Vacío

El nombre propio del ser

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El problema agente-estructura en la teoría de las relaciones internacionales y el debate con Hollis y Smith

En la entrada anterior me pareció interesante considerar la especulación teórica de Wendt como una versión más sofisticada (y actual) de la visión de Kojève sobre el llamado “Estado universal homogéneo”, en tanto que se encuentra articulada con aproximaciones más contemporáneas en las ciencias sociales. Sin embargo, antes de discutir ese texto me pareció oportuno dedicar una serie de entradas a analizar y discutir sus principales textos teóricos previos (lo cual va a constituir una larga digresión). Ello creo que permitiría tener una mayor comprensión del trasfondo teórico de Wendt, así como de los debates teóricos y metateóricos en los que ha sido uno de los interlocutores principales y decisivos. De esta forma se podrá apreciar mejor la tesis sobre el Estado mundial (y su supuesta “inevitabilidad”), así como también una parte importante de la reciente historia de discusión teórica sobre el constructivismo y sobre la cuestión metateórica en torno al realismo científico dentro del campo de las relaciones internacionales.

Creo que esta larga digresión sería provechosa para dichos temas, en tanto que Wendt ha sido considerado uno de los teóricos de las relaciones internacionales más importantes de las últimas décadas. Revisando su producción académica del período 1987-1998 previa a su Teoría social de las relaciones internacionales del 1999 (la cual debe ser abordada por separado en otra serie de entradas) es posible agrupar los artículos “preparatorios” a dicho libro en función a tres diferentes ejes temáticos: (1) el problema agente-estructura y el debate con Hollis y Smith; (2) los primeros ensayos de una visión sistémico-constructivista de las relaciones internacionales y el debate con Mearsheimer; y (3) el realismo científico y la importancia que éste tiene para con las ciencias sociales y, más específicamente, para con las relaciones internacionales. Luego de las entradas dedicadas a estos tres ejes y (4) a su Teoría social, sería posible revisar los artículos posteriores (2000-2005)  donde es que se discute la teoría sobre  (5) el Estado mundial y sobre el estatuto ontológico de la personalidad del estado, con sus respectivos debates. Finalmente, y esto trasciende al interés propedéutico de estos análisis para la cuestión del Estado mundial, se estará en posición de entender (6) su giro cuántico (2006- ) y las implicancias que dicha posición tiene para con las ciencias sociales y las relaciones internacionales.

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El problema agente-estructura

En su influyente artículo de 1987, Wendt inicia su análisis considerando como problemáticas dos visiones que para él toman posiciones opuestas en el problema agente-estructura. En primer lugar, el realismo estructural de Waltz toma como punto de partida a los Estados como unidades, cuyas propiedades observables constituyen la distribución de capacidades de la estructura internacional. Esto para Wendt hace que la estructura en Waltz sirva para restringir el comportamiento de unidades previamente constituidas (lo que para Wendt haría de esto una posición “individualista”, o comprometida con una ontología individualista). A diferencia del realismo estructural, la teoría del sistema-mundo de Wallerstein pensaría la estructura del sistema internacional a partir de la economía capitalista global, la cual es la que constituye a las unidades mismas (lo que para Wendt haría de esto una posición “estructuralista” comprometida con una ontología holista Ambas ontologías para Wendt resultarán problemáticas, pues toman como elemento ontológico primitivo al sistema (Wallerstein) o a los Estados (Waltz), siendo el efecto principal de dichos reduccionismos el no poder dar cuenta de los poderes y propiedades causales de las unidades básicas (lo cual genera problemas para poder explicar la acción de los Estados). La respuesta de Wendt para abordar este problema estará basada en la teorías de tipo más estructuracionista (salvando las obvias distancias, aquí Wendt tiene en mente a autores como Giddens, Bourdieu y Bhaskar).

El problema agente-estructura tiene dos dimensiones, una ontológica y una epistemológica. El problema ontológico tiene que ver con qué son los agentes y las estructuras sociales (qué tipo de entidades son y cómo es que se relacionan). El realismo estructural y la teoría del sistema-mundo optan por reducir un elemento al otro (el agente a la estructura en el caso de Wallerstein, y la estructura al agente en el caso de Waltz). La otra opción es sostener que ambos términos son irreducibles ontológicamente pues están co-determinidos y están mutuamente constituidos (esta es la posición que Wendt va a defender). Para Wendt, entonces, son tres las posibles soluciones al problema ontológico del problema agente-estructura: individualismo, estructuralismo y estructuracionismo.

El problema epistemológico del problema-agente estructura tiene que ver con el tipo de explicación que es posible para dar cuenta de ambas entidades. Esto supone compromisos ontológicos acerca de qué propiedades causales son las más relevantes, y si son las explicaciones que den mayor peso a los agentes (o a las estructuras) las que cuenten con un mayor poder explicativo. Más específicamente en el caso de las explicaciones estructurales (que es en lo que se centra el artículo, dado que las dos teorías ya mencionadas son de tipo estructural), las teorías estructurales que reducen la estructura a los agentes (individualismo) considerarán que el carácter explicativo de las estructuras es el de constreñir o restringir el comportamiento de agentes previamente constituidos. Para Wendt este es el caso del realismo estructural, pues toma a los Estados como dados y son sus propiedades observables las que componen la estructura. Por su parte, las teorías estructurales que reducen a los agentes a las estructuras dotarán a estas últimas de un carácter explicativo de tipo constitutivo para con los agentes. Este es el caso de la teoría de Wallerstein en tanto que la estructura aquí constituye a los Estados mismos, siendo la estructura la unidad ontológica primitiva de la que los Estados son efectos constitutivos generados. En ambos casos, individualismo y estructuralismo, las unidades ontológicas primitivas se asumen como dadas y terminan siendo reificadas (en el primer caso son los Estados y en el segundo, el sistema-mundo en su conjunto).

La teoría de la estructuración como posible solución al problema agente-estructura opera como una ontología social que busca superar dichas visiones ontológicas unilaterales (las del individualismo y el estrructuralismo), sosteniendo que la relación entre ambas entidades (agentes y estructuras) es de co-determinación y de mutua constitución. Pero para Wendt es importante fundar dicha teoría social en un realismo científico, pues dicha filosofía de la ciencia permite concebir como legítimas a las estructuras generativas no observables, posibilitando así un mayor número de preguntas y líneas de investigación. Esto no quiere decir que el realismo científico implica necesariamente a la teoría de la estructuración, pero sí quiere decir para Wendt que la teoría de la estructuración requiere como condición de posibilidad de sí misma al realismo científico, so pena de no ser descartada como mera metafísica por parte de posiciones de tipo positivistas o empiristas, las cuales pensarían que las estructuras sociales son en realidad ficciones metafísicas.

La razón principal por la cual el realismo científico permite considerar a dichas estructuras como parte de una ontología científica se debe a que no considera a los términos no observables de las teorías como meras ficciones útiles. Esto se debe a que bajo dicha filosofía de la ciencia se considera como legítimo el inferir la existencia de dichas estructuras si producen efectos observables, y si es que su manipulación nos permite intervenir en el mundo. No asumir esto para Wendt implicaría considerar al éxito de la explicación de la ciencia como si se tratase de un mero milagro. La otra diferencia del realismo científico es que concibe a la explicación científica como aquella que provee de mecanismos causales, los cuales generan a los fenómenos en cuestión. Esto distingue al realismo del ideal positivista que busca encontrar regularidades (o leyes) vía la generalización de conjunciones constantes.

Para Wendt, la teoría de la estructuración supone cuatro compromisos ontológicos: (1) la realidad (no reducible) y la capacidad explicativa de estructuras sociales no observables, las cuales generan agentes; (2) un tipo de racionalidad práctica que dé cuenta de la intencionalidad de los agentes (3) el rechazo de una subordinación o reducción de un elemento al otro; y (4) que las estructuras sociales son indesligables de estructuras temporales y espaciales. En el caso de las relaciones internacionales, una concepción estructuracionista de la estructura del sistema internacionales consideraría que dicha estructura podría tener efectos constitutivos y generativos en los Estados. En esto el estructuralismo se parece al estructuralismo. Pero la diferencia entre ambos se debe a que el estructuracionismo no supone que la estructura social existe al margen de las prácticas y de la comprensión de los agentes. Tienen dependencia ontológica, pero no son reducibles a las prácticas de los agentes (las estructuras constituyen y restringen a los agentes, pero los agentes producen, reproducen y transforman a las estructuras). Esto en el caso de las relaciones internacionales implica pensar que la estructura del sistema internacional no existe al margen de las prácticas de los Estados. Pero, al mismo tiempo, los poderes causales y los intereses de los agentes son constituidos por las estructuras. Aquí Wendt considera que las estructuras pueden ser externas (estructuras sociales), o internas (estructuras organizacionales) a los agentes. En el caso de las relaciones internacionales esto se expresa como estructuras internacionales (estructura social) y las estructuras domésticas (estructura organizacional).

