Vacío

El nombre propio del ser

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El problema agente-estructura en la teoría de las relaciones internacionales y el debate con Hollis y Smith

En la entrada anterior me pareció interesante considerar la especulación teórica de Wendt como una versión más sofisticada (y actual) de la visión de Kojève sobre el llamado “Estado universal homogéneo”, en tanto que se encuentra articulada con aproximaciones más contemporáneas en las ciencias sociales. Sin embargo, antes de discutir ese texto me pareció oportuno dedicar una serie de entradas a analizar y discutir sus principales textos teóricos previos (lo cual va a constituir una larga digresión). Ello creo que permitiría tener una mayor comprensión del trasfondo teórico de Wendt, así como de los debates teóricos y metateóricos en los que ha sido uno de los interlocutores principales y decisivos. De esta forma se podrá apreciar mejor la tesis sobre el Estado mundial (y su supuesta “inevitabilidad”), así como también una parte importante de la reciente historia de discusión teórica sobre el constructivismo y sobre la cuestión metateórica en torno al realismo científico dentro del campo de las relaciones internacionales.

Creo que esta larga digresión sería provechosa para dichos temas, en tanto que Wendt ha sido considerado uno de los teóricos de las relaciones internacionales más importantes de las últimas décadas. Revisando su producción académica del período 1987-1998 previa a su Teoría social de las relaciones internacionales del 1999 (la cual debe ser abordada por separado en otra serie de entradas) es posible agrupar los artículos “preparatorios” a dicho libro en función a tres diferentes ejes temáticos: (1) el problema agente-estructura y el debate con Hollis y Smith; (2) los primeros ensayos de una visión sistémico-constructivista de las relaciones internacionales y el debate con Mearsheimer; y (3) el realismo científico y la importancia que éste tiene para con las ciencias sociales y, más específicamente, para con las relaciones internacionales. Luego de las entradas dedicadas a estos tres ejes y (4) a su Teoría social, sería posible revisar los artículos posteriores (2000-2005)  donde es que se discute la teoría sobre  (5) el Estado mundial y sobre el estatuto ontológico de la personalidad del estado, con sus respectivos debates. Finalmente, y esto trasciende al interés propedéutico de estos análisis para la cuestión del Estado mundial, se estará en posición de entender (6) su giro cuántico (2006- ) y las implicancias que dicha posición tiene para con las ciencias sociales y las relaciones internacionales.

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El problema agente-estructura

En su influyente artículo de 1987, Wendt inicia su análisis considerando como problemáticas dos visiones que para él toman posiciones opuestas en el problema agente-estructura. En primer lugar, el realismo estructural de Waltz toma como punto de partida a los Estados como unidades, cuyas propiedades observables constituyen la distribución de capacidades de la estructura internacional. Esto para Wendt hace que la estructura en Waltz sirva para restringir el comportamiento de unidades previamente constituidas (lo que para Wendt haría de esto una posición “individualista”, o comprometida con una ontología individualista). A diferencia del realismo estructural, la teoría del sistema-mundo de Wallerstein pensaría la estructura del sistema internacional a partir de la economía capitalista global, la cual es la que constituye a las unidades mismas (lo que para Wendt haría de esto una posición “estructuralista” comprometida con una ontología holista Ambas ontologías para Wendt resultarán problemáticas, pues toman como elemento ontológico primitivo al sistema (Wallerstein) o a los Estados (Waltz), siendo el efecto principal de dichos reduccionismos el no poder dar cuenta de los poderes y propiedades causales de las unidades básicas (lo cual genera problemas para poder explicar la acción de los Estados). La respuesta de Wendt para abordar este problema estará basada en la teorías de tipo más estructuracionista (salvando las obvias distancias, aquí Wendt tiene en mente a autores como Giddens, Bourdieu y Bhaskar).

El problema agente-estructura tiene dos dimensiones, una ontológica y una epistemológica. El problema ontológico tiene que ver con qué son los agentes y las estructuras sociales (qué tipo de entidades son y cómo es que se relacionan). El realismo estructural y la teoría del sistema-mundo optan por reducir un elemento al otro (el agente a la estructura en el caso de Wallerstein, y la estructura al agente en el caso de Waltz). La otra opción es sostener que ambos términos son irreducibles ontológicamente pues están co-determinidos y están mutuamente constituidos (esta es la posición que Wendt va a defender). Para Wendt, entonces, son tres las posibles soluciones al problema ontológico del problema agente-estructura: individualismo, estructuralismo y estructuracionismo.

El problema epistemológico del problema-agente estructura tiene que ver con el tipo de explicación que es posible para dar cuenta de ambas entidades. Esto supone compromisos ontológicos acerca de qué propiedades causales son las más relevantes, y si son las explicaciones que den mayor peso a los agentes (o a las estructuras) las que cuenten con un mayor poder explicativo. Más específicamente en el caso de las explicaciones estructurales (que es en lo que se centra el artículo, dado que las dos teorías ya mencionadas son de tipo estructural), las teorías estructurales que reducen la estructura a los agentes (individualismo) considerarán que el carácter explicativo de las estructuras es el de constreñir o restringir el comportamiento de agentes previamente constituidos. Para Wendt este es el caso del realismo estructural, pues toma a los Estados como dados y son sus propiedades observables las que componen la estructura. Por su parte, las teorías estructurales que reducen a los agentes a las estructuras dotarán a estas últimas de un carácter explicativo de tipo constitutivo para con los agentes. Este es el caso de la teoría de Wallerstein en tanto que la estructura aquí constituye a los Estados mismos, siendo la estructura la unidad ontológica primitiva de la que los Estados son efectos constitutivos generados. En ambos casos, individualismo y estructuralismo, las unidades ontológicas primitivas se asumen como dadas y terminan siendo reificadas (en el primer caso son los Estados y en el segundo, el sistema-mundo en su conjunto).

La teoría de la estructuración como posible solución al problema agente-estructura opera como una ontología social que busca superar dichas visiones ontológicas unilaterales (las del individualismo y el estrructuralismo), sosteniendo que la relación entre ambas entidades (agentes y estructuras) es de co-determinación y de mutua constitución. Pero para Wendt es importante fundar dicha teoría social en un realismo científico, pues dicha filosofía de la ciencia permite concebir como legítimas a las estructuras generativas no observables, posibilitando así un mayor número de preguntas y líneas de investigación. Esto no quiere decir que el realismo científico implica necesariamente a la teoría de la estructuración, pero sí quiere decir para Wendt que la teoría de la estructuración requiere como condición de posibilidad de sí misma al realismo científico, so pena de no ser descartada como mera metafísica por parte de posiciones de tipo positivistas o empiristas, las cuales pensarían que las estructuras sociales son en realidad ficciones metafísicas.

La razón principal por la cual el realismo científico permite considerar a dichas estructuras como parte de una ontología científica se debe a que no considera a los términos no observables de las teorías como meras ficciones útiles. Esto se debe a que bajo dicha filosofía de la ciencia se considera como legítimo el inferir la existencia de dichas estructuras si producen efectos observables, y si es que su manipulación nos permite intervenir en el mundo. No asumir esto para Wendt implicaría considerar al éxito de la explicación de la ciencia como si se tratase de un mero milagro. La otra diferencia del realismo científico es que concibe a la explicación científica como aquella que provee de mecanismos causales, los cuales generan a los fenómenos en cuestión. Esto distingue al realismo del ideal positivista que busca encontrar regularidades (o leyes) vía la generalización de conjunciones constantes.

Para Wendt, la teoría de la estructuración supone cuatro compromisos ontológicos: (1) la realidad (no reducible) y la capacidad explicativa de estructuras sociales no observables, las cuales generan agentes; (2) un tipo de racionalidad práctica que dé cuenta de la intencionalidad de los agentes (3) el rechazo de una subordinación o reducción de un elemento al otro; y (4) que las estructuras sociales son indesligables de estructuras temporales y espaciales. En el caso de las relaciones internacionales, una concepción estructuracionista de la estructura del sistema internacionales consideraría que dicha estructura podría tener efectos constitutivos y generativos en los Estados. En esto el estructuralismo se parece al estructuralismo. Pero la diferencia entre ambos se debe a que el estructuracionismo no supone que la estructura social existe al margen de las prácticas y de la comprensión de los agentes. Tienen dependencia ontológica, pero no son reducibles a las prácticas de los agentes (las estructuras constituyen y restringen a los agentes, pero los agentes producen, reproducen y transforman a las estructuras). Esto en el caso de las relaciones internacionales implica pensar que la estructura del sistema internacional no existe al margen de las prácticas de los Estados. Pero, al mismo tiempo, los poderes causales y los intereses de los agentes son constituidos por las estructuras. Aquí Wendt considera que las estructuras pueden ser externas (estructuras sociales), o internas (estructuras organizacionales) a los agentes. En el caso de las relaciones internacionales esto se expresa como estructuras internacionales (estructura social) y las estructuras domésticas (estructura organizacional).

