Vacío

El nombre propio del ser

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El problema agente-estructura en la teoría de las relaciones internacionales y el debate con Hollis y Smith

En la entrada anterior me pareció interesante considerar la especulación teórica de Wendt como una versión más sofisticada (y actual) de la visión de Kojève sobre el llamado “Estado universal homogéneo”, en tanto que se encuentra articulada con aproximaciones más contemporáneas en las ciencias sociales. Sin embargo, antes de discutir ese texto me pareció oportuno dedicar una serie de entradas a analizar y discutir sus principales textos teóricos previos (lo cual va a constituir una larga digresión). Ello creo que permitiría tener una mayor comprensión del trasfondo teórico de Wendt, así como de los debates teóricos y metateóricos en los que ha sido uno de los interlocutores principales y decisivos. De esta forma se podrá apreciar mejor la tesis sobre el Estado mundial (y su supuesta “inevitabilidad”), así como también una parte importante de la reciente historia de discusión teórica sobre el constructivismo y sobre la cuestión metateórica en torno al realismo científico dentro del campo de las relaciones internacionales.

Creo que esta larga digresión sería provechosa para dichos temas, en tanto que Wendt ha sido considerado uno de los teóricos de las relaciones internacionales más importantes de las últimas décadas. Revisando su producción académica del período 1987-1998 previa a su Teoría social de las relaciones internacionales del 1999 (la cual debe ser abordada por separado en otra serie de entradas) es posible agrupar los artículos “preparatorios” a dicho libro en función a tres diferentes ejes temáticos: (1) el problema agente-estructura y el debate con Hollis y Smith; (2) los primeros ensayos de una visión sistémico-constructivista de las relaciones internacionales y el debate con Mearsheimer; y (3) el realismo científico y la importancia que éste tiene para con las ciencias sociales y, más específicamente, para con las relaciones internacionales. Luego de las entradas dedicadas a estos tres ejes y (4) a su Teoría social, sería posible revisar los artículos posteriores (2000-2005)  donde es que se discute la teoría sobre  (5) el Estado mundial y sobre el estatuto ontológico de la personalidad del estado, con sus respectivos debates. Finalmente, y esto trasciende al interés propedéutico de estos análisis para la cuestión del Estado mundial, se estará en posición de entender (6) su giro cuántico (2006- ) y las implicancias que dicha posición tiene para con las ciencias sociales y las relaciones internacionales.

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El problema agente-estructura

En su influyente artículo de 1987, Wendt inicia su análisis considerando como problemáticas dos visiones que para él toman posiciones opuestas en el problema agente-estructura. En primer lugar, el realismo estructural de Waltz toma como punto de partida a los Estados como unidades, cuyas propiedades observables constituyen la distribución de capacidades de la estructura internacional. Esto para Wendt hace que la estructura en Waltz sirva para restringir el comportamiento de unidades previamente constituidas (lo que para Wendt haría de esto una posición “individualista”, o comprometida con una ontología individualista). A diferencia del realismo estructural, la teoría del sistema-mundo de Wallerstein pensaría la estructura del sistema internacional a partir de la economía capitalista global, la cual es la que constituye a las unidades mismas (lo que para Wendt haría de esto una posición “estructuralista” comprometida con una ontología holista Ambas ontologías para Wendt resultarán problemáticas, pues toman como elemento ontológico primitivo al sistema (Wallerstein) o a los Estados (Waltz), siendo el efecto principal de dichos reduccionismos el no poder dar cuenta de los poderes y propiedades causales de las unidades básicas (lo cual genera problemas para poder explicar la acción de los Estados). La respuesta de Wendt para abordar este problema estará basada en la teorías de tipo más estructuracionista (salvando las obvias distancias, aquí Wendt tiene en mente a autores como Giddens, Bourdieu y Bhaskar).

El problema agente-estructura tiene dos dimensiones, una ontológica y una epistemológica. El problema ontológico tiene que ver con qué son los agentes y las estructuras sociales (qué tipo de entidades son y cómo es que se relacionan). El realismo estructural y la teoría del sistema-mundo optan por reducir un elemento al otro (el agente a la estructura en el caso de Wallerstein, y la estructura al agente en el caso de Waltz). La otra opción es sostener que ambos términos son irreducibles ontológicamente pues están co-determinidos y están mutuamente constituidos (esta es la posición que Wendt va a defender). Para Wendt, entonces, son tres las posibles soluciones al problema ontológico del problema agente-estructura: individualismo, estructuralismo y estructuracionismo.

El problema epistemológico del problema-agente estructura tiene que ver con el tipo de explicación que es posible para dar cuenta de ambas entidades. Esto supone compromisos ontológicos acerca de qué propiedades causales son las más relevantes, y si son las explicaciones que den mayor peso a los agentes (o a las estructuras) las que cuenten con un mayor poder explicativo. Más específicamente en el caso de las explicaciones estructurales (que es en lo que se centra el artículo, dado que las dos teorías ya mencionadas son de tipo estructural), las teorías estructurales que reducen la estructura a los agentes (individualismo) considerarán que el carácter explicativo de las estructuras es el de constreñir o restringir el comportamiento de agentes previamente constituidos. Para Wendt este es el caso del realismo estructural, pues toma a los Estados como dados y son sus propiedades observables las que componen la estructura. Por su parte, las teorías estructurales que reducen a los agentes a las estructuras dotarán a estas últimas de un carácter explicativo de tipo constitutivo para con los agentes. Este es el caso de la teoría de Wallerstein en tanto que la estructura aquí constituye a los Estados mismos, siendo la estructura la unidad ontológica primitiva de la que los Estados son efectos constitutivos generados. En ambos casos, individualismo y estructuralismo, las unidades ontológicas primitivas se asumen como dadas y terminan siendo reificadas (en el primer caso son los Estados y en el segundo, el sistema-mundo en su conjunto).

La teoría de la estructuración como posible solución al problema agente-estructura opera como una ontología social que busca superar dichas visiones ontológicas unilaterales (las del individualismo y el estrructuralismo), sosteniendo que la relación entre ambas entidades (agentes y estructuras) es de co-determinación y de mutua constitución. Pero para Wendt es importante fundar dicha teoría social en un realismo científico, pues dicha filosofía de la ciencia permite concebir como legítimas a las estructuras generativas no observables, posibilitando así un mayor número de preguntas y líneas de investigación. Esto no quiere decir que el realismo científico implica necesariamente a la teoría de la estructuración, pero sí quiere decir para Wendt que la teoría de la estructuración requiere como condición de posibilidad de sí misma al realismo científico, so pena de no ser descartada como mera metafísica por parte de posiciones de tipo positivistas o empiristas, las cuales pensarían que las estructuras sociales son en realidad ficciones metafísicas.

La razón principal por la cual el realismo científico permite considerar a dichas estructuras como parte de una ontología científica se debe a que no considera a los términos no observables de las teorías como meras ficciones útiles. Esto se debe a que bajo dicha filosofía de la ciencia se considera como legítimo el inferir la existencia de dichas estructuras si producen efectos observables, y si es que su manipulación nos permite intervenir en el mundo. No asumir esto para Wendt implicaría considerar al éxito de la explicación de la ciencia como si se tratase de un mero milagro. La otra diferencia del realismo científico es que concibe a la explicación científica como aquella que provee de mecanismos causales, los cuales generan a los fenómenos en cuestión. Esto distingue al realismo del ideal positivista que busca encontrar regularidades (o leyes) vía la generalización de conjunciones constantes.