Desde esta perspectiva estructuracionista, para poder explicar el comportamiento de los Estados, la explicación debe ser para Wendt de tipo histórico-estructural. El elemento histórico tendrá que ver con el comportamiento actual (investigando los efectos de los intereses y poderes causales de los agentes), mientras que el aspecto estructural tendrá que ver con el comportamiento posible (es decir, con las estructuras sociales y organizacionales, en tanto que posibilitan los intereses y poderes vía efectos constitutivos y generativos). Sin embargo, en la realidad social ambas dimensiones se encuentran entrelazadas, pues es la dimensión histórica la que genera y reproduce a las estructuras (sociales y organizativas). El ideal explicativo de un análisis histórico-estructural, entonces, busca dar cuenta de la constitución de los agentes (en este caso de los Estados), de sus intereses y poderes causales; al mismo tiempo que busca explicar la secuencia de acciones que ha generado eventos específicos, así como la reproducción de las estructuras mismas (vía consecuencias esperadas, pero también inesperadas de las acciones realizadas por los agentes).

El debate con Hollis y Smith

Teniendo en cuenta estos desarrollos es que podemos pasar a abordar el debate de Wendt con Martin Hollis y Steve Smith en torno a cuestiones metateóricas en el campo de las relaciones internacionales. En su artículo, Wendt sostiene que la teorización de primer orden es la que busca contribuir a que podamos entender lo que sucede en las relaciones internacionales. De ahí que se producción sea la de teorías substantivas (por ejemplo, teorías realistas o liberales). En cambio, la teorización de segundo orden (o meta-teoría) contribuye indirectamente a nuestra comprensión de los fenómenos internacionales vía la discusión de cuestiones ontológicas y epistemológicas. Esta influencia indirecta puede verse claramente en las implicancias que tenga dicha discusión para considerar como legítimas ciertas preguntas y respuestas, así como para abrir nuevas posibilidades de teorización substantiva (un ejemplo de esto sería el camino teórico que trata de abrir Wendt con el realismo científico, en tanto que dota de legitimidad a la investigación de tipo estructural). Lo importante de esta discusión de segundo orden es que hace explícitos los compromisos que todo tipo de investigación tiene, pero el valor de dicha conversación debe ser medido por el aumento de nuestra comprensión de problemas de primer orden (esto quiere decir que no se trata de especular por especular).

De acuerdo a Wendt, lo que hacen Hollis y Smith en su libro Explaining and Understanding International Relations es formular dos tipos de retos que toda teoría substantiva de las relaciones internacionales debe de enfrentar. El primero tiene que ver con el problema de los niveles de análisis, esto es, si la explicación debe ir “de arriba a abajo” (del sistema a la unidad: holismo) o “de abajo hacia arriba” (de la unidad al sistema: individualismo). El segundo reto tiene que ver con la tensión entre explicar y comprender. La primera aproximación toma una perspectiva externa, causal y naturalista; mientras que la segunda toma una perspectiva interna e interpretativa. Al combinar estos retos es posible tener cuatro posibles combinaciones: holismo explicativo, holismo interpretativo, individualismo explicativo e individualismo interpretativo. Sin embargo, lo crucial para ambos es que la explicación y la comprensión son modos complementarios de conocimiento, con lo que siempre es posible contar dos historias sobre el fenómeno en cuestión. Y la pertinencia de cada tipo de aproximación dependerá en última instancia del problema de investigación específico. Wendt presenta, a mi modo de ver, fundamentalmente tres críticas.

La primera es que Hollis y Smith confunden dos tipos de problemas: el problema agente-estructura y el problema de los niveles de análisis. Debe recordarse que el problema de los niveles de análisis formulado por Singer (quien toma su inspiración de las tres “imágenes” de Waltz) tiene que ver con la pregunta por el nivel de agregación que permite explicar el comportamiento de los Estados (en su versión más ampliada, los niveles serían los siguientes: el sistema internacional, la política doméstica, la política burocrática, y finalmente la psicología individual). En estos análisis la variable dependiente es siempre el comportamiento estatal (la política exterior) y la discusión gira en torno a saber cuál es la principal variable independiente. Se trata pues, de un problema de tipo explicativo (qué nivel de análisis posee el principal peso causal en la explicación de la política exterior). Según Wendt, en el uso de dichos niveles por parte de Hollis y Smith, lo que debe ser explicado no siempre es el comportamiento estatal y la manera cómo se frasea el problema de los niveles de análisis parece más bien referir al problema agente-estructura en tanto problema ontológico, esto es, en tanto que a veces se pregunta si es que es las propiedades o comportamiento de una unidad pueden ser reducidos a los de otra unidad que se encuentra en otro nivel de análisis, y si es que estás unidades son agentes o estructuras. Esto para Wendt es el problema ontológico entre el holismo y el individualismo que fue presentado en la sección anterior. Sé que esto suena confuso, así que voy a tratar de volver a frasearlo para que se entienda la distinción que busca hacer Wendt entre ambos problemas: es posible tener una explicación sistémica (problema de los niveles de análisis) articulada con una ontología individualista o holista (problema agente-estructura). El ejemplo de esta distinción puede verse en los casos teóricos que Wendt discute en su artículo anterior, donde sería posible decir que tanto el realismo estructural, como la teoría del sistema-mundo buscan tener explicaciones sistémicas, aunque sus ontologías sean diferentes (la primera individualista y la segunda, holista).

La segunda crítica que hace Wendt tiene que ver con que para Hollis y Smith el realismo estructural de Waltz es un caso de holismo. Sin embargo, Wendt considera que eso es falso, dado que la estructura opera sobre unidades previamente dadas y no las genera. Esto quiere decir que lo que hace la estructura del sistema internacional en Waltz es regular el comportamiento de las unidades, pero no las constituye Lo que estaría a la base sería, como ya se ha venido diciendo, una ontología individualista donde la no diferenciación funcional y la distribución de capacidades de la estructura dependen de los atributos observables de los Estados, los cuales operarían como dados en la teoría de Waltz.

Finalmente, la tercera crítica tiene que ver con que para Wendt explicar y comprender es una distinción basada en una concepción positivista de la ciencia (esto, debe mencionarse, es históricamente cierto cuando se presta atención a los desarrollos de dicha distinción en la filosofía continental de inicios del siglo XX, digamos de Dilthey a Gadamer). Una posición realista para Wendt puede considerar que ambas aproximaciones son necesarias para una ciencia social naturalista. Más que contrapuestas, dichas aproximaciones divergen en el tipo de pregunta que abordan. Aunque Wendt no hace explícito esto, me parece que a lo que alude es que para él la ontología del realismo científico (a la Bhaskar) permitiría rechazar la idea de que explicar y comprender son aproximaciones epistemológicas incompatibles (o, en todo caso, inconmensurables) . Para Wendt, dicha distinción sería realmente metodológica, fuera de decir que no es cierto que siempre “hay dos historias que contar”. A veces una pregunta de investigación demandará como más pertinente un tipo específico de aproximación. Lo otro sería absolutizar la distinción y cerrar a priori ciertas preguntas porque no pueden ser investigadas con un tipo de metodología específica. Para Wendt, si la discusión metateórica sirve de algo, es para evaluar la legitimidad de ciertas preguntas, con el fin de poder generar nuevas teorías substantivas.

Hollis y Smith responden a Wendt y lo primero que sostienen es que Wendt, tanto en su artículo sobre el problema agente-estructura, como en el artículo donde reseña su libro usa el gesto retórico de apelar a “gurus”. Básicamente, de lo que acusan a Wendt es de apelar a la teoría de la estructuración y al realismo científico como paradigmas teóricos que ya habrían superado los problemas de la teoría social. Esto para ellos es algo evidentemente algo falso, pues dichas aproximaciones no han sido inobjetables en sus disciplinas de origen (la sociología y la filosofía de la ciencia). De hecho, lo que sucede es todo lo contrario: ni la teoría de la estructuraciónm, ni el realismo científico (especialmente el de Bhaskar) gozan de una posición hegemónica en sus respectivos campos disciplinarios.

En el caso de la interpretación sobre la Teoría de Waltz, Hollis y Smith piensan que el texto da lugar a ambas lecturas. La primera es la de Wendt: la ontología de Waltz es individualista pues toma como dadas a las unidades y la estructura emerge de sus interacciones (en analogía con la microeconomía, la cual también está basada en una ontología individualista). Sin embargo, la segunda lectura que ellos defienden es que la teoría sistémica requiere tomar a la estructura como algo distinto a las unidades. Si bien es cierto que las unidades al interactuar producen la estructura (como algo no intencional), lo importante para Waltz es que una vez generada, dicha estructura opera como una fuerza que empieza a regular (causalmente) la interacción de las unidades. Esto puede ilustrarse con los conocidos mecanismos de selección y socialización de la estructura de Waltz, los cuales contribuyen a que que las unidades del sistema se asemejen. Para Hollis y Smith, si es que la estructura no tuviese poder causal, entonces el realismo estructural no tendría poder explicativo para entender las dinámicas sistémicas de la política internacional a partir de la anarquía y la polaridad.

