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Imperialismo y antiimperialismo eurocéntrico: “realismo occidental” post-1989 y el retorno espiritual al realismo-racista post-1889

Luego de la Guerra Fría (post-1989), Hobson considera que el eurocentrismo subliminal deviene manifiesto en la teoría de las relaciones internacionales. En lo que respecta al realismo (ahora rebautizado por Hobson para dicha era como “realismo occidental”) se mantiene un pesimismo sobre el futuro de Occidente. Y la medida más viable tiene que ver con poder contener a la nueva “amenaza bárbara” para la civilización y el orden, sea de una manera más defensiva o más ofensiva. Esto para Hobson es un retorno a motivos claves de de los discursos del realismo racista post-1889. La diferencia es que ahora dichos argumentos teóricos tienen como substrato teórico un eurocentrismo institucional y no un racismo científico. Por eso es que Hobson habla de un “retorno espiritual” (las diferencias son evidentes ya no se defiende el genocidio, no el racismo científico, la colonización ya no es admitida, y la soberanía en general se presenta como condicional al respeto a los derechos humanos).

Una primera vertiente del realismo occidental involucra una visión ofensiva del eurocentrismo institucional. Recordemos que aquí, como ya se dijo en el párrafo anterior, la diferencia entre Occidente y el resto radica en factores institucionales y no en fundamentos biológico-raciales. Y el estándar de civilización (“civilizados”, “bárbaros” y “salvajes”) es mantenido bajo las divisiones de sentido común que se dan entre el Primer, el Segundo, y el Tercer Mundo, respectivamente. Dicho estándar se expresa mucho más concretamente a la hora de considerar el grado de estatalidad: el grado de burocratización racional, así como de democracia. En esta línea, Robert Cooper mantiene una distinción análoga entre Estados postmodenors pacíficos (Occidente civilizado), Estados modernos donde la razón de Estado y la guerra prevalecen (Asia, principalmente), y Estados pre-modernos o Estados fallidos donde prevalece un estado de naturaleza hobbesiano (el Tercer Mundo). Estas triparticiones mantienen también el doble estándar de bipolaridad, según el cual las relaciones entre Estados occidentales son diferentes a las relaciones entre Estados occidentales y no occidentales (por ejemplo, cuando los Estados no occidentales no pueden mantener un orden doméstico y democrático, legitimando la intervención neo-imperial occidental). El grado de respeto a la soberanía estatal es mucho más restringido en el segundo tipo de relación.

Esto hace que los Estados occidentales cuenten con una mayor agencia que los orientales. Aquello último es destacado por Hobson como correctivo frente al tópico común sobre la globalización, entendido como proceso que mina la soberanía de “todos” los Estados. Lo que sí hace el realismo occidental es redefinir a la globalización como el catalizador contemporáneo de la  “amenaza oriental” para con la civilización occidental. Y es que, la globalización permite una mayor mobilidad de tecnologías, dando lugar a que grupos terroristas (principalmente islámicos) puedan acceder a armas y atacar a Occidente. Asimismo, la globalización ha contribuido al ascenso de China y a la desintegración del Tercer Mundo.

Por su parte, Robert Kaplan mantiene también un pesimismo, pero para él es África el lugar de donde emergerá el principal problema para Occidente en los próximos años. Hobson recuerda que una influencia teórica fundamental de este diagnóstico se debe a los análisis neo-Malthusianos de Paul Kennedy (el principal reto futuro está basado en el declive demográfico occidental frente al resto del mundo). El otro motivo tomado de Kennedy es que el desarrollo de las sociedades solamente será posible, si es que se adoptan las instituciones occidentales en su totalidad. Esto último es lo que haría de Oriente dejar de ser una amenaza. Sin embargo, Kennedy es escéptico de que ello pueda ocurrir.

Estos diagnósticos, surgidos durante la década de 1990, se vieron agravados luego de los ataques del 11 de septiembre. Y los discursos acentuaron la narrativa de la amenaza bárbara que se encuentra cerca (dotando a Oriente de una agencia mucho más predatoria). De estas concepciones sobre lo internacional surgen diversas respuestas para contener la amenaza. Una primera es la intervención norteamericana en Oriente (Cooper piensa en la expansión de la Europa postmoderna como solución. Niall Ferguson también defiende el imperialismo norteamericano como una fuerza progresista en el mundo). Y si bien uno podría pensar esto como neo-imperialismo, muchos autores consideran aquí a los Estados Unidos como hegemón benigno o democrático. Esto recuerda al utopismo que critica Carr, donde los intereses particulares se presentan como universales. Oriente seguirá en una situación de “falsa consciencia”, a menos que persiga una asimilación cultural occidental. Tal es, por ejemplo, la defensa que hace Rothkopf del imperialismo cultural. Hobson compara críticamente dichas visiones a la autocomplacencia del imperialismo británico decimonónico.

