Vacío

El nombre propio del ser

Etiqueta: Perú

Expectativas democráticas ideológicas

Ahora que se vienen las Elecciones Generales el próximo año (2016) en nuestro país, los medios y quienes viven de vender humo (y en eso el analista político de turno muchas veces se parece al comentarista deportivo local) están tratando de ver qué candidatos buscan moverse a qué lado del espectro ideológico-político, con el fin de pasar a la segunda vuelta para finalmente ganar la elección (el centro y la izquierda son el las más de las veces los temas principales). Entonces todo gira en torno a la especulación sobre potenciales activos, pasivos, alianzas y decisiones de los candidatos y sus organizaciones para poder apelar a la mayoría del electorado. No es que esto no sea importante en el proceso de la competencia electoral. Sin embargo, sí resulta irrelevante en tanto no se haga explícito para el lector/ciudadano/ elector que una cosa es ganar la elección y otra gobernar. Y aquí es donde se presumen en muchos lados expectativas democráticas que son profundamente ideológicas, expresadas bajo la ilusión de que pueda venir un político con una organización que cumplan en su gobierno lo que prometen electoralmente (algo que ni Alan García, ni Ollanta Humala pudieron, o quisieron, hacer en su momento). Y por eso la cuestión mediática deviene una telenovela de personas y cualidades personales, donde aciertos y errores individuales son el centro de la atención para tratar de entender quién realmente podría construir una mayoría, ya sea con convicción, o bajo la ocupación del lugar del mal menor, pero que pueda ser coherente y aumentar así el apoyo popular al gobierno y al aumento de la legitimidad de las instituciones políticas de la democracia liberal representativa.

Lamentablemente, considero que dichas expectativas son ideológicas y no comprender el problema estructural de nuestras instituciones, al margen de las personas que compiten año a año. Esto no creo que sea algo que los que estudian estas cosas presuman, pero sí creo que es una especie de sentido común o sueño dogmático o ideológico implícito que trasciende el grado de instrucción y al lugar del espectro ideológico en el que uno se encuentra. Considero, pues, que existen cuatro aspectos institucionales que articulados tal y como lo están, generan una inevitable sumisión de la élite política hacia el capital. Esto no quiere decir que cambiando esto la cosa vaya a cambiar por arte de magia (no creo que existan recetas mágicas sobre reglas y procedimientos), aunque sí sostenga que dicha articulación refuerza y reproduce de manera decisiva dicha relación.

1. La democracia representativa supone poder no cumplir las promesas electorales. Es un error pensar que los políticos en una democracia representativa están obligados a cumplir lo que prometen. De hecho, uno de los núcleos básicos de lo que constituyen a un representante político es que no están sujetos a mandato imperativo, a diferencia de un delegado. De ahí que si son elegidos, tienen cierta discrecionalidad para decidir en nombre de los electores lo que sea mejor (incluso si traicionan las preferencias de sus electores en pro de otros beneficios, programas, alianzas o políticas concretas). Si tenemos democracia representativa, tenemos un sistema que se acerca mucho más a las concepciones elitistas de la democracia: lo que hacemos cada 5 años es elegir un grupo de personas que tomarán decisiones por nosotros y el sistema da discrecionalidad a dicha élite para que tomen decisiones que incluso podrían ser impopulares para la mayoría que eligió a dicho grupo (por ejemplo, el sistema permite que un candidato haga una campaña donde se posiciona más a la izquierda y que gobierne más a la derecha). Lo importante es que esto no es una anomalía del sistema, sino que es parte de su núcleo mismo.

2. Es prácticamente imposible no tener que traicionar al capital o a los ciudadanos. El segundo error es suponer que como los políticos requieren de la mayoría de votos, tienen que “premiar” bien a quienes votan por ellos, sea cumpliendo lo que prometieron o haciendo lo opuesto, aunque generando un beneficio comparable. Lo que olvida esta situación, apelando a cuestiones como morales como el “traicionar” al electorado es que la democracia requiere fundamentalmente (entre otras) de dos cosas en la elección: los votos, pero sobre todo los recursos para poder hacer campaña y conseguir esos votos. Si la actividad política es cada vez más costosa (algo difícilmente cuestionable), es esperable que los políticos utilicen más fuentes de financiamiento que las propias, sean estas legales, ilegales, formales e informales (y ni qué decir de cómo negociar el trato favorable que los medios puedan hacerle a uno). Lo clave de esto es que como los grupos con mucho dinero no son los más de la sociedad, y si dan dinero es por razones no altruistas; es decir, que lo hacen como un tipo de inversión (la política como negocio). Entonces los políticos que “compran” con sus propuestas los votos de la mayoría con pocos recursos, vía el financiamiento de las minorías con muchos recursos, tienen que elegir a quien traicionar, a menos que se asuma que los intereses son compatibles (una suerte de suma positiva donde justo lo que todos quieren es compatible y conmensurable). Pero ya estamos grandesitos para esas esperanzas teológicas donde lo bueno es verdadero y bello al mismo tiempo.