Lo que Wendt responde es que la lectura de Hollis y Smith sobre Waltz debe rechazarse, pues asume implícitamente la idea de que solamente existe un tipo de teoría sistémica, entendida como una estructura que restringe comportamientos, o que regula la interacción de las unidades. Adicionalmente para Wendt debe poder concebirse como posible que una teoría sistémica pueda dar cuenta de la constitución de identidades e intereses. El problema con Waltz según Wendt es que que se asume que las unidades del sistema (los Estados) ya poseen como un atributo intrínseco dado el hecho de que son agentes egoístas. Esto quiere decir que los intereses y las identidades estarían dadas. Esto para Wendt es consistente con la analogía microeconómica que Hollis y Smith recordaban de la teoría de Waltz, pues aquí también las preferencias de los agentes son tenidas como exógenas a la interacción.

Esta distinción teórica es importante porque al añadir la dimensión constitutiva de identidades e intereses a la estructura internacional, es posible concebir sistemas anárquicos donde la “lógica de la anarquía” no implique necesariamente un sistema de auto-ayuda donde cada unidad vele exclusivamente por sus intereses (siendo esto último uno de los presupuestos básicos del realismo estructural, de acuerdo a Wendt). Lo que está en juego con esta diferencia es el poder admitir que el sistema internacional no tendría porque estar condenado a operar bajo las dinámicas del realismo político. Esto no quiere decir que dicha transformación sistémicao vaya a suceder, o que sea fácil, o que si da que pueda llegar a ser permanente. Sin embargo, lo que sí quiere decir es que el realismo estructural no puede concebir dicha posibilidad debido a sus supuestos teóricos (a lo mucho podrá insinuar que las unidades que lo intenten, terminarán siendo “castigadas” por la estructura). Esto se expresa claramente con la famosa frase de Waltz según la cual la textura de las relaciones internacionales se ha mantenido constante a lo largo de la historia. Esto es pues a lo que se refiere Wendt cuando acusa a Hollis y a Smith de colapsar el problema agente-estructura con el problema de los niveles de análisis: es posible tener una explicación sistémica con una ontología individualista donde las propiedades de los agentes son exógenas (Waltz), o con una ontología holista donde las propiedades de los agentes son endógenas (Wendt). Y el grado de influencia de dicha visión dependerá de saber hasta qué punto la política doméstica sea más o menos decisiva para constituir las identidades e intereses de los Estados. Si fuese el caso que dichas dinámicas fuesen más determinantes, es ahí que la ontología individualista en la teoría sistémica de las relaciones internacionales podría ser tenida como correcta. En síntesis, para Wendt la diferencia ontológica del problema agente-estructura tiene que ver con lo que constituye las propiedades las unidades del sistema, mientras que el problema de los niveles de análisis tiene que ver con los motores que permiten explicar el comportamiento de actores exógenamente dados.

Para ilustrar lo que Wendt tiene en mente es necesario remitirse aquí al que quizá sea su artículo más famoso. En él sostiene que tanto el neorealismo com el neoliberalismo están comprometidos con un tipo de racionalismo según el cual se asumen como exógenamente dados los intereses y las identidades de los agentes, lo cual hace que de lo que se trate sea de explicar su comportamiento. El punto de partida de ambos es asumir a los Estados como agentes egoístas, discrepando sobre si es más importante que prefieran ganancias relativas o absolutas entre ellos (siendo esta diferencia la que permite o no ser optimistas con el grado y estabilidad de cooperación  y/ o conflicto que las unidades puedan tener en un sistema anárquico). En contraposición al racionalismo es posible tomar una posición constructivista que busque dar cuenta de la formación de identidades e intereses en tanto que es se conciben a éstas como siendo endógenas a la interacción social. Esto permite a Wendt rechazar que exista una “lógica de la anarquía” realista, y que si las relaciones internacionales llegasen a operar bajo una lógica realista, ello se debe a que dicha lógica ha sido socialmente instituida. Entonces, tan importante como la distribución de capacidades es la “distribución de conocimiento”, en tanto que constituye identidades e intereses con expectativas diferentes. El ejemplo clásico de este tipo de perspectiva es que los Estados Unidos ven diferente que Corea del Norte tenga armas nucleares, frente a países como el Reino Unido. El primero es interpretado como un enemigo, mientras que el segundo es tenido como un amigo. Lo importante aquí es que son los sentidos y significados colectivos los que permiten estructurar este tipo de expectativas y acciones. De esta forma, los sistemas internacionales anárquicos pueden cambiar no solamente en términos de distribución de capacidades materiales (unipolaridad, bipolaridad, multipolaridad), sino en términos de identidades e intereses, pudiendo constituir (como posibilidad) identidades colectivas que trasciendan as las puramente estatales.

Hollis y Smith en su respuesta final rechazan la tesis de Wendt según la cual que el realismo estructural de Waltz no pueda dar cuenta de la constitución de las unidades. Ellos no lo expresan explícitamente, pero me parece que aluden a que los mecanismos de socialización y competencia que la estructura impone a las unidades para que devengan similares cumplen también ese rol constitutivo que Wendt reclama. Esto quiere decir que para Waltz la racionalidad egoísta de los Estados no es simplemente dada, pues corresponde al resultado de un proceso donde la estructura termina filtrando a las unidades que no desarrollan una racionalidad afín a la que demanda la estructura anárquica (un comportamiento consistente con un sistema de auto-ayuda). La analogía microeconómica que usa Waltz tendría que ver aquí con los incentivos que el mercado (la estructura del sistema) impone a las empresas (las unidades del sistema) para que desarrollen una racionalidad similar (los mecanismos de selección y socialización). Pero más importante, la visión de Wendt sobre el rol constitutivo de la estructura para con las propiedades de las unidades (las identidades e intereses de los Estados) que debería ser provista por una teoría sistémica de las relaciones internacionales, podría ser acomodada en el marco analítico Hollis y Smith, específicamente en lo que denominan holismo interpretativo. Finalmente, ambos se siguen se manteniendo en su posición sobre la no separación ente ambos problemas (agencia-estructura y niveles de análisis), discrepando con la tesis según la cual el nivel de análisis solamente tiene  que ver con la explicación del comportamiento de unidades ya dadas.

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De la revisión de estos textos es posible señalar algunos de los motivos teóricos que devendrán ejes fundamentales de la producción posterior de Wendt. Lo primero es el interés por la distinción entre teorías de primer y segundo orden (teoría substantiva, y metateoría, respectivamente), así como la importancia que ambos tipos de investigación tienen en la producción de conocimiento. Lo que añade una discusión explícita a los fundamentos ontológicos y epistemológicos de las teorías es que nos permite ser más consciente sobre lo que se está entendiendo como lo propio de la investigación científica (y aquí es muy importante señalar que el propio Waltz dedicó el primer capítulo de su Teoría a discutir justamente qué era una teoría). Esto es importante porque dependiendo de los compromisos metatéoricos es que será  posible dotar de mayor o menor legitimidad a ciertas preguntas, aproximaciones y posibilidades sobre el mundo social. Wendt considera que a este nivel el realismo científico es el que provee de un marco más plural e integrador (y es importante mencionar que hasta la fecha, incluso luego de su giro cuántico, no ha abandonado una posición metateórica de tipo realista). En el nivel substantivo o de primer orden, toma un compromiso con la teoría de la estructuración (y luego, como se verá, el interaccionismo simbólico también será decisivo). Esta visión no reduccionista de la agencia y la estructura será fundamental en el desarrollo de la tradición teórica constructivista.