Para Wendt, la teoría de la estructuración supone cuatro compromisos ontológicos: (1) la realidad (no reducible) y la capacidad explicativa de estructuras sociales no observables, las cuales generan agentes; (2) un tipo de racionalidad práctica que dé cuenta de la intencionalidad de los agentes (3) el rechazo de una subordinación o reducción de un elemento al otro; y (4) que las estructuras sociales son indesligables de estructuras temporales y espaciales. En el caso de las relaciones internacionales, una concepción estructuracionista de la estructura del sistema internacionales consideraría que dicha estructura podría tener efectos constitutivos y generativos en los Estados. En esto el estructuralismo se parece al estructuralismo. Pero la diferencia entre ambos se debe a que el estructuracionismo no supone que la estructura social existe al margen de las prácticas y de la comprensión de los agentes. Tienen dependencia ontológica, pero no son reducibles a las prácticas de los agentes (las estructuras constituyen y restringen a los agentes, pero los agentes producen, reproducen y transforman a las estructuras). Esto en el caso de las relaciones internacionales implica pensar que la estructura del sistema internacional no existe al margen de las prácticas de los Estados. Pero, al mismo tiempo, los poderes causales y los intereses de los agentes son constituidos por las estructuras. Aquí Wendt considera que las estructuras pueden ser externas (estructuras sociales), o internas (estructuras organizacionales) a los agentes. En el caso de las relaciones internacionales esto se expresa como estructuras internacionales (estructura social) y las estructuras domésticas (estructura organizacional).

Desde esta perspectiva estructuracionista, para poder explicar el comportamiento de los Estados, la explicación debe ser para Wendt de tipo histórico-estructural. El elemento histórico tendrá que ver con el comportamiento actual (investigando los efectos de los intereses y poderes causales de los agentes), mientras que el aspecto estructural tendrá que ver con el comportamiento posible (es decir, con las estructuras sociales y organizacionales, en tanto que posibilitan los intereses y poderes vía efectos constitutivos y generativos). Sin embargo, en la realidad social ambas dimensiones se encuentran entrelazadas, pues es la dimensión histórica la que genera y reproduce a las estructuras (sociales y organizativas). El ideal explicativo de un análisis histórico-estructural, entonces, busca dar cuenta de la constitución de los agentes (en este caso de los Estados), de sus intereses y poderes causales; al mismo tiempo que busca explicar la secuencia de acciones que ha generado eventos específicos, así como la reproducción de las estructuras mismas (vía consecuencias esperadas, pero también inesperadas de las acciones realizadas por los agentes).

El debate con Hollis y Smith

Teniendo en cuenta estos desarrollos es que podemos pasar a abordar el debate de Wendt con Martin Hollis y Steve Smith en torno a cuestiones metateóricas en el campo de las relaciones internacionales. En su artículo, Wendt sostiene que la teorización de primer orden es la que busca contribuir a que podamos entender lo que sucede en las relaciones internacionales. De ahí que se producción sea la de teorías substantivas (por ejemplo, teorías realistas o liberales). En cambio, la teorización de segundo orden (o meta-teoría) contribuye indirectamente a nuestra comprensión de los fenómenos internacionales vía la discusión de cuestiones ontológicas y epistemológicas. Esta influencia indirecta puede verse claramente en las implicancias que tenga dicha discusión para considerar como legítimas ciertas preguntas y respuestas, así como para abrir nuevas posibilidades de teorización substantiva (un ejemplo de esto sería el camino teórico que trata de abrir Wendt con el realismo científico, en tanto que dota de legitimidad a la investigación de tipo estructural). Lo importante de esta discusión de segundo orden es que hace explícitos los compromisos que todo tipo de investigación tiene, pero el valor de dicha conversación debe ser medido por el aumento de nuestra comprensión de problemas de primer orden (esto quiere decir que no se trata de especular por especular).

De acuerdo a Wendt, lo que hacen Hollis y Smith en su libro Explaining and Understanding International Relations es formular dos tipos de retos que toda teoría substantiva de las relaciones internacionales debe de enfrentar. El primero tiene que ver con el problema de los niveles de análisis, esto es, si la explicación debe ir “de arriba a abajo” (del sistema a la unidad: holismo) o “de abajo hacia arriba” (de la unidad al sistema: individualismo). El segundo reto tiene que ver con la tensión entre explicar y comprender. La primera aproximación toma una perspectiva externa, causal y naturalista; mientras que la segunda toma una perspectiva interna e interpretativa. Al combinar estos retos es posible tener cuatro posibles combinaciones: holismo explicativo, holismo interpretativo, individualismo explicativo e individualismo interpretativo. Sin embargo, lo crucial para ambos es que la explicación y la comprensión son modos complementarios de conocimiento, con lo que siempre es posible contar dos historias sobre el fenómeno en cuestión. Y la pertinencia de cada tipo de aproximación dependerá en última instancia del problema de investigación específico. Wendt presenta, a mi modo de ver, fundamentalmente tres críticas.

La primera es que Hollis y Smith confunden dos tipos de problemas: el problema agente-estructura y el problema de los niveles de análisis. Debe recordarse que el problema de los niveles de análisis formulado por Singer (quien toma su inspiración de las tres “imágenes” de Waltz) tiene que ver con la pregunta por el nivel de agregación que permite explicar el comportamiento de los Estados (en su versión más ampliada, los niveles serían los siguientes: el sistema internacional, la política doméstica, la política burocrática, y finalmente la psicología individual). En estos análisis la variable dependiente es siempre el comportamiento estatal (la política exterior) y la discusión gira en torno a saber cuál es la principal variable independiente. Se trata pues, de un problema de tipo explicativo (qué nivel de análisis posee el principal peso causal en la explicación de la política exterior). Según Wendt, en el uso de dichos niveles por parte de Hollis y Smith, lo que debe ser explicado no siempre es el comportamiento estatal y la manera cómo se frasea el problema de los niveles de análisis parece más bien referir al problema agente-estructura en tanto problema ontológico, esto es, en tanto que a veces se pregunta si es que es las propiedades o comportamiento de una unidad pueden ser reducidos a los de otra unidad que se encuentra en otro nivel de análisis, y si es que estás unidades son agentes o estructuras. Esto para Wendt es el problema ontológico entre el holismo y el individualismo que fue presentado en la sección anterior. Sé que esto suena confuso, así que voy a tratar de volver a frasearlo para que se entienda la distinción que busca hacer Wendt entre ambos problemas: es posible tener una explicación sistémica (problema de los niveles de análisis) articulada con una ontología individualista o holista (problema agente-estructura). El ejemplo de esta distinción puede verse en los casos teóricos que Wendt discute en su artículo anterior, donde sería posible decir que tanto el realismo estructural, como la teoría del sistema-mundo buscan tener explicaciones sistémicas, aunque sus ontologías sean diferentes (la primera individualista y la segunda, holista).

La segunda crítica que hace Wendt tiene que ver con que para Hollis y Smith el realismo estructural de Waltz es un caso de holismo. Sin embargo, Wendt considera que eso es falso, dado que la estructura opera sobre unidades previamente dadas y no las genera. Esto quiere decir que lo que hace la estructura del sistema internacional en Waltz es regular el comportamiento de las unidades, pero no las constituye Lo que estaría a la base sería, como ya se ha venido diciendo, una ontología individualista donde la no diferenciación funcional y la distribución de capacidades de la estructura dependen de los atributos observables de los Estados, los cuales operarían como dados en la teoría de Waltz.

Finalmente, la tercera crítica tiene que ver con que para Wendt explicar y comprender es una distinción basada en una concepción positivista de la ciencia (esto, debe mencionarse, es históricamente cierto cuando se presta atención a los desarrollos de dicha distinción en la filosofía continental de inicios del siglo XX, digamos de Dilthey a Gadamer). Una posición realista para Wendt puede considerar que ambas aproximaciones son necesarias para una ciencia social naturalista. Más que contrapuestas, dichas aproximaciones divergen en el tipo de pregunta que abordan. Aunque Wendt no hace explícito esto, me parece que a lo que alude es que para él la ontología del realismo científico (a la Bhaskar) permitiría rechazar la idea de que explicar y comprender son aproximaciones epistemológicas incompatibles (o, en todo caso, inconmensurables) . Para Wendt, dicha distinción sería realmente metodológica, fuera de decir que no es cierto que siempre “hay dos historias que contar”. A veces una pregunta de investigación demandará como más pertinente un tipo específico de aproximación. Lo otro sería absolutizar la distinción y cerrar a priori ciertas preguntas porque no pueden ser investigadas con un tipo de metodología específica. Para Wendt, si la discusión metateórica sirve de algo, es para evaluar la legitimidad de ciertas preguntas, con el fin de poder generar nuevas teorías substantivas.