3. No tenemos ningún incentivo para que se cumplan las promesas. Ahora bien, la manera en la que un político podría decidir, siendo presidente, cumplir las promesas o buscar un desempeño que beneficie a las mayorías y no a las minorías (a pesar de ser financiado por ellas) requiere responder una pregunta fundamental: ¿Qué tipo de incentivo no moral podría tener un político para cumplir sus promesas? Si es mucho más fácil y rentable no hacerlo, ¿por qué podría darse en algunos casos el beneficio de las mayorías vía un gobierno concreto, incluso si eso se hace a expensas de la mayoría? Dado que no podemos metodológicamente presuponer que los políticos pueden o deben ser santos o ángeles, tiene que existir algún beneficio. Histórica e institucionalmente dicho beneficio o incentivo no puede ser otro que permanecer en el poder. En democracia, el único incentivo institucional estructural al sistema para premiar mejorar la vida de la gente es que dicha gente aprecie las decisiones del gobierno (incluso si no cumple lo que prometió, a cambio de haber tenido un desempeño percibido como bueno al final del mandato) premiando al político que las cumplió con un nuevo mandato inmediato (y es esta tentación la que puede hacer que el líder político se pueda alinear con las mayorías y no con las minorías). Sin embargo, y como ya puede irse intuyendo, en nuestro país no existe dicho incentivo, ya que la reelección inmediata está prohibida (y recordemos que dicha medida no se dio porque nos hayamos vuelto locos: los únicos presidentes que lo hicieron en el siglo XX fueron Leguía y Fujimori y ya sabemos cómo acabaron dichas historias). Si uno no puede reelegirse inmediatamente, ¿por qué alguien se compraría un pleito por las mayorías (y no hablar de reformas estructurales e institucionales de largo plazo), cuando estas mayorías no pueden premiarlo inmediatamente a uno, a diferencia de las minorías que ya han dado sus recursos y pueden otorgar beneficios tangibles e inmediatos en el corto y mediano plazo? Esa prohibición institucional, esa “pequeña” regla es la que me parece que tiene un efecto decisivo en la dinámica política.

4. A ningún partido que sale del gobierno realmente le interesa ganar la siguiente elección. Si los partidos políticos en el Perú son muy débiles, en términos organizaciones y de penetración en la sociedad, fuera de ser fuertemente personalistas, es entendible que este esquema de reelección no inmediata incentive a los políticos a no mandar candidatos presidenciales nuevos en las siguientes elecciones que tengan posibilidades de éxito, o a mandar una propuesta que dé quizá algunos congresistas, pero que no sea una real alternativa, ya que nadie quiere que se le dispute el poder en su chacra (obviamente el otro problema es que por los tres elementos anteriores, sumado a otros factores propios de cada contexto, los gobiernos terminan excesivamente desgastados como para ser populares para el electorado en una nueva contienda). De ahí que la idea tenga que ser regresar luego de 5 años, buscando presentar al gobierno saliente como mucho peor que el de uno en su momento, con el fin de que la manipulación de la memoria y de la percepción del desempeño comparado puedan cambiar la opinión de los ciudadanos sobre quién fue un buen gobernante. De esa forma uno regresa luego de 5 años a repetir la misma dinámica: hacer campañas hacia el centro o hacia las izquierdas para conseguir una mayoría, siendo financiado con el dinero de la minoría, pero para gobernar de una manera en la que los incentivos sean atractivos. Por eso es que una vez más el emprender reformas serias y estructurales que puedan ser canalizadas fácilmente como impopulares para diferentes grupos, que demanden mucho esfuerzo, o que contravengan los intereses de los grupos minoritarios económicos sería algo que requeriría de mucho trabajo sin garantizar ningún tipo de recompensa inmediata. El capital frente al ciudadano ahí muestra su ventaja, ya que no hay un mecanismo institucional que incentive al político para que haga caso al ciudadano.

Lo que podemos concluir luego de prestar atención a estos cuatro aspectos es que el sistema político democrático que tenemos está diseñado para (1) permitir que los políticos no cumplan sus promesas electorales, (2) requerir de mucho dinero de los pocos para conseguir los votos de los muchos, (3) que no exista el quizá único incentivo inmediato para que el gobernante de pueda elegir beneficiar a las mayorías; la reelección inmediata, ya que está prohibida (4) que los partidos al ser personalistas no tenganintereses más allá de los del dueño de turno, leáse, obtener el poder en algún futuro no inmediato. De ahí que no quieran construir a otro candidato que por un período pudiese disputar el liderazgo en el largo plazo. Su principal miedo es que el sucesor sea mejor que él. Todos estos aspectos generan una mayor fortaleza del capital frente al de la voluntad ciudadana e incentivan a que la élite política preste mayor atención a dichos intereses. La última atigencia es que hemos estado pensando más en el caso de la Presidencia, pero para el caso de los Congresistas debería mencionarse que su histórica disminución en confianza y legitimidad, avalada por su desempeño, ha hecho que las tasas de reelección sean bajísimas (aquí que exista reelección inmediata indefinida es irrelevante de facto). Así que aquí el sistema está alineado para saber que si uno es elegido, entonces es altamente probable que no sea reelegido. De ahí que el sometimiento al capital sea también rápido, ya que uno sabe que se encuentra de pasada y que la carrera política no es una real opción (y lo mismo se expresa en la creciente presencia de tecnocrátas en ministerios cuya principal carrera se encuentra en el sector privado).

