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Imperialismo eurocéntrico: “liberalismo occidental” post-1989 y el regreso al eurocentrismo paternalista liberal post-18030

A diferencia del realismo occidental, el liberalismo occidental (en líneas generales) asume una posición más cosmopolita (piénsese en el internacionalismo liberal, es cosmopolitismo liberal, el constructivismo liberal y en la vertiente solidarista de la Escuela Inglesa). Lo que subyace a esta posición teórica es un eurocentrismo paternalista que contrasta con la metanarrativa ofensiva del realismo occidental. De ahí que el retorno espiritual sea aquí a un manifiesto paternalismo.

Lo primero es que los liberales occidentales asumen que la democracia, los derechos humanos y el multiculturalismo han crecido en el campo internacional como nunca antes, luego del fin de la Guerra Fría (una nueva era progresista, digamos). Su reconstrucción de este momento implica considerar al siglo diecinueve como una era racista, intolerante e imperialista que luego de 1989 ya no tiene lugar. Esto para Hobson esa una operación bajo la cual se constituye al siglo diecinueve como un Otro temporalmente distante. La ironía del caso para Hobson es que hoy es donde el liberalismo goza de un mayor imperialismo e intervención en el mundo. Pero es esta narrativa liberal la que permite que, contra el realismo occidental, sea posible tener una visión optimista y triunfalista sobre el futuro. Es la oportunidad de Occidente para poder universalizar de manera paternalista la civilización occidental y poder así salvar al resto de sociedades (de sí mismas). La universalización occidental es un bien universal progresista que beneficia a todos.

El liberalismo occidental también construye una triparición jerárquica en el campo internacional compuesta por: Estados liberales civilizados, Estados autocráticos (antes “bárbaros” o “despotismo orientales”) y Estados fallidos (antes “salvajes”). Esta visión también comparte el estándar de estatalidad del realismo occidental, como una versión contemporánea del estándar de civilización. Por ejemplo, en la teoría normativa de John Rawls existen sociedades civilizadas, autocráticas y anárquicas. Pero adicionalmennte existe una categoría intermedia entre la primera y la segunda: sociedades jerárquicas decentes (son orientales, pero bien ordenadas de acuerdo a los principios occidentales). Lo que subyace de esta categoría intermedia para Hobson es el diagnóstico de una sociedad no occidental casi civilizada por completo (el ideal normativo recordemos que es el Occidente liberal). Asimismo, el trato bipolar jerárquico entre Estados occidentales y no occidentales también se mantiene debido a la superioridad occidental político-institucional. Los Estados civilizados respetan la no intervención (híper-soberanía), mientras que los Estados orientales pueden ser intervenidos (tienen una agencia condicional). El punto aquí es que, a diferencia del realismo occidental, no se trata de contener a oriente (como si fuese una amenaza), cuando de convertir culturalmente al resto del mundo a valores e instituciones occidentales. De esta forma el sistema internacional será más estable, próspero y justo. De lo anterior se desprende que lo que debe de hacerse es pensar a la globalización como una oportunidad para universalizar normas e instituciones. Las instituciones políticas internacionales que más influyentes han sido en dicho proceso son las financieras, donde se persigue que los países adopten las instituciones políticas y económicas del neoliberalismo occidental.

El espíritu civilizador luego de la Guerra Fría puede apreciarse en la tesis del fin de la historia de Fukuyama. Y muchos de los liberales occidentales asumen implícitamente la idea básica de que el capitalismo y la democracia liberal representan el fin de la historia. De ahí que para realizar dicho ideal sea admitida la intervención neo-imperial y paternalista en el resto del mundo. Todo ello con el de que Occidente pueda rehacer el mundo a su imagen y semejanza, ya que dicha transformación haría del mundo un mejor lugar para todos.

Una versión diferente se encuentra en Ralws, uno de los principales e influyentes teóricos normativos del liberalismo. Éste es abordado por Hobson con el fin de hacer manifiesto los aspectos eurocéntricos que subyacen a su teoría, y que no son claros a primera vista. El primero de dichos aspectos es que se espera que los pueblos jerárquicos decentes puedan avanzar en la jerarquía civilizatoria (vía emulación y asimilación) y devenir occidentales. Es necesario mencionar que para ser parte de tales sociedades bien ordenadas se requiere una separación entre el Estado y la Iglesia, algo que no hace más que contradecir su supuesta tolerancia por las sociedades islámicas. En segundo lugar, la cooperación con Occidente no debería darse a través de la imposición de un libre mercado injusto. Lo que se obvia aquí, como se mencionó en la discusión de Keohane, es que los países occidentales ricos surgieron precisamente vía medidas proteccionistas. En tercer lugar Rawls es bastante paternalista debido a que las sociedades bien ordenadas (básicamente Occidente, porque la categoría de sociedades jerárquicas no tiene mucho correlato empírico) tienen que trabajar juntas para que el resto de sociedades pueda acceder a la zona de civilización liberal. Los Estados que no se ciñen a ley alguna deben ser condenados, sancionados e intervenidos humanitariamente. Y una vez que son intervenidos, la reconstrucción de la sociedad debe hacerse siguiendo las líneas liberales occidentales. Asimismo, las sociedades con mayor desventaja deben ser asistidas y ayudadas para que puedan construir instituciones políticas. En cuarto lugar se encuentra el doble estándar según el cual los estados occidentales pueden también salirse de la ley, pero sus ejemplos son históricos y llegan hasta la Alemania Nazi. Rawls admite que guerras imperiales hoy para ganar territorio, riqueza y poder caerían en ese marco, pero las guerras de los Estados Unidos de los últimos cincuenta años han seguido esa lógica. Sin embargo, Rawls solamente toma en cuenta un caso de todo ese proceso (básicamente el uso de armas nucleares en Japón y el bombardeo a varias de sus ciudades). Pero no es solamente eso: los Estados liberales occidentales, si llegan a salirse de la ley, no pueden ser intervenidos o castigados por el resto de Estados Occidentales. Esto último, como puede apreciarse, contrasta con el hecho de que los Estados liberales deben castigar a los Estados orientales que no se ciñen a la ley (una clara jerarquía internacional bipolar). Finalmente, a pesar de que Rawls rechaza el paternalismo, el hecho de que defienda que la intervención busque desarrollar a dichas sociedades para que sean independientes es uno de los motivos esenciales del paternalismo liberal imperialista del siglo diecinueve (y que se expreso históricamente en el Sistema de Mandato de la Sociedad de Naciones).