Hollis y Smith responden a Wendt y lo primero que sostienen es que Wendt, tanto en su artículo sobre el problema agente-estructura, como en el artículo donde reseña su libro usa el gesto retórico de apelar a “gurus”. Básicamente, de lo que acusan a Wendt es de apelar a la teoría de la estructuración y al realismo científico como paradigmas teóricos que ya habrían superado los problemas de la teoría social. Esto para ellos es algo evidentemente algo falso, pues dichas aproximaciones no han sido inobjetables en sus disciplinas de origen (la sociología y la filosofía de la ciencia). De hecho, lo que sucede es todo lo contrario: ni la teoría de la estructuraciónm, ni el realismo científico (especialmente el de Bhaskar) gozan de una posición hegemónica en sus respectivos campos disciplinarios.

En el caso de la interpretación sobre la Teoría de Waltz, Hollis y Smith piensan que el texto da lugar a ambas lecturas. La primera es la de Wendt: la ontología de Waltz es individualista pues toma como dadas a las unidades y la estructura emerge de sus interacciones (en analogía con la microeconomía, la cual también está basada en una ontología individualista). Sin embargo, la segunda lectura que ellos defienden es que la teoría sistémica requiere tomar a la estructura como algo distinto a las unidades. Si bien es cierto que las unidades al interactuar producen la estructura (como algo no intencional), lo importante para Waltz es que una vez generada, dicha estructura opera como una fuerza que empieza a regular (causalmente) la interacción de las unidades. Esto puede ilustrarse con los conocidos mecanismos de selección y socialización de la estructura de Waltz, los cuales contribuyen a que que las unidades del sistema se asemejen. Para Hollis y Smith, si es que la estructura no tuviese poder causal, entonces el realismo estructural no tendría poder explicativo para entender las dinámicas sistémicas de la política internacional a partir de la anarquía y la polaridad.

Lo que Wendt responde es que la lectura de Hollis y Smith sobre Waltz debe rechazarse, pues asume implícitamente la idea de que solamente existe un tipo de teoría sistémica, entendida como una estructura que restringe comportamientos, o que regula la interacción de las unidades. Adicionalmente para Wendt debe poder concebirse como posible que una teoría sistémica pueda dar cuenta de la constitución de identidades e intereses. El problema con Waltz según Wendt es que que se asume que las unidades del sistema (los Estados) ya poseen como un atributo intrínseco dado el hecho de que son agentes egoístas. Esto quiere decir que los intereses y las identidades estarían dadas. Esto para Wendt es consistente con la analogía microeconómica que Hollis y Smith recordaban de la teoría de Waltz, pues aquí también las preferencias de los agentes son tenidas como exógenas a la interacción.

Esta distinción teórica es importante porque al añadir la dimensión constitutiva de identidades e intereses a la estructura internacional, es posible concebir sistemas anárquicos donde la “lógica de la anarquía” no implique necesariamente un sistema de auto-ayuda donde cada unidad vele exclusivamente por sus intereses (siendo esto último uno de los presupuestos básicos del realismo estructural, de acuerdo a Wendt). Lo que está en juego con esta diferencia es el poder admitir que el sistema internacional no tendría porque estar condenado a operar bajo las dinámicas del realismo político. Esto no quiere decir que dicha transformación sistémicao vaya a suceder, o que sea fácil, o que si da que pueda llegar a ser permanente. Sin embargo, lo que sí quiere decir es que el realismo estructural no puede concebir dicha posibilidad debido a sus supuestos teóricos (a lo mucho podrá insinuar que las unidades que lo intenten, terminarán siendo “castigadas” por la estructura). Esto se expresa claramente con la famosa frase de Waltz según la cual la textura de las relaciones internacionales se ha mantenido constante a lo largo de la historia. Esto es pues a lo que se refiere Wendt cuando acusa a Hollis y a Smith de colapsar el problema agente-estructura con el problema de los niveles de análisis: es posible tener una explicación sistémica con una ontología individualista donde las propiedades de los agentes son exógenas (Waltz), o con una ontología holista donde las propiedades de los agentes son endógenas (Wendt). Y el grado de influencia de dicha visión dependerá de saber hasta qué punto la política doméstica sea más o menos decisiva para constituir las identidades e intereses de los Estados. Si fuese el caso que dichas dinámicas fuesen más determinantes, es ahí que la ontología individualista en la teoría sistémica de las relaciones internacionales podría ser tenida como correcta. En síntesis, para Wendt la diferencia ontológica del problema agente-estructura tiene que ver con lo que constituye las propiedades las unidades del sistema, mientras que el problema de los niveles de análisis tiene que ver con los motores que permiten explicar el comportamiento de actores exógenamente dados.

Para ilustrar lo que Wendt tiene en mente es necesario remitirse aquí al que quizá sea su artículo más famoso. En él sostiene que tanto el neorealismo com el neoliberalismo están comprometidos con un tipo de racionalismo según el cual se asumen como exógenamente dados los intereses y las identidades de los agentes, lo cual hace que de lo que se trate sea de explicar su comportamiento. El punto de partida de ambos es asumir a los Estados como agentes egoístas, discrepando sobre si es más importante que prefieran ganancias relativas o absolutas entre ellos (siendo esta diferencia la que permite o no ser optimistas con el grado y estabilidad de cooperación  y/ o conflicto que las unidades puedan tener en un sistema anárquico). En contraposición al racionalismo es posible tomar una posición constructivista que busque dar cuenta de la formación de identidades e intereses en tanto que es se conciben a éstas como siendo endógenas a la interacción social. Esto permite a Wendt rechazar que exista una “lógica de la anarquía” realista, y que si las relaciones internacionales llegasen a operar bajo una lógica realista, ello se debe a que dicha lógica ha sido socialmente instituida. Entonces, tan importante como la distribución de capacidades es la “distribución de conocimiento”, en tanto que constituye identidades e intereses con expectativas diferentes. El ejemplo clásico de este tipo de perspectiva es que los Estados Unidos ven diferente que Corea del Norte tenga armas nucleares, frente a países como el Reino Unido. El primero es interpretado como un enemigo, mientras que el segundo es tenido como un amigo. Lo importante aquí es que son los sentidos y significados colectivos los que permiten estructurar este tipo de expectativas y acciones. De esta forma, los sistemas internacionales anárquicos pueden cambiar no solamente en términos de distribución de capacidades materiales (unipolaridad, bipolaridad, multipolaridad), sino en términos de identidades e intereses, pudiendo constituir (como posibilidad) identidades colectivas que trasciendan as las puramente estatales.

Hollis y Smith en su respuesta final rechazan la tesis de Wendt según la cual que el realismo estructural de Waltz no pueda dar cuenta de la constitución de las unidades. Ellos no lo expresan explícitamente, pero me parece que aluden a que los mecanismos de socialización y competencia que la estructura impone a las unidades para que devengan similares cumplen también ese rol constitutivo que Wendt reclama. Esto quiere decir que para Waltz la racionalidad egoísta de los Estados no es simplemente dada, pues corresponde al resultado de un proceso donde la estructura termina filtrando a las unidades que no desarrollan una racionalidad afín a la que demanda la estructura anárquica (un comportamiento consistente con un sistema de auto-ayuda). La analogía microeconómica que usa Waltz tendría que ver aquí con los incentivos que el mercado (la estructura del sistema) impone a las empresas (las unidades del sistema) para que desarrollen una racionalidad similar (los mecanismos de selección y socialización). Pero más importante, la visión de Wendt sobre el rol constitutivo de la estructura para con las propiedades de las unidades (las identidades e intereses de los Estados) que debería ser provista por una teoría sistémica de las relaciones internacionales, podría ser acomodada en el marco analítico Hollis y Smith, específicamente en lo que denominan holismo interpretativo. Finalmente, ambos se siguen se manteniendo en su posición sobre la no separación ente ambos problemas (agencia-estructura y niveles de análisis), discrepando con la tesis según la cual el nivel de análisis solamente tiene  que ver con la explicación del comportamiento de unidades ya dadas.