La herencia colonial latinoamericana

(Continuación del post anterior)

La verdadera diferencia que existe entre América Latina y Occidente no tiene tanto que ver con las condiciones institucionales anteriores, sino que más bien tiene que ver con lo que sucedió después en dicha región: Europa también era bastante autoritaria, jerárquica y desigual durante el siglo XVI. Sin embargo, los países europeos se vieron inmersos en guerras y revoluciones durante los siguientes dos siglos y ello contribuyó a que desarrollaran Estados modernos fuertes y consolidados (y más adelante, instituciones democráticas). Dicho grado de conflictividad y violencia, para bien o para mal, no se dio en América Latina de la misma forma. De ahí que su desarrollo institucional haya sido más lento y que la persistencia de formas autoritarias y desigualdades sociales sea mucho más persistente.

Según Fukuyama, la colonización española tuvo como principal motivo la riqueza. De ahí que los colonizadores se hayan establecido primero en Perú y México. Esto conllevó a la explotación de los indios para la extracción de minerales, lo cual generó que las divisiones étnicas se superpongan a las divisiones sociales (en el caso peruano, un análisis reciente para pensar la relación entre la etnicidad y la desigualdad se encuentra en el trabajo de Thorp y Paredes). Esta estratificación social vinculada a la etnicidad es algo que sigue muy presente en las sociedades latinoamericanas de hoy y para Fukuyama constituye uno de los principales retos de la región. En el caso de las plantaciones de azúcar, lo importante a tomar en cuenta es que su sentido original siempre fue de exportación, ya que las familias no decidirían espontáneamente dedicarse a ello porque no contribuye a la subsistencia de la familia. Dicha economía de escala generó la demandade grandes cantidades esclavos traídos desde África. Esto es importante porque muestra la relevancia estructural que tuvo la esclavitud en la emergente economía burguesa transatlantica (podríamos decir que es el “lado oscuro” de la modernización), cuyo valor en exportaciones era superior al realizado en las sociedades libres.  En los Estados unidos la esclavitud también se vio reforzada con el cultivo del algodón. La diferencia con Brasil y el Caribe es que dicha población pudo reproducirse de manera más exitosa, convirtiéndose luego en una fuente de capital.

Regresando a la colonización española, resulta importante preguntar cómo fue posible que Pizarro y sus hombres pudiesen derrotar a los Incas. Jared Diamond defiende que dicho triunfo se debió principalmente a la tecnología y a los gérmenes que trajeron (dicha posición cuestiona con buenas razones, por lo menos para este caso, la relevancia histórica de la teología y la filosofía). Estos factores habrían contribuido a diezmar a la población incaica. Sin embargo, Fukuyama es escéptico de esta tesis. Recurriendo a la obra de James Mahoney, considera dos cosas: (1) que dicha diferencia tecnológica y biológica también estuvo presente en otras empresas de conquista que no fueron exitosas tan rápidamente; y (2) que la gran cantidad de muertes se dio a partir de la segunda mitad del siglo XVI, lo cual no explica la victoria inicial. Fukuyama considera que la derrota se debió principalmente a la debilidad de las instituciones de los Incas. El Estado incaico era muy débil, por ejemplo si lo comparamos con China luego de la unificación bajo la dinastía Han. Es cierto que su delimitación territorial era bastante amplia. Sin embargo, el control de dichos territorios era extremadamente débil. Al morir Atahualpa (y Montezuma para el caso mexicano) a manos de los españoles, el imperio se fragmentó en múltiples grupos tribales y étnicos y dicha unidad nunca pudo ser constituida de nuevo. Muchos de estos grupos, en este contexto, decidieron aliarse con los conquistadores españoles. Es luego de eso que recién empezó a darse la masiva muerte de indígenas.

Ahora bien, no solamente las instituciones políticas de los conquistados eran débiles (en paralelo es posible decir que también la monarquía española de ese entonces podría ser categorizada con un absolutismo débil). El gobierno español impuso severas restricciones comerciales para las transacciones económicas (mercantilismo), con el fin de poder así extraer la máxima cantidad de riqueza de sus colonias para sí misma. Esto impidió la competencia económica y los efectos, fuera de minar las posibilidades de crecimiento económico, se vieron expresados en que el acceso a los mercados y a los derechos económicos para invertir y producir estuviesen limitados a ciertos individuos o corporaciones favorecidos por el Estado. Esto instituyó que la ruta para la riqueza personal estuviese mediada por el acceso al Estado y a determinadas influencias políticas. El resultado fue la configuración de una mentalidad rentista y no empresarial (los esfuerzos se dirigían a buscar el favor político y no a la actividad económica productiva). Los terratenientes y los comerciantes que se hicieron ricos debían su éxito a la protección política que recibían del gobierno. Para Fukuyama esta fue una severa institucionalización de la lógica patrimonial.