Otra solución surge del hecho de que también existe una vertiente defensiva para con la amenaza bárbara. Sus principales representantes son Huntington y Lind (ellos se asemejan más al eurocentrismo defensivo). El choque de las civilizaciones empieza su diagnóstico lamentando el fin de la Guerra Fría, debido a que ha privado a Occidente de un Otro frente al cual puede constituir y mantener su identidad. El sucesivo desplazamiento teórico hará que sea Oriente quien ahora encarne a ese Otro. Esto se complementa con el diagnóstico neo-malthusiano donde Oriente tiene una comparativa explosión demográfica frente a Occidente. Dicho excedente poblacional buscará migrar a Occidente. Asimismo, Oriente tiene la capacidad y agencia para poder desarrollarse. De ahí que la futura amenaza para la civilización occidental también tenga que ver con el crecimiento de China y del Islam (lo cual implica también un cierto tipo de agencia predatoria).

Finalmente, lo que acentúa este problema para Huntington es la política multicultural occidental, la cual abre sus puertas a la creciente inmigración. Esto atenta contra la pureza cultural de los Estados Unidos (la cultura protestante anglosajona). La solución de que se desprende de esto es una suerte de ideal normativo de apartheid cultural para contener las influencias no occidentales. El control migratorio debe reforzarse, aunque se admite que otras culturas pueden ser asimiladas a la cultura norteamericana (un potencial paralelo cultural con vertientes racistas lamarckistas). Sin embargo, lo que prevalece como medida inmediata es la maximización de la distancia entre Oriente y Occidente.

En suma, estos discurso (propios del realismo occidental contemporáneo) constituyen un institucionalismo eurocéntrico ofensivo que sigue el espíritu de las metanarrativas del realismo racista post-1889.


Racismo imperialista: realismo racista, liberalismo y socialismo (1860-1914)

A diferencia de la historia mainstream sobre el realismo político en las Relaciones Internacionales (IR), donde éste empezaría claramente con las obras de Carr y Morgenthau en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, Hobson busca mostrar cómo es que ya existía desde antes un realismo político articulado con un discurso basado en el racismo científico (su propósito con esto, desde su proyecto de una historia crítica al eurocentrismo de la teoría se verá reflejado cuando analice discursos conservadores contemporáneos que retoman algunas de las lógicas argumentativas raciales, pero sin el discurso racista de base). Pero además, hoy en día se asume que ser un racista científico involucra inevitablemente “políticas de derecha” y no permite hacer inteligible que el racismo científico también estaba presente en posiciones ideológico-políticas liberales y socialistas de diverso tipo. Los racistas liberales tenían una visión triunfalista sobre la expansión natural de la raza anglosajona y de su civilización. Asimismo, esto era compatible con la idea de misiones civilizatorias “benignas”. Por su parte, los socialistas racistas abogaban por la paz entre naciones blancas, pero muchos no veían problema alguno en defender la colonización de las razas inferiores. Finalmente, tanto liberales como socialistas tendían además a simpatizar con la eugenesia, ya que ésta es afín al colectivismo, la intervención estatal, la ingeniería social y la planificación (debemos recordar que la eugenesia era común entre los intervencionistas y que Keynes era miembro de la sociedad eugenésica).

Para Hobson es posible identificar dos tipos de racismo imperialista (o “racismo ofensivo”). En un primer grupo se encuentran autores como Mahan y Mackinder, los cuales piensan a la globalización como un proceso que agudiza la “amenaza bárbara amarilla”, debido a la interdependencia, tecnología y conexión entre Oriente y Occidente. La solución es una contra-ofensiva occidental, donde la raza anglosajona debía aliarse. De manera similar a autores como Pearson, aquí también se dota a Oriente (la “raza amarilla”) de una agencia puramente predatoria (y la narrativa eurocéntrica no concibe que Oriente contribuyó de manera decisiva al progreso humano). Mahan y Mackinder en tanto realistas racistas asumen esta concepción de la globalización, pero no la interpretan de una manera necesariamente pesimista. Pero para poder enfrentar la amenaza bárbara que se viene (en la línea de la profecía hecha por Charles Pearson), sería necesaria una alianza entre las razas anglosajonas. Específicamente, en el caso de Mahan, China se presenta como la principal amenaza y por eso los Estados Unidos necesitan desarrollar su poder naval, así como Europa necesita operar como una barrera, para que así ambos puedan contener el inevitable avance de China y Japón que la globalización incentiva.