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De la revisión de estos textos es posible señalar algunos de los motivos teóricos que devendrán ejes fundamentales de la producción posterior de Wendt. Lo primero es el interés por la distinción entre teorías de primer y segundo orden (teoría substantiva, y metateoría, respectivamente), así como la importancia que ambos tipos de investigación tienen en la producción de conocimiento. Lo que añade una discusión explícita a los fundamentos ontológicos y epistemológicos de las teorías es que nos permite ser más consciente sobre lo que se está entendiendo como lo propio de la investigación científica (y aquí es muy importante señalar que el propio Waltz dedicó el primer capítulo de su Teoría a discutir justamente qué era una teoría). Esto es importante porque dependiendo de los compromisos metatéoricos es que será  posible dotar de mayor o menor legitimidad a ciertas preguntas, aproximaciones y posibilidades sobre el mundo social. Wendt considera que a este nivel el realismo científico es el que provee de un marco más plural e integrador (y es importante mencionar que hasta la fecha, incluso luego de su giro cuántico, no ha abandonado una posición metateórica de tipo realista). En el nivel substantivo o de primer orden, toma un compromiso con la teoría de la estructuración (y luego, como se verá, el interaccionismo simbólico también será decisivo). Esta visión no reduccionista de la agencia y la estructura será fundamental en el desarrollo de la tradición teórica constructivista.

Finalmente, ya más específicamente para el campo de las relaciones internacionales, lo más importante de este giro sociológico es el que permite tener una visión más compleja del sistema internacional. Dado que el realismo estructural de Waltz ha sido por momentos, digamos, la teoría hegemónica del campo, resulta útil contraponerla a las intuiciones que Wendt va desarrollando (de hecho, dicha contraposición no es arbitraria pues el propio título de su libro se expresa como una respuesta a Waltz). A nivel metateórico Waltz es un instrumentalista, mientras que Wendt es un realista. Pero a nivel substantivo, Wendt lo que rechaza primero es la idea de que existe una única lógica de la anarquía de la que se deduce un sistema de auto-ayuda y un continuo balance de poder. Asimismo, rechaza que la única distinción de transformación sistémica sea el de la distribución de capacidades materiales. Y, finalmente, rechaza que la racionalidad de los Estados sea puramente egoísta y estratégica (en analogía con la microeconómica). En contraposición a dichos puntos, lo que Wendt está insinuando es que la construcción social de lo internacional es importante para constituir las propias identidades e intereses de los Estados, y no únicamente para regular o restringir su comportamiento. Esta va a ser quizá la principal diferencia entre el constructivismo y el racionalismo que tanto el realismo estructural, como el neoliberalismo institucional, comparten. Es por esta diferencia, vía aprendizaje, ideas, instituciones y socialización, que los sistemas anárquicos pueden generar interacciones muy diferentes, así como transformaciones sistémicas endógenas que no sean simplemente el reflejo mecánico de la distribución de capacidades materiales. Lo que me parece interesante de estas contribuciones por parte de Wendt es que no necesariamente rechazan las tesis y explicaciones realistas, sino que lo que hacen es contextualizar los aspectos estructurales y sociales que deben darse y mantenerse para que dichas lógicas puedan operar.

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Eurocentrismo subliminal ortodoxo: del realismo clásico al neorealismo (1945-1989)

Después del fin de la Segunda Guerra mundial hubo un cambio epistémico sustantivo en la teoría de las relaciones internacionales. La visión del establishment sobre la historia de la disciplina en este punto veía al neorealismo como una teoría mucho más científica y positivista que la del realismo clásico, y donde cualquier tipo de de sesgo eurocéntrico anterior habría sido dejado de lado. Lo que Hobson quiere destacar como relectura crítica es que la teoría internacional post-1945 de tipo realista abandona el racismo científico, pero mantiene una aproximación eurocéntrica que Hobson denomina “institucionalismo eurocéntrico subliminal” (y que devendrá manifiesto luego del fin de la Guerra Fría). ¿En qué consiste dicha aproximación eurocéntrica? Lo primero que queda claro es que todo tipo de distinción y jerarquía del tipo anterior (“civilización/ barbarie”, “blancos/no-blancos”) es abandonada. Y las pretensiones de las teorías luego de la revolución conductista en la ciencia política (y del “segundo Gran Debate” en las Relaciones Internacionales) son explicar lo internacional sin apelar a valores subjetivos, así como apuntar a un mayor universalismo que pueda explicar a los Estados, al margen de sus distinciones idiosincráticas (un giro, digamos, más positivista). A pesar de este, para Hobson lo que va a permanecer es una visión bastante provincialistaEl realismo clásico y la teoría de la estabilidad hegemónica mantienen una “teoría eurocéntrica del big bang de la política mundial”. El argumento, en analogía con los casos anteriores ya mencionados, es que los excepcionales europeos primero crearon para sí mismos un sistema internacional estatal y capitalista, sistema (o civilización) que luego exportaron al resto del mundo, sea vía imperialismo, hegemonía o ambos. Finalmente, en el caso del neorealismo de Waltz, lo que va a primar es una concepción de unidades igualmente soberanas en un sistema, visión que termina siendo negligente para con la recurrente jerarquía y prácticas imperiales en la historia de las relaciones internacionales.

En torno al realismo clásico de autores como Morgenthau y Carr, el aspecto eurocéntrico de sus análisis sobre lo internacional se expresa en el hecho de que sus marcos explicativos asumen (como ya se anunció) un análisis provincialista donde la política internacional occidental es presentada como la política mundial (lo particular se presenta como lo universal). En el caso de Morgenthau, ello se ve claramente cuando analiza el imperialismo y lo define básicamente en oposición al status quo. La idea es que los Estados que no buscan mantener la distribución de poder existente en el sistema internacional serían los que realizarían políticas exteriores de tipo imperialista. El problema es que con esa definición, cualquier tipo de política que busca cambiar el estado de cosas es imperialista y cualquier tipo de política de los Estados imperiales por mantener el status quo sería no imperialista. Y fuera de los problemas conceptuales y lógicos, empíricamente no se hace plenamente inteligible las políticas de los Estados imperiales durante el siglo diecinueve y veinte, debido a que los Estados imperiales no expandieron sustantivamente sus territorios en la mayor parte de dichos períodos. Otro muestra de eurocentrismo tiene que ver con que el libro principal de Morgenthau (Politics Among Nations) fue reeditado varias veces durante los procesos de descolonización. Pero en lugar de que ello sirva para pensar la agencia de los Estados orientales, Morgenthau lee el proceso solamente como un triunfo occidental puro, donde la victoria se debe esencialmente a las ideas morales occidentales (por ejemplo, ideas como autodeterminación nacional y justicia social).  Esto supone que es Occidente el que crea endógenamente estas ideas, las cuales son meramente emuladas por Oriente.

Finalmente, el elemento más importante del eurocentrismo de Morgenthau (y que subyace a los aspectos ya mencionados) es la “teoría eurocéntrica del big bang de la política mundial”. La evidencia empírica que sirve de base (y habría que añadir que es algo medianamente recurrente en el mainstream) es la paz de Westfalia de 1648. Es ahí donde nace realmente el sistema internacional moderno, sistema que luego habría sido expandido y difundido hacia el resto del mundo. Y luego de ese advenimiento el sistema internacional habría tenido dos eras. La primera es la que concierne a “lo internacional aristocrático” (desde 1648, hasta el siglo diecinueve) y la segunda es la era del “universalismo nacionalista” (siglo veinte). El período aristocrático sería el momento donde el balance de poder habría generado una relativa paz y cooperación entre los Estados. En cambio, el período nacionalista habría roto ese balance de poder, generando la era de la guerra total. Lo que habría permitido que el balance de poder funcionara en la era aristocrática es que los gobernantes gozaban de una mayor autonomía estatal y (sobre todo) que compartían normas europeas y aristocráticas que restringían la pura búsqueda de poder. El problema es que con las revoluciones democráticas y el surgimiento de los nacionalismos, dicha autonomía y dicho consenso normativo fueron quebrados; el primero debido a la creciente necesidad de contar con el apoyo de las masas, y el segundo debido al reemplazo de normas nacionalistas que conducían hacia el conflicto bélico. Los resultados de este proceso (el advenimiento del universalismo nacionalista) son la ausencia de una opinión pública común, el rol marginal del derecho internacional y la ausencia de restricciones normativas para que el balance de poder restrinja la ambición de poder. Como puede apreciarse, en esta narrativa Morgenthau piensa al sistema internacional en su conjunto vía la historia europea.