Desde esta perspectiva estructuracionista, para poder explicar el comportamiento de los Estados, la explicación debe ser para Wendt de tipo histórico-estructural. El elemento histórico tendrá que ver con el comportamiento actual (investigando los efectos de los intereses y poderes causales de los agentes), mientras que el aspecto estructural tendrá que ver con el comportamiento posible (es decir, con las estructuras sociales y organizacionales, en tanto que posibilitan los intereses y poderes vía efectos constitutivos y generativos). Sin embargo, en la realidad social ambas dimensiones se encuentran entrelazadas, pues es la dimensión histórica la que genera y reproduce a las estructuras (sociales y organizativas). El ideal explicativo de un análisis histórico-estructural, entonces, busca dar cuenta de la constitución de los agentes (en este caso de los Estados), de sus intereses y poderes causales; al mismo tiempo que busca explicar la secuencia de acciones que ha generado eventos específicos, así como la reproducción de las estructuras mismas (vía consecuencias esperadas, pero también inesperadas de las acciones realizadas por los agentes).

El debate con Hollis y Smith

Teniendo en cuenta estos desarrollos es que podemos pasar a abordar el debate de Wendt con Martin Hollis y Steve Smith en torno a cuestiones metateóricas en el campo de las relaciones internacionales. En su artículo, Wendt sostiene que la teorización de primer orden es la que busca contribuir a que podamos entender lo que sucede en las relaciones internacionales. De ahí que se producción sea la de teorías substantivas (por ejemplo, teorías realistas o liberales). En cambio, la teorización de segundo orden (o meta-teoría) contribuye indirectamente a nuestra comprensión de los fenómenos internacionales vía la discusión de cuestiones ontológicas y epistemológicas. Esta influencia indirecta puede verse claramente en las implicancias que tenga dicha discusión para considerar como legítimas ciertas preguntas y respuestas, así como para abrir nuevas posibilidades de teorización substantiva (un ejemplo de esto sería el camino teórico que trata de abrir Wendt con el realismo científico, en tanto que dota de legitimidad a la investigación de tipo estructural). Lo importante de esta discusión de segundo orden es que hace explícitos los compromisos que todo tipo de investigación tiene, pero el valor de dicha conversación debe ser medido por el aumento de nuestra comprensión de problemas de primer orden (esto quiere decir que no se trata de especular por especular).

De acuerdo a Wendt, lo que hacen Hollis y Smith en su libro Explaining and Understanding International Relations es formular dos tipos de retos que toda teoría substantiva de las relaciones internacionales debe de enfrentar. El primero tiene que ver con el problema de los niveles de análisis, esto es, si la explicación debe ir “de arriba a abajo” (del sistema a la unidad: holismo) o “de abajo hacia arriba” (de la unidad al sistema: individualismo). El segundo reto tiene que ver con la tensión entre explicar y comprender. La primera aproximación toma una perspectiva externa, causal y naturalista; mientras que la segunda toma una perspectiva interna e interpretativa. Al combinar estos retos es posible tener cuatro posibles combinaciones: holismo explicativo, holismo interpretativo, individualismo explicativo e individualismo interpretativo. Sin embargo, lo crucial para ambos es que la explicación y la comprensión son modos complementarios de conocimiento, con lo que siempre es posible contar dos historias sobre el fenómeno en cuestión. Y la pertinencia de cada tipo de aproximación dependerá en última instancia del problema de investigación específico. Wendt presenta, a mi modo de ver, fundamentalmente tres críticas.

La primera es que Hollis y Smith confunden dos tipos de problemas: el problema agente-estructura y el problema de los niveles de análisis. Debe recordarse que el problema de los niveles de análisis formulado por Singer (quien toma su inspiración de las tres “imágenes” de Waltz) tiene que ver con la pregunta por el nivel de agregación que permite explicar el comportamiento de los Estados (en su versión más ampliada, los niveles serían los siguientes: el sistema internacional, la política doméstica, la política burocrática, y finalmente la psicología individual). En estos análisis la variable dependiente es siempre el comportamiento estatal (la política exterior) y la discusión gira en torno a saber cuál es la principal variable independiente. Se trata pues, de un problema de tipo explicativo (qué nivel de análisis posee el principal peso causal en la explicación de la política exterior). Según Wendt, en el uso de dichos niveles por parte de Hollis y Smith, lo que debe ser explicado no siempre es el comportamiento estatal y la manera cómo se frasea el problema de los niveles de análisis parece más bien referir al problema agente-estructura en tanto problema ontológico, esto es, en tanto que a veces se pregunta si es que es las propiedades o comportamiento de una unidad pueden ser reducidos a los de otra unidad que se encuentra en otro nivel de análisis, y si es que estás unidades son agentes o estructuras. Esto para Wendt es el problema ontológico entre el holismo y el individualismo que fue presentado en la sección anterior. Sé que esto suena confuso, así que voy a tratar de volver a frasearlo para que se entienda la distinción que busca hacer Wendt entre ambos problemas: es posible tener una explicación sistémica (problema de los niveles de análisis) articulada con una ontología individualista o holista (problema agente-estructura). El ejemplo de esta distinción puede verse en los casos teóricos que Wendt discute en su artículo anterior, donde sería posible decir que tanto el realismo estructural, como la teoría del sistema-mundo buscan tener explicaciones sistémicas, aunque sus ontologías sean diferentes (la primera individualista y la segunda, holista).

La segunda crítica que hace Wendt tiene que ver con que para Hollis y Smith el realismo estructural de Waltz es un caso de holismo. Sin embargo, Wendt considera que eso es falso, dado que la estructura opera sobre unidades previamente dadas y no las genera. Esto quiere decir que lo que hace la estructura del sistema internacional en Waltz es regular el comportamiento de las unidades, pero no las constituye Lo que estaría a la base sería, como ya se ha venido diciendo, una ontología individualista donde la no diferenciación funcional y la distribución de capacidades de la estructura dependen de los atributos observables de los Estados, los cuales operarían como dados en la teoría de Waltz.

Finalmente, la tercera crítica tiene que ver con que para Wendt explicar y comprender es una distinción basada en una concepción positivista de la ciencia (esto, debe mencionarse, es históricamente cierto cuando se presta atención a los desarrollos de dicha distinción en la filosofía continental de inicios del siglo XX, digamos de Dilthey a Gadamer). Una posición realista para Wendt puede considerar que ambas aproximaciones son necesarias para una ciencia social naturalista. Más que contrapuestas, dichas aproximaciones divergen en el tipo de pregunta que abordan. Aunque Wendt no hace explícito esto, me parece que a lo que alude es que para él la ontología del realismo científico (a la Bhaskar) permitiría rechazar la idea de que explicar y comprender son aproximaciones epistemológicas incompatibles (o, en todo caso, inconmensurables) . Para Wendt, dicha distinción sería realmente metodológica, fuera de decir que no es cierto que siempre “hay dos historias que contar”. A veces una pregunta de investigación demandará como más pertinente un tipo específico de aproximación. Lo otro sería absolutizar la distinción y cerrar a priori ciertas preguntas porque no pueden ser investigadas con un tipo de metodología específica. Para Wendt, si la discusión metateórica sirve de algo, es para evaluar la legitimidad de ciertas preguntas, con el fin de poder generar nuevas teorías substantivas.

Hollis y Smith responden a Wendt y lo primero que sostienen es que Wendt, tanto en su artículo sobre el problema agente-estructura, como en el artículo donde reseña su libro usa el gesto retórico de apelar a “gurus”. Básicamente, de lo que acusan a Wendt es de apelar a la teoría de la estructuración y al realismo científico como paradigmas teóricos que ya habrían superado los problemas de la teoría social. Esto para ellos es algo evidentemente algo falso, pues dichas aproximaciones no han sido inobjetables en sus disciplinas de origen (la sociología y la filosofía de la ciencia). De hecho, lo que sucede es todo lo contrario: ni la teoría de la estructuraciónm, ni el realismo científico (especialmente el de Bhaskar) gozan de una posición hegemónica en sus respectivos campos disciplinarios.

En el caso de la interpretación sobre la Teoría de Waltz, Hollis y Smith piensan que el texto da lugar a ambas lecturas. La primera es la de Wendt: la ontología de Waltz es individualista pues toma como dadas a las unidades y la estructura emerge de sus interacciones (en analogía con la microeconomía, la cual también está basada en una ontología individualista). Sin embargo, la segunda lectura que ellos defienden es que la teoría sistémica requiere tomar a la estructura como algo distinto a las unidades. Si bien es cierto que las unidades al interactuar producen la estructura (como algo no intencional), lo importante para Waltz es que una vez generada, dicha estructura opera como una fuerza que empieza a regular (causalmente) la interacción de las unidades. Esto puede ilustrarse con los conocidos mecanismos de selección y socialización de la estructura de Waltz, los cuales contribuyen a que que las unidades del sistema se asemejen. Para Hollis y Smith, si es que la estructura no tuviese poder causal, entonces el realismo estructural no tendría poder explicativo para entender las dinámicas sistémicas de la política internacional a partir de la anarquía y la polaridad.