Otro caso importante se encuentra en la obra de David Held y su teoría democrática y cosmopolita. Aquí subyace una teoría del big bang sobre la globalización donde un excepcional Occidente desarrolla endógenamente vía una lógica de inmanencia la modernidad (primero en Europa y luego en los Estados Unidos), proceso que luego expande al resto del mundo. La narrativa de Held sigue básicamente la línea eurocéntrica clásica: Grecia, Roma, feudalismo europeo y cristianismo medieval, reforma, absolutismo, y Westfalia. Luego de esto se habrían dado algunas endógenas mejoras más hasta llegar a sí al Estado democrático-liberal del siglo veinte. Internacionalmente, la lectura de los grandes poderes es también la línea clásica: España, Portugal, Países Bajos, Francia, Inglaterra y los Estados Unidos (y ya mencioné antes que Hobson en otros trabajos busca demostrar que empírica e históricamente dicha narrativa endógena es falsa, pues la interacción con Oriente a múltiples niveles habría sido decisiva para el desarrollo occidental). Por eso es que el universalismo y cosmopolitismo de Held termina siendo eurocéntrico, ya que sus fundamentos se remontan a una pura narrativa endógena. Entonces, si bien no se trata de una teoría eurocéntrica que defiende la explotación, sí termina siendo eurocéntrica es en tanto el origen del ideal normativo de la democracia cosmopolita se deriva de una lectura eurocéntrica sobre la historia de Occidente. Lo universal aquí también termina manifestándose como la defensa de lo particular.

En el caso de las intervenciones humanitarias, en el liberalismo occidental también se mantiene también un principio paternalista entendido como la “responsibilidad para proteger”, así como el doblo estándar bipolar donde dicha exigencia no se hace a los países occidentales (variantes de este motivo eurocéntrico se encuentran en el constructivismo liberal, el neoliberalismo y los solidaristas de la Escuela Inglesa). Dicha responsabilidad encarna la híper-soberanía occidental frente a la soberanía condicional oriental. En el constructivismo de Finnemore ello es claro cuando presenta, de acuerdo a Hobson, a las agencias de las Naciones Unidas y a actores no estatales internacionales como vehículos de socialización para con las normas occidentales. Se trata, pues, de una misicón civilizatoria occidental informal. Pero además también esta posición naturaliza una jerarquía donde es Occidente quien elabora las normas civilizatorias que luego difunde al resto del mundo (lo que para Hobson también constituye un caso de eurofetichismo). Y es el cambio de registro (del racismo científico a un paternalismo basado en derechos humanos) lo que contribuye a que las continuidades en la intervención occidental sean perdidas de vista. Finalmente, la última ironía sobre esto que destaca Hobson es que la razón por la cual se defiende la soberanía en las Naciones Unidas (lo que los liberales critican como motivo de justificación de autócratas orientales) es que fueron los Estados Unidos quienes construyeron ese sistema para proteger su autonomía doméstica, con el fin de poder mantener sus políticas racistas. Y más bien fueron varios representantes orientales lo que lucharon en las Naciones Unidas para que se den avances en la legislación concerniente a los derechos humanos (y contando, en el proceso, con una resistencia occidental).

Adicionalmente, en el ala realista de este liberalismo se añade al deber de proteger el “deber de prevenir”. Esto tiene que ver sobre todo con prevenir la proliferación de armas de destrucción masiva (algo defendido por Salughter y Feinstein). Esta política está dirigida contra las autocracias orientales (lo que tradicionalmente se veía como “despotismo oriental”), y puede implicar medidas intervencionistas neo-imperiales. Otra medida análoga se encuentra presente en la idea del “Concierto de las Democracias”. Esta visión realista-liberal (representada por Ikenberry y Slaughter, entre otros) piensa un Concierto de este tipo puede servir de mejor manera que las Naciones Unidas para institucionalizar y garantizar la paz democrática, y donde es posible intervenir con el fin de aumentar la civilización democrática (recordemos que esto se basa de la tesis de la paz democrática, según la cual las democracias no se hacen la guerra entre sí). En todo caso, esta posición también desemboca en una jerarquía bipolar de trato soberano diferente entre los civilizados y el resto (híper soberanía versus soberanía condicional).

Finalmente otros liberales abogan por la figura de un fideicomisario que pueda administrar territorios constituidos por Estados fallidos, con el fin de prepararlos para un futuro auto-gobierno. Este es el caso más claro de paternalismo donde la agencia doméstica oriental es disuelta bajo el argumento de que son incapaces para la autodeterminación colectiva. Por eso es que dependen de Occidente, quien podrá dotarlos de instituciones racionales que les dé progreso.

En síntesis, el liberalismo occidental retoma los motivos paternalistas de las misiones civilizatorias decimonónicas. La conclusión general luego de algunos momentos claves de este capítulo, es que el estándar de civilización (ahora definido como estatalidad) ha sido revivido luego del fin de la Guerra Fría. Los Estados solamente son tratados como iguales si desarrollan estalidad y democracia. Y la contradicción del discurso liberal es que dicha posición es de facto manifiestamente paternalista, aunque ella cuestione de jure todo tipo de imperialismo.

Imperialismo y antiimperialismo eurocéntrico: “realismo occidental” post-1989 y el retorno espiritual al realismo-racista post-1889

Luego de la Guerra Fría (post-1989), Hobson considera que el eurocentrismo subliminal deviene manifiesto en la teoría de las relaciones internacionales. En lo que respecta al realismo (ahora rebautizado por Hobson para dicha era como “realismo occidental”) se mantiene un pesimismo sobre el futuro de Occidente. Y la medida más viable tiene que ver con poder contener a la nueva “amenaza bárbara” para la civilización y el orden, sea de una manera más defensiva o más ofensiva. Esto para Hobson es un retorno a motivos claves de de los discursos del realismo racista post-1889. La diferencia es que ahora dichos argumentos teóricos tienen como substrato teórico un eurocentrismo institucional y no un racismo científico. Por eso es que Hobson habla de un “retorno espiritual” (las diferencias son evidentes ya no se defiende el genocidio, no el racismo científico, la colonización ya no es admitida, y la soberanía en general se presenta como condicional al respeto a los derechos humanos).