Por su parte, Carr concibió tres eras clave en la historia de las relaciones internacionales. La primera fue la de “lo internacional monárquico” (1648-1815), la segunda es la de “lo internacional burgués” (basada en la Pax Britannica, 1815-1919). La primera es bastante convergente con el período aristocrático de Morgenthau, y la segunda termina también afirmando la estabilidad del sistema por estar igualmente basada en un alto grado de autonomía estatal y de normas pacíficas. Finalmente, la tercera era es la de la “nación socializada”, la cual es congruente con el universalismo nacionalista de Morgenthau. Dicha era fue la que habría dado lugar al período de guerra total entre 1914 y 1945. Como puede apreciarse, el proceso aquí también es similar al de Morgenthau: la extensión de la ciudadanía y el cambio en las normas internacionales es el principal motor de cambio a nivel internacional. Y en ambos casos, la historia del sistema internacional es una historia puramente intra-occidental. La ironía de Carr es que su correctivo metodológico realista para cuestionar la universalidad del idealismo como estando basada en intereses particulares, termina aplicándosele a su propia explicación histórica sobre cambios en el sistema internacional.

La teoría neorealista sobre la estabilidad hegemónica para Hobson mantiene un imperialismo eurocéntrico paternalista subliminal. Aquí Hobson se centra básicamente en la teoría de Gilpin (1981). Por más que la teoría busca ser explicativa sin sesgos, lo que termina haciendo es presentar como acciones universales de todo hegemón posible lo que históricamente han hecho los grandes poderes anglosajones  (y habría que recordar que el contexto de la teoría es la percepción que existía sobre el declive de la hegemonía norteamericana). Lo interesante aquí es que si bien la teoría se presenta como realista, hay ciertos supuestos cruciales del realismo que tienen que abandonarse para que la teoría pueda funcionar. Estos elementos exógenos son en última instancia etnocéntricos y paternalistas, de acuerdo a Hobson.

Aquí también se mantiene la teoría endógena del big bang: el hegemón surge de manera inmanente gracias a sus proprios esfuerzos (tanto el caso británico, como el estadounidense responden a dicha lógica excepcional). Una vez que el hegemón surge resulta natural para Gilpin que dicho Estado quiera convertir su poder en hegemónia en el sistema internacional. Empíricamente el sesgo es que se presentan siempre casos occidentales, que si bien eran potencias, lo eran más intra-occidentalmente que internacionalmente. Hobson recuerda que hasta el siglo diecinueve las verdaderas potencias han sido no occidentales (y esto es dejado de lado en Gilpin, y en autores como Kennedy): China, India, los otomanos, y la dinastía Safavid.

Lo que no se condice con la lógica realista es el hecho de que una potencia querría ser hegemón, si es que ello implica pagar los costos de la estabilización del mundo, beneficiando a Estados que no pagan dichos costos, y donde la recompensa última es el declive relativo frente a nuevos poderes emergentes. Asimismo, tampoco queda claro por qué el hegemón no podría preveer su futuro declive y hacer algo al respecto, ya que se supone que es el Estado con mayor visión de futuro. Una pura lógica realista de Estados que buscan sobrevivir en el sistema anárquico a través de mantener o maximizar su posición relativa en el sistema no puede hacer inteligible el rol del hegemón presentado por Gilpin. Y estamos hablando directamente de dos casos cruciales para las relaciones internacionales: los Estados Unidos y Gran Bretaña.

Además, Gilpin distingue entre hegemones y poderes imperiales. Los Estados Unidos y Gran Bretaña han sido hegemones liberales, mientras que la Unión Soviética ha sido un poder imperial autoritario. Y salvo el caso soviético, el mundo moderno progresivamente ha sido gobernado por hegemones liberales no imperialistas, mientras que el mundo pre-moderno estaba basado en el ciclos de imperios despóticos (lo cual recuerda a la idea de los “despotismos orientales”). Sin embargo, para Hobson esta diferencia conceptual no tiene sentido cuando uno ve las prácticas imperiales de los hegemones liberales. La manera en que Gilpin justifica la distinción es bajo la idea de que los poderes imperiales europes son civilizatorios, debido a que la transferencia de capital y tecnología desarrolla a los países subordinados al orden hegemónico, en lugar de meramente explotarlos. Hobson puede seguir manteniendo que Gilpin es eurocéntrico e imperialista acá, dado que su vocabulario admite imperialismos paternalistas y no puramente explotadores (como en los casos de Angell y de Hobson). Esto se vería reflejado en el orden internacional construido por los Estados Unidos luego de la Segunda Guerra Mundial: La difusión del libre mercado y de principios liberales cumple el rol de la misión civilizatoria.

En lo que respecta al declive del hegemón, el primer problema se debe a los Estados vividores (“free-riders”), los cuales gozan de los beneficios que provee el hegemón, pero sin pagar los costos. Esta explicación supone que el declive es culpa de los demás Estados (especialmente los no occidentales), lo cual se relaciona con la idea eurocéntrica de la “carga” del hombre blanco (Kipling). Y si bien es cierto que pueden ser también occidentales, en los análisis de Gilpin son los Estados orientales los que son cuestionados (Japón y los países asíaticos emergentes). La comparación de Gilpin es con las hordas bárbaras que acaban con el Imperio Romano (y también se vincula con los tópicos de la “amenaza bárbara” que ya han sido vistos). En última instancia la teoría está basada en una metanarrativa eurocéntrica (eurocentrismo anglosajón) de tipo paternalista. Hobson considera que su verdadero nombre debería ser “teoría de la estabilidad occidental”.

El caso de la teoría estructural de Waltz constituye el caso más difícil para detectar eurocentrismo, debido a que la teoría pretende aplicarse a todo tipo de Estado, al margen de sus idiosincracias domésticas e históricas particulares. El eurocentrismo subliminal va a radicar aquí en el etnocentrismo norteamericano que la teoría presenta hacia el final del libro más importante de Waltz (Theory of International Politics), fuera de contar también con un cierto grado de paternalismo. Lo que se obvia con el realismo estructural de Waltz son los mecanismos jerárquicos presentes en el sistema internacional, antes y después de 1648 (siendo este último período donde hay una mayor proliferación de jerarquías imperiales internacionales). Y son estas jerarquías las que han sido mucho más recurrentes en la historia (1800-1980) que la idea waltziana de un sistema anárquico internacional de unidades igualmente soberanas. Esto último ha sido más bien la excepción, y es este aspecto de la teoría el que expresa un eurocentrismo subliminal (ya que el colonialismo aparece como algo no medular para la teoría). Otro elemento eurocéntrico crucialen Waltz tiene que ver con su conocida tesis estructural, según la cual los sistemas bipolares (como el de la Guerra Fría) son más pacíficos y estables que los multipolares (como los que habrían dado lugar a las dos guerras mundiales). Lo que Hobson va a señalar es que esto solamente es verdad si uno colapsa a la política mundial con las relaciones internacionales intra-occidentales. Y es que las relaciones entre países occidentales fueron pacíficas solamente porque los conflictos entre los Estados Unidos y la Guerra Fría fueron desplazados hacia África, Asia y América Latina. Son esos conflictos e intervencionismos el costo que se pagó para que Occidente pueda contar con una relativa paz. Piénsese que para los seres humanos que vivieron en países no occidentales durante el período 1947-1990 la tesis de que dicho período fue extremadamente pacífico resultaría demasiado extraño, por decir lo menos. Y lo mismo podría decirse de la “larga paz” decimonónica en Europa, pues los conflictos fueron también desplazados hacia el Oriente colonizado.