Lo que Wendt responde es que la lectura de Hollis y Smith sobre Waltz debe rechazarse, pues asume implícitamente la idea de que solamente existe un tipo de teoría sistémica, entendida como una estructura que restringe comportamientos, o que regula la interacción de las unidades. Adicionalmente para Wendt debe poder concebirse como posible que una teoría sistémica pueda dar cuenta de la constitución de identidades e intereses. El problema con Waltz según Wendt es que que se asume que las unidades del sistema (los Estados) ya poseen como un atributo intrínseco dado el hecho de que son agentes egoístas. Esto quiere decir que los intereses y las identidades estarían dadas. Esto para Wendt es consistente con la analogía microeconómica que Hollis y Smith recordaban de la teoría de Waltz, pues aquí también las preferencias de los agentes son tenidas como exógenas a la interacción.

Esta distinción teórica es importante porque al añadir la dimensión constitutiva de identidades e intereses a la estructura internacional, es posible concebir sistemas anárquicos donde la “lógica de la anarquía” no implique necesariamente un sistema de auto-ayuda donde cada unidad vele exclusivamente por sus intereses (siendo esto último uno de los presupuestos básicos del realismo estructural, de acuerdo a Wendt). Lo que está en juego con esta diferencia es el poder admitir que el sistema internacional no tendría porque estar condenado a operar bajo las dinámicas del realismo político. Esto no quiere decir que dicha transformación sistémicao vaya a suceder, o que sea fácil, o que si da que pueda llegar a ser permanente. Sin embargo, lo que sí quiere decir es que el realismo estructural no puede concebir dicha posibilidad debido a sus supuestos teóricos (a lo mucho podrá insinuar que las unidades que lo intenten, terminarán siendo “castigadas” por la estructura). Esto se expresa claramente con la famosa frase de Waltz según la cual la textura de las relaciones internacionales se ha mantenido constante a lo largo de la historia. Esto es pues a lo que se refiere Wendt cuando acusa a Hollis y a Smith de colapsar el problema agente-estructura con el problema de los niveles de análisis: es posible tener una explicación sistémica con una ontología individualista donde las propiedades de los agentes son exógenas (Waltz), o con una ontología holista donde las propiedades de los agentes son endógenas (Wendt). Y el grado de influencia de dicha visión dependerá de saber hasta qué punto la política doméstica sea más o menos decisiva para constituir las identidades e intereses de los Estados. Si fuese el caso que dichas dinámicas fuesen más determinantes, es ahí que la ontología individualista en la teoría sistémica de las relaciones internacionales podría ser tenida como correcta. En síntesis, para Wendt la diferencia ontológica del problema agente-estructura tiene que ver con lo que constituye las propiedades las unidades del sistema, mientras que el problema de los niveles de análisis tiene que ver con los motores que permiten explicar el comportamiento de actores exógenamente dados.

Para ilustrar lo que Wendt tiene en mente es necesario remitirse aquí al que quizá sea su artículo más famoso. En él sostiene que tanto el neorealismo com el neoliberalismo están comprometidos con un tipo de racionalismo según el cual se asumen como exógenamente dados los intereses y las identidades de los agentes, lo cual hace que de lo que se trate sea de explicar su comportamiento. El punto de partida de ambos es asumir a los Estados como agentes egoístas, discrepando sobre si es más importante que prefieran ganancias relativas o absolutas entre ellos (siendo esta diferencia la que permite o no ser optimistas con el grado y estabilidad de cooperación  y/ o conflicto que las unidades puedan tener en un sistema anárquico). En contraposición al racionalismo es posible tomar una posición constructivista que busque dar cuenta de la formación de identidades e intereses en tanto que es se conciben a éstas como siendo endógenas a la interacción social. Esto permite a Wendt rechazar que exista una “lógica de la anarquía” realista, y que si las relaciones internacionales llegasen a operar bajo una lógica realista, ello se debe a que dicha lógica ha sido socialmente instituida. Entonces, tan importante como la distribución de capacidades es la “distribución de conocimiento”, en tanto que constituye identidades e intereses con expectativas diferentes. El ejemplo clásico de este tipo de perspectiva es que los Estados Unidos ven diferente que Corea del Norte tenga armas nucleares, frente a países como el Reino Unido. El primero es interpretado como un enemigo, mientras que el segundo es tenido como un amigo. Lo importante aquí es que son los sentidos y significados colectivos los que permiten estructurar este tipo de expectativas y acciones. De esta forma, los sistemas internacionales anárquicos pueden cambiar no solamente en términos de distribución de capacidades materiales (unipolaridad, bipolaridad, multipolaridad), sino en términos de identidades e intereses, pudiendo constituir (como posibilidad) identidades colectivas que trasciendan as las puramente estatales.

Hollis y Smith en su respuesta final rechazan la tesis de Wendt según la cual que el realismo estructural de Waltz no pueda dar cuenta de la constitución de las unidades. Ellos no lo expresan explícitamente, pero me parece que aluden a que los mecanismos de socialización y competencia que la estructura impone a las unidades para que devengan similares cumplen también ese rol constitutivo que Wendt reclama. Esto quiere decir que para Waltz la racionalidad egoísta de los Estados no es simplemente dada, pues corresponde al resultado de un proceso donde la estructura termina filtrando a las unidades que no desarrollan una racionalidad afín a la que demanda la estructura anárquica (un comportamiento consistente con un sistema de auto-ayuda). La analogía microeconómica que usa Waltz tendría que ver aquí con los incentivos que el mercado (la estructura del sistema) impone a las empresas (las unidades del sistema) para que desarrollen una racionalidad similar (los mecanismos de selección y socialización). Pero más importante, la visión de Wendt sobre el rol constitutivo de la estructura para con las propiedades de las unidades (las identidades e intereses de los Estados) que debería ser provista por una teoría sistémica de las relaciones internacionales, podría ser acomodada en el marco analítico Hollis y Smith, específicamente en lo que denominan holismo interpretativo. Finalmente, ambos se siguen se manteniendo en su posición sobre la no separación ente ambos problemas (agencia-estructura y niveles de análisis), discrepando con la tesis según la cual el nivel de análisis solamente tiene  que ver con la explicación del comportamiento de unidades ya dadas.

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De la revisión de estos textos es posible señalar algunos de los motivos teóricos que devendrán ejes fundamentales de la producción posterior de Wendt. Lo primero es el interés por la distinción entre teorías de primer y segundo orden (teoría substantiva, y metateoría, respectivamente), así como la importancia que ambos tipos de investigación tienen en la producción de conocimiento. Lo que añade una discusión explícita a los fundamentos ontológicos y epistemológicos de las teorías es que nos permite ser más consciente sobre lo que se está entendiendo como lo propio de la investigación científica (y aquí es muy importante señalar que el propio Waltz dedicó el primer capítulo de su Teoría a discutir justamente qué era una teoría). Esto es importante porque dependiendo de los compromisos metatéoricos es que será  posible dotar de mayor o menor legitimidad a ciertas preguntas, aproximaciones y posibilidades sobre el mundo social. Wendt considera que a este nivel el realismo científico es el que provee de un marco más plural e integrador (y es importante mencionar que hasta la fecha, incluso luego de su giro cuántico, no ha abandonado una posición metateórica de tipo realista). En el nivel substantivo o de primer orden, toma un compromiso con la teoría de la estructuración (y luego, como se verá, el interaccionismo simbólico también será decisivo). Esta visión no reduccionista de la agencia y la estructura será fundamental en el desarrollo de la tradición teórica constructivista.

Finalmente, ya más específicamente para el campo de las relaciones internacionales, lo más importante de este giro sociológico es el que permite tener una visión más compleja del sistema internacional. Dado que el realismo estructural de Waltz ha sido por momentos, digamos, la teoría hegemónica del campo, resulta útil contraponerla a las intuiciones que Wendt va desarrollando (de hecho, dicha contraposición no es arbitraria pues el propio título de su libro se expresa como una respuesta a Waltz). A nivel metateórico Waltz es un instrumentalista, mientras que Wendt es un realista. Pero a nivel substantivo, Wendt lo que rechaza primero es la idea de que existe una única lógica de la anarquía de la que se deduce un sistema de auto-ayuda y un continuo balance de poder. Asimismo, rechaza que la única distinción de transformación sistémica sea el de la distribución de capacidades materiales. Y, finalmente, rechaza que la racionalidad de los Estados sea puramente egoísta y estratégica (en analogía con la microeconómica). En contraposición a dichos puntos, lo que Wendt está insinuando es que la construcción social de lo internacional es importante para constituir las propias identidades e intereses de los Estados, y no únicamente para regular o restringir su comportamiento. Esta va a ser quizá la principal diferencia entre el constructivismo y el racionalismo que tanto el realismo estructural, como el neoliberalismo institucional, comparten. Es por esta diferencia, vía aprendizaje, ideas, instituciones y socialización, que los sistemas anárquicos pueden generar interacciones muy diferentes, así como transformaciones sistémicas endógenas que no sean simplemente el reflejo mecánico de la distribución de capacidades materiales. Lo que me parece interesante de estas contribuciones por parte de Wendt es que no necesariamente rechazan las tesis y explicaciones realistas, sino que lo que hacen es contextualizar los aspectos estructurales y sociales que deben darse y mantenerse para que dichas lógicas puedan operar.

