Vacío

El nombre propio del ser

Etiqueta: instituciones

Agencia

Luego de haber discutido el componente de la estructura, resulta necesario para Wight abordar también brevemente lo que entendemos por agencia. De esta forma se habrá ampliado con más detalle lo que está en juego en el problema agente-estructura (a nivel más general, y también para el campo de las Relaciones Internacionales), y cómo existen soluciones diferentes que no implican adoptar una posición positivista. El caso más inmediato y evidente donde se manifiesta dicha necesidad es cuando atribuimos agencia a los Estados. Wight considera que sin ese rasgo, las Relaciones Internacionales podrían perder un carácter distintivo y ser subsumidas en macro-sociología, historia y teoría política. El caso más extremo en IR  sería Wendt, quien afirma en sentido realista que los Estados tienen agencia y que son personas.

Wight rechaza la posición de Wendt, pero sin sostener la esperable posición opuesta: que los Estados son ficciones útiles reducibles a acciones individuales (individualismo ontológico y metodológico). Otros como David Easton piensan que ni siquiera es útil hablar de “Estado” y promueven un análisis basado en acción individual en el marco de un “sistema político”. Los Estados para Wight sí son reales, con poderes causales, pero no deben ser tematizados como personas. Los positivistas al ser instrumentalistas resuelven el problema diciendo que es posible tratar a los Estados como si tuviesen agencia, en tanto ficción útil, si es que ello permite explicar ciertos fenómenos a nivel internacional. La discusión de lo que es agencia es importante, porque dependiendo de cómo se conciba es posible atribuirla exclusivamente a seres humanos, o a todo tipo de entidad (como en el caso de la teoría del actor-red de Bruno Latour). En el caso de Wendt, una versión realista y extrema sobre los Estados, lo que implica decir que los Estados son personas es que (1) tienen un entendimiento de lo que hacen; (2) pueden dar razones por sus acciones; (3) pueden monitorear su comportamiento; y (4) pueden tomar decisiones. Esto es una consecuencia necesaria para Wendt por distinguir la agencia como algo vinculado a seres sapientes (ubicándose, así, más cerca de visiones organicistas y colectivistas del Estado). Wight quiere cuestionar el antropomorfismo de Wendt, pero sin reducir el Estado a una pura mera acción de individuos.

El problema del argumento de Wendt está en partir de constatar que los individuos organizados colectivamente piensan y actúan, para pasar a inferir que el Estado piensa y actúa. Pero para Wight también es importante destacar que los Estados no son solamente un colectivo de individuos. Siguiendo a Marx, Wight sostiene que los Estados también son un ensamblaje institucional complejo que involucra recursos materiales, prácticas, discursos y configuraciones estructurales, fuera de ser susceptible de tener responsabilidad política y personalidad jurídica (lo que no es equivalente, sin más, a tener personalidad psicológica). Si esta concepción del Estado es correcta, es posible tener una vía alternativa al reduccionismo de los individualistas, al instrumentalismo de los realistas estructurales y al antropomorfismo realista del constructivismo de Wendt. El Estado sería, pues, una forma social construida que actúa a través de la acción de seres humanos, donde hay la posibilidad de acción colectiva y la existencia de estructuras que posibilitan dicha acción colectiva. Si el Estado tiene algún tipo de agencia, solamente es posible vía la agencia de individuos. Wight sostiene que ello se expresa en la importancia de las elecciones democráticas (o en la lucha por el poder político en general) y en quién ocupa qué cargo, por los efectos que ello puede tener en la política de los Estados. Rechazar el antropomorfismo es rechazar que el todo tiene que tener las propiedades de sus partes (lo cual irónicamente es también un tipo de reduccionismo). La unificación de los Estados como personas, además, no puede dar cuenta adecuadamente de la fragmentación y conflicto que existe en la política doméstica (fuera de generar una brecha rígida entre lo nacional y lo internacional).

