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Eurocentrismo subliminal eurocéntrico: Gramscianismo y teoría de los sistemas-mundo (1967-1989)

Retomando un aspecto del vocabulario propuesto en el inicio de la propuesta de relectura crítica (donde se dan los lineamientos teóricos para conceptualizar el eurocentrismo presente en la teoría de las relaciones internacionales), Hobson aborda las vertientes críticas inspiradas principalmente en Antonio Gramsci e Immanuel Wallerstein destacando que ellas demuestran que es absolutamente posible ser eurocéntrico y crítico de Occidente al mismo tiempo. Ambos autores han dado lugar a diferentes investigaciones que mantienen como núcleo un eurocentrismo anti-paternalista.

En primer lugar, la narrativa de Wallerstein desarrollada en su teoría de los sistemas-mundo contradice la pretensión “mundial” de su aproximación por tratar el surgimiento de Occidente como algo básicamente endógeno (la lógica de la inmanencia). Occidente deviene así el creador excepcional de la modernidad y del capitalismo desde el siglo dieciséis (hacia 1500). La concepción civilizatoria es materialista (y podríamos decir, hasta economicista), pero aún así se divide al mundo de acuerdo a una suerte de “estándar civilizatorio”: un Occidente civilizado, imperios redistributivos y tributarios asiáticos, y sistemas primitivos de recirprocidad americanos, africanos y de australasia. La expansión imperialista occidental que se da históricamente aquí es indesligable del proceso de acumulación de capital. Lo que subyace a esta historia es un Occidente dotado de una híper-agencia frente a un Oriente con muy poca agencia. El resultado del imperialismo occidental es la asimilación funcional de los demás grupos para con la explotación capitalista y el dominio de Occidente por sobre Oriente.

Para Wallerstein la dinámica del capitalismo global consiste en extraer recursos y ganancias desde la periferia oriental hacia el núcleo/centro occidental (y conuna semi-periferia funcional a dicha reproducción). Y como esta lectura es mucho más economicista que las anteriores, los hegemones occidentales de turno cumplen aquí un mero rol funcional para la producción y reproducción del capitalismo. Esta lógica determinista y estructural-funcionalista es etiquetada por Hobson como “eurofuncionalismo”, mientras que la negación de agencia oriental es categorizada como “eurofetichismo”. Este último punto se expresa cuando se redefine toda agencia oriental de resistencia como la generación de efectos no intencionados para el fortalecimiento del sistema en su conjunto (digamos, que no hay agencia que pueda ser inteligible en términos no funcionales al proceso). De ahí que procesos históricos del siglo veinte como los de la descolonización sean básicamente entendidos como el paso de Europa a Estados Unidos como la parte del sistema que asume el rol hegemónico.  Bajo este marco no hay posibilidad para salir de este proceso, y todo deviene funcional al sistema en su conjunto. Lo irónico es que Wallerstein sostiene que el capitalismo del sistema-mundo no podrá superar las crisis futuras (un lapso no mayor a ciento cincuenta años), pero dicho pronóstico no es fácilmente convergente con la lógica de su diagnóstico sistémico. Finalmente, el principal problema empírico que ha enfrentado Wallerstein es el ascenso económico de los países asiáticos desde la década de 1980, algo que parecía imposible para su teoría.

En el caso de las aproximaciones inspiradas en Gramsci (piénsese sobre todo en Cox, aunque también Gill sería un representante de dicha tradición), el punto de partida frente al establishment de la disciplina (por ejemplo, el neorealismo y el institucionalismo neoliberal) es la distinción entre teorías que resuelven problemas y teoría crítica (una reformulación de Cox que nos recuerda a la clásica distinción hecha por Horkheimer entre teoría tradicional y teoría crítica). Lo que distingue a la segunda de las primeras, es que toman el mundo como un resultado contingente e histórico y que, por ello mismo, es susceptible de cambio (emancipatorio). Esto a diferencia de teorías de pretensión positivista como el neorealismo y el institucionalismo neoliberal, las cuales aspiran a generalización más universales, y donde la historia no parece ser tan determinante (recuérdese la famosa tesis de Waltz según la cual la textura de las relaciones internacionales ha sido relativamente constante). Lo que Hobson diagnostica es que en última instancia dicho proyecto crítico también comparte un grado significativo de “eurofetichismo”, en tanto que Occidente sigue contando con una híper-agencia frente a un Oriente que es básicamente pasivo en el proceso global de dominación hegemónica/ capitalista/ occidental.