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Eurocentrismo subliminal ortodoxo: del realismo clásico al neorealismo (1945-1989)

Después del fin de la Segunda Guerra mundial hubo un cambio epistémico sustantivo en la teoría de las relaciones internacionales. La visión del establishment sobre la historia de la disciplina en este punto veía al neorealismo como una teoría mucho más científica y positivista que la del realismo clásico, y donde cualquier tipo de de sesgo eurocéntrico anterior habría sido dejado de lado. Lo que Hobson quiere destacar como relectura crítica es que la teoría internacional post-1945 de tipo realista abandona el racismo científico, pero mantiene una aproximación eurocéntrica que Hobson denomina “institucionalismo eurocéntrico subliminal” (y que devendrá manifiesto luego del fin de la Guerra Fría). ¿En qué consiste dicha aproximación eurocéntrica? Lo primero que queda claro es que todo tipo de distinción y jerarquía del tipo anterior (“civilización/ barbarie”, “blancos/no-blancos”) es abandonada. Y las pretensiones de las teorías luego de la revolución conductista en la ciencia política (y del “segundo Gran Debate” en las Relaciones Internacionales) son explicar lo internacional sin apelar a valores subjetivos, así como apuntar a un mayor universalismo que pueda explicar a los Estados, al margen de sus distinciones idiosincráticas (un giro, digamos, más positivista). A pesar de este, para Hobson lo que va a permanecer es una visión bastante provincialistaEl realismo clásico y la teoría de la estabilidad hegemónica mantienen una “teoría eurocéntrica del big bang de la política mundial”. El argumento, en analogía con los casos anteriores ya mencionados, es que los excepcionales europeos primero crearon para sí mismos un sistema internacional estatal y capitalista, sistema (o civilización) que luego exportaron al resto del mundo, sea vía imperialismo, hegemonía o ambos. Finalmente, en el caso del neorealismo de Waltz, lo que va a primar es una concepción de unidades igualmente soberanas en un sistema, visión que termina siendo negligente para con la recurrente jerarquía y prácticas imperiales en la historia de las relaciones internacionales.

En torno al realismo clásico de autores como Morgenthau y Carr, el aspecto eurocéntrico de sus análisis sobre lo internacional se expresa en el hecho de que sus marcos explicativos asumen (como ya se anunció) un análisis provincialista donde la política internacional occidental es presentada como la política mundial (lo particular se presenta como lo universal). En el caso de Morgenthau, ello se ve claramente cuando analiza el imperialismo y lo define básicamente en oposición al status quo. La idea es que los Estados que no buscan mantener la distribución de poder existente en el sistema internacional serían los que realizarían políticas exteriores de tipo imperialista. El problema es que con esa definición, cualquier tipo de política que busca cambiar el estado de cosas es imperialista y cualquier tipo de política de los Estados imperiales por mantener el status quo sería no imperialista. Y fuera de los problemas conceptuales y lógicos, empíricamente no se hace plenamente inteligible las políticas de los Estados imperiales durante el siglo diecinueve y veinte, debido a que los Estados imperiales no expandieron sustantivamente sus territorios en la mayor parte de dichos períodos. Otro muestra de eurocentrismo tiene que ver con que el libro principal de Morgenthau (Politics Among Nations) fue reeditado varias veces durante los procesos de descolonización. Pero en lugar de que ello sirva para pensar la agencia de los Estados orientales, Morgenthau lee el proceso solamente como un triunfo occidental puro, donde la victoria se debe esencialmente a las ideas morales occidentales (por ejemplo, ideas como autodeterminación nacional y justicia social).  Esto supone que es Occidente el que crea endógenamente estas ideas, las cuales son meramente emuladas por Oriente.

Finalmente, el elemento más importante del eurocentrismo de Morgenthau (y que subyace a los aspectos ya mencionados) es la “teoría eurocéntrica del big bang de la política mundial”. La evidencia empírica que sirve de base (y habría que añadir que es algo medianamente recurrente en el mainstream) es la paz de Westfalia de 1648. Es ahí donde nace realmente el sistema internacional moderno, sistema que luego habría sido expandido y difundido hacia el resto del mundo. Y luego de ese advenimiento el sistema internacional habría tenido dos eras. La primera es la que concierne a “lo internacional aristocrático” (desde 1648, hasta el siglo diecinueve) y la segunda es la era del “universalismo nacionalista” (siglo veinte). El período aristocrático sería el momento donde el balance de poder habría generado una relativa paz y cooperación entre los Estados. En cambio, el período nacionalista habría roto ese balance de poder, generando la era de la guerra total. Lo que habría permitido que el balance de poder funcionara en la era aristocrática es que los gobernantes gozaban de una mayor autonomía estatal y (sobre todo) que compartían normas europeas y aristocráticas que restringían la pura búsqueda de poder. El problema es que con las revoluciones democráticas y el surgimiento de los nacionalismos, dicha autonomía y dicho consenso normativo fueron quebrados; el primero debido a la creciente necesidad de contar con el apoyo de las masas, y el segundo debido al reemplazo de normas nacionalistas que conducían hacia el conflicto bélico. Los resultados de este proceso (el advenimiento del universalismo nacionalista) son la ausencia de una opinión pública común, el rol marginal del derecho internacional y la ausencia de restricciones normativas para que el balance de poder restrinja la ambición de poder. Como puede apreciarse, en esta narrativa Morgenthau piensa al sistema internacional en su conjunto vía la historia europea.

Por su parte, Carr concibió tres eras clave en la historia de las relaciones internacionales. La primera fue la de “lo internacional monárquico” (1648-1815), la segunda es la de “lo internacional burgués” (basada en la Pax Britannica, 1815-1919). La primera es bastante convergente con el período aristocrático de Morgenthau, y la segunda termina también afirmando la estabilidad del sistema por estar igualmente basada en un alto grado de autonomía estatal y de normas pacíficas. Finalmente, la tercera era es la de la “nación socializada”, la cual es congruente con el universalismo nacionalista de Morgenthau. Dicha era fue la que habría dado lugar al período de guerra total entre 1914 y 1945. Como puede apreciarse, el proceso aquí también es similar al de Morgenthau: la extensión de la ciudadanía y el cambio en las normas internacionales es el principal motor de cambio a nivel internacional. Y en ambos casos, la historia del sistema internacional es una historia puramente intra-occidental. La ironía de Carr es que su correctivo metodológico realista para cuestionar la universalidad del idealismo como estando basada en intereses particulares, termina aplicándosele a su propia explicación histórica sobre cambios en el sistema internacional.

La teoría neorealista sobre la estabilidad hegemónica para Hobson mantiene un imperialismo eurocéntrico paternalista subliminal. Aquí Hobson se centra básicamente en la teoría de Gilpin (1981). Por más que la teoría busca ser explicativa sin sesgos, lo que termina haciendo es presentar como acciones universales de todo hegemón posible lo que históricamente han hecho los grandes poderes anglosajones  (y habría que recordar que el contexto de la teoría es la percepción que existía sobre el declive de la hegemonía norteamericana). Lo interesante aquí es que si bien la teoría se presenta como realista, hay ciertos supuestos cruciales del realismo que tienen que abandonarse para que la teoría pueda funcionar. Estos elementos exógenos son en última instancia etnocéntricos y paternalistas, de acuerdo a Hobson.

Aquí también se mantiene la teoría endógena del big bang: el hegemón surge de manera inmanente gracias a sus proprios esfuerzos (tanto el caso británico, como el estadounidense responden a dicha lógica excepcional). Una vez que el hegemón surge resulta natural para Gilpin que dicho Estado quiera convertir su poder en hegemónia en el sistema internacional. Empíricamente el sesgo es que se presentan siempre casos occidentales, que si bien eran potencias, lo eran más intra-occidentalmente que internacionalmente. Hobson recuerda que hasta el siglo diecinueve las verdaderas potencias han sido no occidentales (y esto es dejado de lado en Gilpin, y en autores como Kennedy): China, India, los otomanos, y la dinastía Safavid.