Finalmente, ya más específicamente para el campo de las relaciones internacionales, lo más importante de este giro sociológico es el que permite tener una visión más compleja del sistema internacional. Dado que el realismo estructural de Waltz ha sido por momentos, digamos, la teoría hegemónica del campo, resulta útil contraponerla a las intuiciones que Wendt va desarrollando (de hecho, dicha contraposición no es arbitraria pues el propio título de su libro se expresa como una respuesta a Waltz). A nivel metateórico Waltz es un instrumentalista, mientras que Wendt es un realista. Pero a nivel substantivo, Wendt lo que rechaza primero es la idea de que existe una única lógica de la anarquía de la que se deduce un sistema de auto-ayuda y un continuo balance de poder. Asimismo, rechaza que la única distinción de transformación sistémica sea el de la distribución de capacidades materiales. Y, finalmente, rechaza que la racionalidad de los Estados sea puramente egoísta y estratégica (en analogía con la microeconómica). En contraposición a dichos puntos, lo que Wendt está insinuando es que la construcción social de lo internacional es importante para constituir las propias identidades e intereses de los Estados, y no únicamente para regular o restringir su comportamiento. Esta va a ser quizá la principal diferencia entre el constructivismo y el racionalismo que tanto el realismo estructural, como el neoliberalismo institucional, comparten. Es por esta diferencia, vía aprendizaje, ideas, instituciones y socialización, que los sistemas anárquicos pueden generar interacciones muy diferentes, así como transformaciones sistémicas endógenas que no sean simplemente el reflejo mecánico de la distribución de capacidades materiales. Lo que me parece interesante de estas contribuciones por parte de Wendt es que no necesariamente rechazan las tesis y explicaciones realistas, sino que lo que hacen es contextualizar los aspectos estructurales y sociales que deben darse y mantenerse para que dichas lógicas puedan operar.

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La ontología sin mundo de Markus Gabriel

Markus Gabriel en su reciente libro de divulgación, Por qué el mundo no existe (Polity, 2015), presenta de una manera más accesible los lineamientos y argumentos principales de su ontología a la que llama campos de sentido. Lo primero que debe mencionarse es que cuando Gabriel dice que el mundo no existe, no quiere decir que las entidades con las que nos relacionamos diariamente no existan. Todo lo contrario: lo que Gabriel va a defender es que todo existe menos el mundo.

Los discursos filosóficos que han buscado históricamente desarrollar una concepción del mundo o una teoría del mundo, ya que presuponen la existencia del mundo, es lo que Gabriel denomina metafísica. La ontología para Gabriel tiene que ver con una doctrina conceptual y sistemática sobre el ser (lo que desde la filosofía de la ciencia en IR es catalogado como una “ontología filosófica”, frente a una “ontología científica”). Gabriel cree que la ontología debe mantener contacto con nuestras experiencias de la realidad (una tesis controversial, pero que se adecúa a la herencia del idealismo alemán según la cual la filosofía produce “reconciliación”). Sin embargo, este principio puede ser considerado como cuestionable, si es que uno concibe a la filosofía como una actividad crítica que problematiza el sentido común y nuestras experiencias, por más habituales que éstas sean. La ontología de Gabriel es realista en el sentido de que asume que las entidades con las que nos relaciones existen, aunque eso no quiere decir que no podamos equivocarnos sobre ellas.

Lo que Gabriel va a defender, contra posiciones constructivistas (como el postmodernismo), es que cuando nos relacionamos con un objeto, tanto el objeto al que aludimos, como nuestra perspectiva de éste, son objetos. Y ambos objetos pueden decirse que existen con el mismo derecho. Cuando pensamos hechos, los hechos que pensamos y el pensamiento sobre el hecho son dos hechos que existen por igual (esto es una influencia que toma de sus lecturas del idealismo alemán). Y cuando pensamos el mundo como una naturaleza que comprende galaxias y nuestro planeta, Gabriel define dicho dominio como el universo (“mundo” y universo no son lo mismo). Universo es el dominio de objetos de las ciencias naturales. El mundo alude a una totalidad mayor que incluye posibilidades no realizadas, sueños, obras de arte, nuestros pensamientos, etc. De ahí que el concepto de mundo sea aquí “el dominio de todos los dominios”. Para refutar esta tesis, Gabriel presenta una serie de argumentos lógicos que nos recuerdan a las pruebas escolásticas de teología especulativa, siendo el más llamativo el siguiente: Si lo que existe se encuentra en el mundo, dado que el mundo no se encuentra en el mundo, es posible decir que el mundo no existe.

Un dominio de objetos es un dominio que contiene un tipo particular de objetos con reglas que conectan a los objetos entre sí. Este concepto se asemeja por los ejemplos a lo que en Heidegger uno puede pensar como ontologías regionales: política, números, naturaleza, etc. Pero cosas menos generales o más triviales también serían dominios de objetos. Por ejemplo, para Gabriel el cuarto de una casa es un dominio de objetos: contiene cosas como mesas, sillas, camas, televisiones en cierta relación. Parecen ser más como contextos estructurados. Y en la misma línea heideggeriana, la idea es que el dominio de objetos con el que tratan las ciencias naturales no es el mismo para todos los objetos. Por ejemplo, una municipalidad distrital no puede ser analizada con ciencias naturales. Lo extraño es que Gabriel parece concluir que el cuarto de una casa no se encuentra en el universo, si es que por universo entendemos el dominio de objetos que estudian las ciencias naturales.

Los objetos de los cuales nos ocupamos tienen propiedades específicas, así como los dominios de objetos. Los objetos son las cosas sobre las que podemos tener pensamientos susceptibles de ver verdaderos o falsos. Gabriel cree que no existe un objeto que tenga todas las propiedades posibles y tampoco cree que en la tesis opuesta: que exista una multiplicidad de objetos, tal que todos los objetos puedan ser absolutamente individualizados y diferenciados de los demás. Gracias a sus propiedades los objetos destacan de otros. Y cuando reconocemos todas sus propiedades, reconocemos a todo el objeto. Aquí Gabriel defiende que el objeto no es un substrato adicional a las propiedades, pues esta sería una propiedad más. Más bien, un objeto “es todas sus propiedades” (sea lo que ello signifique). Los objetos pueden construir entre sí nuevos objetos, aunque esto no siempre es el caso (no toda agregación produce un nuevo objeto). Sin embargo, Gabriel rechaza la posibilidad de proveer de un catálogo de criterios universal de individuación de objetos. Este proceso de individuación adecuada depende para él, como se ha ido mencionado en otros aspectos, de la investigación científica.

Un “super-objeto” que posea todas las propiedades no puede existir porque no podría destacarse frente a otros objetos, al poseer a todos los objetos dentro de sí. También tendría un dominio en el cual aparece, pues el mismo dominio debería ser también parte de él. Esta idea de totalidad es entonces asumida como imposible, por el hecho de que no puede ser concebida. Como puede verse, este tipo de argumentos se asemejan a una metafísica dogmática que deduce cuestiones ontológicas a partir de ciertas premisas y definiciones conceptuales.

Con esto también Gabriel busca refutar la existencia del super-objeto, ya que la suma de todo no daría una cosa que se nos asemeja coherentes como objeto total (una suma o agregación sin mayor criterio, lo cual vuelve al tema dogmático: de lo conceptualmente inconcebible, o incoherente, a lo ontológicamente imposible). Su refutación del dualismo en lugar de problemática, como la del dualismo, es meramente retórica: su cuestionamiento del dualismo entre dos substancias (por ejemplo, alma y cuerpo) es preguntar por qué deben ser dos y no más. Su conclusión es que se debe adoptar un pluralismo.

Conocer algo implica conocer algo más que su identidad o su diferencia de los demás objetos (sean estas diferencias relativas o absolutas). Para Gabriel implica conocer propiedades. Los objetos se dan en contextos y los mismos contextos también se dan en contextos. Para que podamos conocer algo, la realidad también tiene que estar constituida de cierta manera. Por eso Gabriel cree que la individuación ontológica de entidades como el sol y la luna no es algo hecho por nosotros, sino que es algo independiente. Hay diferencias relativas, clases y contrastes sobre los que podemos estar equivocados. Sin embargo, eso no quiere decir que no existan. Lamentablemente, no hay criterios claros sobre este tipo de individuaciones y propiedades, salvo la apelación a cuestiones de sentido común.

Los campos de sentido pueden ser dominios de objetos, pero también pueden ser más difusos que un conjunto de objetos discretos (los ejemplos de Gabriel son obras de arte y “sentimientos complejos”). Asimismo, los campos de sentido pueden referir al mismo objeto, pero aparecen de manera diferente en cada campo. El argumento se parece al argumento heideggeriano: podríamos decir que un martillo podría ser arte, átomos, una herramienta. Pero en todos estos casos se está aludiendo al mismo objeto. Finalmente, los campos de sentido también aparecen vía una infinidad de campos de sentido. El argumento de Gabriel es que como existir es una propiedad de los campos de sentido (aparecer en un campo de sentido), el mundo no puede existir porque dicho campo de campos de sentido para poder existir tendría que aparecer en un campo de sentido (y así ad infinitum). Y dado que no existe un campo de campos, la existencia es algo relativo. No es posible afirmar la existencia o inexistencia de algo en sentido absoluto.

