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Imperialismo eurocéntrico: “liberalismo occidental” post-1989 y el regreso al eurocentrismo paternalista liberal post-18030

A diferencia del realismo occidental, el liberalismo occidental (en líneas generales) asume una posición más cosmopolita (piénsese en el internacionalismo liberal, es cosmopolitismo liberal, el constructivismo liberal y en la vertiente solidarista de la Escuela Inglesa). Lo que subyace a esta posición teórica es un eurocentrismo paternalista que contrasta con la metanarrativa ofensiva del realismo occidental. De ahí que el retorno espiritual sea aquí a un manifiesto paternalismo.

Lo primero es que los liberales occidentales asumen que la democracia, los derechos humanos y el multiculturalismo han crecido en el campo internacional como nunca antes, luego del fin de la Guerra Fría (una nueva era progresista, digamos). Su reconstrucción de este momento implica considerar al siglo diecinueve como una era racista, intolerante e imperialista que luego de 1989 ya no tiene lugar. Esto para Hobson esa una operación bajo la cual se constituye al siglo diecinueve como un Otro temporalmente distante. La ironía del caso para Hobson es que hoy es donde el liberalismo goza de un mayor imperialismo e intervención en el mundo. Pero es esta narrativa liberal la que permite que, contra el realismo occidental, sea posible tener una visión optimista y triunfalista sobre el futuro. Es la oportunidad de Occidente para poder universalizar de manera paternalista la civilización occidental y poder así salvar al resto de sociedades (de sí mismas). La universalización occidental es un bien universal progresista que beneficia a todos.

El liberalismo occidental también construye una triparición jerárquica en el campo internacional compuesta por: Estados liberales civilizados, Estados autocráticos (antes “bárbaros” o “despotismo orientales”) y Estados fallidos (antes “salvajes”). Esta visión también comparte el estándar de estatalidad del realismo occidental, como una versión contemporánea del estándar de civilización. Por ejemplo, en la teoría normativa de John Rawls existen sociedades civilizadas, autocráticas y anárquicas. Pero adicionalmennte existe una categoría intermedia entre la primera y la segunda: sociedades jerárquicas decentes (son orientales, pero bien ordenadas de acuerdo a los principios occidentales). Lo que subyace de esta categoría intermedia para Hobson es el diagnóstico de una sociedad no occidental casi civilizada por completo (el ideal normativo recordemos que es el Occidente liberal). Asimismo, el trato bipolar jerárquico entre Estados occidentales y no occidentales también se mantiene debido a la superioridad occidental político-institucional. Los Estados civilizados respetan la no intervención (híper-soberanía), mientras que los Estados orientales pueden ser intervenidos (tienen una agencia condicional). El punto aquí es que, a diferencia del realismo occidental, no se trata de contener a oriente (como si fuese una amenaza), cuando de convertir culturalmente al resto del mundo a valores e instituciones occidentales. De esta forma el sistema internacional será más estable, próspero y justo. De lo anterior se desprende que lo que debe de hacerse es pensar a la globalización como una oportunidad para universalizar normas e instituciones. Las instituciones políticas internacionales que más influyentes han sido en dicho proceso son las financieras, donde se persigue que los países adopten las instituciones políticas y económicas del neoliberalismo occidental.

El espíritu civilizador luego de la Guerra Fría puede apreciarse en la tesis del fin de la historia de Fukuyama. Y muchos de los liberales occidentales asumen implícitamente la idea básica de que el capitalismo y la democracia liberal representan el fin de la historia. De ahí que para realizar dicho ideal sea admitida la intervención neo-imperial y paternalista en el resto del mundo. Todo ello con el de que Occidente pueda rehacer el mundo a su imagen y semejanza, ya que dicha transformación haría del mundo un mejor lugar para todos.