Lo que no se condice con la lógica realista es el hecho de que una potencia querría ser hegemón, si es que ello implica pagar los costos de la estabilización del mundo, beneficiando a Estados que no pagan dichos costos, y donde la recompensa última es el declive relativo frente a nuevos poderes emergentes. Asimismo, tampoco queda claro por qué el hegemón no podría preveer su futuro declive y hacer algo al respecto, ya que se supone que es el Estado con mayor visión de futuro. Una pura lógica realista de Estados que buscan sobrevivir en el sistema anárquico a través de mantener o maximizar su posición relativa en el sistema no puede hacer inteligible el rol del hegemón presentado por Gilpin. Y estamos hablando directamente de dos casos cruciales para las relaciones internacionales: los Estados Unidos y Gran Bretaña.

Además, Gilpin distingue entre hegemones y poderes imperiales. Los Estados Unidos y Gran Bretaña han sido hegemones liberales, mientras que la Unión Soviética ha sido un poder imperial autoritario. Y salvo el caso soviético, el mundo moderno progresivamente ha sido gobernado por hegemones liberales no imperialistas, mientras que el mundo pre-moderno estaba basado en el ciclos de imperios despóticos (lo cual recuerda a la idea de los “despotismos orientales”). Sin embargo, para Hobson esta diferencia conceptual no tiene sentido cuando uno ve las prácticas imperiales de los hegemones liberales. La manera en que Gilpin justifica la distinción es bajo la idea de que los poderes imperiales europes son civilizatorios, debido a que la transferencia de capital y tecnología desarrolla a los países subordinados al orden hegemónico, en lugar de meramente explotarlos. Hobson puede seguir manteniendo que Gilpin es eurocéntrico e imperialista acá, dado que su vocabulario admite imperialismos paternalistas y no puramente explotadores (como en los casos de Angell y de Hobson). Esto se vería reflejado en el orden internacional construido por los Estados Unidos luego de la Segunda Guerra Mundial: La difusión del libre mercado y de principios liberales cumple el rol de la misión civilizatoria.

En lo que respecta al declive del hegemón, el primer problema se debe a los Estados vividores (“free-riders”), los cuales gozan de los beneficios que provee el hegemón, pero sin pagar los costos. Esta explicación supone que el declive es culpa de los demás Estados (especialmente los no occidentales), lo cual se relaciona con la idea eurocéntrica de la “carga” del hombre blanco (Kipling). Y si bien es cierto que pueden ser también occidentales, en los análisis de Gilpin son los Estados orientales los que son cuestionados (Japón y los países asíaticos emergentes). La comparación de Gilpin es con las hordas bárbaras que acaban con el Imperio Romano (y también se vincula con los tópicos de la “amenaza bárbara” que ya han sido vistos). En última instancia la teoría está basada en una metanarrativa eurocéntrica (eurocentrismo anglosajón) de tipo paternalista. Hobson considera que su verdadero nombre debería ser “teoría de la estabilidad occidental”.

El caso de la teoría estructural de Waltz constituye el caso más difícil para detectar eurocentrismo, debido a que la teoría pretende aplicarse a todo tipo de Estado, al margen de sus idiosincracias domésticas e históricas particulares. El eurocentrismo subliminal va a radicar aquí en el etnocentrismo norteamericano que la teoría presenta hacia el final del libro más importante de Waltz (Theory of International Politics), fuera de contar también con un cierto grado de paternalismo. Lo que se obvia con el realismo estructural de Waltz son los mecanismos jerárquicos presentes en el sistema internacional, antes y después de 1648 (siendo este último período donde hay una mayor proliferación de jerarquías imperiales internacionales). Y son estas jerarquías las que han sido mucho más recurrentes en la historia (1800-1980) que la idea waltziana de un sistema anárquico internacional de unidades igualmente soberanas. Esto último ha sido más bien la excepción, y es este aspecto de la teoría el que expresa un eurocentrismo subliminal (ya que el colonialismo aparece como algo no medular para la teoría). Otro elemento eurocéntrico crucialen Waltz tiene que ver con su conocida tesis estructural, según la cual los sistemas bipolares (como el de la Guerra Fría) son más pacíficos y estables que los multipolares (como los que habrían dado lugar a las dos guerras mundiales). Lo que Hobson va a señalar es que esto solamente es verdad si uno colapsa a la política mundial con las relaciones internacionales intra-occidentales. Y es que las relaciones entre países occidentales fueron pacíficas solamente porque los conflictos entre los Estados Unidos y la Guerra Fría fueron desplazados hacia África, Asia y América Latina. Son esos conflictos e intervencionismos el costo que se pagó para que Occidente pueda contar con una relativa paz. Piénsese que para los seres humanos que vivieron en países no occidentales durante el período 1947-1990 la tesis de que dicho período fue extremadamente pacífico resultaría demasiado extraño, por decir lo menos. Y lo mismo podría decirse de la “larga paz” decimonónica en Europa, pues los conflictos fueron también desplazados hacia el Oriente colonizado.

La teoría del Waltz normalmente es diagnosticada como ahistórica (una crítica común hecha desde su publicación), pero lo que Hobson añade a esta crítica es la nominación de dicha operación como “tempocentrismo”, la cual consiste en extrapolar una configuración del presente hacia el pasado, con el fin de representar toda la historia bajo un mismo esquema (lo cual se expresa en el hecho de que Waltz considere que las relaciones internacionales han sido relativamente constantes a lo largo de la historia humana). Y lo que principalmente se proyecta hacia el pasado, como ya se ha ido mencionando, es el hecho de que las unidades del sistema son igualmente soberanas (el componente de la estructura según el cual las unidades son funcionalmente indiferenciadas), lo cual es totalmente negligente con el imperialismo europeo en la historia de las relaciones internacionales. El principal contraejemplo para la teoría estructural de Waltz, y que evidencia el cargo de tempocentrismo es China. Es razonable considerar a China como el Estado más poderoso (1100-1800). Pero su liderazgo en la región del este asiático no generó ningún tipo de balance de poder, como el realismo estructural de Waltz lo esperaría. Además, China muestra un claro ejemplo de jerarquía bajo un sistema anárquico. Y en la propia historia de China, en el período de de los Reinos Comatientes no prevaleció el balance de poder. Todo lo contrario: la dinastía Qin logró derrotar a todos y unificar a China, algo que el neorealismo no vería como resultado viable.

Finalmente, hacia el final de su Teoría Waltz destaca que los Estados Unidos operan en el sistema mantienendo cierta paz y contribuyendo a resolver los problemas demográficos, ecoólogicos y de proliferación. Waltz no considera este rol como imperialista por no ser explícitamente explotador, aunque Hobson siempre podrá responder (como con el caso de Gilpin) que hay variantes de imperialismo, y que éste sería una de ellas. El problema más importante (al margen la categorización de Hobson) es que este diagnóstico no se condice con la teoría que Waltz ha venido desarrollando, ya que los Estados (de acuerdo a la teoría) van a buscar un mínimo de poder que permita mantener su supervivencia y posición en el sistema. Ningún Estado se sacrificaría por el bien de los demás. Asimismo, si esos costos son aprovechados por los Estados débiles (“free-riders“), entonces sí resulta importante el rol que los Estados débiles pueden tener en la producción y reproducción del sistema internacional (esto último contra el hecho de que el enfoque de Waltz se centra en los Estados occidentales más poderosos del sistema). En síntesis, Hobson considera que la teoría de Waltz (por más parsimónica que se presente) termina siendo negligente con algo tan importante en las relaciones internacionales como lo es el imperialismo occidental, así como (en general) las interacciones entre Oriente y Occidente.

Analiticismo

La tercera de las ontologías filosóficas que Jackson desarrolla en su libro es denominada”analiticismo” (no recuerdo haber leído antes dicha expresión. Parece ser un neologismo propuesto por Jackson). Básicamente, comparte con el neopositivismo el compromiso con el fenomenalismo. Sin embargo, rechaza el dualismo mente-mundo y en su lugar adopta una posición monista. Esta ontología filosófica contiene una de las tesis más polémicas del libro de Jackson, ya que argumenta que es el analiticismo la ontología filosófica que subyace a la teoría de Kenneth Waltz (algo que no está exento de discusión, debido a la enorme influencia de Waltz en el campo de IR). Jackson considera que en este punto ontológico, Waltz ha sido malentendido las más de las veces (por ejemplo, cuando se piensa que su teoría es neopositivista).

El punto de partida clave, de acuerdo a Jackson, es que las teorías para Waltz no son algo que deben compararse con la realidad. Waltz concibe las teorías de manera instrumental (contra el realismo crítico): los términos teóricos son construcciones que deben evaluarse en función a qué tan útiles son. Teorizar no es representar una realidad, sino que más bien implica una simplificación o idealización útil que permita ordenar la realidad empírica de una forma mucho más manejable (es por esto último que, para Jackson, Waltz está comprometido con una posición fenomenalista). Pero al mismo tiempo, no existe aquí una rígida distinción entre lo teórico y lo empírico. Jackson defiende que para Waltz lo que existe es un contínuo entre ambos. Y por eso es que señala que en Waltz existe una suerte de monismo mente-mundo, donde no es posible distinguir claramente entre la mente y el mundo. Este monismo analítico estaría en la misma línea del teorizar de Max Weber, donde lo que uno construye son tipos ideales.