La existencia es la circunstancia en la que algo aparece al interior de un campo de sentido. Es una propiedad de los dominios y no del mundo. Existir para Gabriel es aparecer en un campo de sentido. No hay objetos fuera de los campos de sentido y lo que aparece es infinito en número, incluso si no somos consciente de su aparición. Lo falso también aparece en un campo de sentido aunque no sea verdadero. Por ejemplo, las brujas aparecen en el falso pensamiento de que existen en Europa. Los pensamientos falsos existen, pero los objetos sobre los que versan no se encuentran en el campo en el que esos pensamientos

El argumento consiste entonces en decir que si el mundo existe, entonces tiene que aparecer en un campo de sentido 1, pero dado que hay infinitos campos, y dado que el mundo es el campo de campos, eso quiere decir que los otros campos aparecerían dos veces: dentro del mundo (dentro del campo 1) y en paralelo al campo 1. Lo que parece hacer Gabriel es tomar una experiencia epistemológica de sentido común (que uno no puede experimentar o conocer todo el mundo) y convertirla en una cuestión ontológica: dicha experiencia es imposible porque dicha totalidad no existe (esto es análogo al giro de Meillassoux sobre la razón de las cosas: no podemos epistemológicamente conocer la última razón porque ontológicamente no hay).

Los campos de sentido se superponen, pero sin que exista un campo total. Los campos de sentido no son solamente dominios neutrales de objetos. El propio orden de los objetos posibilita el entendimiento que podamos tener de los campos mismos. Entonces no solamente los objetos aparecen en los campos. Los campos están determinados por los objetos. Todo campo de sentido es también un objeto. Hay infinidad de campos de sentido y lo único que no existe es el mundo entendido como la totalidad o campo de campos de sentido. Los objetos aislados no existen porque existir es aparecer en un campo de sentido.

Dado que el mundo no existe, toda concepción del mundo es falsa. Gabriel no cuestiona la ciencia, pero sí crítica a la concepción del mundo científica (“cientismo”). La ontología de los campos de sentido niega que exista un nivel fundamental de realidad, mientras que el cientificismo defiende la idea de que son las ciencias naturales las que comprenden el nivel fundamental de la realidad. Gabriel defiende a las ciencias y al progreso científico, pero no acepta el reduccionismo cientificista. Cuestiona el materialismo, en tanto teoría que afirma que todo es material. Gabriel considera que dicha posición es contradictoria, ya que el materialismo es una teoría (algo no material). La verdad de una teoría no es idéntica al hecho de que alguien la piense en ciertos estados cerebrales. Incluso Gabriel hace un giro inverso: para poder pensar que existe una composición material de objetos no materiales como fantasías es necesario primero identificar dicho objeto no material. Pero esto parece confundir el orden o prioridad con el que conocemos, con “el orden del ser” (para usar la expresión de Aristóteles).

Un ejemplo radical de la visión científicista y materialista es lo que llama neuroconstructivismo, donde nuestro cerebro produce el mundo que vemos. Gabriel sostiene que si dicha posición es cierta, entonces el propio cerebro también sería una ilusión. Esto es interesante porque podría ir contra la teoría del cerebro ciego (BBT) de R. Scott Bakker. Bakker defiende que nuestro cerebro es ciego hacia sus procesos de producción, con lo que el vocabulario filosófico no puede dar cuenta real de nuestras condiciones de posibilidad (es una crítica al proyecto de una filosofía trascendental, la cual siempre es fruto de una “ceguera” cerebral). Gabriel lo que diría es que dicha teoría debe de aplicarse al cerebro mismo, con lo que ni siquiera la idea de tener un cerebro es adecuada. El resultado sería una teoría total de simulación, o una ilusión generalizada (algo que tampoco tendría que ser rechazado por Bakker como falso. Quizá podría abrazar esa consecuencia en la línea del apocalipsis semántico que vislumbra). Gabriel abandona ese proyecto pues lo considera aporético (no es una refutación, aunque sí una problematización) y defiende que los seres humanos sí solemos reconocer hechos en nuestras vidas cotidianas. Por ejemplo, ver que pasajeros suben a un tren es un hecho que no depende de que yo los vea y las condiciones o procesos que producen mi visión son diferentes a los procesos que constituyen el hecho de los pasajeros subiendo al tren. Sin embargo, es una manera en la cual la filosofía termina subordinada al sentido común que justamente la visión científica está poniendo en cuestión (y es un poco el espíritu de su filosofía, que toma del idealismo alemán ese tono “reconciliador” para sentirnos “en casa”).

En todo caso, el naturalismo también cuestiona a la religión por considerarla con una hipótesis no científica. Y de la misma forma que el cientificismo que piensa que todo lo que existe se reduce al universo es un fundamentalismo fundado en el error que el mundo no existe, Gabriel cree que un fundamentalismo análogo se da con el caso de la religión. Sin embargo, así como la investigación científica tiene su lugar en la ontología de los campos de sentido, como manera de conocer diferentes campos y objetos, la religión en este sentido no metafísico implica simplemente la concepción romántica que expresa nuestro sentido y gusto por lo infinito. Y la religión lo que hace es hacernos más conscientes de nuestra finitud. El sentido de la religión no es algo particular de alguna religión, sino que es algo más general.

El problema es que Gabriel considera que esta versión romántica de la religión (básicamente la concepción de Schleiermacher) como la esencia auténtica de lo religioso sin mayor fundamento que el ser más compatible con sus compromisos ontológicos pluralistas. Esto le permite darle un lugar diferente a la ciencia y a la religión, ya que su confrontación para él solamente se daría cuando ambas se asumen como concepciones del mundo sobre el mismo mundo (mundo que, según Gabriel, no existe). Dios o lo divino entonces es concebido como un infinito (o la experiencia de lo infinito) que trasciende nuestra capacidad de captar un todo.

Sin embargo, lo que se siente un poco contradictorio es que la visión trascendente de Dios y la visión panteísta de Dios tendrían que ser falsas desde la ontología de Gabriel. Con lo que Dios parece quedar relegado a ser la experiencia de la infinitud que la ontología de Gabriel supone, aunque con una experiencia de que existe el sentido, aunque no pueda ser totalmente comprendido por nosotros. En todo caso, es posible decir que Dios existe, pero no en el campo de sentido en el que decimos que las cosas del universo existen (lo cual irían profundamente en contra de cómo la mayoría de seres humanos a lo largo de la historia se han relacionado con la religión).

Finalmente, con respecto al arte Gabriel sostiene que éste permite que nos liberemos de la idea que hay un mundo fijo donde somos espectadores pasivos. El arte lo que hace es confrontarnos con el sentido. Lo que hace el arte es desplazar los objetos de los campos de sentido en los que normalmente los encontraríamos y se nos harían inteligibles.

Es interesante que Gabriel haya escrito un libro de divulgación sobre su filosofía. Sin embargo, luego de leerla a uno no le queda claro por qué esto no es metafísica dogmática. Gabriel accede a las estructuras ontológicas de lo real de una manera puramente racional, lo cual supone la rehabilitación de la intuición intelectual (algo análogo también parece estar presente en el proyecto filosófico de Meillassoux). Es cierto que Gabriel sostiene que son las ciencias y disciplinas las que nos ayudan a descubrir los campos de sentido. Sin embargo, la reflexión filosófica “pura” parece ser la que provee de una ontología formal general sobre lo que existe o de lo que puede existir (recordemos que el punto de Gabriel es que el mundo no existe, ni puede existir). Gabriel dice que no es que los otros dominios se encuentran totalmente fuera del universo, pero también concibe a los recuerdos de la memoria como algo no material que existe. Entonces uno se queda con una impresión confusa sobre la dependencia ontológica entre todo lo demás y el universo.

Otro problema es que toma de manera estática a la ontología: hay campos de sentido y el mundo no existe. Sin embargo, no se da cuenta del proceso de cómo es que dichos campos emergen. Su filosofía provee de una suerte de lógica trascendental a la que se accede con el pensamiento, pero no queda claro el proceso por el cual dichos campos emergen y vamos conociéndolos mejor. La cuestión de los criterios queda asumido al interior de cada comunidad dedicada a la dichas actividades (por ejemplo, religión, arte, ciencia, literatura, etc.), pero reinterpretando lo que hacen bajo el supuesto de que el mundo no existe.

Finalmente, no tiene mucho sentido asignar una igual existencia a todo tipo de entidad, dado que existe dependencia ontológica entre todo lo que está fuera del universo y el universo. Esto quiere decir que incluso si aceptáramos que Harry Potter existe con el mismo derecho que el planeta Tierra, sin el planeta Tierra (y nosotros), no existiría Harry Potter. Este tipo de jerarquía ontológica no está explicitada, así como el proceso de constitución de los campos de sentido. Gabriel rechaza explícitamente abordar el segundo asunto, bajo el argumento de que no hay una serie de reglas generales para todos los dominios. Ello sería para él proponer una concepción del mundo. Sin embargo, en cierto nivel mínimo (cuasi formal), esto es justamente lo que el libro termina haciendo: presentando la estructura formal de objetos, ciertas relaciones básicas y el campo de sentido al cual pertenece. En todo caso, si uno acepta que no se trata de una concepción del mundo porque el mundo no existe en esta ontológica, como mínimo deberá reconocerse que algún tipo de “lógica trascendental” sobre los objetos y campos de sentido es presentada, y a la que parece accederse (como ya se dijo) con una suerte de “intuición intelectual”. De ahí que la ontología de Gabriel no se vea muy diferente de la metafísica dogmática. Es cierto que se trata de una versión de divulgación y que por eso habrá que a ver cómo se sustentan mejor sus argumentos en su libro más académico. Sin embargo, si este libro de divulgación mantiene los mismos supuestos y tesis clave, no parece que una versión más sofisticada del proyecto vaya a ser más prometedora.