El nacimiento de América Latina tiene pues, para Fukuyama, un defecto de nacimiento: los españoles y portugueses impusieron instituciones mercantilistas y autoritarias en sus colonias, generando lógicas patrimoniales, élites rentistas y divisiones sociales ligadas indesligadas de la etnicidad (esto sobre todo debido a las economías extractivas y esclavistas que instauraron). Cuando dichos países se independizaron, heredaron dichos legados institucionales. Y si bien adoptaron el sistema presidencial norteamericano, su representatividad era puramente nominal (ya que era una misma élite la que gobernaba). Las consecuencias de esto han sido el padecimiendo de problemas estructurales vinculados al crecimiento económico y a la inestabilidad política con fuerte polarización, con olas de crecimiento y crisis, así como de olas de democracia y autoritarismo. Luego de lo que Huntington llamó la “tercera ola” de democratización, podemos ver que hoy América Latina cuenta con democracias formales. Sin embargo, para Fukuyama el principal problema que enfrenta la región sigue siendo uno de sus problemas originarios (la llamada “herencia colonial”): la estructura de clases donde las desigualdades económicas y la etnicidad van juntas.

La lógica de la supervivencia política y el Perú: vectores de exploración

Luego de haber revisado una versión introductoria de la teoría del selectorado de Bueno de Mesquita y Smith (la revisión más profunda, basada en su libro The Logic of Political Survival y no la versión de divulgación del Dictator’s Handbook, que será para una futura oportunidad) me gustaría repasar algunos de sus temas pensando en qué medida podrían ayudarnos a entender algunas cosas vinculadas al caso peruano. Esto permite hacer una ponderación del libro donde podamos ver ciertos alcances y límites del análisis, algo que no se hizo cuando se estuvo presentando lo que considero son las tesis esenciales del libro.

La tesis básica de las reglas de la política creo que siempre puede ser un punto de partida metodológico importante.

La fuerza que guía a la política es, pues, el cálculo auto-interesado de los gobernantes. Estos cálculos son los que determinan cómo es que un gobernante gobernará. Desde estos estándares, la mejor manera de gobernar implica (1) acceder al poder, (2) mantenerse en el poder y (3) controlar la máxima cantidad posible de ingresos públicos. Los líderes políticos, entonces, hacen lo que hacen porque quieren llegar al poder, mantenerse en el y controlar el dinero. Todo tipo de análisis político para estos autores debe ser abordado desde este punto de vista: la supervivencia de los líderes políticos.

Para poder hacerse esto es necesario contar con el apoyo de un grupo (la coalición).

Lo que debe verse aquí como un primer elemento institucional a considerar es que nuestro sistema electoral no permite la reelección inmediata de los presidentes (nacionales y ahora regionales), aunque sí la de los alcaldes y congresistas (estos últimos con tasas de reelección muy bajas). Esta diferencia es crucial porque incentiva de manera diferente la manera en la que un político podría buscar su supervivencia política. Lo que debemos preguntar aquí es cómo piensa el poder y su mantenimiento un político que sabe que no podrá extender su mandato inmediatamente y que tendrá que esperar un período, con todos los costos y riesgos que ello pueda atraer.

Dado que vivimos en una democracia, el selectorado nominal (los intercambiables) alude a los ciudadanos mayores de edad que pueden votar en la elección. Lo que no tengo claro es cómo diferenciaríamos aquí al selectorado real (los influyentes) de la coalición ganadora (los esenciales). Mi hipótesis es que en la elección nacional los influyentes son los que votan por el líder en la primera vuelta (que, dada la fragmentación, no se requiere más del 20%-30%), mientras que los esenciales son los que dan su voto en la segunda vuelta. De esa forma vemos que en el segundo caso se da un espacio donde para poder ganar se requiere de un grupo diferente al que se le tienen que ofrecer concesiones y solicitud de apoyo para que no vete el acceso del candidato al poder. Históricamente, si prestamos atención a las últimas elecciones presidenciales, parece razonable decir que Lima juega ese rol: normalmente no tiene capacidad para decidir quién gana, pero sí tiende a decidir quién no gana. De ahí que quien gane tenga que prestar mayor atención de la inicial a los intereses que puedan estar ahí representados, si nos enfocamos en el aspecto cuantitativo de los votos (y, a diferencia de otros lugares del país, este tercio es mucho más conservador, aunque las últimas movilizaciones nos llevan a matizar dicha afirmación). Ello por el lado de los votos que se requieren. Sin embargo, sería bueno ver cómo introducir en el análisis la necesidad de contar con el apoyo de los medios de comunicación y del poder económico de los empresarios, elementos claves de una coalición ganadora estable. Asumo que básicamente bajo la idea de que sus recursos son un apoyo necesario, no solamente para gobernar, sino que también son clave para salir elegido. De esa forma es que podemos matizar lo siguiente.

Lo que está detrás en ambos casos es la necesidad de mantener contentos a quienes apoyan al líder. Si uno requiere de muchos, como en democracia, tenderá a hacer obras que beneficien a las mayorías que necesita. Si uno depende de pocos, se encargará de proveerles de lo que necesiten. Dime de cuántos depende que llegues y te mantengas en el poder, y te diré qué es lo que deberías hacer. No hay mayor ciencia que esa