Una versión diferente se encuentra en Ralws, uno de los principales e influyentes teóricos normativos del liberalismo. Éste es abordado por Hobson con el fin de hacer manifiesto los aspectos eurocéntricos que subyacen a su teoría, y que no son claros a primera vista. El primero de dichos aspectos es que se espera que los pueblos jerárquicos decentes puedan avanzar en la jerarquía civilizatoria (vía emulación y asimilación) y devenir occidentales. Es necesario mencionar que para ser parte de tales sociedades bien ordenadas se requiere una separación entre el Estado y la Iglesia, algo que no hace más que contradecir su supuesta tolerancia por las sociedades islámicas. En segundo lugar, la cooperación con Occidente no debería darse a través de la imposición de un libre mercado injusto. Lo que se obvia aquí, como se mencionó en la discusión de Keohane, es que los países occidentales ricos surgieron precisamente vía medidas proteccionistas. En tercer lugar Rawls es bastante paternalista debido a que las sociedades bien ordenadas (básicamente Occidente, porque la categoría de sociedades jerárquicas no tiene mucho correlato empírico) tienen que trabajar juntas para que el resto de sociedades pueda acceder a la zona de civilización liberal. Los Estados que no se ciñen a ley alguna deben ser condenados, sancionados e intervenidos humanitariamente. Y una vez que son intervenidos, la reconstrucción de la sociedad debe hacerse siguiendo las líneas liberales occidentales. Asimismo, las sociedades con mayor desventaja deben ser asistidas y ayudadas para que puedan construir instituciones políticas. En cuarto lugar se encuentra el doble estándar según el cual los estados occidentales pueden también salirse de la ley, pero sus ejemplos son históricos y llegan hasta la Alemania Nazi. Rawls admite que guerras imperiales hoy para ganar territorio, riqueza y poder caerían en ese marco, pero las guerras de los Estados Unidos de los últimos cincuenta años han seguido esa lógica. Sin embargo, Rawls solamente toma en cuenta un caso de todo ese proceso (básicamente el uso de armas nucleares en Japón y el bombardeo a varias de sus ciudades). Pero no es solamente eso: los Estados liberales occidentales, si llegan a salirse de la ley, no pueden ser intervenidos o castigados por el resto de Estados Occidentales. Esto último, como puede apreciarse, contrasta con el hecho de que los Estados liberales deben castigar a los Estados orientales que no se ciñen a la ley (una clara jerarquía internacional bipolar). Finalmente, a pesar de que Rawls rechaza el paternalismo, el hecho de que defienda que la intervención busque desarrollar a dichas sociedades para que sean independientes es uno de los motivos esenciales del paternalismo liberal imperialista del siglo diecinueve (y que se expreso históricamente en el Sistema de Mandato de la Sociedad de Naciones).

Otro caso importante se encuentra en la obra de David Held y su teoría democrática y cosmopolita. Aquí subyace una teoría del big bang sobre la globalización donde un excepcional Occidente desarrolla endógenamente vía una lógica de inmanencia la modernidad (primero en Europa y luego en los Estados Unidos), proceso que luego expande al resto del mundo. La narrativa de Held sigue básicamente la línea eurocéntrica clásica: Grecia, Roma, feudalismo europeo y cristianismo medieval, reforma, absolutismo, y Westfalia. Luego de esto se habrían dado algunas endógenas mejoras más hasta llegar a sí al Estado democrático-liberal del siglo veinte. Internacionalmente, la lectura de los grandes poderes es también la línea clásica: España, Portugal, Países Bajos, Francia, Inglaterra y los Estados Unidos (y ya mencioné antes que Hobson en otros trabajos busca demostrar que empírica e históricamente dicha narrativa endógena es falsa, pues la interacción con Oriente a múltiples niveles habría sido decisiva para el desarrollo occidental). Por eso es que el universalismo y cosmopolitismo de Held termina siendo eurocéntrico, ya que sus fundamentos se remontan a una pura narrativa endógena. Entonces, si bien no se trata de una teoría eurocéntrica que defiende la explotación, sí termina siendo eurocéntrica es en tanto el origen del ideal normativo de la democracia cosmopolita se deriva de una lectura eurocéntrica sobre la historia de Occidente. Lo universal aquí también termina manifestándose como la defensa de lo particular.

En el caso de las intervenciones humanitarias, en el liberalismo occidental también se mantiene también un principio paternalista entendido como la “responsibilidad para proteger”, así como el doblo estándar bipolar donde dicha exigencia no se hace a los países occidentales (variantes de este motivo eurocéntrico se encuentran en el constructivismo liberal, el neoliberalismo y los solidaristas de la Escuela Inglesa). Dicha responsabilidad encarna la híper-soberanía occidental frente a la soberanía condicional oriental. En el constructivismo de Finnemore ello es claro cuando presenta, de acuerdo a Hobson, a las agencias de las Naciones Unidas y a actores no estatales internacionales como vehículos de socialización para con las normas occidentales. Se trata, pues, de una misicón civilizatoria occidental informal. Pero además también esta posición naturaliza una jerarquía donde es Occidente quien elabora las normas civilizatorias que luego difunde al resto del mundo (lo que para Hobson también constituye un caso de eurofetichismo). Y es el cambio de registro (del racismo científico a un paternalismo basado en derechos humanos) lo que contribuye a que las continuidades en la intervención occidental sean perdidas de vista. Finalmente, la última ironía sobre esto que destaca Hobson es que la razón por la cual se defiende la soberanía en las Naciones Unidas (lo que los liberales critican como motivo de justificación de autócratas orientales) es que fueron los Estados Unidos quienes construyeron ese sistema para proteger su autonomía doméstica, con el fin de poder mantener sus políticas racistas. Y más bien fueron varios representantes orientales lo que lucharon en las Naciones Unidas para que se den avances en la legislación concerniente a los derechos humanos (y contando, en el proceso, con una resistencia occidental).