Siguiendo a Andrew Vincent, Wight distingue tres sentidos de personalidad para ver cuál es posible atribuir a los Estados. La primera es psicológica, y tiene que ver con el hecho de ser auto-consciente, lo cual implica tener intenciones que pueden ser articuladas, fuera de intereses y volición. El segundo sentido es ético e implica poder ser responsable de acciones bajo principios y categorías morales. Finalmente, el tercer sentido es jurídico e implica realizar acciones legales y ser sujeto de derechos y deberes. Es solamente en el tercer sentido que podemos atribuir dicha personalidad ficticia a los Estados. La responsabilidad del Estado en este rubro no implica intencionalidad y debe ser entendida como “ser causa de”.

Otra manera importante de evitar el antropomorfismo estatal es distinguir entre grupos, instituciones y organizaciones. Los grupos son un conjunto de individuos que actúan bajo una misma estructura que puede ser formal o informal. Las organizaciones requieren una estructura formal de posiciones, roles y relaciones. Además, cuentan con un potencial de duración temporal mayor del de los individuos que encarnan las posiciones, roles y relaciones. Asimismo, cuentan con mecanismos formales, informales y de habitus para su funcionamiento. Finalmente, no son puramente autónomas, pues también pueden verse influenciadas por estructuras externas. Las instituciones son prácticas, costumbres y patrones de comportamiento importantes en la vida social. Por ejemplo, el capitalismo sería una institución y la empresa multi-nacional una organización.  Si el Estado es pensado como una estructura organizacional con poderes propios, pero que actúa a través de individuos que son propiamente los agentes, es posible rechazar que pueda tener una intencionalidad propia. La agencia en Wight está vinculada al significado y a la intencionalidad, atributos de seres humanos.

Dicha agencia, entonces, implica ser sujetos intencionales que pueden dar cuenta de lo que hacen, piensan, etc. El problema es que tal subjetividad libre ha sido el objeto de crítica del posestructuralismo que anunció “la muerte del sujeto”. Esta posición cuestiona hablar de universales propios de la condición humana y de individuos autónomos. Los individuos humanos dejan de ser individuos y humanos para pasar a ser concebidos como efectos discursivos. Lo interesante es que también el positivismo cuestionó hablar de un sujeto unitario (desde Hume y, luego en Comte) como una ficción metafísica que habría que superar. Wight defiende la idea de mantener a nivel individual un “self” reflexivo que no asume de manera determinista lo que las estructuras buscan socializar y reproducir. Pero, en tanto realista científico, también la condición humana no puede desconocer lo natural para enfocarse solamente en lo social. Siguiendo a Bhaskar, para Wight es posible decir que la agencia en el mundo social es una praxis intencional encarnada. El primer nivel de agencia es este elemento que Wight no quiere rechazar (el “self” o la libertad de la subjetividad, que tiene que ver con la posibilidad reflexiva, creativa y crítica para con la situación en la que uno se halla… un concepto extraño y que parece problemático). Sobre este nivel existe el que resulta del contexto social donde uno es agente de algo. Pero en este segundo punto, no todos los agentes está ubicados en posiciones iguales (este nivel tiene que ver con identidades y colectividades a las que uno pertenece). De ahí que la reproducción social no sea igual y existan asimetrías en múltiples dimensiones. Esto resulta en el tercer nivel de agencia: el actor social como práctica localmente posicionada. Esta distinción de niveles hecha por Wight aquí es lógica y no cronológica (de hecho, los tres ámbitos se encuentran en simultáneo en la vida social, y no es posible tener uno sin los otros).

El Estado es una estructura social real que no es puramente conceptual y que podemos experimentar a través de la actividad de los que trabajan en él. Está constituido por diversas estructuras organizacionales e institucionales (económicas, políticas, ideológicas, culturales, etc.) que actúa a través de individuos y grupos, y donde los componente materiales son igualmente importantes que los discursivos. Es la totalidad de este ensamblaje estructurado lo que para Wight es el Estado. No es un sujeto unificado que ejerce el poder con acciones intencionales, aunque sea un sujeto jurídico. Sin embargo, sí tiene poderes causales, poderes que pueden ser analizados en los múltiples niveles del ensamblaje. Dichos poderes causales son ejercidos por agentes.Sin embargo, a nivel doméstico posee un rol distintivo, ya que garantiza la legitimidad del orden social y provee de un marco estructural donde el resto de estructuras institucionales funcionan.