La teoría del Waltz normalmente es diagnosticada como ahistórica (una crítica común hecha desde su publicación), pero lo que Hobson añade a esta crítica es la nominación de dicha operación como “tempocentrismo”, la cual consiste en extrapolar una configuración del presente hacia el pasado, con el fin de representar toda la historia bajo un mismo esquema (lo cual se expresa en el hecho de que Waltz considere que las relaciones internacionales han sido relativamente constantes a lo largo de la historia humana). Y lo que principalmente se proyecta hacia el pasado, como ya se ha ido mencionando, es el hecho de que las unidades del sistema son igualmente soberanas (el componente de la estructura según el cual las unidades son funcionalmente indiferenciadas), lo cual es totalmente negligente con el imperialismo europeo en la historia de las relaciones internacionales. El principal contraejemplo para la teoría estructural de Waltz, y que evidencia el cargo de tempocentrismo es China. Es razonable considerar a China como el Estado más poderoso (1100-1800). Pero su liderazgo en la región del este asiático no generó ningún tipo de balance de poder, como el realismo estructural de Waltz lo esperaría. Además, China muestra un claro ejemplo de jerarquía bajo un sistema anárquico. Y en la propia historia de China, en el período de de los Reinos Comatientes no prevaleció el balance de poder. Todo lo contrario: la dinastía Qin logró derrotar a todos y unificar a China, algo que el neorealismo no vería como resultado viable.

Finalmente, hacia el final de su Teoría Waltz destaca que los Estados Unidos operan en el sistema mantienendo cierta paz y contribuyendo a resolver los problemas demográficos, ecoólogicos y de proliferación. Waltz no considera este rol como imperialista por no ser explícitamente explotador, aunque Hobson siempre podrá responder (como con el caso de Gilpin) que hay variantes de imperialismo, y que éste sería una de ellas. El problema más importante (al margen la categorización de Hobson) es que este diagnóstico no se condice con la teoría que Waltz ha venido desarrollando, ya que los Estados (de acuerdo a la teoría) van a buscar un mínimo de poder que permita mantener su supervivencia y posición en el sistema. Ningún Estado se sacrificaría por el bien de los demás. Asimismo, si esos costos son aprovechados por los Estados débiles (“free-riders“), entonces sí resulta importante el rol que los Estados débiles pueden tener en la producción y reproducción del sistema internacional (esto último contra el hecho de que el enfoque de Waltz se centra en los Estados occidentales más poderosos del sistema). En síntesis, Hobson considera que la teoría de Waltz (por más parsimónica que se presente) termina siendo negligente con algo tan importante en las relaciones internacionales como lo es el imperialismo occidental, así como (en general) las interacciones entre Oriente y Occidente.

Teoría de las relaciones internacionales y decisión política: realismo, liberalismo y constructivismo

Luego de haber partido de posibles decisiones políticas concretas, Chernoff va a pasar a discutir lo que entiende por teoría y el rol que ella cumple en este proceso. La definición de teoría que usa implica (1) un conjunto organizado de proposiciones que especifican el dominio del mundo que buscan delimitar para explicar, (3) el recurso de principios generales (universales o probabilísticos), donde factores claves o variables organizan las observaciones, (3) el intento por explicar (causalmente) patrones o regularidades, y (4) generar predicciones (deterministas o probabilísticas). Esta definición me parece que (con una que otra modificación) es básicamente la definición que Kenneth Waltz desarrolló en su clásico Theory of International Politics de 1979.

Recordemos que para Chernoff la decisión racional supone algún tipo de teoría, evidencia empírica y valores, sea que todos estos componentes se encuentren más o menos explícitos. Por eso lo que Chernoff hace en un esquema es sostener que la elección política se hace basada la suma de (1) creencias factuales, (2) creencias causales (y aquí es sobre todo donde se encuentra el rol de una teoría de las relaciones internacionales), (3) valores, fines o efectos deseados a conseguir (ahora, sí debo decir que aquí podría considerarse problemático que el esquema no tome en cuenta la influencia de cuestiones como relaciones de poder. Es más bien una visión donde la política pública surge de una confluencia entre ciencia, hechos y valores). En este rubro, los “naturalistas” (los que creen que las relaciones internacionales pueden ser estudiadas científicamente más o menos como las ciencias naturales) piensan que el propósito de la teoría es proporcional un buen instrumento para explicar causalmente ciertos fenómenos, dada cierta evidencia (y tratando de dejar de lado lo más posible a los elementos valorativos).

Dado que las políticas buscan generar ciertos resultados en el futuro, esto supone comprender cómo funciona el mundo, lo cual requiere de una teoría (la cual provee de creencias sobre nexos causales). Esto es lo que dota de la racionalidad contar con expectativas sobre los resultados que se darán, si es que uno realiza dicha acción. El punto de Chernoff es que si la teoría es importante para la decisión política, es porque un mínimo de predicción debe ser posible (acá predecir es entendido de manera básica, básicamente aludiendo a la posibilidad de tener creencias razonables sobre el futuro). Si ningún tipo de predicción es posible gracias a la teorización y a la investigación empírica, entonces el conocimiento no sería de mayor utilidad para las decisiones políticas en cuestiones internacionales, como la seguridad.

Antes de distinguir lo esencial de las tres tradiciones teóricas, Chernoff hace una revisión rápida de algunos de los principales ejes en los que las teorías de las relaciones internacionales tienen que tomar algún tipo de posición. Un primer eje tiene que ver con la situación de anarquía que caracteriza al sistema internacional. En la política doméstica, los Estados mantienen la máxima jerarquía. Sin embargo, en el campo internacional, dada la ausencia de una jerarquía similar o análoga, la situación es anárquica y por eso la acción colectiva un sistema de Estados soberanos opera de manera diferente. Un segundo elemento tiene que ver con que las teorías en IR necesitan destacar qué tipo de actores o unidad de análisis es la más efectiva para explicar las relaciones internacionales. Algunas teorías se enfocan con el rol de los individuos, otras lo hacen las características internas de los Estados (por ejemplo, si son democracias o no). Finalmente, un tercer tipo de teoría aborda al sistema internacional en su conjunto. Estas diferencias que Chernoff menciona se encuentran presentadas, por ejemplo, en la distinciones que hace Waltz cuando habla de las tres imágenes para explicar las causas de la guerra en su Man, the State and War (o lo que Singer llama niveles de análisis). Los niveles de análisis (individuo, Estado y sistema) permiten a las teorías elegir dónde debemos enfocarnos para desarrollar mejores explicaciones.

El tercer elemento tiene que ver con que algunas teorías toman al Estado de manera unitaria, aunque éste esté compuesto de múltiples burocracias y personas. En esta línea, también es posible discutir si es que los Estados deben ser tratados como si fueran personas. A su vez, otras teorías toman como unidad de análisis burocracias específicas, o ideas o acciones individuales. Ahora bien, fuera del carácter unitario del Estado, otra discusión es si uno debe tomar a los Estados o a los líderes políticos como actores racionales. Aquí algunas teorías entienden racionalidad como los medios más efectivos para realizar los objetivos que los actores se proponen, de acuerdo a la información disponible con la que cuentan. Esta definición formal, como puede verse, no evalúa si es que los objetivos propuestos son en sí mismos irracionales. Otras teorías sí consideran que debe de haber una evaluación moral sobre los fines. Y otras teorías buscan señalar los fines que todos los actores deberían de perseguir (por ejemplo, supervivencia, maximizar el poder, mejorar la vida de los ciudadanos, etc.). Y es en base a estos fines propuestos que la racionalidad de los actores es evaluada. Otro punto de discusión es si los actores tienen una serie de fines preestablecidos, o si dichos fines pueden cambiar (o sea, si las preferencias son fijas) a lo largo del tiempo, o dependiendo del contexto o de cierta interacción con otros actores. Adicionalmente, otra división entre las teorías es si los Estados dan prioridad a ganancias relativas o a ganancias absolutas, y si es que los intereses de los Estados mantienen un conflicto fundamental, o una armonía fundamental subyacente.