Una primera vertiente del realismo occidental involucra una visión ofensiva del eurocentrismo institucional. Recordemos que aquí, como ya se dijo en el párrafo anterior, la diferencia entre Occidente y el resto radica en factores institucionales y no en fundamentos biológico-raciales. Y el estándar de civilización (“civilizados”, “bárbaros” y “salvajes”) es mantenido bajo las divisiones de sentido común que se dan entre el Primer, el Segundo, y el Tercer Mundo, respectivamente. Dicho estándar se expresa mucho más concretamente a la hora de considerar el grado de estatalidad: el grado de burocratización racional, así como de democracia. En esta línea, Robert Cooper mantiene una distinción análoga entre Estados postmodenors pacíficos (Occidente civilizado), Estados modernos donde la razón de Estado y la guerra prevalecen (Asia, principalmente), y Estados pre-modernos o Estados fallidos donde prevalece un estado de naturaleza hobbesiano (el Tercer Mundo). Estas triparticiones mantienen también el doble estándar de bipolaridad, según el cual las relaciones entre Estados occidentales son diferentes a las relaciones entre Estados occidentales y no occidentales (por ejemplo, cuando los Estados no occidentales no pueden mantener un orden doméstico y democrático, legitimando la intervención neo-imperial occidental). El grado de respeto a la soberanía estatal es mucho más restringido en el segundo tipo de relación.

Esto hace que los Estados occidentales cuenten con una mayor agencia que los orientales. Aquello último es destacado por Hobson como correctivo frente al tópico común sobre la globalización, entendido como proceso que mina la soberanía de “todos” los Estados. Lo que sí hace el realismo occidental es redefinir a la globalización como el catalizador contemporáneo de la  “amenaza oriental” para con la civilización occidental. Y es que, la globalización permite una mayor mobilidad de tecnologías, dando lugar a que grupos terroristas (principalmente islámicos) puedan acceder a armas y atacar a Occidente. Asimismo, la globalización ha contribuido al ascenso de China y a la desintegración del Tercer Mundo.

Por su parte, Robert Kaplan mantiene también un pesimismo, pero para él es África el lugar de donde emergerá el principal problema para Occidente en los próximos años. Hobson recuerda que una influencia teórica fundamental de este diagnóstico se debe a los análisis neo-Malthusianos de Paul Kennedy (el principal reto futuro está basado en el declive demográfico occidental frente al resto del mundo). El otro motivo tomado de Kennedy es que el desarrollo de las sociedades solamente será posible, si es que se adoptan las instituciones occidentales en su totalidad. Esto último es lo que haría de Oriente dejar de ser una amenaza. Sin embargo, Kennedy es escéptico de que ello pueda ocurrir.

Estos diagnósticos, surgidos durante la década de 1990, se vieron agravados luego de los ataques del 11 de septiembre. Y los discursos acentuaron la narrativa de la amenaza bárbara que se encuentra cerca (dotando a Oriente de una agencia mucho más predatoria). De estas concepciones sobre lo internacional surgen diversas respuestas para contener la amenaza. Una primera es la intervención norteamericana en Oriente (Cooper piensa en la expansión de la Europa postmoderna como solución. Niall Ferguson también defiende el imperialismo norteamericano como una fuerza progresista en el mundo). Y si bien uno podría pensar esto como neo-imperialismo, muchos autores consideran aquí a los Estados Unidos como hegemón benigno o democrático. Esto recuerda al utopismo que critica Carr, donde los intereses particulares se presentan como universales. Oriente seguirá en una situación de “falsa consciencia”, a menos que persiga una asimilación cultural occidental. Tal es, por ejemplo, la defensa que hace Rothkopf del imperialismo cultural. Hobson compara críticamente dichas visiones a la autocomplacencia del imperialismo británico decimonónico.

Otra solución surge del hecho de que también existe una vertiente defensiva para con la amenaza bárbara. Sus principales representantes son Huntington y Lind (ellos se asemejan más al eurocentrismo defensivo). El choque de las civilizaciones empieza su diagnóstico lamentando el fin de la Guerra Fría, debido a que ha privado a Occidente de un Otro frente al cual puede constituir y mantener su identidad. El sucesivo desplazamiento teórico hará que sea Oriente quien ahora encarne a ese Otro. Esto se complementa con el diagnóstico neo-malthusiano donde Oriente tiene una comparativa explosión demográfica frente a Occidente. Dicho excedente poblacional buscará migrar a Occidente. Asimismo, Oriente tiene la capacidad y agencia para poder desarrollarse. De ahí que la futura amenaza para la civilización occidental también tenga que ver con el crecimiento de China y del Islam (lo cual implica también un cierto tipo de agencia predatoria).

Finalmente, lo que acentúa este problema para Huntington es la política multicultural occidental, la cual abre sus puertas a la creciente inmigración. Esto atenta contra la pureza cultural de los Estados Unidos (la cultura protestante anglosajona). La solución de que se desprende de esto es una suerte de ideal normativo de apartheid cultural para contener las influencias no occidentales. El control migratorio debe reforzarse, aunque se admite que otras culturas pueden ser asimiladas a la cultura norteamericana (un potencial paralelo cultural con vertientes racistas lamarckistas). Sin embargo, lo que prevalece como medida inmediata es la maximización de la distancia entre Oriente y Occidente.

En suma, estos discurso (propios del realismo occidental contemporáneo) constituyen un institucionalismo eurocéntrico ofensivo que sigue el espíritu de las metanarrativas del realismo racista post-1889.