A diferencia de teorías como las de la estabilidad hegemónica, las aproximaciones gramscianas ven la hegemonía como un proceso de dominación legítima y de explotación consensuada de las masas para con el capitalismo y la clase social que representa sus intereses (en lugar de verlo como una suerte de benigno proveedor de bienes públicos en el campo internacional). Sin embargo, el eurocentrismo aquí es crítico de occidente, y por tanto, anti-paternalista. El problema analítico para Hobson aquí es que Oriente no posee agencia significa alguna en el proceso. Ello se ve en los análisis históricos que se realizan siguiendo dichas teorías, así como con el hecho de que los hegemones son siempre concebidos como grandes potencias occidentales (a diferencia la posibilidad de analizar históricamente a China, por poner el ejemplo más importante). Esto es consistente con la idea, también recurrente aquí, de pensar el desarrollo occidental como un proceso endógeno en inmanente. Una vez alcanzado dicho desarrollo, la consecuencia es la expansión global a expensas de la pasividad oriental.

Cuando no se cuenta con hegemonía, lo que suele darse es una revolución pasiva marcada por el cesarismo o el transformismo (y se mantiene un estándar civilizatorio cuando se explican los casos orientales como expresiones de neomercantilismo y/ o de casos conformados por proto-Estados). Por eso para Hobson aquí también radican presupuestos eurocéntricos, debido a que el proceso de los países orientales nunca es interno o endógeno, sino que siempre se debe a la relación con hegemones occidentales, y a sus instituciones internacionales externas e intervinientes. Los análisis de contra-hegemonía podrían ser una potencial salida a dichos cuestionamientos (Hobson ve cierta posibilidad ahí). Pero en el desarrollo de dicha tradición tales análisis no han tomado significativamente en cuenta la agencia de los actores orientales (algo señalado por las críticas hechas desde la teoría post-colonial). Finalmente, y dando paso a los últimos análisis del libro, Hobson añade que la hegemonía no es el único medio contemporáneo de dominación. Lo que llamamos “globalización” opera hoy como un proceso macro de socialización y conversión cultural. Y luego del fin de la Guerra Fría, dicho proceso dará lugar a la emergencia manifiesta del eurocentrismo, algo que había devenido subliminal desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.


El problema agente-estructura: de la teoría social a las relaciones internacionales

Dado que uno problema fundamental para cualquier quehacer científico es el de conceptualizar el objeto de estudio, resulta inmediato para Wight que al preguntar por lo que estudian los científicos sociales se tenga por respuesta: “la sociedad”. Esta expresión en el sentido común mantiene una ambigüedad, pues puede aludir a los seres humanos (“agente”) o a las circunstancias en las que se encuentran los seres humanos (“estructura”). Pensar qué es lo social nos remite, pues, a un problema ontológico que es expresado en la teoría social como el problema agente-estructura. Y es en la teoría social clásica donde podemos encontrar las principales vías para abordar dicho problema ontológico.

Weber consideraba que la mejor manera de explicar lo social era vía la acción social de individuos. Esto no quiere decir que Weber pensara que en lo social solamente existen individuos (individualismo ontológico), pero sí que una buena explicación científica debía enfocarse en individuos (individualismo metodológico). Uno puede ser un individualista metodológico sin ser un individualista ontológico, ya que el propósito es la explicación. Sin embargo, si uno es un individualista ontológica, es inevitable ser un individualista metodológico (ya que, en sentido estricto, no hay realmente otra entidad a la cual investigar y explicar). La acción social se distingue aquí del estudio de la naturaleza debido a que los seres humanos actúan con sentido (con fines y medios específicos). De ahí que la ciencia social tenga que tener un componente esencialmente comprehensivo.