La única manera de ponderar la tendencia de las reglas de Bueno de Mesquita y Smith sobre cómo uno llega al poder (que si uno sale elegido por una mayoría tenderá a gobernar para el beneficio de dicha mayoría) es afirmando que los recursos para salir elegido plantean un dilema al político (algo que, por influencia de Przeworski fue incluido aquí y aquí): se necesita de los recursos de una minoría (estos recursos se otorgan porque se espera rentabilidad en dicha inversión) para poder hacer campaña prometiendo beneficiar a las mayorías. Entonces al salir elegido uno tiene optar por qué grupo traicionar (lo otro sería asumir que los intereses convergen, pero una posición escéptica no estaría tan convencida de que ello sea efectivamente así). Si prestamos atención a las reglas instituciones en un contexto de gran desigualdad en la posesión de recursos, veremos que resulta más viable el gobierno del líder apoyando a los grupos que controlan los recursos porque (a) es altamente probable que hayan financiado al candidato y (b) porque si ese no es el caso, no resulta muy atractivo comprarse el pleito de realizar reformas radicales o significativas que puedan dar frutos en el largo plazo, o peor, que las den en el corto plazo, pero que ello no pueda ser premiado con una reelección, y (c) porque la minoría tiene mayor fortaleza, organización y capacidad de presión. Los incentivos que tendría que tener tendrían que ser puramente ideológicos o morales. Bajo el paradigma de la supervivencia política, dado que esos incentivos no son relevantes, no se espera ningún cambio significativo para redistribuir o hacer cambios que perjudiquen a quienes controlan la mayor cantidad de recursos si es que no hay manera de mantenerse en el poder. Sin reelección inmediata el político es menos autónomo, para bien (redistribuir o mejorar la vida de las mayorías, sea con una visión de largo plazo enfocada en la productividad, o de corto plazo con clientelismo y asistencianlismo) o para mal (ser autoritario vía el tumbarse a las instituciones democráticas o expropiando) y depende más de los grupos que concentran los recursos. Lo que sí creo que debería añadirse aquí es el factor internacional que da costos materiales y simbólicos a los giros autorios. Y si el Perú tiene mucho western linkage y poco leverage (para utilizar las variables de Levitsky y Way)  es difícil que tal giro autoritario (en materia económica y política) se dé (esto también garantiza la dependencia del Perú de los intereses de las potencias de turno y genera una reducción significativa a su soberanía en todo nivel).  Lo mismo se aplica para la posibilidad de un golpe de Estado por parte de los grupos que concentran los recursos, si es que el líder buscase emprender reformas significativas en materias de redistribución. Dado ese impasse, parece ser que lo más influyente para mermar la voluntad política de los programas progresistas es la imposibilidad de ser reelegido que disminuye el incentivo para comprarse esos pleitos. De ahí que si gana el candidato con ideas progresistas, se vea luego motivado a excluir de la coalición ganadora a los que planteen intereses contrarios a los de los grupos que concentran los recursos (Ollanta Humala y García son ejemplos paradigmáticos de ese viraje programático en nuestra novísima democracia). Otro elemento a considerar a la hora de mantener el poder es que los políticos necesitan mucha confianza. Y si en nuestro país los partidos políticos son débiles y poco organizados, la confianza residirá sobre todo en las personas cercanas al líder. De ahí que no deba sorprender la vinculación de familiares y de personas cercanas a la familia presidencial, fuera de los miembros explícitamente representativos de los grupos que controlan los recursos. Es lo más racional que podría hacerse en un contexto así desde la perspectiva de la lógica de la supervivencia política.

El flujo de recursos se vuelve fundamental aquí. Y si vemos que las políticas públicas redistributivas y de incremento en la productividad son costosas políticamente y son de baja preferencia temporal, resulta poco atractivo emprenderlas si no hay posibilidad de mantenerse en el poder (y sin partidos modernos que trasciendan a las personas, la posibilidad es muchísimo menor). A esto se debe añadir que por el pasado reciente, pueda deslegitimarse mediáticamente  cualquier fortalecimiento estatal e intervención económica bajo la señal del futuro desastre (los fantasmas de Velasco y García 1). De ahí que se use el voto de las mayorías, pero se gobierne para el interés de las minorías (algo en la línea del robo a los pobres para el beneficio de los ricos).

Para mantener dicho apoyo, el flujo de recursos es clave. Sea que se dé esto vía corrupción o vía la promoción legal de sus intereses, favoreciendo determinadas políticas económicas, tributarias y laborales (como en la reciente “Ley Pulpín”). Los electores no pueden castigar estas medidas porque no hay posibilidad de reelegir al líder. Y si los clivajes político partidarios más estables son el anti-fujimorismo y el anti-aprismo, la elección entre continuos males menores es trivial para los grupos que controlan los recursos, dado que sus intereses en este esquema tienen un muy poco probabilidad de ser realmente amenazados. Entonces la única tarea, fuera de proveer dichos flujos, es no destruir el capital político de una manera dramática para el corto plazo (evadiendo una moción de vacancia por incapacidad moral) o para el largo plazo (aunque esto es muy relativo, ya que Alan García puedo ser reelegido luego de su primer gobierno).

A lo anterior debemos añadir dos elementos que también contribuyen a que nuestro país tenga un desempeño deficiente en la tendencia de Bueno de Mesquita y Smith según la cual las democracias aumentan el bienestar de la gente. Lo primero es que si las instancias de control, fiscalización y judicialización de las malas prácticas son ineficiencias y corruptas, será difícil impedir que los políticos de turno vayan en contra de las leyes, cometiendo actos de corrupción y atentando contra los derechos civiles de los grupos opositores (fuera de permitir denuncias y escándalos que sean canalizados por los medios para hacer perder de vista lo que realmente está en juego). Lo segundo es que si el Estado tiene poca capacidad (si es débil), entonces también es difícil mantener cosas básicas como el orden, la seguridad, la efectividad de la ley y la recaudación de impuestos (lo que nos interesa más aquí).