Eurocentrismo subliminal ortodoxo: del realismo clásico al neorealismo (1945-1989)

Después del fin de la Segunda Guerra mundial hubo un cambio epistémico sustantivo en la teoría de las relaciones internacionales. La visión del establishment sobre la historia de la disciplina en este punto veía al neorealismo como una teoría mucho más científica y positivista que la del realismo clásico, y donde cualquier tipo de de sesgo eurocéntrico anterior habría sido dejado de lado. Lo que Hobson quiere destacar como relectura crítica es que la teoría internacional post-1945 de tipo realista abandona el racismo científico, pero mantiene una aproximación eurocéntrica que Hobson denomina “institucionalismo eurocéntrico subliminal” (y que devendrá manifiesto luego del fin de la Guerra Fría). ¿En qué consiste dicha aproximación eurocéntrica? Lo primero que queda claro es que todo tipo de distinción y jerarquía del tipo anterior (“civilización/ barbarie”, “blancos/no-blancos”) es abandonada. Y las pretensiones de las teorías luego de la revolución conductista en la ciencia política (y del “segundo Gran Debate” en las Relaciones Internacionales) son explicar lo internacional sin apelar a valores subjetivos, así como apuntar a un mayor universalismo que pueda explicar a los Estados, al margen de sus distinciones idiosincráticas (un giro, digamos, más positivista). A pesar de este, para Hobson lo que va a permanecer es una visión bastante provincialistaEl realismo clásico y la teoría de la estabilidad hegemónica mantienen una “teoría eurocéntrica del big bang de la política mundial”. El argumento, en analogía con los casos anteriores ya mencionados, es que los excepcionales europeos primero crearon para sí mismos un sistema internacional estatal y capitalista, sistema (o civilización) que luego exportaron al resto del mundo, sea vía imperialismo, hegemonía o ambos. Finalmente, en el caso del neorealismo de Waltz, lo que va a primar es una concepción de unidades igualmente soberanas en un sistema, visión que termina siendo negligente para con la recurrente jerarquía y prácticas imperiales en la historia de las relaciones internacionales.

En torno al realismo clásico de autores como Morgenthau y Carr, el aspecto eurocéntrico de sus análisis sobre lo internacional se expresa en el hecho de que sus marcos explicativos asumen (como ya se anunció) un análisis provincialista donde la política internacional occidental es presentada como la política mundial (lo particular se presenta como lo universal). En el caso de Morgenthau, ello se ve claramente cuando analiza el imperialismo y lo define básicamente en oposición al status quo. La idea es que los Estados que no buscan mantener la distribución de poder existente en el sistema internacional serían los que realizarían políticas exteriores de tipo imperialista. El problema es que con esa definición, cualquier tipo de política que busca cambiar el estado de cosas es imperialista y cualquier tipo de política de los Estados imperiales por mantener el status quo sería no imperialista. Y fuera de los problemas conceptuales y lógicos, empíricamente no se hace plenamente inteligible las políticas de los Estados imperiales durante el siglo diecinueve y veinte, debido a que los Estados imperiales no expandieron sustantivamente sus territorios en la mayor parte de dichos períodos. Otro muestra de eurocentrismo tiene que ver con que el libro principal de Morgenthau (Politics Among Nations) fue reeditado varias veces durante los procesos de descolonización. Pero en lugar de que ello sirva para pensar la agencia de los Estados orientales, Morgenthau lee el proceso solamente como un triunfo occidental puro, donde la victoria se debe esencialmente a las ideas morales occidentales (por ejemplo, ideas como autodeterminación nacional y justicia social).  Esto supone que es Occidente el que crea endógenamente estas ideas, las cuales son meramente emuladas por Oriente.

Finalmente, el elemento más importante del eurocentrismo de Morgenthau (y que subyace a los aspectos ya mencionados) es la “teoría eurocéntrica del big bang de la política mundial”. La evidencia empírica que sirve de base (y habría que añadir que es algo medianamente recurrente en el mainstream) es la paz de Westfalia de 1648. Es ahí donde nace realmente el sistema internacional moderno, sistema que luego habría sido expandido y difundido hacia el resto del mundo. Y luego de ese advenimiento el sistema internacional habría tenido dos eras. La primera es la que concierne a “lo internacional aristocrático” (desde 1648, hasta el siglo diecinueve) y la segunda es la era del “universalismo nacionalista” (siglo veinte). El período aristocrático sería el momento donde el balance de poder habría generado una relativa paz y cooperación entre los Estados. En cambio, el período nacionalista habría roto ese balance de poder, generando la era de la guerra total. Lo que habría permitido que el balance de poder funcionara en la era aristocrática es que los gobernantes gozaban de una mayor autonomía estatal y (sobre todo) que compartían normas europeas y aristocráticas que restringían la pura búsqueda de poder. El problema es que con las revoluciones democráticas y el surgimiento de los nacionalismos, dicha autonomía y dicho consenso normativo fueron quebrados; el primero debido a la creciente necesidad de contar con el apoyo de las masas, y el segundo debido al reemplazo de normas nacionalistas que conducían hacia el conflicto bélico. Los resultados de este proceso (el advenimiento del universalismo nacionalista) son la ausencia de una opinión pública común, el rol marginal del derecho internacional y la ausencia de restricciones normativas para que el balance de poder restrinja la ambición de poder. Como puede apreciarse, en esta narrativa Morgenthau piensa al sistema internacional en su conjunto vía la historia europea.

Por su parte, Carr concibió tres eras clave en la historia de las relaciones internacionales. La primera fue la de “lo internacional monárquico” (1648-1815), la segunda es la de “lo internacional burgués” (basada en la Pax Britannica, 1815-1919). La primera es bastante convergente con el período aristocrático de Morgenthau, y la segunda termina también afirmando la estabilidad del sistema por estar igualmente basada en un alto grado de autonomía estatal y de normas pacíficas. Finalmente, la tercera era es la de la “nación socializada”, la cual es congruente con el universalismo nacionalista de Morgenthau. Dicha era fue la que habría dado lugar al período de guerra total entre 1914 y 1945. Como puede apreciarse, el proceso aquí también es similar al de Morgenthau: la extensión de la ciudadanía y el cambio en las normas internacionales es el principal motor de cambio a nivel internacional. Y en ambos casos, la historia del sistema internacional es una historia puramente intra-occidental. La ironía de Carr es que su correctivo metodológico realista para cuestionar la universalidad del idealismo como estando basada en intereses particulares, termina aplicándosele a su propia explicación histórica sobre cambios en el sistema internacional.