El otro grupo, representado por autores como Kidd, Pearson y Ward (entre varios otros) niegan la agencia de las razas no blancas y piensan la globalización como una oportunidad para dirigir políticas imperialistas de exterminio contra éstas. Esto se concibió de dos maneras diferentes: a través de un genocidio racial directo, o a través de un exterminio indirecto vía la colonización y explotación de razas inferiores hasta su extinción. Por ejemplo, para Kidd solamente la raza blanca es la única que puede generar progreso en el mundo. Y al negarle agencia a Oriente, veía a la globalización como una oportunidad para explotar los recursos de Oriente y aumentar así la vitalidad de la raza occidental. Kidd defendía así un exterminio racial indirecto, donde el mero contacto de las razas inferiores con las superiores generaría la muerte natural de las primeras, debido la principio de la supervivencia del más fuerte. Sin embargo, compartía la preocupación de que colonizar zonas tropicales podría degenerar a la raza blanca. Su solución fue pensar que la colonización debía hacerse a la distancia, y solamente con un reducido grupo de administradores blancos en cada colonia. En esta línea algunos autores trataron de presentar como ejemplos exitosos los exterminios hechos en Estados Unidos y Australia, los cuales contribuyeron a hacer esos territorios mucho más productivos gracias a las razas superiores.

En el caso de Pearson (discípulo de Galton), también se piensa al proceso de globalización como oportunidad para la colonización occidental y para el exterminio de las demás razas. Pero además, promovía la eugenesia como vía para mejorar la especie humana a través de la intervención estatal para reproducir a los grupos sociales y raciales superiores (“eugenesia positivia”) y evitando la reproducción de los grupos sociales y raciales inferiores, incluyendo a la clase obrera blanca (“eugenesia negativa”).

Adicionalmente, Lester Ward es interesante para Hobson por ser un liberal progresista racista e imperialista. En el campo doméstico era progresista en términos de defender la intervención estatal para defender los intereses de las clases trabajadoras. Sin embargo, en el campo internacional defendía el exterminio (lo cual contrasta con Spencer y Sumner, quienes defendían domésticamente un Estado mínimo e internacionalmente una no intervención). Pero como Ward también suscribía una concepción neo-lamarckista, es decir, que sí asumía que era posible mezclar a las razas (pero porque la raza blanca sería siempre predominante por ser superior), aunque en última instancia siempre habría guerra racial en el campo internacional (lo cual contrasta con posiciones liberales que veían históricamente la posibilidad teleológica de una paz perpetua). De manera general, mucho de este tipo de racismo científico consideraba que la guerra no tenía sentido entre los Estados civilizados blancos, pero que era absolutamente natural entre la raza blanca y las demás razas.

Finalmente, Reinsch concibe que es posible tener misiones civilizatorias “benignas”, donde prime una sensibilidad empática. Esto converge mucho con John A. Hobson, cuando éste cuestionaba la importación total de instituciones y normas occidentales en contextos radicalmente diferentes. Por eso es necesario que los proyectos de colonización estudien los pueblos a los que intentan colonizar, con el fin de que la colonización sea lo más efectiva y eficiente posible. Pero debemos recordar que esto se hace por razones raciales y no culturales: la inferioridad de ciertas razas hace imposible que ciertos elementos occidentales puedan ser exportados con éxito.

Sin embargo, para Hobson termina habiendo una paradoja teórica en el racismo científico imperialista. Y es que, dados los retos y dificultades que la colonización de las razas no blanca trae para la raza blanca (contacto entre razas, climas tropicales, etc.), resulta difícil justificar lógicamente una posición racista que no sea antiimperialista (a diferencia de los racismos antiimperialistas). Esto no desconoce que el racismo imperialista haya sido popular y defendido por diversos académicos (el punto del capítulo es hacer una reseña de dichas ideas), sino que solamente busca apuntar a que entre ambos discursos racistas, parece ser más coherente la posición antiimperialista (como la de Spencer).


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