El Estado tendría que fortalecerse mucho más poder cobrar impuestos propiamente en un contexto de masiva informalidad entre la fuerza de trabajo local. Y si la productividad de los ciudadanos es bastante baja, resulta una mala inversión porque sería más costoso cobrar los impuestos que la cantidad que al final sería recaudada. Parece pues razonable que debería primar el incremento en la productividad para que tenga sentido la extracción, o que dicho fortalecimiento surja de un aumento de los tributos del sector formal de mayores ingresos. Sin embargo, hemos visto como eso resulta inviable por el contexto en el cual se desenvuelve la política local. De ahí que sin incentivos para una baja preferencia temporal, el asunto sea depender de actividades extractivas (con todos los riesgos de largo plazo que ello trae) y desinteresarse de incrementar el bienestar, productividad y tributación de las mayorías. Finalmente, solamente son 5 años. No es casual entonces que el discurso del gobierno tienda a preferir el oro al agua, aunque en la campaña se digan otras cosas (una cosa es con la guitarra de los intercambiables y otra con el cajón de los esenciales), y que si llega a haber dinero extra luego de beneficiar a los grupos que concentran recursos, este se mantenga alienado con una disciplina fiscal ortodoxa, o que sirva para programas sociales neoliberales (de baja preferencia temporal), o que se vea la manera de transferirlo al líder y a su entorno cercano vía actos de corrupción o leguleyadas. No resulta atractivo usar ese dinero en medidas de largo plazo que redunden en bienestar y productividad porque será muy difícil capitalizar eso políticamente en el corto y mediano plazo. Lo que debe interesarnos aquí es que si la dependencia en actividades extractivas es clave para el desempeño económico, cuando se tengan momentos de crisis económica o de desastre natural en un lugar importante para el gobierno (no Pisco) y un Estado débil que no sirve a las mayorías de manera sustantiva, la movilización en contra del establishment podría ser mucho más radical y atentar contra el sistema político en su conjunto (léase, el recurrente patrón de olas autoritarias y populistas que regresan cada cierto tiempo). Esto resulta más probable que depender de ayuda extranjera, ya que hay muchos países que la necesitan más y que pueden ofrecer mayores beneficios a los países del primer mundo (porque ya vimos que su función principal no es mejorar la vida de la gente). Quien tiene el beneficio aquí son los descontentos que puedan organizarse y movilizarse en contra del gobierno. Su éxito depende, según los autores, de la debilidad del gobierno (que en el Perú es significativa). Por eso es posible conquistar vetos a medidas a través de la movilización y la rebelión. La represión dependerá de qué tan beneficiada esté la policía y el ejército por parte del gobierno. Por eso ofrecer mayor bienestar al aparato coercitivo debería ser una prioridad en momentos de crisis para que dichos grupos estén del lado de los descontentos (los grupos que concentran recursos lo saben y aprovechan esa situación para comprar a la policía como su aparato coercitivo privado en contextos de movilización contra la actividad extractiva). Mientras el gobierno no reprima y conceda, las movilizaciones tendrán más confianza en sí mismas y tenderán a desarrollar mayor organización y fuerza (el ejemplo de Podemos en España por eso resulta más que interesante).

En el caso de la guerra, nuestro país es irrelevante. Sin embargo, hay un elemento relevante para pensar el monopolio de la violencia en el territorio. Esto tiene que ver con el poco cuidado y fortalecimiento de las fuerzas armadas (mal entrenamiento y equipo de pésima calidad, fruto de compras que generan sospechas por todos lados). Si el Estado tratara a sus Fuerzas Armadas de manera democrática y no autoritaria, invertiría muchísimo más en ella y podría tener un mayor control del territorio en lugares donde el Estado es inexistente. Pero el interés cortoplazista y el hecho de que las capas de desigualdad y etnicidad se superpongan, al punto de hacer de los excluidos soldados mal pagados y equipados, no genera más que ineficiencia y desconfianza por parte del gobierno sobre lo que el ejército puede hacer, mientras que por parte de la ciudadanía la desconfianza se enfoca en el grado de abuso y potencial corrupción que pueda tener. Mientras los solados no importen a la ciudadanía, ni al gobierno, ni a los grupos que concentran recursos, su fortalecimiento será inviable y su impacto en las tareas de seguridad interna por actividades ilícitas de depredación de recursos, narcotráfico y terrorismo no será más que un fracaso o mera mediocridad. Mientras que dicha situación no sea un prioridad para los grupos que concentran recursos, porque para los políticos democráticos ello será secundario por no afectar a la mayoría de votantes y por no haber reelección, la situación no debería cambiar dramáticamente.

