio implícito en la narrativa de la evolución y expansión de la sociedad internacional occidental es la construcción de una jerarquía bipolar, donde los principio de no intervención solamente se respetan plenamente para los países occidentales (“civilizados”). Esto hace que la llamada sociedad anárquica de la Escuela Inglesa termine siendo profúndamente jerárquica. Adicionalmente, en el progresivo desarrollo histórico, Bull considera que Oriente se presenta como una amenaza para la civilización occidental (lo que recuerda el tópico de la agencia predatoria), debido al creciente rechazo en adoptar una identidad cultural occidental.

En síntesis, el dilema teórico de Bull radica en que su pluralismo (recuérdese aquí el debate interno a la Escuela entre los pluralistas y los solidaristas) requiere de tolerancia hacia Estados con culturas diferentes, mientras que su análisis eurocéntrico determina que Oriente es un problema para el orden internacional, con lo que la intervención occidental se presenta como una medida necesaria (pero Hobson admite que si la Escuela Inglesa tomara más en cuenta a las instituciones financieras internacionales, como sí lo hace el institucionalismo neoliberal, quizá sería más viable encontrar una salida al dilema… aunque ello plantearía los problemas que enfrenta Keohane y que fueron mencionados líneas más arriba).

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Neopositivismo

Luego de haber establecido una tipología basada en las apuestas filosóficas nucleares que constituyen las cuatro grandes ontologías filosóficas en el campo de las relaciones internacionales, Jackson dedica la siguiente sección de su trabajo a analizar los fundamentos básicos de la primera ontología filósofica (primera no solamente en el orden de exposición, sino también en el hecho de que es la que goza de mayor hegemonía en el campo): el neopositivismo. Recordemos que para Jackson los compromisos ontológicos preceden las aseveraciones sustantivas que el investigador empírico realiza. De hecho, dichos compromisos proveen las condiciones de inteligibilidad de las aseveraciones. Y es por eso que su análisis resulta importante para entender qué diferencias y discrepancias están en la base meta-teórica del campo.

En el caso del neopositivismo dichos compromisos subyacentes (fenomenalismo y dualismo mente-mundo) se expresan a través de la defensa de que lo que constituye la investigación científica es la propuesta y corroboración de hipótesis, suponiendo que las conexiones causales se manifiestan en correlaciones entre factores específicos en múltiples casos (de ahí la importancia de encontrar covariación). El dualismo mente-mundo posibilita la idea de corroborar hipótesis, en tanto se busca ver si dichas hipótesis se corresponden con el mundo. El fenomenalismo posibilita la causalidad de co-variación, la cual se desprende de asumir que lo que podemos conocer está limitado a lo que podemos observar, con lo que la causalidad debe ser inferida.

Sin esta ontología filosófica no tiene mucho sentido basar aseveraciones en correlaciones robustas, porque la inteligibilidad de dichas correlaciones está basada en apuestas filosóficas previas y fundantes. El dualismo moderno mente-mundo en el que se basa el neopositivismo tiene sus orígenes en lo que Jackson, siguiendo a Berstein, llama “ansiedad cartesiana”. El positivismo lógico tomó de la tradición empirista la idea de fundar aseveraciones con sentido en evidencia empírica (lo que caracterizaría a la verdadera ciencia experimental), pero manteniendo también la posibilidad de verdades analíticas basadas en la pura razón (por ejemplo, las matemáticas y la lógica). La investigación científica examina patrones en la realidad empírica y la filosofía contribuye a la ciencia evaluando el lenguaje que usamos para realizar investigación empírica. Lo que no puede ser verificable desde esta perspectiva, debe ser considerado como algo sin sentido alguno. En IR la influencia del positivismo lógico puede verse claramente en la década de 1950, donde una de las principales preocupaciones era poder operacionalizar conceptos y utilizar análisis cuantitativo de datos (Morton Kaplan, David Singer y Karl Deutsch serían ejemplo de esto). El problema, como se mencionó rápidamente antes, es que no era fácil desarrollar criterios para establecer experimentos que prueben el valor de verdad de las aseveraciones. El giro de Popper frente a este problema consistió en dejar de pensar en verficabilidad, para en su lugar hablar de falsación. El conocimiento aquí ya no demanda una absoluta certeza o justificación. Todo lo contrario: lo que tenemos son conjeturas potencialmente susceptibles de ser falseadas. El otro giro importante consistió en enfatizar que la observación también está mediada por nuestras teorías. Popper no tuvo una influencia posterior inmediata en IR. Luego de dicho período las ideas más influyentes en el campo fueron las de Thomas Kuhn e Imre Lakatos. Un problema central de IR al asumir estas ideas, y aquí concuerdo totalmente con Jackson, es que Popper, Kuhn Y Lakatos nunca pensaron que sus reflexiones sobre lo qué es la ciencia y sobre cómo funciones se aplicaba a las ciencias sociales (de hecho, solían mostrar un serio escepticismo sobre su estatuto científico. Su principal ejemplo era la física, debido a su rotundo éxito empírico).

Recordemos que el problema con Popper es que tampoco hay mucha claridad sobre cuándo algo ha sido o no falseado. Kuhn mostró que los científicos no suelen dedicarse a falsear sus conjeturas todo el tiempo. En la práctica normal de la ciencia, la investigación procede por problemas que presuponen como no problemático la mayor parte del background científico (no se cuestiona el paradigma de la comunidad científica). De esta forma, mucho de lo que el científico asume como cierto no lo es porque haya tratado de falsearlo, sino que más bien sucede por socialización. Cuando emergen muchos problemas sin resolver, los científicos abandonan el paradigma y revolucionariamente establecen otro, con diferentes presupuestos. Dichos cambios revolucionarios son la excepción a la regla, y las más de las veces requieren de nuevas generaciones. Esto expresa una crítica a Popper, en tanto que el cambio científico no es lineal y progresista, ya que opera bajo rupturas y discontinuidades. El problema es que aquí no queda claro si los nuevos paradigmas realmente eran mejores, ya que no es posible la comparación entre ellos. Para Kuhn, los paradigmas científicos mantienen entre sí relaciones de inconmensurabilidad (esto básicamente significa que la manera en la que una comunidad científica que opera bajo un paradigma A concibe el mundo no es inteligible para la comunidad científica que opera bajo un paradigma B).