Durkheim puede ser entendido como lo opuesto (un estructuralista metodológico), en tanto que la mejor vía para explicar lo social debía darse prestando atención a las condiciones sociales externas y no a los individuos. Sin embargo, esto no quiere decir (al igual que en Weber) que Durkheim no creyese que existen personas (estructuralismo ontológico). Como Weber, Durkheim se interesó por el sentido, pero consideró que lo fundamental de éste se encontraba en el hecho de que fuera independiente a los individuos, pensando más en términos de un “sentido collectivo”. Lo social no se capta prestando atención al nivel individual, pues es justamente el hecho social lo que es socializado en el individuo, y que es independiente a éste. Estos hechos sociales deben ser explicados vía hechos sociales, con lo que metodológicamente no sería adecuado buscar sus causas en factores biológicos o psicológicos de los propios individuos.

Berger y Luckmann trataron de integrar ambas perspectivas vía una aproximación fenomenológica donde los agentes constituyen simbólicamente las estructuras, las cuales luego obtienen independencia y se les manifiestan a los agentes como externas y autónomas. El problema es que la creación termina pareciendo puramente individual y el producto como algo puramente determinista, fuera de no prestar una atención seria al componente material de lo social (de ahí que Wight considere que ambos autores terminan heredando simultáneamente los problemas de las tradiciones anteriores).

Es con Bhaskar y Giddens donde, de acuerdo a Wight, la estructura se piensa de manera dual: como algo que restringe a los agentes, pero que al mismo tiempo les permite realizar ciertas acciones que podrían tener efectos no previstos, y que podrían reconfigurar la propia estructura social. El enfoque morfogenético de Archer también comparte esta manera de entender la relación entre la agencia y la estructura. Sin embargo, Archer considera que las teorías de la estructuración no prestan una adecuada atención a las dimensiones diacrónicas y sincrónicas de dicha interacción.

Ahora que hemos mencionado los referentes clásicos que Wight toma para formular el problema agente-estructura, es necesario ver cómo este problema se ve expresado en el campo de las Relaciones Internacionales (IR). Sin embargo, he preferido no cubrir toda la literatura que abarca Wight y centrarme en los casos más representativos y conocidos del campo, y que expresan posiciones disímiles sobre el asunto.

En primer lugar, el historiador E.H. Carr, uno de los precursores contemporáneos del campo de las Relaciones Internacionales, critica en su libro ¿Qué es la historia? a las aproximaciones puramente individualista a la historia. Para él los individuos expresan estructuras y procesos sociales más importantes, y son estos elementos los que realmente permiten explicar la historia. Asimismo, cuestiona una mirada ingenua al quehacer histórico que piensa a la investigación como una recolección de hechos. Carr defiende que la articulación de lo que sucede tiene una mirada específica y responde a un contexto. De ahí que entender al historiador y a su trabajo, implique conocer del contexto en el que éste se haya inmerso. Todo esto sugiere, a pesar del propio Carr, un estructuralismo determinista, por cuanto el historiador y los individuos de la historia son productos y reflejo de fuerzas sociales mucho más grandes y fuertes, siendo éstas las que propiamente constituyen la historia. Hans Morgenthau, otro referent clásico en IR, tiene una aproximación individualista al estudio de las relaciones internacionales. En su caso, lo que explica el sistema internacional es, en última instancia, la naturaleza humana. Los individuos buscan inevitablemente el poder (competencia y deseo de dominación) y es este fundamento (sea interpretado biológicamente o de manera vitalista como “voluntad de poder”) el que permite explicar lo que ocurre en la arena internacional.