Más que ejercer el poder, restringe y permite a agentes encarnados poder actuar. Son los agentes quienes activan poderes y capacidades especificas del Estado que están inscritas en instituciones y organizaciones particulares, las cuales a su vez dependen de las prácticas y discursos de los agentes para su reproducción. Dichos agentes además componen diferentes grupos, dentro y fuera del Estado, que compiten por el ejercicio del Estado para fines políticos específicos (y dando lugar a efectos inesperados y complejos). Es esta complejidad la que constata para Wight la imposibilidad de investigar el Estado sin prestar atención a los aspectos domésticos e internacionales, debido al reconocimiento de la complejidad social (esto quiere decir que no existe ninguna determinación estructural total en última instancia).

Presentación de “Ciudadanos sin República” de Alberto vergara

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Comparto el audio de la presentación del libro de Alberto Vergara. Comentaron Patricia del Río, Rafael Roncagliolo y Piero Ghezzi.

Presentación

 

La democracia. Una guía para los ciudadanos

La “doble brecha”: entre el orden político y el populismo

“Dios es día noche, invierno verano, guerra paz, saciedad hambre”

Heráclito

En La soledad de la política (Lima: Mitin Editores 2012) Carlos Meléndez parte de la constante constatación que se suele hacer en nuestro país desde las ciencias sociales y en análisis políticos: no hay partidos, no hay proyectos políticos, no hay instituciones. Sin embargo, Meléndez busca ir más allá a partir de la sistematización del trabajo de campo que ha realizado en varios lugares de nuestro país. Se trata de entrevistas a personajes (operadores políticos) que forman parte de la política peruana aunque pasen desapercibidos por los hechos y protagonistas que la academia y los medios suelen privilegiar en su lugar. Con estos casos Meléndez busca construir en su ensayo una teoría que le permita comprender nuestra situación actual, situación que caracteriza como una “coyuntura crítica” (Collier).

Para Meléndez, en estos últimos años estaríamos asistiendo a significativas transformaciones estructurales, igual o más importantes que las que se dieron a mediados del siglo XX (transformaciones que han destacado entre otros Matos Mar y López). Estos cambios estructurales se deben a tres factores:

  1. Económicos: se trata de la presencia extensiva e intensiva de capitales en zonas rurales del país (minería en la sierra e hidrocarburos en la selva) y aumento de la brecha de desigualdad.
  2. Institucionales: reformas de descentralización política (el Decreto legislativo 776 de 1994 y la Reforma Descentralista de 2002) y mecanismos de democracia participativa que ha ido incentivando la política a un nivel local (distritos, provincias, regiones).
  3. Históricos: a pesar que esta categoría es más amplia, Meléndez alude aquí a la debilidad estatal (O’Donnell). Sin embargo, este punto (que es uno de los más importantes, a mi juicio, es uno de los menos desarrollados)

Estos elementos estructurales se dan en el marco de una sociedad sin partidos políticos (post el “colapso” que trabajaron autores como Lynch y Tanaka). De esto Meléndez infiere la excesiva dificultad de los actores políticos para poder hacer frente a las demandas que surgen por los cambios estructurales.

Las dificultades son esencialmente dos:

(a) Poder canalizar las demandas sociales a través del sistema político (articular lo social con lo político)

(a) Vincular (y agregar) las diferentes demandas a través de los distintos niveles de gobierno (articular lo local con lo nacional).

A esta situación aporética Meléndez la denomina la “doble brecha”. La primera es vertical (social, político) y la segunda horizontal (local, provincial, regional, nacional). Las brechas impiden mediar, canalizar, vincular, articular demandas y niveles. Esto implica tener en la práctica demandas aisladas y políticos aislados. A eso se refiere Meléndez cuando habla de la “soledad” de la política. Ilave, Quilish, Moqueua y Bagua son los casos que ejemplifican y sustentan estas tesis para comprender nuestra actual dinámica socio-política (esto, como ya mencioné, vía la sistematización de entrevistas a distintos protagonistas). Los conflictos sociales de la última década  de nuestro país (sus causas, desarrollo y dificultades para de solución) serían para Meléndez expresión clara de esta “doble brecha”.