La teoría neorealista sobre la estabilidad hegemónica para Hobson mantiene un imperialismo eurocéntrico paternalista subliminal. Aquí Hobson se centra básicamente en la teoría de Gilpin (1981). Por más que la teoría busca ser explicativa sin sesgos, lo que termina haciendo es presentar como acciones universales de todo hegemón posible lo que históricamente han hecho los grandes poderes anglosajones  (y habría que recordar que el contexto de la teoría es la percepción que existía sobre el declive de la hegemonía norteamericana). Lo interesante aquí es que si bien la teoría se presenta como realista, hay ciertos supuestos cruciales del realismo que tienen que abandonarse para que la teoría pueda funcionar. Estos elementos exógenos son en última instancia etnocéntricos y paternalistas, de acuerdo a Hobson.

Aquí también se mantiene la teoría endógena del big bang: el hegemón surge de manera inmanente gracias a sus proprios esfuerzos (tanto el caso británico, como el estadounidense responden a dicha lógica excepcional). Una vez que el hegemón surge resulta natural para Gilpin que dicho Estado quiera convertir su poder en hegemónia en el sistema internacional. Empíricamente el sesgo es que se presentan siempre casos occidentales, que si bien eran potencias, lo eran más intra-occidentalmente que internacionalmente. Hobson recuerda que hasta el siglo diecinueve las verdaderas potencias han sido no occidentales (y esto es dejado de lado en Gilpin, y en autores como Kennedy): China, India, los otomanos, y la dinastía Safavid.

Lo que no se condice con la lógica realista es el hecho de que una potencia querría ser hegemón, si es que ello implica pagar los costos de la estabilización del mundo, beneficiando a Estados que no pagan dichos costos, y donde la recompensa última es el declive relativo frente a nuevos poderes emergentes. Asimismo, tampoco queda claro por qué el hegemón no podría preveer su futuro declive y hacer algo al respecto, ya que se supone que es el Estado con mayor visión de futuro. Una pura lógica realista de Estados que buscan sobrevivir en el sistema anárquico a través de mantener o maximizar su posición relativa en el sistema no puede hacer inteligible el rol del hegemón presentado por Gilpin. Y estamos hablando directamente de dos casos cruciales para las relaciones internacionales: los Estados Unidos y Gran Bretaña.

Además, Gilpin distingue entre hegemones y poderes imperiales. Los Estados Unidos y Gran Bretaña han sido hegemones liberales, mientras que la Unión Soviética ha sido un poder imperial autoritario. Y salvo el caso soviético, el mundo moderno progresivamente ha sido gobernado por hegemones liberales no imperialistas, mientras que el mundo pre-moderno estaba basado en el ciclos de imperios despóticos (lo cual recuerda a la idea de los “despotismos orientales”). Sin embargo, para Hobson esta diferencia conceptual no tiene sentido cuando uno ve las prácticas imperiales de los hegemones liberales. La manera en que Gilpin justifica la distinción es bajo la idea de que los poderes imperiales europes son civilizatorios, debido a que la transferencia de capital y tecnología desarrolla a los países subordinados al orden hegemónico, en lugar de meramente explotarlos. Hobson puede seguir manteniendo que Gilpin es eurocéntrico e imperialista acá, dado que su vocabulario admite imperialismos paternalistas y no puramente explotadores (como en los casos de Angell y de Hobson). Esto se vería reflejado en el orden internacional construido por los Estados Unidos luego de la Segunda Guerra Mundial: La difusión del libre mercado y de principios liberales cumple el rol de la misión civilizatoria.

En lo que respecta al declive del hegemón, el primer problema se debe a los Estados vividores (“free-riders”), los cuales gozan de los beneficios que provee el hegemón, pero sin pagar los costos. Esta explicación supone que el declive es culpa de los demás Estados (especialmente los no occidentales), lo cual se relaciona con la idea eurocéntrica de la “carga” del hombre blanco (Kipling). Y si bien es cierto que pueden ser también occidentales, en los análisis de Gilpin son los Estados orientales los que son cuestionados (Japón y los países asíaticos emergentes). La comparación de Gilpin es con las hordas bárbaras que acaban con el Imperio Romano (y también se vincula con los tópicos de la “amenaza bárbara” que ya han sido vistos). En última instancia la teoría está basada en una metanarrativa eurocéntrica (eurocentrismo anglosajón) de tipo paternalista. Hobson considera que su verdadero nombre debería ser “teoría de la estabilidad occidental”.

El caso de la teoría estructural de Waltz constituye el caso más difícil para detectar eurocentrismo, debido a que la teoría pretende aplicarse a todo tipo de Estado, al margen de sus idiosincracias domésticas e históricas particulares. El eurocentrismo subliminal va a radicar aquí en el etnocentrismo norteamericano que la teoría presenta hacia el final del libro más importante de Waltz (Theory of International Politics), fuera de contar también con un cierto grado de paternalismo. Lo que se obvia con el realismo estructural de Waltz son los mecanismos jerárquicos presentes en el sistema internacional, antes y después de 1648 (siendo este último período donde hay una mayor proliferación de jerarquías imperiales internacionales). Y son estas jerarquías las que han sido mucho más recurrentes en la historia (1800-1980) que la idea waltziana de un sistema anárquico internacional de unidades igualmente soberanas. Esto último ha sido más bien la excepción, y es este aspecto de la teoría el que expresa un eurocentrismo subliminal (ya que el colonialismo aparece como algo no medular para la teoría). Otro elemento eurocéntrico crucialen Waltz tiene que ver con su conocida tesis estructural, según la cual los sistemas bipolares (como el de la Guerra Fría) son más pacíficos y estables que los multipolares (como los que habrían dado lugar a las dos guerras mundiales). Lo que Hobson va a señalar es que esto solamente es verdad si uno colapsa a la política mundial con las relaciones internacionales intra-occidentales. Y es que las relaciones entre países occidentales fueron pacíficas solamente porque los conflictos entre los Estados Unidos y la Guerra Fría fueron desplazados hacia África, Asia y América Latina. Son esos conflictos e intervencionismos el costo que se pagó para que Occidente pueda contar con una relativa paz. Piénsese que para los seres humanos que vivieron en países no occidentales durante el período 1947-1990 la tesis de que dicho período fue extremadamente pacífico resultaría demasiado extraño, por decir lo menos. Y lo mismo podría decirse de la “larga paz” decimonónica en Europa, pues los conflictos fueron también desplazados hacia el Oriente colonizado.