En esta discusión, lo que hace Lakatos es criticar tanto a Popper y a Kuhn y redefinir los términos de la discusión hablando de la sucesión de programas de investigación. En esta visión histórica de la ciencia existen discontinuidades (a favor de Kuhn) y no hay posibilidad de falsear algo de manera definitiva (contra Popper). En lo que Lakatos se distingue de Kuhn es que la inconmensurabilidad es susceptible de ser trabajada bajo un “diccionario” o registro de segundo orden donde sea posible comparar los contenidos y ver hasta qué punto los programas son inconsistentes. De esta forma (contra Kuhn), Lakatos posibilita hablar de progreso y y racionalidad científica (a favor de Popper). La continuidad científica se replantea como incrementos en capacidad explicativa. La diferencia es que el progreso científico aparece de manera retrospectiva, a través de una reconstrucción racional de una historia interna. El problema, como ya se mencionó líneas más arriba, es que que la recepción de toda esta discusión de la filosofía en la ciencia en IR no resultó muy provechosa. Kuhn sirvió para legitimar que las escuelas o corrientes se pensaran como paradigmas inconmensurables, impidiendo diálogo entre ellas. Sin embargo, el principal malentendido es que la disciplina interpretó falsamente esta discusión como una que establece la demanda de fundamentos sólidos para poder realizar investigación científica sustantiva.

La otra apuesta filosófica, el fenomenalismo, defiende la idea de que es la experiencia, entendida en sentido amplio, la que funda el conocimiento de algo. Para conocer algo es necesario experimentarlo, sea con nuestros sentidos, o con instrumentos de observación más sofisticados. Aunque en el caso del neopositivismo ello no sea el caso, la apuesta fenomenalista también potencialmente abarca las aproximaciones en primera persona que destacan la importancia de la experiencia vivida, inmediata y dada, como en ciertas aproximaciones fenomenológicas a y en ciertas aproximaciones antropológicas. El punto de la apuesta filosófica fenomenalista en la ontología filosófica neopositivista es el rechazo a ir más allá de la experiencia para fundar y producir conocimiento (uno de los filósofos de la ciencia más importantes aquí es Bas van Fraassen). Y si bien esto puede funcionar como una concepción de la ciencia relevante, en el caso de las ciencias naturales, la pregunta es cómo funciona esto cuando nos interesa estudiar el mundo social. En el mundo social las entidades dependen de conceptos, pero el neopositivismo considera que con un equipo de observación adecuado, es posible experimentar entidades sociales como la “democracia”.

Otra herencia que el neopositivismo tiene de la filosofía moderna, es la idea humeana según la cual no es posible acceder a los “poderes ocultos” de la naturaleza. Nuestra experiencia sensible no puede acceder a la causalidad que podría existir entre diferentes entidades. De ahí que lo que veamos sea una conjunción constante entre dos estados de cosas, sobre las cuales inferimos (en base a su repetición habitual) relaciones causales (covariación). En el neopositivismo este legado se expresa en la búsqueda de cojunciones constantes entre factores. Lo que se busca son regularidades empíricas que luego puedan ser explicadas y esperadas con cierta probabilidad estadística. La versión contemporánea de esto fue establecida por Carl Hempel como el modelo de explicación nomológico-deductivo.

En la ciencia política, King, Keohane y Verba representan claramente la posición neopositivista cuando conciben la causalidad como un concepto teórico independiente de la data que se está usando. La causalidad es inferida porque no podemos controlar los factores en el mundo social. Por ejemplo, si queremos ver si el régimen democrático hizo que dos países democráticos no entrasen en guerra, no podemos regresar en el tiempo y volver autoritario a un país para ver qué pasaría. Pero además, como no podemos ir más allá de las experiencias que observamos de regularidad, no existe una base cien por ciento sólida para afirmar qué hubiera pasado si las cosas hubiesen sido diferentes. Entonces, como no podemos observar situaciones contra-fácticas en el mundo social concreto, no sabemos realmente que hubiese pasado, fuera de hipótesis o conjeturas. La conclusión es que no podemos percibir causalidad. Solamente podemos inferirla (de ahí la importancia de comparar casos en ciencia política, así como los intentos más actuales de hacer experimentos). Este sentido común sobre la conjunción constante vale tanto para estudios cuantitativos de N-grande, como para estudios cualitativos de N-pequeño. Jackson acá afirma algo bastante interesante: contra lo que se piensa, la diferencia entre lo cualitativo y lo cuantitativo tiene que ver con métodos, pero no con metodología, en el sentido mencionado en la entrada anterior. Por eso los críticos de KKV para Jackson no son tan radicales, debido a que se mueven dentro del mismo horizonte neopositivista (por ejemplo, Alexander George, Andrew Bennett, Charles Ragin, Gary Goertz, James Mahoney, Henry E. Brady, David Collier).  Dicho debate se mueve al nivel de herramientas y técnicas, pero no cuestiona el propósito de la investigación científica. Es una discusión sobre métodos neopositivistas. Lo que nos permite obtener una inferencia causal en nuestras hipótesis es, para el neopositivista, la evidencia de covariación sistemática en los casos.

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