La epistemología en el problema agente-estructura

Wight considera que el problema nuclear en los debates epistemológicos actuales que concierne al problema agente-estructura es el grado en que lo social puede ser estudiado con métodos tomados de las ciencias naturales. Esto implica la cuestión de si existe una diferencia ontológica fundamental entre lo natural y lo social. En el campo de las relaciones internacionales Onuf, Kratochwil, Hollis y Smith piensan que sí existe una diferencia sustantiva, la cual suele ser expresada bajo diferentes modos de investigación (“explicar” y “comprender”). A diferencia de ellos, autores como Wendt, Dessler y Carlsnaes reconocen que el mundo social puede tener métodos y estándares epistémicos particulares, aunque dicha diferencia no sea sustantiva como para pensar que existen dos mundos fuertemente separados. El eje de la disputa aquí es lo que Wendt, en su teoría social de las relaciones internacionales, llamó la via media en IR entre dos epistemologías (positivismo y post-positivismo).

La posición de Wight en lo que respecta a la epistemología en IR es que es un error pensar que las epistemologías son como “concepciones del mundo”, “teorías” o “paradigmas” inconmensurables. Asimismo, tampoco para Wight debe pensarse la epistemología como algo monista que se sigue necesariamente de una teoría. Privilegiar potencialmente cierta epistemología tiene más que ver con compromisos ontológicos y metodológcos y no tanto con una especie de lealtad apriorística a una epistemología entendida al modo de un paradigma kuhniano inconmensurable. Por ejemplo, los “racionalistas” en IR pueden no estar de acuerdo con los “posmodernos”. El punto para Wight es que este desacuerdo no implica inconmensurabilidad o que una parte no pude entender a la otra. Concebir la epistemología a lo Kuhn termina funcionandoen IR como un escudo para legitimar no debatir con posiciones diferentes en el campo, so pena de ser inconmensurables. Dado que esas visiones puristas de lo que serían las epistemologías es errado, lo que se concluye para Wight es que la llamada via media de Wendt no es necesaria porque no se requiere tender puentes entre elementos que no son radicalmente diferentes, y que en la práctica muchas veces ya están de alguna forma interconectados.

¿Qué significa entonces esta precisión? Básicamente que los objetos de investigación pueden tener diferencias. Una entidad social no es igual en todo a una entidad natural. Y por eso los métodos pueden ser diferentes. Es esta división la que da lugar a diferentes disciplinas científicas y no a “diferentes mundos”. Sin embargo, los métodos y criterios epistemológicos para realizar y evaluar dicha producción científica en las diferentes disciplinas se superponen. Esto básicamente quiere decir que, si bien es razonable pensar que diferentes objetos de investigación pueden requerir de diferentes métodos, de ello no se sigue que se requiera de epistemologías diferentes y que sean incompatibles entre sí. La razón de Wight tiene que ver con un compromiso del realismo científico de Bhaskar: la ciencia busca conocer el mundo (dimensión intransitiva), pero es una práctica social humana (dimensión transitiva). Y si dichas capacidades son finitas, es esperable que las maneras en que se busca conocer los diferentes objetos de investigación tiendan a ser similares en algunos aspectos. No existe pues, un único método científico o una única epistemología científica. La división radical entre dos epistemologías a la Hollis y Smith es para Wight un error categorial. Las “dos historias” que ambos consideran que siempre es posible contar (una más explicativa en tercera persona y una más interpretativa en primera persona) son vistas desde la posición de Wight como una consecuencia de ciertos compromisos ontológicos y no dos epistemologías necesarias a priori.

Si bien qué es epistemología es algo complejo vinculado a cómo concebir el conocimiento, Wight piensa que su verdadera importancia en la investigación empírica en IR tiene que ver con que provee de criterios y fundamentos para evaluar qué tipo de creencias deben ser aceptadas. Y si bien no tenemos un fundamento último para justificar creencias, ello no debe llevarnos a descartar todo conocimiento como si no fuese tal. Ello es catalogado por Wight como la “falacia fundacional” (y de hecho, de manera más general, es posible la ciencia no puede problematizar todo a la vez, por lo que siempre existen presupuestos o cosas tomadas como dadas, con el fin de investigar otras. Si no fuese así, nunca se podría investigar nada, cosa que de hecho no ocurre en la práctica científica concreta). En lugar de ello, el punto es reconocer que la empresa científica es siempre falible, donde no toda aseveración es igualmente válida y donde es posible jerarquizar dichas aseveraciones. Y como el realista científico parte del quehacer concreto de los propios científicos, la epistemología no debe pensarse como algo que simplemente restringe a priori lo que hay que hacer. El punto es que existe cierto eclecticismo de facto y que los científicos pueden usarlas como “reglas generales” (rules of thumb), susceptibles de ser cambiadas como herramientas, si el éxito de la investigación depende de ello (esto último es tomado de Feyerabend). El científico, entonces, es mucho más oportunista con estos recursos que lo que esperan los filósofos de la ciencia.

Luego de hacer estas precisiones, es mucho más claro que en lo que respecta al problema agente-estructura no hay manera apriorística de saber si los agentes o las estructuras tienen un mayor peso para generar cierto efecto en un problema o fenómeno concreto. Es la investigación empírica la que debe dictaminar eso en cada caso. La epistemología no puede ser tomada de manera purista para dictaminar lo que hay, so pena de excluir mecanismos causales relevantes para el problema en cuestión. Esa reducción de lo ontológico a lo epistemológico es lo que Bhaskar denominó la “falacia epistémica” (léase: limitar lo que hay a lo que puede ser conocido por determinada epistemología, tomada en sentido rígido). La via media de Wendt cae en esto a pesar de querer ser tenida como realismo científico: una decisión apriorística sobre qué epistemología le corresponde a qué tipo de objeto de investigación, socavando así la idea realista inicial de que la ciencia debe ser guiada por problemas (problem-driven) y no por métodos (method-driven). La justificación epistemológica del conocimiento producido es también falible y se encuentra abierta a discusión. En el caso de Hollis y Smith, la distinción entre explicar y comprender puede ser entendida como una diferencia metodológica (no epistemológica), dependiente de lo que se está investigando, pero potencialmente justificable en términos epistemológicos desde diferentes posiciones epistemológicas.

La epistemología para Wight, entonces, no afecta a lo que es, sino que solamente tiene que ver con lo conocido en tanto conocido. Lo otro sería limitar el horizonte ontológico vía la prescripción epistemológica. El resultado de lo que defienden Hollis y Smith sería para Wight un idealismo poco razonable donde la tierra alguna vez habría sido plana (su ser plano sería dependiente de nuestro conocer el planeta como plano). Es para evitar este tipo de consecuencias que el mantener la diferencia entre el ser y el conocer sea algo que el realismo científico busque defender.

Estructura

Lo que se concluyó en el post anterior expresa uno de los compromisos más importantes de Wight, y de la tradición del realismo crítico de Roy Bhaskar a la cual pertenece: las cuestiones ontológicas tienen primacía por sobre las epistemológicas y metodológicas. Obviamente los compromisos ontológicos requerirán justificación epistemológica y una metodología adecuada. Sin embargo, para Wight la prioridad que la ontología posee es de tipo analítica, en el sentido de que epistemología y metodología sin ontología sería algo puramente vacío. Y como se mencionó aquí, una de las principales discrepancias entre el realismo crítico y el positivismo es que, para el primero, los términos teóricos sí pretenden y pueden llegar a referir a entidades reales. Dado que no se quiere caer en dogmatismos a la hora de postular entidades, la demanda por justificar la existencia de entidades es crucial. Y en el campo de las ciencias sociales, la noción de “estructura” es una de las centrales en dicho debate. Tanto los positivistas, como los posestructuralistas tienden a ser anti-realistas e instrumentalistas con la noción es estructura, pues su postulación tiene fines puramente explicativos y no pretensiones ontológicas .