La teoría del Waltz normalmente es diagnosticada como ahistórica (una crítica común hecha desde su publicación), pero lo que Hobson añade a esta crítica es la nominación de dicha operación como “tempocentrismo”, la cual consiste en extrapolar una configuración del presente hacia el pasado, con el fin de representar toda la historia bajo un mismo esquema (lo cual se expresa en el hecho de que Waltz considere que las relaciones internacionales han sido relativamente constantes a lo largo de la historia humana). Y lo que principalmente se proyecta hacia el pasado, como ya se ha ido mencionando, es el hecho de que las unidades del sistema son igualmente soberanas (el componente de la estructura según el cual las unidades son funcionalmente indiferenciadas), lo cual es totalmente negligente con el imperialismo europeo en la historia de las relaciones internacionales. El principal contraejemplo para la teoría estructural de Waltz, y que evidencia el cargo de tempocentrismo es China. Es razonable considerar a China como el Estado más poderoso (1100-1800). Pero su liderazgo en la región del este asiático no generó ningún tipo de balance de poder, como el realismo estructural de Waltz lo esperaría. Además, China muestra un claro ejemplo de jerarquía bajo un sistema anárquico. Y en la propia historia de China, en el período de de los Reinos Comatientes no prevaleció el balance de poder. Todo lo contrario: la dinastía Qin logró derrotar a todos y unificar a China, algo que el neorealismo no vería como resultado viable.

Finalmente, hacia el final de su Teoría Waltz destaca que los Estados Unidos operan en el sistema mantienendo cierta paz y contribuyendo a resolver los problemas demográficos, ecoólogicos y de proliferación. Waltz no considera este rol como imperialista por no ser explícitamente explotador, aunque Hobson siempre podrá responder (como con el caso de Gilpin) que hay variantes de imperialismo, y que éste sería una de ellas. El problema más importante (al margen la categorización de Hobson) es que este diagnóstico no se condice con la teoría que Waltz ha venido desarrollando, ya que los Estados (de acuerdo a la teoría) van a buscar un mínimo de poder que permita mantener su supervivencia y posición en el sistema. Ningún Estado se sacrificaría por el bien de los demás. Asimismo, si esos costos son aprovechados por los Estados débiles (“free-riders“), entonces sí resulta importante el rol que los Estados débiles pueden tener en la producción y reproducción del sistema internacional (esto último contra el hecho de que el enfoque de Waltz se centra en los Estados occidentales más poderosos del sistema). En síntesis, Hobson considera que la teoría de Waltz (por más parsimónica que se presente) termina siendo negligente con algo tan importante en las relaciones internacionales como lo es el imperialismo occidental, así como (en general) las interacciones entre Oriente y Occidente.

Imperialismo racista y eurocéntrico: realismo racista, liberalismo racista y liberalismo/fabianismo “progresista” eurocéntrico (1919-1945)

Aquí Hobson, en la misma línea que en la entrada anterior, señala que en la historia del establishment sobre los orígenes de la disciplina resulta llamativo que no se vea el realismo político previo a la post-guerra (recordemos que usualmente los nombres que suelen mencionarse son Carr, Morgenthau y Niebuhr, entre otros). Asimismo, en el caso de los llamado liberales, resulta significativo que se omita la dimensión imperialista y racista que se encuentra explícitamente presente en muchos de dichos escritos (siendo el caso más emblématico el de Woodrow Wilson). Esta tarea de relectura crítica converge, como se dijo antes, con la crítica que Carr hizo en su momento a la falsa pretensión de universalidad hecha por posición utópicas. Siguiendo esta línea interpretativa, el “idealismo” sería un discurso que buscaría mantener el status quo (léase: la hegemonía occidental imperial, principalmente la británica).

Nicholas Spykman es uno de los ejemplos más representativos de un realismo político basado en un racismo científico. Y de manera provocadora, Hobson cita pasajes donde las conclusiones realistas son indistinguibles de las que haría Mearsheimer (2001), aunque éste último no sustente su teoría del realismo ofensivo en un discurso racista. Otro paralelo se hace con Halford Mackinder y su diagnóstico sobre las potencias mundiales, el cual converge de manera precursora con lo que autores como Kennedy y Gilpin escribirían varias décadas después.

Algunos de los pensadores geopolíticos analizados por Hobson concebían al Estado como un organismo, el cual requería de un “espacio vital” para la raza que vivía en él. La idea es que las razas exitosas necesitarían de un mayor espacio vital. Esto supone un discurso racista donde el medio ambiente juega un papel tan importante como el del componente genético-biológico. Y es por eso que, a diferencia de los realistas de la post-guerra, la anarquía del sistema internacional (que es importante) cuenta menos que el proceso evolutivo que genera el conflicto entre Estados definido como un conflicto entre razas y naciones. Los Estados de mayor tamaño resultan desde esta perspectiva preferibles a los pequeños, y el aumento de tamaño se realiza vía prácticas colonizadoras. Esto beneficiaría tanto al Estado colonizador, como al territorio colonizado, debido a que la colonización promovería un desarrollo económico acelerado. Sin embargo, este proceso también conlleva a una posición de exterminio indirecto.

Obviamente, el imperialismo que se desprende de dichas teorías depende mucho de la nacionalidad del autor. Spykman consideraba que Estados Unidos debía colonizar América del Sur para garantizar la autosuficiencia militar estadounidense. Asimismo, también concebía que las razas inferiores debían mantenerse como fuerza de trabajo en función a las razas superiores, debido a los límites que el clima imponía. Haushofer pensaba que el expansionismo alemán requería de una alianza con los rusos (Hobson aquí nos recuerda que por eso Haushofer celebró la alianza que Hitler hizo con la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial y que se opuso a su fin en 1941), así como con Japón, China e India, con el fin de poder derrotar a Francia, Inglaterra y a los Estados Unidos.