En un punto de inflexión propia de la historia de la disciplina, Kenneth N. Waltz en su clásico Theory of International Politics desarrolla también una explicación estructuralista del campo. Sin embargo, dicha explicación  (a diferencia de lo que sugiere Carr) es sistémica y no determinista. Esto implica la posición de que la estructura del sistema internacional contribuye a generar determinados efectos, pero que al nivel de las unidades del sistema (los Estados) también es posible generar efectos, incluso al punto de modificar a la propia estructura. En el caso de Waltz es claro percibir que se trata de un estructuralismo metodológico, ya que no niega la realidad de los otros elementos. De hecho, ni siquiera afirma que sus términos teóricos tienen por qué referir a algo real. Esto se debe a que Waltz tiene una concepción instrumentalista de la ciencia, donde de lo que se trata es de explicar fenómenos y donde los constructos teóricos son ficciones útiles y creativas que deben ser evaluadas sobre su poder explicativo y no sobre si de verdad la realidad es así (en cambio, quien es un estructuralista ontológico y metodológico es Immanuel Wallerstein, ya que su teoría del sistema-mundo tiene un único objeto de análisis: el sistema capitalista global)

Alexander Wendt es el teórico de la estructuración más influyente en IR. En su artículo seminal de 1987, The Agent-Structure Problem in International Relations, lo que defiende es que la estructura y los agentes tienen igual peso ontológico. Considera que existen dos niveles necesarios de explicación, uno estructural vinculado al cómo (ámbito de lo posible) y uno histórico vinculado al por qué (ámbito de lo actual). De ahí que se requiera de una articulación de ambos niveles en un enfoque de tipo histórico-estructural. David Dessler también comparte una aproximación basada en la teoría de la estructuración y en el realismo científico. Lo que hace es distinguir entre modelos posicionales (la estructura es resultado no intencionado de las unidades) y transformacionales de la estructura (la estructura es materia para la acción, la cual puede cambiar a la propia estructura con su actuar). En última instancia, para que la estructura pueda funcionar, lo que se requieren son un conjunto de reglas sociales (desde esta perspectiva, dichas reglas son necesarias para la teoría de Waltz, aunque no sean teorizadas o tematizadas por él. Este énfasis constitutivo sería clave en el desarrollo del constructivismo). Por su parte, Walter Carlsnaes sigue el enfoque morfogenético de Archer para criticar la teoría de la estructuración que subyace a Wendt y Dessler, la cual impide pensar (como fue mencionado líneas más arriba) en la articulación sincrónica y diacrónica que pueda darse entre la agencia y la estructura. Para evadir estos problemas, Carlsnaes propone pensar en ciclos morfogenéticos.

En el extremo más radical, Roxanne Lynn Doty rechaza estas visiones y abraza un enfoque posestructural. Sostiene que el problema agente-estructura debe ser disuelto y reemplazado por una ontología de prácticas indeterminadas. Desde esta visión tanto lo que pensamos como agentes y estructuras sociales son en realidad efecto de prácticas. El problema con su enfoque, de acuerdo a Wight, es que no queda claro qué son estas prácticas (aunque parece estar cerca a una ontología relacional o de procesos), así como tampoco queda claro que tipo de metodología sería adecuada para investigar este objeto de estudio.

Finalmente, y en extremo opuesto al posestructuralismo de Doty, el influyente trabajo Hollis y Smith termina separando ambos elementos (agencia y estructura) ontológica, epistemológica y metodológicamente. Para ellos no es posible solucionar el problema agente-estructura y en su lugar lo que queda es siempre tener dos historias o narrativas diferentes: explicar procesos objetivos externos o comprender sentidos (inter-)subjetivos internos. Lo que subyace a esta visión pesimista es que la agencia y la estructura son radicalmente diferentes a nivel ontológico y por eso requieren metodologías diferentes e incompatibles.

La apuesta de Wight, como fue mencionada aquí, es pensar el problema agente-estructura desde el realismo crítico de Bhaskar, con el fin de comprender ontológicamente a la agencia, la estructura, la relación entre ambos y cómo este entendimiento de la ontología social implica repensar malentendidos epistemológicos y metodológicos en la disciplina.


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