Finalmente, las recomendaciones de los autores están dirigidas a los países democráticos poderosos que pueden tomar decisiones que tengan un impacto relevante en el mundo (o sea, no nosotros). Sin embargo, podemos tomar su espíritu anti-utópico y suponer que hay medidas verosímiles que podrían tener un impacto en el mejoramiento del sistema político democrático. Lo que queda claro es que la reelección en un nivel formal parece necesaria (quizá limitada a un período consecutivo, como en el caso de los Estados Unidos). Sin embargo, presenta dos serios problemas. El primero es que es una medida política impopular que siempre podrá ser deslegitimada mediáticamente como promoción de autoritarismo. Lo segundo, que apoya dicha tesis, es que los únicos casos de reelección que hemos tenido en el siglo XX desarrollaron dicha concentración de poder político autoritario: Leguía y Fujimori. De ahí que no haya mucho sustento para desarrollarla, aunque todo indica que abriría la posibilidad a visiones de mayor largo plazo y a una rendición de cuentas inmediata por el desempeño político, con lo que el cumplimiento de las promesas o su rechazo con un desempeño que mejore o que genere la percepción de mejora en el bienestar de la gente, sería mucho más posible. Digo posibilidad porque también podría darse el giro autoritario, aunque el contexto internacional no lo hace tan fácil. Lo otro es que una crisis, desastre o escándalo mayor, genere tal descontento que los esenciales que controlan los recursos estén dispuestos a hacer concesiones para no perderlo todo. Ello no parece tan probable, pero en el Perú nunca se sabe.

Luego de hacer esta revisión, lamentablemente el contexto no se ve muy alentador. Lo que hay Estado débil, con partidos débiles, en un contexto de asimetría de recursos materiales, simbólicos y mediáticos, donde la dependencia extractiva es muy significativa. La imposibilidad de reelegir presidentes disminuye el incentivo de cumplir promesas que tengan que ver con reformas redistributivas significativas, con aumento de productividad y con fortalecimiento estatal para que exista orden, monopolio de la ley y políticas públicas que mejores la vida de las mayorías. Los grupos que controlan recursos se fortalecen y consolidan, deviniendo en un poder fáctico esencial para la supervivencia política del líder durante 5 años, fuera de poder además financiar su acceso al poder (y como son buenos inversionistas pueden incluso financiar a varios para no correr riesgos). El incumplimiento sucesivo de promesas y programas genera desconfianza en la élite política y, mucho peor, en la economía y las instituciones políticas de la democracia. Ello sumado aumento de la desigualdad y la exclusión, con una mayor informalidad, precariedad salarial e irrelevancia en la reproducción del capital y de los intereses de la élite política estatal, y de los grupos que controlan los recursos, abre la puerta a giros populistas y autoritarios que destruirían aún más el largo plazo, aunque generen un aumento de bienestar material inmediato, aunque no sostenible en las mayorías. esta dislocación entre reglas institucionales, desigualdad de recursos, baja productividad y debilidad estatal la que genera la trampa estructural de nuestra democracia.

Supuestos y desenlaces en el análisis

El análisis político sobre el día a día en nuestro país tiene unos supuestos y desenlaces más que pintorescos.

Supuestos

En términos de supuestos debemos regresar a la conocida frase de Hegel según la cual lo real es racional. Fuera de lecturas más maduras y provechosas sobre la relación entre la razón, la objetivación y realización histórica, nos basta la lectura más simple que suele ser atribuida aquí. La idea básica es que las lecturas metafísicas influenciadas por Hegel terminan haciendo racional y dialéctico todo, lo cual cae o (a) en absurdos, o más importante: (b) en un intento de malabares filosóficos por justificar la situación existente. Los jóvenes hegelianos de izquierda, y luego los marxistas revolucionarios, cuestionaron esto porque querían transformar el mundo y no justificarlo racionalmente con alguna interpretación. Sin embargo, los anti-hegeliano-marxistas no querían estas salidas  dialécticas fáciles y contra Hegel y Marx destacaron (1) la importancia de los datos y de la experiencia, (2) la posibilidad de falsear los conocimientos y (3) el hecho de que las grandes estructuras no explican todos los fenómenos, dado que existe espacio para la agencia de determinados actores. En este desenlace de supuestos vemos que los analistas de una generación más de izquierda y con perspectivas más estructuralistas se contraponen a una joven generación que es menos militante y que destaca el peso explicativo de decisiones individuales, siendo el reproche principal el apelar a la complejidad de la realidad y a que no es sabio confundir las creencias con los deseos. En última instancia, la relación entre la ciencia y la política que pueden ser pensadas desde Gramsci (intelectuales orgánicos) o desde Weber (ciencia y neutralidad como vocación).