Ahora bien, este panorama ¿nos nos invita a pensar que quizá hay un fanstama (lacaniano o no) que ronda el diagnóstico de Meléndez? ¿No se trata acaso del fantasma de Samuel Huntington? Lo que me gusta del ensayo de Meléndez es que, sin querer (o quizá queriéndolo), trae a la discusión sobre nuestra “coyuntura crítico” argumentos análogos a los que Huntington desarrolló en El orden político en las sociedades en cambio. Uno de los aspectos más importantes del argumento de Huntington es resaltar que la modernización es un proceso “traumático” para las sociedades y que hacerlo de manera acelerada puede aumentar las demandas, la movilización y participación, generando conflictos e inestabilidad política (en última instancia lo que él denomina “decadencia política”). Por ello, lo necesario es tener no solamente modernización socio-económica (la “receta del desorden” por antonomasia). Lo esencial es la modernización política (“receta de estabilidad y orden”). Tener instituciones fuertes permite mantener un orden político que canalice los efectos de la modernización socio-económica. Podríamos decir, un poco en broma (usando la clásica topología ortodoxa marxista), que de lo que se trata es de que la superestructura institucional sea suficientemente fuerte para que pueda resolver las contradicciones que se encuentran en la base.

Me parece, entonces, que lo que Meléndez diagnostica guarda cierta reminiscencia con algunos aspectos de la tesis huntingtoneana sobre el orden político. Se tiene una inversión extensiva e intensiva de capitales, un desarrollo económico presente en zonas rurales muy poco modernizadas. Esto genera cambios sociales importantes, lo que termina deviniendo en demandas, en participación y en movlización. Todo esto se da en el marco de un Estado y de unas instituciones políticas bastante débiles que no pueden procesar exitosamente estos cambios. Sin embargo, lo que debe añadirse aquí es que el caso peruano que aborda Meléndez también se caracteriza por una debilidad en las propias organizaciones sociales y políticas. De ahí que surjan conflictos sociales (“inestabilidad”) pero no los que teme Huntington (aquí habrían diferencias relevantes con nuestra “coyuntura crítica”). Podríamos decir que la movilización social es suficientemente débil como para no generarle problemas medulares al orden político (el Perú no estaría, digamos, suficientemente “pretorianizado”). Esto no quiere decir que no exista antagonismo, violencia, conflicto o desorden. Simplemente parece ser que se encuentra dentro de lo “tolerable” (todavía). Digamos que la debilidad institucional está tan “democráticamente” repartida que no hay por ello un orden político como el que anhelaría Huntington ni tampoco una decadencia política como la que buscaría evitar.

La preocupación y el norte teleológico aquí es el orden, la estabilidad y que el sistema político sea fuerte para que pueda satisfacer las demandas de la sociedad (de manera similar a lo que en su momento planteó Easton). Creo que en general los politólogos compartirían ese telos normativo como un ideal regulativo kantiano de lo que debe hacer la democracia liberal. Y por eso creo que se encuentran en las antípodas de los seguidores de teorías políticas posmarxistas como la de Laclau. Lo que Laclau desarrolla en La razón populista es una lógica de la política influenciada por la teoría del significante de Lacan que tiene como unidad básica a las demandas (es anti-individualista metodológico y anti-estructural funcionalista). Laclau sostiene que las demandas pueden en un polo ideal ser totalmente satisfechas por las instituciones (y aquí yo ubicaría el espíritu normativo de autores como Huntington o Easton). En el otro polo ideal se da la insatisfacción de todas las demandas y la articulación de estas. Esta articulación  genera un antagonismo social fundamental entre un “nosotros” y un “otro” (es una especie de concepción de la política neoschmittiana, pero en un contexto teórico posestructuralista). Este nosotros sería un “pueblo” que podría ser movilizado en contra de las instituciones fracasadas e instaurar un nuevo orden. Y ese proceso político es lo que Laclau entiende por populismo (esto lo lleva a pensar en el populismo como una lógica política y no como un tipo de régimen o de política económico-social, etc).