Asimismo, otro eje de división es si existe progreso en el sistema internacional, o si únicamente hay ciclos bélicos que se repiten eternamente. Esto implica discutir si el sistema internacional, por ser anárquico, puede ser susceptible de cambios que lo hagan menos conflictivo. Otra división es sobre qué tan importantes son las instituciones internacionales. Aquí hay tres grandes opciones: (1) que no importan para nada (son dependientes de los Estados), (2) que son importantes porque permiten que las políticas sean realizadas de manera más efectiva (por ejemplo, promoviendo la cooperación), y (3) que son importantes porque además otorgan legitimidad (moral y/ o legal) a ciertas políticas (por ejemplo, en lo que respecta al uso de armas). Finalmente, sobre la relación que puede tener una teoría con valores morales, Chernoff piensa que existen tres posibilidades: (1) que no tenga ninguna relación (los fines son puramente explicativos), (2) que exista una relación puramente descriptiva (acá la teoría describen o explican los valores de los casos que estudian) y (3) que exista un elemento normativo (ciertos valores son imperativos de la teoría). Todos estos criterios será más o menos revisados a la hora de presentar a las tres tradiciones teóricas más importantes e influyentes en el campo de IR: el realismo, el liberalismo y el constructivismo.

Realismo

A grandes rasgos, el realismo político en IR supone que existe una lucha por aventajar a los rivales de uno. Es una tradición que tiene como antecedentes clásicos a Tucídides, Maquiavelo, Hobbes; y como antecedentes contemporáneos a Morgenthaus y Waltz. La unidad de análisis más importante en el realismo es el Estado. Los Estados, además, tienen las mismas motivaciones en el sistema internacional (esto al margen de cómo sean domésticamente, por ejemplo, si son más o menos democráticos). También suele ser recurrente en la tradición realista concebir a los Estados como actores racionales, con preferencias y objetivos fijos que no son susceptibles de cambio (por ejemplo, buscar la supervivencia, o expandir el poder del Estado). Además, las ganancias son relativas y están basadas en un esquema de suma cero. De ahí que el conflicto entre los Estados sea inevitable porque no todos pueden ser igualmente poderosos. Y dado que el sistema es anárquico, no hay derechos, deberes u obligaciones vinculantes. De ahí que si unos obedecen a otros, o si emergen ciertos consensos, es porque esto está basado en última instancia en el poder coercitivo de los Estados más poderosos del sistema (las grandes potencias no van a aceptar nada que vaya en contra de sus intereses fundamentales). Por eso las instituciones internacionales son concebidas puramente como instrumentos dependientes de los Estados más poderosos del sistema). Esto hace que el comportamiento cooperativo sea difícil de realizar. La historia es, bajo estas premisas, un ciclo perenne de guerra y paz sin posibilidad de superar el carácter anárquico del sistema internacional. Finalmente, las teorías realistas buscan no basarse en prescripciones morales (buscan tratar las cosas “como son” y no como “quisiéramos que sean”).

El neorealismo (o realismo estructural) se distingue del realismo clásico porque presta atención al sistema internacional en su conjunto, y no a un Estado o líder político particular (es una teoría sistémica). La estructura del sistema internacional supone (a) el principio ordenador (anarquía), (b) la no diferencia funcional entre las unidades del sistema (los Estados) y (c) la distribución de capacidades entre las unidades (por ejemplo, el poder bélico y económico de los Estados). Entre los neorealistas, existe una variante defensiva o posicional (Waltz), donde los Estados buscan la supervivencia y la tedencia del sistema es al balance. Los realistas ofensivos (Mearsheimer) enfatizan que los Estados compiten por el poder y que por eso están mucho más dispuestos a entrar en guerra (los Estados son aquí concebidos de manera más agresiva y expansionista). A pesar de que la tradición realista presta mucha atención al poder y a las capacidades militares, ello no quiere decir que los realistas siempre aboguen por la guerra. Al ser una teoría sustantiva para la investigación empírica, ello está sujeto al tipo de evidencia que exista (de ahí que muchos realistas como Waltz y Mearsheimer se hayan opuesto a la invasión a Irak firmando una carta abierta).

Excurso: realismo democrático (neoconservadurismo)

Chernoff también revisa rápidamente el realismo democrático, también conocido como neoconservadurismo (sus representantes principales son Fukyama, Kagan, Krauthammer y Kristol). Lo que enfatiza el neoconservadurismo es que el poder de los Estados es importante en el sistema interncaional (y donde las instituciones internacionales no son consideradas como fundamentales). En lo que se distingue del realismo es que supone que el deseo de los seres humanos es vivir en democracias, y que las democracias son más pacíficas entre sí (esto es tomado de la hipótesis sobre la paz democrática, la cual proviene de la tradición liberal en IR). Otro elemento distintivo es que los Estados Unidos deberían actuar guiados por principios morales. A pesar de su importancia doctrinaria en la administración Bush, el establishment académico no considera al realismo democrático como una teoría legítima de las relaciones internacionales, por el hecho de que es difícil poder evaluarla empíricamente (esto también se ve expresado en que esta doctrina no ha tenido mayor presencia en los debates académicos de la disciplina, los cuales son publicados en revistas especializadas). El único caso donde la teoría  podría evaluarse es en Irak, que es justamente donde fracasó porque todo lo que predijo la teoría no se cumplió.

El realismo y la política

Los realistas en su mayoría estuvieron en contra de la invasión de Irak. El argumento era que la democratización del Medio Oriente traería beneficios mínimos. Más importante: no había evidencia concluyente de que Irak estaba cooperando con Al Qaeda, que Hussein no usaría armas nucleares (si las tuviese), que la conquista de Irak traería inestabilidad en el Medio Oriente, y que el uso de armas químicas y biológicas podría generar costos en las tropas estadounidenses. Finalmente, incluso tomar control de Irak haría muy difícil que los Estados Unidos pudiesen salir de ahí rápidamente, por lo difícil que sería construir un Estado funcional (aumentando el sentimiento anti-Estados Unidos y reduciendo los recursos que Estados Unidos podría usar más eficazmente para luchar contra Al Qaeda). En concreto, a la base del rechazo realista se encuentra la tesis de que Irak nunca generó ningún tipo de amenaza para los Estados Unidos. Con Corea del Norte, los realistas tienden a avalar la destrucción del régimen vía la intervención militar, ya que las sanciones económicas siempre serán insuficientes. Sin embargo, que Corea del Norte consiga armas nucleares no implicaría que las usaría contra los Estados Unidos por el costo que ello traería (un contraataque nuclear). Por eso, el efecto de tener las armas nucleares sería un comportamiento mucho más cauto, ya que su comportamiento va a ser mucho más monitoreado por el sistema internacional. Finalmente, en el caso de China el realismo tendría preocupaciones por el crecimiento económico (ya que todo ello a larga aumentaría el interés de China por tener mayor poder en el sistema internacional). El realista considera que es cuestión de tiempo antes que China busque anexar a Taiwan, y que busque un mantener una explícita situación de hegemonía en la región. A la larga, esto llevaría a un conflicto con los Estados Unidos. Esto podría resolverse bélicamente, o promoviendo sanciones o aislamientos para que Chine no se beneficie del sistema económico internacional como lo viene haciendo (por ejemplo, exigiendo que cumpla con muchas más normas).