Desenlaces

En términos de desenlaces quienes abogan por una defensa de las decisiones de actores y de la evidencia empírica curiosamente terminan haciendo dos cosas en sus análisis: (1) hipostasear ontológicamente el principio metodológico de la racionalidad que caracteriza a las decisiones de los agentes. Esto en la práctica termina siendo la versión del individualismo metodológico y de la elección racional de la frase hegeliana. Los actores políticos siempre, en principio, son racionales y todo lo que pasa tiene una razón de ser (razón que implícitamente pasa por necesaria… tenía que ser así porque si no, hubiese sido racional decidir otra cosa). A esto hay que añadir lo cómico que resulta un investigador de la política que tiene que confiar en lo que dicen sus entrevistados, como si de esa forma la asimetría de información y poder entre la academia y el agora pudiese resolverse y reconciliarse (como si el pacto con el diablo pudiese traducirse al sermón de la montaña). Como si un político importante o un alto funcionario quisiera servir a la causa científica. Pero como no es fácil ni deseable justificar todo vía decisiones racionales, se limita tal racionalidad a través de (2) el declarar que las instituciones políticas son débiles y con poca capacidad. En este punto lo que se resuelve son actores que toman decisiones racionales en un contexto terrible para ser racional y donde las reformas son muy difíciles. De la herencia colonial pasamos, pues, a la herencia de las instituciones débiles y un gran pesimismo se anuncia (lo cual tampoco es que sea malo en sí mismo, la verdad). Los pluralistas metodológicos y no deterministas terminan justificando lo existente, aunque no dialécticamente. Toda propuesta o intento de cambiar es anulado por la articulación de los dos elementos que caracterizan a los desenlaces del análisis y que parecen un reflejo invertido de las promesas que se anuncian con los supuestos. En cambio, los que se reconcían como militantes y estructuralistas suelen destacar siempre que otros mundos son posibles, que otras decisiones siempre son posibles y que las reformas institucionales son posibles. De ahí que en cada proceso y coyuntura defiendan la esperanza, a menos que sean cínicos, de que todavía el progresismo puede salvar al país (pasamos de creer en la revolución a la vuelta de la esquina, a pensar que podemos reducir la desigualdad social en cada momento… aunque sea).

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En todo caso, lo que sí se cumple es la versión prosaica del ardid de la razón hegeliana: que nadie sabe realmente para quién trabaja.

Más allá de la concentración de medios

Se está debatiendo si es que hay o no concentración de medios en el Perú. Lo interesante es que, en los extremos y a nivel metodológico, parece ser que hay visiones contrapuestas sobre la libertad y la inteligencia de las personas. En el lado derecho y libertario, la tesis es que las personas son libres, racionales e inteligentes para elegir, y si han premiado a una empresa para que tenga el 80% del mercado, nadie debe meterse. La gente es inteligente y sabe lo quiere (“soy libre y hago lo que quiero”). En el lado izquierdo y crítico, lo que se afirma es que los medios ideologizan a las personas y estas no son realmente libres, así que darle ese poder a una empresa haría que los aparatos ideológicos tengan un poder soberano absoluto. La gente es manipulada y lo que se debe hacer es garantizar las condiciones estructurales donde esta manipulación no pueda darse (“perdónalos Marx porque no saben lo que hacen”). De un lado, una libertad puramente abstracta y de otra un determinismo rampante. La tercera antinomia kantiana en su reformulación de ciencias sociales: quienes dan más peso a la agencia individual y quienes dan más peso a las estructuras sociales.

Como es difícil que existan posiciones extremistas que sean razonables, provisionalmente uno podría decir lo siguiente:

1. Las personas son menos libres de lo que cree la derecha.

2. Las personas son menos estúpidas de lo que cree la izquierda (y Aldo Mariátegui, que es un marxista como su abuelo José Carlos, pero de derecha).

Sin embargo, una posición elitista podría considerar que la cuestión con la inteligencia y su relación con la libertad es más trágica. Se podría decir que quizá es análoga al desarrollo físico. Así como los atletas entrenan y se alimentan bien (idealmente) desde niños, personas que nunca se han ejercitado o comido saludablemente pueden luego cambiar su vida, pero es improbable que accedan a un nivel que esté por encima del promedio. De la misma forma, uno podría decir que quienes no han sido educados adecuadamente desde pequeños, por más capacitaciones que tengan, no podrán remediar daños que los condenarían a estar por debajo del promedio. Desde esta perspectiva, las personas en un país con un pésimo sistema educativo no podrán ser suficientemente inteligentes para discernir analítica y críticamente ciertas cosas que solamente una minoría podrá. Recibir educación basura y consumir basura mediática solamente refuerza que uno tenga ideas basura. Y ningún tipo de reforma podrá eliminar esto. El elitista concluirá que, en el mejor de los casos, hay que dar por perdida esta generación y trabajar con la siguiente, o simplemente dedicarse a trabajar con la minoría más talentosa. Lo otro es simplemente moralismo cristiano y la esperanza de que el hijo pródigo regrese.

Si tiene intereses de derecha, podrá decir que está bien la mentira socrática piadosa de decirle a la gente estúpida que no le es, considerando esto como un decoro pragmático que le permitirá lucrar (todos queremos como clientes que se nos trate bien). Y si siente culpa y compromiso con los más necesitados, pero leyó suficientes libros como para ser ateo, entonces simplemente tendrá que abrazar un vanguardismo platónico-leninista para salvar a los marginados de sí mismos. Esto no quiere decir que tenga que promover un gobierno autoritario. Podría simplemente ser un tecnócrata no gubernamental y promover políticas que lo hagan sentir bien

Entonces, mientras la élite económica y la élite de intelectuales progresistas (porque administradores o economistas aquí no parece haber mucho) piense que el resto de mortales razonan como ellos, debates como estos son más que intrascendentes para la vida concreta de la gran mayoría del país. La pregunta es si es que eso debe importar.

Dime qué tan inteligente y libre crees que es el ciudadano promedio y te diré quién eres.

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