El analiticismo no puede apelar a la búsqueda de mecanismos o poderes causales independientes (como sí lo hace el realismo crítico), porque dicha independencia está puesta en cuestión vía el rechazo del transfactualismo y del dualismo mente-mundo. Al mismo tiempo, tampoco es posible la búsqueda de covariación entre correlaciones, debido a que (como se acaba de mencionar) se ha rechazado el dualismo, aunque se mantenga el fenomenalismo. El analiticista lo que hace es analizar casos singulares intentando mapear configuraciones particulares de tipos ideales, con el fin de explicar resultados históricamente específicos en casos particulares. El objetivo es ordenar exitosamente hechos y no buscar una correspondencia con el mundo. Las afirmaciones basadas en tipos ideales nos indican qué esperar bajo circunstancias ideales. Los hechos empíricos no operan nunca de una manera tan pura, pero lo ideal permite dar sentido a qué pasó y por qué (para esto también es importante usar contrafácticos).

Si bien es intuitivo pensar que el monismo mente-mundo implica idealismo, Jackson considera que el idealismo solamente puede surgir como respuesta al dualismo, privilegiando la mente por sobre el mundo (para Jackson es como si el idealismo fuese el anverso del dualismo cartesiano). Lo que el analiticismo supone es el rechazo de tal separación. Jackson sostiene que Nietzsche sería un caso de esto, ya que el conocimiento desde la perspectiva de Nietzsche no sería un discurso sobre cómo es el mundo en sí, sino que más bien sería una manera práctica y útil de organizar experiencias. Dichas lecciones articulan narrativas que se transmiten socialmente (honestamente aquí tengo reparos con la interpretación que Jackson hace de Nietzsche). La idea que busca abstraer de ahí es que el conocimiento emerge de la experiencia y la experiencia siempre viene ya estructurada por categorías, valores, y propósitos nuestros. Entonces la disolución del dualismo y la adopción del monismo es en realidad pensada por Jackson como una apuesta filosófica fundada en prácticas sociales regidas por reglas intersubjetivas, lo que les da estándares más o menos impersonales o contextuales/ circunstanciales, lo que permite superar la objeción de que ello sería puramente subjetivista (o sea, más que Nietzsche, en realidad aquí lo que prima es algo cercano al pragmatismo de Dewey). Desde esta concepción pragmatista, conocer algo implica poder hacer algo, juzgar que conocemos algo es juzgar que podemos hacer algo, y juzgar que una aseveración es verdadera es juzgar que dicha aseveración nos es de ayuda para realizar un fin que nos proponemos. La investigación científica lo que hace es construir mejores herramientas para realizar dicha actividad. Considero que siguiendo las posiciones filosóficas que modela Quentin Meillassoux, sería mucho más útil considerar el monismo mente-mundo de Jackson como correlacionismo fuerte (no es posible pensar un afuera de la correlación) y no como idealismo o correlacionismo débil (Kant), debido a que el ejemplo más sólido para ilustrar dicha ontología es el pragmatismo (los principales ejemplos filosóficos son una lectura pragmatista de Nietzsche, el pragmatismo de Dewey, Heidegger y Wittgenstein, los cuales también pueden ser más o menos leídos de manera pragmatista)

Este fundamento pragmatista parte de señalar que el involucramiento práctico y concreto precede y da lugar a la reflexión de los sujetos y a la posibilidad de un registro distinga entre sujetos y objetos. Es un argumento similar al que Heidegger presenta en Ser y Tiempo cuando pretende fundar el dualismo sujeto/objeto en el estar-en-el-mundo del Dasein. También guarda relación con la importancia que da Wittgenstein a seguir reglas y a poder jugar un juego determinado. El conocimiento científico para esta ontología filosófica es, pues, eminentemente práctico, pues busca organizar intersubjetivamente (y de manera sistemática) nuestras experiencias, con el fin de generar resultados útiles.

Articular el monismo mente-mundo con el fenomenalismo implica restringir la investigación a la experiencia posible. Esto va más allá de un empirismo simple, pues admite poder aumentar lo que poder experimentar con instrumentos más sofisticados. Jackson crea el neologismo “analiticismo” para nombrar esta ontología filosófica porque, si bien reconoce que ello puede ser llamado “constructivismo social” o “constructivismo empirista”, en IR el constructivismo es un término de uso diario que alude a una ontología científica y no filosófica. La ventaja del neologismo es que nos remite a analizar en el sentido de descomponer y en el sentido de simplificar. El resultado son tipos ideales para generar narrativas analíticas que expliquen resultados particulares con la ayuda de contrafácticos. Lo que hace el analiticista es, pues, construcciones analíticas que funcionan como instrumentos para lo perceptible. Los tipos ideales en sí mismos no pueden ser verificados o falseados. Y Jackson considera que la teoría de las relaciones internacionales de Waltz hace opera bajo esta ontología filosófica (la teoría de la elección racional también para Jackson es parte de la ontología analiticista, ya que genera modelos idealizados).

A pesar de ello, los tipos ideales pueden ser refinados y revisados en función a su utilidad explicativa. Son provisionales y están sujetos a los objetivos que la investigación persigue. La idealización simplifica debido a criterios prrgmáticos. Por eso rechazar tipos ideales es algo que se hace no porque sean falsos, sino que más bien ello ocurre si es que se manifiestan como inútiles. Los tipos ideales son una especie de “línea de base” para comprender resultados concretos, vía medición o comparación. El síntesis, de lo que se trata es de ordenar la realidad de acuerdo a ciertos intereses teóricos (esta máxima es tomada de David Easton, en tanto representante de la ontología filosófica analiticista). La validez de los tipos ideales depende de la aplicación que se haga de ellos. Falsear los tipos ideales no tiene sentido y de hecho sería muy fácil por el hecho de que son idealizaciones que desde el principio no se enucentran en el campo empírico (como cuando se crítica la teoría de la elección racional por no describir a los seres humanos como realmente son).

La explicación causal depende de concebir si el resultado observado hubiese ocurrido si las cosas hubiesen sido diferentes. Por ejemplo, en el caso de Waltz, su modelo esperaría que si los Estados no tienen a generar un balance de poder en el sistema anárquico, ello se tendría que deber a factores adicionales no contemplados en el modelo. Si en una situación contrafáctica dicho factor no hubiese alterado el resultado, entonces ese factor no debe ser considerado como parte de la explicación causal. Este análisis por eso requiere de centrarse en análisis causales singulares, apelando a situaciones contrafácticas plausibles para ver si es imposible imaginar el resultado como habiendo ocurrido sin los factores que se aducen como explicación causal de dicho resultado.  Como los tipos ideales son generales, para Jackson se desprende que no tiene mucho sentido utilizarlos con data empírica muy amplia o general. Su verdadera utilidad radica en analizar casos singulares. A diferencia del neopositivismo, el analiticismo no tiene un interés fundamental por la comparación de casos. Al rechazar el dualismo, no busca covaración entre correlaciones, con el fin de generar cuasi leyes generales. Si el analiticista usa varios casos, es con el fin de captar la particularidad de cada caso y no su generalidad (es la idea de Charles Tilly de “comparaciones individualizantes”). Finalmente, es la simplificación de los tipos ideales la que permite la investigación cuando el caso concreto resiste una aplicación puramente mecánica. Y es la aplicación y la narrativa la que es susceptible de crítica por parte de la comunidad científica. Si el tipo ideal no resulta útil para explicar, puede ser descartado para ese caso. Sin embargo, ello no hace el tipo ideal haya sido “falseado”. Esto se debe no solamente a que los tipos ideales no pretenden no ser falseados. Lo fundamental es que solamente este sentido para la investigación empírica, asumiendo una ontología filosófica específica.

Estructura

Lo que se concluyó en el post anterior expresa uno de los compromisos más importantes de Wight, y de la tradición del realismo crítico de Roy Bhaskar a la cual pertenece: las cuestiones ontológicas tienen primacía por sobre las epistemológicas y metodológicas. Obviamente los compromisos ontológicos requerirán justificación epistemológica y una metodología adecuada. Sin embargo, para Wight la prioridad que la ontología posee es de tipo analítica, en el sentido de que epistemología y metodología sin ontología sería algo puramente vacío. Y como se mencionó aquí, una de las principales discrepancias entre el realismo crítico y el positivismo es que, para el primero, los términos teóricos sí pretenden y pueden llegar a referir a entidades reales. Dado que no se quiere caer en dogmatismos a la hora de postular entidades, la demanda por justificar la existencia de entidades es crucial. Y en el campo de las ciencias sociales, la noción de “estructura” es una de las centrales en dicho debate. Tanto los positivistas, como los posestructuralistas tienden a ser anti-realistas e instrumentalistas con la noción es estructura, pues su postulación tiene fines puramente explicativos y no pretensiones ontológicas .