En el caso de Hitler, resulta evidente que la colonización era un objetivo fundamental del Estado alemán. Pero el discurso racista que involucra el nazismo hacía imposible la socialización de razas inferiores en la cultura alemána. Y cualquier tipo de mezcla o contacto racial solamente traería degeneración. Este aspecto sobre el discurso racista es clave por determina como necesaria la política de exterminio en el proceso de expansión imperial. A diferencia de Hitler, Ratzel concebía que la mezcla de razas podría rendir buenos frutos, debido a que era posible mejorarlas (esto lo acerca a posiciones neo-Lamarckistas). En cambio, el medio ambiente en Hitler a lo mucho terminaba siendo una suerte de “variable interviniente”, ya que lo central se jugaba en la sangre de cada raza. El otro elemento que diferencia a Hitler de autores como Haushofer es el anti-semitismo. Esto llevó a Hitler a elaborar una imagen de la amenaza judía tan diversa como contradictoria: los judíos podían ser tanto el capitalista banquero como el bolchevique revolucionario. El judaísmo se encontraba diseminado en todo. Y dado que la mezcla y el contactosolamente trae degeneración, la política de la Solución Final es una consecuencia lógica de dicho discurso (esto a diferencia de otros autores como Haeckel, quien sostenía que los judíos sí podían y debían ser asimilados en la sociedad alemana).  A esto hay que añadir que otros discursos racistas temían la amenaza de otras razas por su crecimiento demográfico. Pero en el caso de Hitler, es muy llamativo que la población judía haya sido de alrededor del 0.76 por ciento del total de alemanes (Hobson 2012: 164). Otro elemento problemático del discurso es que otra crítica anti-semita se basaba en el hecho de que los judíos buscaban mantener una pureza racial, algo que Hitler irónicamente celebraría para el caso de la raza aria. La pregunta es entonces cómo un grupo tan pequeño habría degenerado tanto al pueblo de la raza superior. Estos rasgos del discurso racista de Hitler lo diferencian de los pensadores geopolíticos imperialistas alemanes, acercándolo más a autores como Gobineau.

Por otra parte, el racismo imperialista también se encontraba en autores considerados como liberales y de izquierda, cuestionando una vez más el supuesto de que el racismo científico solamente sería convergente con posiciones políticas de derecha. Lo que unifica al imperialismo racial “progresista” es la creencia en el rol civilizatorio que el imperialismo occidental tiene en el mundo (lo cual era posible por un racismo más de tipo lamarckista). Básicamente es Occidente el que tiene la tarea de exportar las instituciones racionales a las sociedades atrasadas. Estas visiones son congruentes con el sistema de Mandato de la Liga de Naciones (la idea de que las razas no civilizadas no estaban listas para poder autogobernarse). El caso más importante aquí, por su influencia política y académica para las relaciones internacionales, es Woodrow Wilson. Lo que Hobson quiere hacer es mostrar que Wilson posee presupuestos racistas que han sido negligentemente obviados en la recepción que hace el mainstream de la historia de la disciplina. Pero para Hobson estos supuestos racistas son clave para poder entender cosas como el rechazo a la igualdad racial de Japón en la conferencia de París.

Esta relectura de Wilson también permite explicar por qué fue que éste se opuso a que los negros en Estados Unidos tengan derechos políticos y protecciones en el sur, siendo también un promotor de la segregación institucionalizada (por ejemplo, prohibió estudiantes negros en Princeton cuando fue Presidente de dicha institución), así como de la legitimidad que el Klu Klux Klan podían tener. Finalmente, también se opuso a la migración no blanca en los Estados Unidos. Wilson suscribía un racismo neo-lamarckista, donde (como ya se ha mencionado) las razas podían ser mejoradas a través de la educación colonial. Esto dota a las razas inferiores de una agencia condicional a la intervención civilizadora occidental.  Además, en su tratado sobre el Estado, Wilson también asume una lógica de inmanencia endógena donde el desarrollo de un estado democrático es un producto puramente occidental y debido a los esfuerzos arios y teutónicos. Su concepción de la democracia era elitista y dependía del “carácter” (auto-control y auto-disciplina). Es por esa superioridad que dichas razas estaban llamadas a tutelar y civilizar a las inferiores. Y solamente luego de un período evolutivo largo sería posible dejar que las razas inferiores mejoradas se autogobiernen de manera civilizada.

Finalmente, Leonard Woolf representa una posición imperialista y paternalista no basada directamente en argumentos raciales. Criticó el racismo científico como un sinsentido, y sostuvo que el conflicto internacional no se debe a diferencias raciales, sino que tiene que ver con el imperialismo occidental que ha sido profundamente coercitivo. Sin embargo, su justificación es paternalista. Para él, no se debe de abandonar a las colonias africanas, ya que ello solamente permitiría una explotación occidental no regulada. En lugar de eso, y de manera similar a John A. Hobson, lo que debe hacerse es un imperialismo donde la exportación de instituciones y la asimilación sea selectiva, en función a qué tan primitivos son los colonizados. Zimmern también compartía la ansiedad sobre el grado de amenaza que podrían constituir Oriente. De ahí que defendiese la restauración del imperio británico, el cual garantizaba estabilidad por el prestigio que representaba en gentleman inglés. El conflicto bélico entre razas se daría básicamente por las diferencias raciales distributivas y por el grado de civilización. Sin embargo, es posible evitar el conflicto futuro vía el rol civilizatorio del imperio británico y del tutelaje que podría brindar a los pueblos atrasados. Solamente el imperio podría mantener el orden entre las diferentes razas. Lo importante de haber reseñado estos discursos es que, hacia el final del libro (Spoiler alert!), Hobson buscará mostrar cómo es que mucho de estos motivos eurocéntricos regresarán de manera mucho más manifiesta depsués del fin de la Guerra Fría (1989), siendo uno de los casos más emblemáticos la visión de Samuel Huntington sobre el choque de las civilizaciones.