Adicionalmente, en el ala realista de este liberalismo se añade al deber de proteger el “deber de prevenir”. Esto tiene que ver sobre todo con prevenir la proliferación de armas de destrucción masiva (algo defendido por Salughter y Feinstein). Esta política está dirigida contra las autocracias orientales (lo que tradicionalmente se veía como “despotismo oriental”), y puede implicar medidas intervencionistas neo-imperiales. Otra medida análoga se encuentra presente en la idea del “Concierto de las Democracias”. Esta visión realista-liberal (representada por Ikenberry y Slaughter, entre otros) piensa un Concierto de este tipo puede servir de mejor manera que las Naciones Unidas para institucionalizar y garantizar la paz democrática, y donde es posible intervenir con el fin de aumentar la civilización democrática (recordemos que esto se basa de la tesis de la paz democrática, según la cual las democracias no se hacen la guerra entre sí). En todo caso, esta posición también desemboca en una jerarquía bipolar de trato soberano diferente entre los civilizados y el resto (híper soberanía versus soberanía condicional).

Finalmente otros liberales abogan por la figura de un fideicomisario que pueda administrar territorios constituidos por Estados fallidos, con el fin de prepararlos para un futuro auto-gobierno. Este es el caso más claro de paternalismo donde la agencia doméstica oriental es disuelta bajo el argumento de que son incapaces para la autodeterminación colectiva. Por eso es que dependen de Occidente, quien podrá dotarlos de instituciones racionales que les dé progreso.

En síntesis, el liberalismo occidental retoma los motivos paternalistas de las misiones civilizatorias decimonónicas. La conclusión general luego de algunos momentos claves de este capítulo, es que el estándar de civilización (ahora definido como estatalidad) ha sido revivido luego del fin de la Guerra Fría. Los Estados solamente son tratados como iguales si desarrollan estalidad y democracia. Y la contradicción del discurso liberal es que dicha posición es de facto manifiestamente paternalista, aunque ella cuestione de jure todo tipo de imperialismo.


Instituciones domésticas e importadas

(Continuación del post anterior)

Cuando revisamos las experiencias de intervención para establizar zonas de conflicto, para Fukuyama las experiencias son diversas. En casos como Bosnia, Kosovo y El Salvador las misiones pudieron prevenir que emerja de nuevo el conflicto, a diferencia de casos como Afganistán y El Congo. Incluso es posible decir que países como El Congo y Somalia es la propia intervención humanitaria la que ha prolongado la críticas dotando de ayuda a las partes en conflicto. Los casos de Afganistán e Irak son dramáticos para los Estados Unidos, ya que muestran el fracaso de éste para establecer un orden político estable y un Estado que funcione, a pesar de la enorme cantidad de tiempo y recursos invertidos. En el caso del estudio de las instituciones emprendido por Fukuyama esta situación es crucial porque plantea la pregunta por la posibilidad de importar instituciones políticas de manera exitosa y sustantiva.

Una dificultad para no solamente importar una forma externa que no funcione tiene que ver con las costumbres, valores y el contexto donde dicha institución para a darse. Otra variable es que las instituciones pueden evolucionar y adaptarse también en función a los intereses e ideas de las élites locales y de quienes detenten el poder. La experiencia colonial de América Latina y de África muestra los riesgos que dichos legados institucionales pueden tener cuando no prestan atención a la realidad social sobre la que están operando. Es importante reconocer que hoy ya no se ve a dichos grupos como “salvajes” que deben ser “domesticados”. Sin embargo, y por poner un ejemplo, la promoción de los derechos indígenas no puede venir ingenuamente desde afuera sin tomar los intereses reales de dichos grupos (sobre todo si es el caso de grupos que, vistos de manera no idealizada, tienen también grados de modernización). La lección por el momento es bastante formal: las sociedades deben adaptar las instituciones a sus condiciones y construir las instituciones sobre cimientos locales (tradiciones), donde los agentes locales toman dichos recursos externos, pero son también conscientes de las oportunidades y limitaciones que dichas instituciones tienen en el contexto de los agentes. Y en el problema principal que hemos ido siguiendo, el de la construcción del Estado, es importante no olvidar que la construcción de la nación es un componente fundamental de dicha institución. Los resultados de la combinación de dichos procesos son diversos.   Los ejemplos para el análisis de la región de África son Nigeria e Indonesia, y Kenia y Tanzania.