Para entender a estas dos importantes tradiciones en las ciencias sociales, Wight va a tratar de hacer explícita la herencia y tradición en la cual se enmarca. Dicha “genealogía de la estructura” es uno de los momentos más interesantes del capítulo, ya que permite tener un mapa tentativo de los compromisos centrales de cada tradición. El ejemplo más claro sobre el choque de dichas tradiciones puede verse en la famosa crítica de Ashley a Waltz, donde el primero acusa al segundo de no ser suficientemente estructuralista. Ya se ha ido discutiendo el problema de dicha interpretación sobre la teoría de Waltz. Lo que importa ahora es entender la raíz teórica del malentendido: Waltz pertenece a una tradición que se remonta a Durkheim (y a Marx) y que luego pasa por Parsons, Merton y la teoría de sistemas para pensar la estructura. En cambio, la tradición para pensar la estructura de Ashley también parte de Durkheim (y también por Marx), pero que pasa por Saussure, el psicoanálisis, Lévi-Strauss y Althusser (y por una crítica a filosofías de la subjetividad y existencialistas). Es entonces Durkheim el punto de partida de donde ambas tradiciones toman insumos iniciales para concebir la estructura.

La razón por la cual Durkheim daría origen a dos tradiciones opuestas tiene que ver con la ambigüedad con la que pensó la idea misma de lo que es un “hecho social”. Por un lado, es posible encontrar definiciones más morfológicas, ecológicas y demográficas (volumen y densidad poblacional, tasas de natalidad y mortalidad, etc.). Sin embargo, también se encuentran en sus escritos alusiones a los hechos sociales, donde éstos son concebidos como representaciones colectivas (creencias, valores, normas, convenciones, etc.). En el primer caso se enfatizan más los aspectos cuantitativos, físicos y materiales, mientras que en el segundo se enfatizan aspectos más cualitativos, psicológicos y no materiales. La primera vertiente deriva en una concepción más positivista de la estructura, mientras que la segunda deriva en una concepción más afín a la tradición continental y posestructuralista. La tradición morfológica estudia la estructura como algo externo a los individuos en tanto medio ambiente en el cual se encuentran inmerso. La tradición basada en representaciones colectivas pensará a la estructura como algo intrínseco en interno a los individuos, al punto de concebir sus identidades y modos de ser. Lo que comparten ambas tradiciones, a pesar de sus irreconciliables diferencias, es la idea de pensar el estudio de la sociedad como una totalidad, o como un sistema.

De todas estas variantes, Douglas V. Porpora sistematiza cuatro definiciones de estructura a la que Wight añade una quinta. Dichas concepciones de estructura son las siguientes (he cambiado la enumeración que hace Wight en función del orden del tratamiento que hace luego):

  1. Patrones de comportamiento agregado que son estables a lo largo del tiempo. Esta tradición tiende hacia el individualismo ontológico y metodológico, partiendo principalmente del funcionalismo estructural. Dado que es una abstracción del comportamiento observable de los individuos, la estructura social aquí no tiene ningún tipo de poder causal.  En IR, Hedley Bull podría ser un caso de este tipo, en tanto individualista metodológico (no queda claro para Wight si Bull era un individualista ontológico).
  2. Regularidades (cuasi-leyes) que regulan el comportamiento de los hechos sociales. Aquí el hecho social es pensado como una fuerza externa que influye y restringe a los individuos. Aquí la estructura sí tiene un poder causal independiente, y en casos extremos puede implicar una cadena causal estructural independiente a la de los individuos Esta aproximación tiende a un estructuralismo ontológico y metodológico. Sin embargo, es también posible solamente ser un estructuralista metodológico como Waltz.
  3. Relaciones diferenciales que constituyen y definen las propiedades de los elementos.  Aquí las relaciones diferenciales propias de la estructura no son meramente causales (como en Waltz), sino constitutivas. Este enfoque, dado a partir de Saussure, y luego por el giro lingüístico en la filosofía continental, pone el peso principal para entender lo social en el lenguaje y el significado. El lenguaje termina siendo hipostaseado en todos los dominios, como si fuese la meta-estructura de todas las demás estructuras del mundo social. El resultado es que las unidades son lo que son por oposición, y la referencia al mundo pierde sentido en el análisis, el cual se concibe ahora como un estudio del lenguaje. El posestructuralismo radicalizó la intuición del juego de puras diferencias hasta sus últimas consecuencias, defendiendo la idea de que la estructura misma también es estructurada (no hay un principio último que organiza la estructura) y que no es posible un afuera del lenguaje, o del “texto” (lo cual genera una ontología plana y reduccionista). Lo que resulta es un determinismo de efectos indeterminados, donde prácticamente la agencia es disuelta y el proceso es un resultado contingente e indeterminado de indeterminadas lógicas y estructuras que articulan diferencias.Como vimos antes, en IR esto es algo que Doty ejemplifica.
  4. Reglas y recursos colectivos que estructuran el comportamiento. Esta tradición está vinculada al giro lingüístico, a Wittgenstein y a la teoría de la estructuración de Anthony Giddens. Las reglas y los recursos posibilitan a los agentes hacer ciertas cosas, y es la capacidad para poder hacer la que es tenida como agencia. La estructura termina teniendo un estatuto virtual que se instancia en las practicas de los agentes, haciéndola dependiente de la comprensión que los agentes tengan de ésta. El problema principal para Wight con este tipo de visión de la estructura es que su poder causal queda subordinado al entendimiento que los agentes tienen de dichas reglas (formales e informales) y recursos (materiales y asignados), deviniendo en una suerte de voluntarismo (algo señalado por Alex Callinicos) o en un reduccionismo del problema agente-estructura a una ontología y metodología de la praxis (la estructura termina siendo una propiedad de los agentes).  En IR, autores como Onuf, Dessler y Wendt (por momentos) representan este tipo de aproximación, donde los aspectos materiales terminan siendo subordinados a los aspectos no-materiales, generando así una posición básicamente idealista (el propio Wendt considera su enfoque como un “idealismo estructural”). Contra Giddens, Wight va a defender la posibilidad estructuras autónomas, anteriores, con poderes causales y consecuencias que no dependen del conocimiento de los agentes para su funcionamiento, aunque sí de su actuar en tanto que contribuye a la reproducción de las estructuras mismas. Las estructuras, desde el realismo científico, son dependientes de conceptos, pero no son puramente conceptuales y la materialidad de las estructuras no puede ser puramente subordinada a ideas, ya que también tienen un poder causal. En términos de crítica y emancipación, superar ciertas estructuras sociales por sus efectos no se da puramente porque las redescribimos de manera más creativa e interpretamos de cierta forma (como en el caso de Rorty). Y en el campo de los discursos, es posible aceptar que los agentes constituyen significados compartidos, pero destacando que es necesario investigar por qué algunos significados terminan teniendo mayor preponderancia. Es por este interés entre lo social y lo material que Wight considera a Marx fundamental para pensar la estructura.
  5. Sistemas de relaciones humanas entre posiciones sociales. Para Marx las clases sociales son diferenciadas en función al lugar que ocupan en las relaciones de producción. El lugar que uno ocupa es constitutivo de su identidad, sus intereses, prácticas (modos de ser y de hacer). Wight considera esta visión fundamentalmente correcta, pero quiere ampliarla para que no solamente dependa de clases. No caer en el reduccionismo lingüístico implica concebir relaciones y propiedades que no son puramente internas (algo que para Wight posibilita el realismo científico de Bhaskar). En términos de ontología social, el invididualismo ontológico extremo negaría el rol constitutivo de las relaciones internas (A no sería lo que es, si es que no estuviese relacionado a B en determinada manera), mientras que el estructuralismo ontológico no admitiría la posibilidad relaciones externas (A o Be pueden existir sin el otro). Para Wight (y para Bhaskar) ambas relaciones existen y constituyen el mundo social. Una manera de entender esto es pensar a la estructura como un contexto que puede influenciar en el desarrollo y actualización de ciertos poderes de los agentes que no son puramente el producto de constitución interna (digamos, sus “capacidades”).  Las relaciones externas parecen tener que ver mucho más con la relación de lo que tradicionalmente llamamos “lo social” y “lo natural” (por ejemplo, cuestiones ecológicas). Y las relaciones internas tienen que ver con significados compartidos donde las relaciones constituyen la identidad. Sin embargo, son susceptibles de ser cambiadas y modificadas (el matrimonio como relación no es necesario, y los roles de los esposos pueden ser modificados) y es posible distinguir a los elementos que componen la relación, de la relación misma (el esclavo, en tanto esclavo particular es diferente de la categoría esclavitud y de la relación amo-esclavo). El “cubo social” de Bhaskar trata de enumerar las diferentes dimensiones interdependientes:
    1. Transacciones materiales con la naturaleza (recursos, atributos físicos, etc.). Waltz privilegia este aspecto.
    2. Acciones inter-intra-subjetivas (reglas, normas, creencias, instituciones, etc.). Los constructivistas privilegian este aspecto.
    3. Relaciones sociales (clase, identidad, producción, etc.)
    4. Subjetividad del agente (identidad, subjetividad, etc.)