Liberalismo

La tradición liberal destaca la posibilidad de la cooperación, la armonía y la coexistencia pacífica. Sus principales referentes clásicos son Kant, Smith y Stuart Mill. Dentro de la tradición liberal también muchas veces se habla de idealismo. Aquí a lo que se alude es a la posición que destaca la importancia de la moral en la política internacional. Kant sería el referente clásico también, pero su representante contemporáeno sería Woodrow Wilson. Los líderes políticos no están exentos de obligaciones morales según el idealismo. Y por eso los criterios morales también deben estar presentes en las decisiones políticas (por ejemplo, apelando a los derechos humanos). Por eso el idealismo está mucho más ligado al nivel de las personas, pues es difícil adscribir responsabilidad moral a Estados o sistemas. El liberalismo, en general, concuerda con que los Estados persiguen su propio interés de manera racional. Pero cuestionan que dicho fin esté enmarcado en una lógica de suma cero. Para los liberales los Estados buscan principalmente ganancias absolutas y no relativas. Asimismo, dan bastante énfasis al hecho de que la justicia va de la mano con una liberad individual (civil, política y económica) que debe ser protegida de los gobiernos. Esto hace que el liberalismo sí preste atención a los aspectos domésticos de los Estados (por ejemplo, el régimen político). El sistema internacional, para los liberales, sí puede promover la paz y la cooperación (a pesar de aceptar su carácter anárquico). Pero para ello requiere que se constituyan normas, reglas e instituciones que persigan dichos fines. Dichos mecanismos permitirán comunicación, negicación, acuerdos y cumplimiento de los acuerdos (lo que se consigue es una reducción en los costos de transacción y un aumento en la diseminación de información relevante). A diferencia del realismo, existen teorías liberales que se ocupan de los tres niveles de análisis ya mencionado (personas, Estados y el sistema internacional).

La perspectiva sistémica es denominada institucionalismo neoliberal (cuyos representantes más importantes son Keohane, Nye y Martin). Aquí la tesis básica el sistema internacional funcionará diferente, si cuenta con regímenes internacionales que promuevan la cooperación entre los Estados. Otra diferencia con el realismo es que existen diferentes issues que los militares y diplomátcos (por ejemplo, energía, textiles, telecomunicaciones). Y no siempre los Estados van a ser poderosos en todos los issues. Ser militarmente poderoso no le da a uno igual poder en todas las áreas en las que hay intereses en juego. Ahora bien, a pesar que los objetivos de los Estados, según los liberales, sean diferentes a los de los realistas, ambos mantienen que las preferencias de los Estados son fijas. Las implicancias de la visión general para el sistema son que el progreso es posible, en términos de generar un sistema internacional anárquico más pacífico. Y en esta línea muchos sotienen que las democracias no suelen hacerse la guerra entre sí, con lo que se espera que el aumento de democracias traiga un aumento en la paz mundial (lo que se conoce como la hipótesis de la paz democrática). Finalmente, el uso de la fuerza en la visión liberal requiere de legalidad y legitimidad. De ahí que los Estados no puedan simplemente hacer lo que quieran, sin recibir legítimas críticas por parte de los demás miembros que componen el sistema internacional, así como de las instituciones y sistemas normativos creados para la cooperación.

Liberalismo y política

En lo que respecta a las políticas, los liberales para el caso de Irak defiende que la invansión (si debía tener lugar), tenía que ser un esfuerzo cooperativo entre varias partes. Otro énfasis estaba en la importancia de los derechos humanos de las personas oprimidas por Hussein, y de la necesidad de construir un régimen democrático (las armas podrían estar legitimidas por dicho fin, pues el idealismo no siempre tiene que ser pacifista). Y como las democracias no se hacen la guerra entre sí, democratizar Irak sería beneficioso para el sistema internacional. Sin embargo, si no se genera un acuerdo para la invasión (por ejemplo, vía el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas), dicha invasión carecería de legitimidad y, por ende, no debería ser realizada. Como eso no sucedió, la mayoría de liberales se opusieron a la invasión. Con el caso de Corea del Norte los liberales abogan más por aumentar la interdependencia, el multilateralismo y que los ciudadanos elegirán democracia. Entonces, integrar a Corea del norte a la economía global disminuye el riesgo de guerra y da beneficios a Corea del Norte, haciendo que este país devenga más cooperativo con el sistema y sus normas, so pena de no perder dichos beneficios. Finalmente, el contacto con el resto mundo, hará que los ciudadanos devengan mas democráticos y busquen el cambio de régimen. Finalmente, con el caso de China el liberalismo aspira a una mayor cooperación entre Estados Unidos y China, debido al aumento de la interdependencia económica y la vinculación a instituciones internacionales. Hacer que China participe más de dicho sistema hace que su interdependencia disminuya el interés por cambiar el sistema mismo, debido a todo lo que estaría en juego para dicho Estado. Finalmente, si China llega a democratizarse (lo cual se esperaría del progresivo aumento en interdependencia), ello también disminuiría radicalmente las posibilidades de conflicto, debido a la hipótesis liberal de la paz democrática.

Constructivismo

El constructivismo apareció primero en IR como una metateoría. Por eso acá Chernoff va a concentrarse en las teorías sustantivas y no en la metateoría (la cual será abordada en en una sección posterior del libro). Esto en la práctica simplemente implica que la teoría sustantiva constructivista sería algo similar a lo que Wendt desarrolla en la segunda mitad de su Social Theory of International Politics de 1999, mientras que la metateoría sería la primera parte. Los principales referentes son aquí Adler, Onuf, Ruggie y Wendt. La idea básica es que el sistema internacional es algo socialmente construido y, por eso, depende de cómo los seres humanos lo conciban. De esto se desprende la importancia de dimensiones culturales y sociales en el sistema internacional. Por eso es que una de las principales diferencias con el realismo y el liberalismo es que para el constructivismo las identidades y preferencias son formadas por las estructuras sociales (no hay preferencias fijas). Asimismo, los objetivos de los Estados pueden cambiar, así como la cultura estratégica que mantienen entre sí a la hora de interactuar. Entonces, el constructivismo puede aceptar que el realismo y el liberalismo pueden ser teorías adecuadas, si es que el sistema internacional es construído de manera más liberal o más realista. Pero el punto básico es que de la anarquía del sistema, por sí sola, no se desprende inevitablemente, o cuasi deductivamente, cooperación o conflicto. Y es que, no solamente es importante el poder material o bélico, sino que las ideas y el conocimiento compartido también generan una diferencia sustantiva, en tanto que socializan a los actores y regulan su interacción (de ahí que el constructivismo preste mayor atención a las normas y a los valores). Por eso Wendt, influenciado por la Escuela Inglesa de IR (Bull, Butterfield y Wight) piensa que es posible tener diferentes culturas anárquicas, y establece tres grandes posibilidades en su tipología: una hobbeseana (mayor conflicto), una lockeana (mayor cooperación) y una kantiana (mayor armonía de intereses).

Constructivismo y política

En lo que respecta a políticas, el constructivista también tendería a rechazar la invasión a Irak por el hecho de que no sigue las normas del sistema. Incluso las desafía, sentando precedentes para que los poderes hegemónicos tengan carta libre frente a países más débiles. Por eso se requiere de un consenso, como en el caso del liberalismo. Supervisar más de cerca a Irak también sería consistente con la idea de aumentar el conocimiento compartido. Pero incluso no hacer nada es un problema porque si Irak viola normas internacionales, debe hacerse algo al respecto. La vía pacífica sería la preferida por el constructivismo para fortalecer las normas compartidas del sistema internacional. En el caso de Corea del Norte, el constructivismo seguiría la política moderada de integración por el hecho de que ello influiría en el comportamiento de Corea del Norte (vía la socialización y aumentando el conocimiento compartido en el sistema). Finalmente, con China el constructivismo también sigue más la linea de cooperación, concibiendo que ello tiene un efecto de socialización fundamental en los Estados, y sobre todo en el caso de los miembros más influyentes. La integración económica y el cumplimiento de ciertas normas y tratados sobre armas nucleares hacen que para el constructivista China sea mucho más un Estado partidario del status quo que revisionista.

Estas tres grandes tradiciones teóricas que representan buena parte del mainstream académico en IR (por lo menos en América del Norte), nos pueden permitir explicar fenómenos políticos a nivel internacional. Sin embargo, para poder evaluarlas en tanto teorías y decidir qué teoría sería mejor elegir, en términos de investigación científica y/o progreso, es necesario recurrir a la discusión metateórica. Es esta discusión de segundo orden la que permitirá clarificar qué criterios deberíamos tomar en cuenta para elegir una teoría sustantiva de las relaciones internacionales.

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