Antiimperialismo y los mitos de 1919: Marxismo, eurocentrismo y realismo-cultural racista (1914-1945)

Lo importante de entrar a este contexto histórico para la teoría de las relaciones internacionales, luego de haber empezado el recorrido desde 1760, es que permite ver mucho más críticamente la lectura del establishment sobre los orígenes de la disciplina (IR). Recordemos que la lectura tradicional considera que el estudio de las relaciones internacionales surge luego de la Primera Guerra Mundial, como una empresa noble que tiene por propósito principal el resolver el problema de la guerra. Esta lectura se encuentra en uno de los textos clásicos de la disciplina: La crisis de los veinte años de E.H. Carr. Lo que Hobson quiere hacer aquí es mostrar que no hay un nacimiento de la disciplina ex nihilo, y que hay mayor continuidad con las ideas eurocéntricas del pasado de lo que uno pensaría. Esto se expresa cuando uno ve que la posición “liberal” no era puramente “utópica”, como suele recrearse en el “Primer Gran Debate” de la disciplina (por ejemplo, sí existía ansiedad sobre el futuro de la hegemonía occidental y de su mandato imperial… algo que sí fue detectado por Carr en su cuestionamiento al unilateralismo de la posiciones utópicas, las cuales presentan los intereses particulares como si fuesen universales). Pero, además, es en este período (lo que Hobson en alusión directa a Carr llama “la crisis de los treinta años”, 1914-1945) donde se da el apogeo del racismo científico, antes de su desaparición explícita luego de la post-guerra. De ahí que junto a posiciones catalogadas como liberales, también existan posiciones racistas de diversa índole que la historia del mainstream no suele tomar en cuenta a la hora de narrar la historia de la disciplina. Lo que unifica aquí a los realistas e idealistas (al margen de su oposición en el “Gran Debate”) es la preocupación por mantener y/o restaurar el mandato occidental de hegemonía civilizatoria.

El antiimperialismo del período de entreguerras desarrolla un eurocentrismo subliminal donde las categorías de “civilización” y “barbarie” son dejadas de lado, así como categorías raciales. El ejemplo clave aquí es Lenin. Sin embargo, el elemento eurocéntrico medular radica en que Oriente es presentado como una víctima del proceso imperialista, sin agencia para poder enfrentar el proceso occidental. Lo que subyace a este diagnóstico es lo que Hobson llama la “teoría eurocéntrica del Big Bang“. La idea aquí, ya que ya ha sido mencionada en entradas anteriores, es que Occidente se habría desarrollado endógenamente bajo una lógica de inmanencia “excepcional” que habría resultado en su superioridad económica y militar. Y una vez alcanzado este estadio más avanzado, Occidente lo habría expandido al resto del planeta para hacer el mundo a su imagen y semejanza. El imperialismo como fase superior del capitalismo deviene en una dominación total de Occidente sobre Oriente, proceso que es criticado, pero que se reconoce como necesario para que advenga la revolución socialista. De ahí que Hobson sostenga que Lenin da a Occidente una híper-agencia, mientras que relega a Oriente a ser una mera víctima pasiva (sin mayor posibilidad de resistencia o desarrollo propio), incluso en la solución emancipatoria, pues ésta es originalmente desarrollada por el proletariado occidental y expandida al resto del mundo.

Otra variante antiimperialista, pero basada en un realismo-cultural racista se encuentra en Stoddard y en Grant. Stoddard comparte la preocupación (heredada de la profecía racial de Charles Pearson) por la amenaza que las otras razas representan, debido al crecimiento económico y demográfico de Oriente. Para esto jerarquiza el mundo en cinco sub-mundos: el de los blancos, el de los marrones (Asia y África del norte), el de los amarillos (Asia oriental), el de los rojos (América Central y la zona norte de América del Sur), y el de los negros salvajes (África). Y en una línea similar a la de los racistas defensivos, defiende como solución el ideal de un apartheid racial internacional por los riesgos que presentan las razas marrones y amarillas (a las cuales se dota de una agencia predatoria). El evento histórico que trata de evidenciar este proceso es la victoria de Japón frente a Rusia en 1905. Su visión concibe a la raza blanca como estando en un proceso de declive, debido sobre todo al intervencionismo estatal para mantener a la clase obrera a expensas de la élite blanca. Pero también el declive se debe a su disminución en términos absolutos frente al crecimiento demográfico de las demás razas, con lo que sería cuestión de tiempo antes de que empezaran a colonizar América Latina y África. Finalmente, el principal evento histórico que marca la narrativa del declive de la raza blanca es la Primera Guerra mundial, ya que fue ahí donde se generó la principal disminución de la raza (y recordemos que el argumento supone que los soldados que van a a la guerra representan una parte significativa del mejor “stock” racial). Esto es visto, en pocas palabras, como un suicidio racial, fuera de dividir a un más a la raza blanca en la post-guerra. De ahí que se oponga a nacionalismos que no ven la necesidad de unificar a la raza blanca (como en los casos del pan-germanismo alemán y del pan-eslavismo ruso). Como se mencionó líneas más arriba, y debido a este diagnóstico, para Stoddard la raza blanca debe unificarse y abandonar totalmente sus pretensiones coloniales en Asia, aunque manteniendo cierto control estratégico colonial en África y en América del Sur. Todo esto con el fin estratégico de evitar el avance de la amenaza marrón y amarilla.

En una línea convergente, Grant considera que el colonialismo ha servido solamente para debilitar a la raza blanca, aunque sí considera que el exterminio realizado en Australia y en Nueva Zelanda ha sido exitoso. Y si bien comparte la tesis de que la raza blanca tiende a degenerar en climas no aptos (como los tropicales), también considera que la colonización de la India es posible y deseable, siempre y cuando sea hecha por un grupo pequeño que se mantenga aislado de las razas subyugadas, con el fin de evitar cualquier tipo de contacto y de mezcla. Asimismo, ambos se opusieron por razones similares a que los Estados Unidos aceptaran inmigración no blanca, pues dicha política no traería nada más que declive racial. Para terminar, Hobson destaca además que ambos simpatizan con una eugenesia negativa, donde la eliminación de los inferiores es necesaria. Lo irónico de dicha posición es que, a pesar de que ambos eran antiimperialistas, va a ser Hitler quien se verá severamente influenciado por los argumentos racistas de Grant, al punto de considerarlo su “Biblia”, aunque tenga una posición profundamente opuesta en el campo internacional.

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