Para entender a estas dos importantes tradiciones en las ciencias sociales, Wight va a tratar de hacer explícita la herencia y tradición en la cual se enmarca. Dicha “genealogía de la estructura” es uno de los momentos más interesantes del capítulo, ya que permite tener un mapa tentativo de los compromisos centrales de cada tradición. El ejemplo más claro sobre el choque de dichas tradiciones puede verse en la famosa crítica de Ashley a Waltz, donde el primero acusa al segundo de no ser suficientemente estructuralista. Ya se ha ido discutiendo el problema de dicha interpretación sobre la teoría de Waltz. Lo que importa ahora es entender la raíz teórica del malentendido: Waltz pertenece a una tradición que se remonta a Durkheim (y a Marx) y que luego pasa por Parsons, Merton y la teoría de sistemas para pensar la estructura. En cambio, la tradición para pensar la estructura de Ashley también parte de Durkheim (y también por Marx), pero que pasa por Saussure, el psicoanálisis, Lévi-Strauss y Althusser (y por una crítica a filosofías de la subjetividad y existencialistas). Es entonces Durkheim el punto de partida de donde ambas tradiciones toman insumos iniciales para concebir la estructura.

La razón por la cual Durkheim daría origen a dos tradiciones opuestas tiene que ver con la ambigüedad con la que pensó la idea misma de lo que es un “hecho social”. Por un lado, es posible encontrar definiciones más morfológicas, ecológicas y demográficas (volumen y densidad poblacional, tasas de natalidad y mortalidad, etc.). Sin embargo, también se encuentran en sus escritos alusiones a los hechos sociales, donde éstos son concebidos como representaciones colectivas (creencias, valores, normas, convenciones, etc.). En el primer caso se enfatizan más los aspectos cuantitativos, físicos y materiales, mientras que en el segundo se enfatizan aspectos más cualitativos, psicológicos y no materiales. La primera vertiente deriva en una concepción más positivista de la estructura, mientras que la segunda deriva en una concepción más afín a la tradición continental y posestructuralista. La tradición morfológica estudia la estructura como algo externo a los individuos en tanto medio ambiente en el cual se encuentran inmerso. La tradición basada en representaciones colectivas pensará a la estructura como algo intrínseco en interno a los individuos, al punto de concebir sus identidades y modos de ser. Lo que comparten ambas tradiciones, a pesar de sus irreconciliables diferencias, es la idea de pensar el estudio de la sociedad como una totalidad, o como un sistema.

De todas estas variantes, Douglas V. Porpora sistematiza cuatro definiciones de estructura a la que Wight añade una quinta. Dichas concepciones de estructura son las siguientes (he cambiado la enumeración que hace Wight en función del orden del tratamiento que hace luego):

  1. Patrones de comportamiento agregado que son estables a lo largo del tiempo. Esta tradición tiende hacia el individualismo ontológico y metodológico, partiendo principalmente del funcionalismo estructural. Dado que es una abstracción del comportamiento observable de los individuos, la estructura social aquí no tiene ningún tipo de poder causal.  En IR, Hedley Bull podría ser un caso de este tipo, en tanto individualista metodológico (no queda claro para Wight si Bull era un individualista ontológico).
  2. Regularidades (cuasi-leyes) que regulan el comportamiento de los hechos sociales. Aquí el hecho social es pensado como una fuerza externa que influye y restringe a los individuos. Aquí la estructura sí tiene un poder causal independiente, y en casos extremos puede implicar una cadena causal estructural independiente a la de los individuos Esta aproximación tiende a un estructuralismo ontológico y metodológico. Sin embargo, es también posible solamente ser un estructuralista metodológico como Waltz.
  3. Relaciones diferenciales que constituyen y definen las propiedades de los elementos.  Aquí las relaciones diferenciales propias de la estructura no son meramente causales (como en Waltz), sino constitutivas. Este enfoque, dado a partir de Saussure, y luego por el giro lingüístico en la filosofía continental, pone el peso principal para entender lo social en el lenguaje y el significado. El lenguaje termina siendo hipostaseado en todos los dominios, como si fuese la meta-estructura de todas las demás estructuras del mundo social. El resultado es que las unidades son lo que son por oposición, y la referencia al mundo pierde sentido en el análisis, el cual se concibe ahora como un estudio del lenguaje. El posestructuralismo radicalizó la intuición del juego de puras diferencias hasta sus últimas consecuencias, defendiendo la idea de que la estructura misma también es estructurada (no hay un principio último que organiza la estructura) y que no es posible un afuera del lenguaje, o del “texto” (lo cual genera una ontología plana y reduccionista). Lo que resulta es un determinismo de efectos indeterminados, donde prácticamente la agencia es disuelta y el proceso es un resultado contingente e indeterminado de indeterminadas lógicas y estructuras que articulan diferencias.Como vimos antes, en IR esto es algo que Doty ejemplifica.
  4. Reglas y recursos colectivos que estructuran el comportamiento. Esta tradición está vinculada al giro lingüístico, a Wittgenstein y a la teoría de la estructuración de Anthony Giddens. Las reglas y los recursos posibilitan a los agentes hacer ciertas cosas, y es la capacidad para poder hacer la que es tenida como agencia. La estructura termina teniendo un estatuto virtual que se instancia en las practicas de los agentes, haciéndola dependiente de la comprensión que los agentes tengan de ésta. El problema principal para Wight con este tipo de visión de la estructura es que su poder causal queda subordinado al entendimiento que los agentes tienen de dichas reglas (formales e informales) y recursos (materiales y asignados), deviniendo en una suerte de voluntarismo (algo señalado por Alex Callinicos) o en un reduccionismo del problema agente-estructura a una ontología y metodología de la praxis (la estructura termina siendo una propiedad de los agentes).  En IR, autores como Onuf, Dessler y Wendt (por momentos) representan este tipo de aproximación, donde los aspectos materiales terminan siendo subordinados a los aspectos no-materiales, generando así una posición básicamente idealista (el propio Wendt considera su enfoque como un “idealismo estructural”). Contra Giddens, Wight va a defender la posibilidad estructuras autónomas, anteriores, con poderes causales y consecuencias que no dependen del conocimiento de los agentes para su funcionamiento, aunque sí de su actuar en tanto que contribuye a la reproducción de las estructuras mismas. Las estructuras, desde el realismo científico, son dependientes de conceptos, pero no son puramente conceptuales y la materialidad de las estructuras no puede ser puramente subordinada a ideas, ya que también tienen un poder causal. En términos de crítica y emancipación, superar ciertas estructuras sociales por sus efectos no se da puramente porque las redescribimos de manera más creativa e interpretamos de cierta forma (como en el caso de Rorty). Y en el campo de los discursos, es posible aceptar que los agentes constituyen significados compartidos, pero destacando que es necesario investigar por qué algunos significados terminan teniendo mayor preponderancia. Es por este interés entre lo social y lo material que Wight considera a Marx fundamental para pensar la estructura.
  5. Sistemas de relaciones humanas entre posiciones sociales. Para Marx las clases sociales son diferenciadas en función al lugar que ocupan en las relaciones de producción. El lugar que uno ocupa es constitutivo de su identidad, sus intereses, prácticas (modos de ser y de hacer). Wight considera esta visión fundamentalmente correcta, pero quiere ampliarla para que no solamente dependa de clases. No caer en el reduccionismo lingüístico implica concebir relaciones y propiedades que no son puramente internas (algo que para Wight posibilita el realismo científico de Bhaskar). En términos de ontología social, el invididualismo ontológico extremo negaría el rol constitutivo de las relaciones internas (A no sería lo que es, si es que no estuviese relacionado a B en determinada manera), mientras que el estructuralismo ontológico no admitiría la posibilidad relaciones externas (A o Be pueden existir sin el otro). Para Wight (y para Bhaskar) ambas relaciones existen y constituyen el mundo social. Una manera de entender esto es pensar a la estructura como un contexto que puede influenciar en el desarrollo y actualización de ciertos poderes de los agentes que no son puramente el producto de constitución interna (digamos, sus “capacidades”).  Las relaciones externas parecen tener que ver mucho más con la relación de lo que tradicionalmente llamamos “lo social” y “lo natural” (por ejemplo, cuestiones ecológicas). Y las relaciones internas tienen que ver con significados compartidos donde las relaciones constituyen la identidad. Sin embargo, son susceptibles de ser cambiadas y modificadas (el matrimonio como relación no es necesario, y los roles de los esposos pueden ser modificados) y es posible distinguir a los elementos que componen la relación, de la relación misma (el esclavo, en tanto esclavo particular es diferente de la categoría esclavitud y de la relación amo-esclavo). El “cubo social” de Bhaskar trata de enumerar las diferentes dimensiones interdependientes:
    1. Transacciones materiales con la naturaleza (recursos, atributos físicos, etc.). Waltz privilegia este aspecto.
    2. Acciones inter-intra-subjetivas (reglas, normas, creencias, instituciones, etc.). Los constructivistas privilegian este aspecto.
    3. Relaciones sociales (clase, identidad, producción, etc.)
    4. Subjetividad del agente (identidad, subjetividad, etc.)