Para Wight todos estos planos pueden tener diferentes impactos decisivos, dependiendo del caso. De ahí que sea la investigación empírica la que dictamine qué factores serían más importantes en cada problema de investigación. Las estructuras son las que articulan dichos planos en cada caso, distribuyendo y circunscribiendo un rango de posibilidades, no siempre de manera simétrica, entre los agentes. Por eso es que la solución del problema agente-estructura aquí sirve para pensar una ontología social que contribuya a una meta-teoría. Las teorías sustantivas parten de estos compromisos básicos, pero tienen alcances más delimitados y fines de investigación social concreta y empírica. Reconocer esto es clave porque obliga a explicar problemas concretos con investigación y no con deducciones teóricas. Pero la ontología social tiene un rol clave meta-teórico, en tanto posibilita la formulación de ciertas preguntas y de posibilidades explicativas. Es solamente teniendo compromisos sobre lo que son ciertas entidades, que podemos pensar en métodos adecuados y criterios epistemológicos para poder investigar y explicar dichas entidades. Finalmente, este conocimiento científico que obtenemos es una condición necesaria para cualquier crítica y acción orientada a la emancipación, en tanto que no podemos buscar la superación de un problema, sin conocer bien el problema y las razones de por qué una situación que consideramos opresiva es producida y reproducida en la sociedad.

El problema agente-estructura en la teoría de las relaciones internacionales

Uno de los principales objetivos de Wight al repensar el problema-agente estructura (desde su interpretación del realismo crítico de Bhaskar) es poder distinguir con mayor rigor, dentro de la literatura teórica y meta-teórica de las relaciones internacionales, entre cuestiones ontológicas, epistemológicas y metodológicas.

El punto de partida es la teoría de Waltz, a partir de la cual se discuten los alcances y límites del teorizar que se quiera considerar como estructural. Dessler (como vimos aquí) va a defender un modelo transformacional en lugar de uno posicional. Wendt también va a defender una aproximación estructural divergente de la Waltz. Lo que Dessler y Wendt comparten en sus interpretaciones sobre Waltz es el atribuirle una ontología individualista, donde el Estado es la unidad ontológica fundamental. Hollis y Smith, por su parte, sí defenderán el estatuto estructuralista de la teoría de Waltz (la discrepancia entre ellos puede revisarse en los artículos que los autores escribieron en la revista Review of Internationals Studies, volumen 17, número 4 de 1991). Frente a esta polémica, Wight va a considerar que la discrepancia fundamental radica en la interpretación que los diferentes autores están haciendo sobre el problema agente-estructura. Mientras que Wendt (y Dessler) piensan este problema en términos ontológicos, Hollis y Smiths lo piensan en términos metodológicos. Desde esta perspectiva, en tanto que Waltz busca explicar ciertos efectos vía la estructura del sistema internacional, su teoría puede ser considerada como un estructuralismo metodológico. Sin embargo, en términos ontológicos, es posible pensar que existen compromisos individualistas, por cuanto que la unidad del sistema es el Estado y es a partir de la interacción de estos que emerge el propio sistema. Para Wendt el tomar  al Estado como algo dado (una unidad primitiva) es algo problemático en Waltz, ya que es ontológicamente reduccionista (una crítica que inicia Richard Ashley) y ello imposibilita una teoría social del Estado. Waltz puede responder a esta crítica diciendo su teoría es metodológicamente estructuralista y que los Estados son pensados como agentes racionales y unitarios, pero solamente porque son supuestos teóricos que deben evaluarse por su poder explicativo y no porque la realidad efectivamente tenga que ser así (instrumentalismo científico).

Wight está de acuerdo con Wendt en que el problema agente-estructura es fundamentalmente ontológico (y por ello presupuesto en consideraciones epistemológicas y metodológicas posteriores) y que, si bien es posible enfocarse en desarrollar explicaciones del tipo X explica a Y (cuestiones metodológicas), ello inevitablemente supone tener algún tipo de noción, más o menos explícita, sobre lo que X e Y son (cuestiones ontológicas). Sin embargo, rechaza la visión que tiene éste sobre Waltz. Esto se debe a que Wendt tiene una única manera (extrema) de concebir el teorizar estructural (ontológica) y por eso es que Waltz no entraría en esa categoría. Wendt considera que para Waltz la estructura del sistema internacional puede ser reducida a los Estados, fuera de sostener que las capacidades de los Estados son también propiedades individuales. Sin embargo, Waltz sostiene que la distribución de capacidades de los Estados es algo relacional y, por ende, solamente tiene sentido al interior de una estructura. A su vez, la estructura en Waltz explica ciertos fenómenos del comportamiento de los Estados y por eso su teoría es estructuralista, aunque no lo sea en el sentido fuerte de afirmar que la estructura genera todo comportamiento y toda propiedad de las unidades estatales. Pero además Waltz no es reduccionista porque las unidades estatales en su interacción generan la emergencia de la estructura del sistema internacional, la cual luego cobra cierta independencia y, por eso mismo, puede tener efectos sobre las propias unidades constituyentes de dicha estructura. El debate aquí es si la emergencia de la estructura vía la interacción de las unidades debe ser considerado como un gesto ontológicamente reduccionista (algo que, por ejemplo, Ashley y Dessler sí afirman). Wight cuestiona esas lecturas de Waltz porque no distinguen entre prioridad ontológica y prioridad explicativa. Waltz es ambivalente sobre el estatuto ontológico de la estructura, pero sí es claro en el hecho de ser un estructuralista metodológico para explicar ciertos efectos en el sistema internacional (como mínimo, si la emergencia de la estructura vía la interacción de las unidades no es hecha en términos ontológicos, por lo menos puede ser interpretada en términos lógicos). De hecho, incluso rechazar la emergencia de la estructura desde la interacción de las unidades plantea una visión extraña donde no queda claro de dónde podría surgir la estructura (es como rechazar que la estructura social no emerge de los agentes, cuando son justamente los agentes la condición de posibilidad de la estructura social: sin agentes no hay estructura).

Una consecuencia importante de pensar ontológicamente el problema agente-estructura es que la pregunta por qué causa qué no se resuelve ontológicamente, sino empíricamente. Y dicho conocimiento será considerado mejor o peor de acuerdo a consideraciones metodológicas y epistemológicas. La cuestión ontológica, sin embargo, es importante porque es la que enmarca el problema mismo. No tiene sentido preguntar si las estructuras causaron algo y no los agentes, o si lo hicieron en una proporción mayor a los agentes, si es que uno no cree que las estructuras existen (individualismo ontológico).

Otra cuestión vinculada al problema agente-estructura en IR es si es que dicho problema es equivalente a lo que en la disciplina es llamado, desde David Singer y Kenneth Waltz, “niveles de análisis”, y lo que es llamado “el problema micro-macro”. El nivel de análisis puede ser distinguido de la unidad de análisis, en tanto que lo primero es lo que explica lo segundo. Por su parte, el problema micro-macro tiene que ver con la distinción entre análisis de interacción “cara a cara”  y análisis de “procesos impersonales”. Entonces, podemos tener análisis micro o macro, en diferentes niveles de análisis para explicar determinadas unidades de análisis. En todos estos casos Wight considera que es necesario afirmar, no solamente que el problema agente-estructura es algo diferente, sino que es algo ontológicamente fundante y previo a los otros elementos. Solamente a partir de una determinada solución ontológica a dicho problema es que ciertas unidades de análisis, niveles de análisis y ámbitos micro y macro son posibles. El otro aporte de Wight consiste en defender que en cada nivel de análisis que se proponga (como el clásico internacional/ Estado nación/ burocracia) se encontraran ciertas estructuras y agentes, donde algunos niveles emergen del anterior y donde dichos niveles interactúan entre sí, admitiendo la posibilidad que un nivel pueda afectar a otro. Cuál nivel afecta a cuál y de qué forma es algo que debe resolverse empíricamente en cada caso, dependiendo de la pregunta concreta de investigación y no de una decisión puramente teórica sobre qué cosa sería más importante siempre a priori. Las estructuras no pueden desvincularse de los agentes, pues son ellos quienes reproducen las estructuras. Pero los agentes ya-siempre se encuentran inmersos en estructuras que heredan, así como por creencias que dirigen las posibilidades de su actuar. Clarificar estas distinciones es importante para Wight porque si son colapsadas, el resultado sería pensar que lo estructural es solamente relevante para investigar lo macro. En lugar de esto, tanto enfocándose uno en lo micro como en lo macro, es posible encontrar agentes y estructuras.

Para Wight, entonces, es vía compromisos ontológicos que uno deriva de la solución que acepta frente al problema agente-estructura, que pueden derivarse los compromisos metodológicos más adecuados para investigar empíricamente dichas entidades.

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