Ahora bien, en este nivel es necesario recordar que muchas veces cuando uno lee a un autor puede sentir ciertos elementos normativos aunque el autor sostenga que no los hay. Por ejemplo, cuando uno lee Ser y tiempo de Heidegger normalmente uno “siente” la existencia propia del Dasein como algo “bueno” o “deseable”. Sin embargo, Heidegger siempre dijo que no había una tesis valorativa en ese trabajo. De lo que se trataba era de una descripción fenomenológica y que tanto la existencia propia, como la impropia eran constitutivas del Dasein. Esto quiere decir que es posible distinguir entre lo que un autor hace o suscita, frente a lo que dice que hace o suscita. Considero que un efecto similar hay en el pensamiento político de Laclau. Si bien Laclau consideraría que su lógica política está contemplando un continuum que va desde la satisfacción de demandas vía las instituciones hasta la insatisfacción total de ellas y el populismo, lo cierto es que cuando uno se acerca al texto termina sintiendo al populismo como algo “bueno” o “deseable”. Lo mismo se da con el libro de Huntington solamente él manifiesta explícitamente sus compromisos normativos. Sin embargo, también manifiesto que en su libro se encuentra tanto la receta del orden como la del desorden. Basta leer el libro “de cabeza” (como Marx con Hegel) para saber cómo hacer la revolución.

La conclusión o resultado, sea este conscientemente deseado o no por los autores, es la división entre una posición que tiene por ideal el orden político y la satisfacción de demandas a través de instituciones del sistema político; y una posición que tiene por ideal la articulación de demandas insatisfechas con el fin de generar una colectividad (“un pueblo”) que arremeta contra el orden institucional, buscando fundar otro. Desde Laclau, los herederos de Huntington son enemigos del pueblo porque su sueño es que este no advenga, que no se constituya. Ellos siguen la máxima “divide (las demandas) y vencerás”. Desde Huntington, los herederos de Laclau son enemigos del orden político y, por ende de la libertad. Y es que para un Huntingtoneano, y en esto tiene que seguir a Hobbes, puede haber orden sin libertad, pero lo que no puede haber es libertad sin orden. Además, siempre un huntingtoneano podrá replicar que el populismo puede destruir un orden, pero el objetivo de la destrucción es la construcción de un orden político nuevo. De esta forma, el huntingtoneano puede decir que se encuentra por encima del laclauniano. Y es que, si en última instancia se piensa que luego de la movilización se busca consolidar un orden que satisfaga demandas, entonces se regresa a Huntington. Más que un continuum lineal, lo que hay en última instancia es un círculo hercliteano de orden y desorden. Lo que añadiría el seguidor de Laclau, como último corolario, es que este círculo no puede terminar, pero no debido solamente a aspectos ónticos y “prosaicos” como “recursos limitados”. Lo que defendería es que dicho fracaso e imposibilidad se encuentra a la base del lazo social y de su fractura o antagonismo inminente. Esto abre la cuestión de la ontología política (la discusión que plantean autores como Marchart o Stavrakakis).

Si bien el diagnóstico de Meléndez me permite haber traído a colación algunas tesis de Huntington para contraponerlas con las de Laclau, debe resaltarse que la “coyuntura crítica” descrita por Meléndez caería en un lugar intermedio dentro del continuum circular descrito y del proceso de modernización presentado por Huntington para las “sociedades en cambio”. Hay modernización económica y cambios sociales, puede haber participación y movilización. Sin embargo, la “doble brecha” de Meléndez explica la debilidad de la articulación política. Explica de una manera esquemática, aunque no por ello menos sugerente, porque no hay decadencia política huntingtoneana  ni populismo a la Laclau, así como tampoco un orden político fuerte o la satisfacción generalizada de demandas democráticas. Lo que hay es una política solitaria, una política sin orden y sin pueblo.

La soledad de la política

Comparto los audios de la presentación del libro La soledad de la política ((Lima: Mítin Editores 2012) de Carlos Meléndez. Un excelente grupo de comentaristas.

Carlos Meléndez – Presentación de las tesis principales del libro

Julio Cotler

Hugo Neira

Guillermo Rochabrún

Lourdes Flores

Carlos Meléndez – Comentarios finales

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