Para Wight todos estos planos pueden tener diferentes impactos decisivos, dependiendo del caso. De ahí que sea la investigación empírica la que dictamine qué factores serían más importantes en cada problema de investigación. Las estructuras son las que articulan dichos planos en cada caso, distribuyendo y circunscribiendo un rango de posibilidades, no siempre de manera simétrica, entre los agentes. Por eso es que la solución del problema agente-estructura aquí sirve para pensar una ontología social que contribuya a una meta-teoría. Las teorías sustantivas parten de estos compromisos básicos, pero tienen alcances más delimitados y fines de investigación social concreta y empírica. Reconocer esto es clave porque obliga a explicar problemas concretos con investigación y no con deducciones teóricas. Pero la ontología social tiene un rol clave meta-teórico, en tanto posibilita la formulación de ciertas preguntas y de posibilidades explicativas. Es solamente teniendo compromisos sobre lo que son ciertas entidades, que podemos pensar en métodos adecuados y criterios epistemológicos para poder investigar y explicar dichas entidades. Finalmente, este conocimiento científico que obtenemos es una condición necesaria para cualquier crítica y acción orientada a la emancipación, en tanto que no podemos buscar la superación de un problema, sin conocer bien el problema y las razones de por qué una situación que consideramos opresiva es producida y reproducida en la sociedad.

El problema agente-estructura en la teoría de las relaciones internacionales

Uno de los principales objetivos de Wight al repensar el problema-agente estructura (desde su interpretación del realismo crítico de Bhaskar) es poder distinguir con mayor rigor, dentro de la literatura teórica y meta-teórica de las relaciones internacionales, entre cuestiones ontológicas, epistemológicas y metodológicas.

El punto de partida es la teoría de Waltz, a partir de la cual se discuten los alcances y límites del teorizar que se quiera considerar como estructural. Dessler (como vimos aquí) va a defender un modelo transformacional en lugar de uno posicional. Wendt también va a defender una aproximación estructural divergente de la Waltz. Lo que Dessler y Wendt comparten en sus interpretaciones sobre Waltz es el atribuirle una ontología individualista, donde el Estado es la unidad ontológica fundamental. Hollis y Smith, por su parte, sí defenderán el estatuto estructuralista de la teoría de Waltz (la discrepancia entre ellos puede revisarse en los artículos que los autores escribieron en la revista Review of Internationals Studies, volumen 17, número 4 de 1991). Frente a esta polémica, Wight va a considerar que la discrepancia fundamental radica en la interpretación que los diferentes autores están haciendo sobre el problema agente-estructura. Mientras que Wendt (y Dessler) piensan este problema en términos ontológicos, Hollis y Smiths lo piensan en términos metodológicos. Desde esta perspectiva, en tanto que Waltz busca explicar ciertos efectos vía la estructura del sistema internacional, su teoría puede ser considerada como un estructuralismo metodológico. Sin embargo, en términos ontológicos, es posible pensar que existen compromisos individualistas, por cuanto que la unidad del sistema es el Estado y es a partir de la interacción de estos que emerge el propio sistema. Para Wendt el tomar  al Estado como algo dado (una unidad primitiva) es algo problemático en Waltz, ya que es ontológicamente reduccionista (una crítica que inicia Richard Ashley) y ello imposibilita una teoría social del Estado. Waltz puede responder a esta crítica diciendo su teoría es metodológicamente estructuralista y que los Estados son pensados como agentes racionales y unitarios, pero solamente porque son supuestos teóricos que deben evaluarse por su poder explicativo y no porque la realidad efectivamente tenga que ser así (instrumentalismo científico).

Wight está de acuerdo con Wendt en que el problema agente-estructura es fundamentalmente ontológico (y por ello presupuesto en consideraciones epistemológicas y metodológicas posteriores) y que, si bien es posible enfocarse en desarrollar explicaciones del tipo X explica a Y (cuestiones metodológicas), ello inevitablemente supone tener algún tipo de noción, más o menos explícita, sobre lo que X e Y son (cuestiones ontológicas). Sin embargo, rechaza la visión que tiene éste sobre Waltz. Esto se debe a que Wendt tiene una única manera (extrema) de concebir el teorizar estructural (ontológica) y por eso es que Waltz no entraría en esa categoría. Wendt considera que para Waltz la estructura del sistema internacional puede ser reducida a los Estados, fuera de sostener que las capacidades de los Estados son también propiedades individuales. Sin embargo, Waltz sostiene que la distribución de capacidades de los Estados es algo relacional y, por ende, solamente tiene sentido al interior de una estructura. A su vez, la estructura en Waltz explica ciertos fenómenos del comportamiento de los Estados y por eso su teoría es estructuralista, aunque no lo sea en el sentido fuerte de afirmar que la estructura genera todo comportamiento y toda propiedad de las unidades estatales. Pero además Waltz no es reduccionista porque las unidades estatales en su interacción generan la emergencia de la estructura del sistema internacional, la cual luego cobra cierta independencia y, por eso mismo, puede tener efectos sobre las propias unidades constituyentes de dicha estructura. El debate aquí es si la emergencia de la estructura vía la interacción de las unidades debe ser considerado como un gesto ontológicamente reduccionista (algo que, por ejemplo, Ashley y Dessler sí afirman). Wight cuestiona esas lecturas de Waltz porque no distinguen entre prioridad ontológica y prioridad explicativa. Waltz es ambivalente sobre el estatuto ontológico de la estructura, pero sí es claro en el hecho de ser un estructuralista metodológico para explicar ciertos efectos en el sistema internacional (como mínimo, si la emergencia de la estructura vía la interacción de las unidades no es hecha en términos ontológicos, por lo menos puede ser interpretada en términos lógicos). De hecho, incluso rechazar la emergencia de la estructura desde la interacción de las unidades plantea una visión extraña donde no queda claro de dónde podría surgir la estructura (es como rechazar que la estructura social no emerge de los agentes, cuando son justamente los agentes la condición de posibilidad de la estructura social: sin agentes no hay estructura).

Una consecuencia importante de pensar ontológicamente el problema agente-estructura es que la pregunta por qué causa qué no se resuelve ontológicamente, sino empíricamente. Y dicho conocimiento será considerado mejor o peor de acuerdo a consideraciones metodológicas y epistemológicas. La cuestión ontológica, sin embargo, es importante porque es la que enmarca el problema mismo. No tiene sentido preguntar si las estructuras causaron algo y no los agentes, o si lo hicieron en una proporción mayor a los agentes, si es que uno no cree que las estructuras existen (individualismo ontológico).

Otra cuestión vinculada al problema agente-estructura en IR es si es que dicho problema es equivalente a lo que en la disciplina es llamado, desde David Singer y Kenneth Waltz, “niveles de análisis”, y lo que es llamado “el problema micro-macro”. El nivel de análisis puede ser distinguido de la unidad de análisis, en tanto que lo primero es lo que explica lo segundo. Por su parte, el problema micro-macro tiene que ver con la distinción entre análisis de interacción “cara a cara”  y análisis de “procesos impersonales”. Entonces, podemos tener análisis micro o macro, en diferentes niveles de análisis para explicar determinadas unidades de análisis. En todos estos casos Wight considera que es necesario afirmar, no solamente que el problema agente-estructura es algo diferente, sino que es algo ontológicamente fundante y previo a los otros elementos. Solamente a partir de una determinada solución ontológica a dicho problema es que ciertas unidades de análisis, niveles de análisis y ámbitos micro y macro son posibles. El otro aporte de Wight consiste en defender que en cada nivel de análisis que se proponga (como el clásico internacional/ Estado nación/ burocracia) se encontraran ciertas estructuras y agentes, donde algunos niveles emergen del anterior y donde dichos niveles interactúan entre sí, admitiendo la posibilidad que un nivel pueda afectar a otro. Cuál nivel afecta a cuál y de qué forma es algo que debe resolverse empíricamente en cada caso, dependiendo de la pregunta concreta de investigación y no de una decisión puramente teórica sobre qué cosa sería más importante siempre a priori. Las estructuras no pueden desvincularse de los agentes, pues son ellos quienes reproducen las estructuras. Pero los agentes ya-siempre se encuentran inmersos en estructuras que heredan, así como por creencias que dirigen las posibilidades de su actuar. Clarificar estas distinciones es importante para Wight porque si son colapsadas, el resultado sería pensar que lo estructural es solamente relevante para investigar lo macro. En lugar de esto, tanto enfocándose uno en lo micro como en lo macro, es posible encontrar agentes y estructuras.

Para Wight, entonces, es vía compromisos ontológicos que uno deriva de la solución que acepta frente al problema agente-estructura, que pueden derivarse los compromisos metodológicos más adecuados para investigar empíricamente dichas entidades.

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