Gobierno indirecto

(Continuación del post anterior)

Las organizaciones tribales tienen segmentos que mantienen la paz y limitan el poder. Pocos jefes tribales (o “Gran hombre”) tienen el poder y la autoridad para ser tiránicos con los miembros de dichos grupos. Muchas sociedades tribales, recuerda Fukuyama, muchas veces son bastante igualitarias y tienen reglas claras sobre la regulación del comportamiento de las personas, así como métodos para hacer cumplir dichas reglas. Los casos de violencia y crueldad en África asociados a casos como los de Somalia o Sierra Leona en la década de 1990 se alejan de dichas estructuras. De ahí que para Fukuyama dichos casos sean mejor comprendidos no apelando a algo tradicional o sumamente antiguo. En lugar de ello es fructífero entender dichos resultados como estando íntimamente vinculados al colonialismo. Es la historia del colonialismo europeo la que incluye brutalidad sistemática hacia las poblaciones indígenas. La principal herencia del legado colonial aquí son Estados débiles sin capacidad para poder ejercer autoridad sobre la población de gobiernan. El vacío de dicha debilidad estatal no fue, para Fukuyama, algo llenado por prácticas tradicionales o ancestrales. Todo lo contrario: dicho espacio fue ocupado por una generación que se organizó para sacar ventaja de la economía global explotando recursos naturales. Es cierto que dichos Estados pueden ser violentos las más de las veces, luego de las independencias, pero (para usar las útiles expresiones de Michael Mann) dicho poder “despótico” es muchísimo más fuerte que el poder “infraestructural” de los Estados europeos.

Lo que instituyó la colonial, y cuyo legado fue una severa debilidad estatal que se ve hasta hoy, se llevó a cabo a través del gobierno indirecto. Lo que hicieron los colonizadores (como el inglés Lugard) fue dejar a la administración en manos de jefes locales elegidos por los ingleses (eran jefes que respondían en última instancia a los ingleses). La idea básica era que dichos jefes locales podrían gobernar bajo sus propias tradiciones y costumbres (lo que algunos llamaban “leyes nativas”), con lo que el costo institucional de la colonia disminuía sustantivamente, pudiendo ser el proceso mucho más eficiente. La búsqueda de estas fuentes fue un incentivo para que la colonización impulsara a la antropología como disciplina, como en los casos de Meek y Evans-Pritchard. Lo que sucedió fue que en muchas regiones los colonizadores no pudieron encontrar a dichos jefes tribales y tuvieron que crearlos. El prejuicio era que todo africano pertenecía a una tribu y con eso lo que terminaron haciendo fue crear tribus donde estas no existían (el estilo de los franceses de gobernar directamente tampoco produjo un resultado muy diferente, su aproximación fue mucho más generalista y liderada por la burguesía, lo cual tampoco pudo funcionar por razones opuestas).

En lugar de modernizar las relaciones sociales, el espíritu del gobierno indirecto era el de congelarlas bajo una imaginada configuración de relaciones de poder. Y como los colonizadores europeos necesitaban de autoridad muchas veces inexistente para poder comprar la tierra, los jefes locales sirvieron (como si fuesen señores feudales) a este proceso donde una autoridad podía alinear propiedad comunal. Otra razón clave de estos jefes, de acuerdo a Fukuyama, fue que también podían servir para cobrar impuestos (con armamento moderno y el apoyo coercitivo de los colonizadores). Fukuyama, siguiendo a Mamdani, concluye que el resultado fue que dichos jefes se volvieron mucho más autoritarios que el Rey Zulu. Podían expropiar tierra, cobrar impuestos, hacer leyes formales y castigar crímenes (una especie de micro sistema dictatoria a nivel local, sin frenos y contrapesos).


La herencia colonial africana

(Continuación del post anterior)

Luego de haber visto algunas tendencias y observaciones generales sobre América Latina (aquí, aquí y aquí), Fukuyama pasa a hacer lo mismo para con África. Si bien hay muchos casos diversos y complejos (democracias estables, cleptocracias autoritarias, Estados fallidos, etc.), lo que le interesa al autor es ver qué patrones son más recurrentes. Uno de ellos es lo que algunos científicos sociales denominan “neopatrimonialismo”. Lo que caracteriza a esta forma de gobierno es que externamente aparenta ser un Estado moderno, con una constitución, Presidente, ministros, sistema legal y demás pretensiones de impersonalidad. Sin embargo, lo que sucede de facto es que el gobierno funciona cooptando y redistribuyendo recursos para la familia y los amigos. Otro elemento qe destaca de esta lógica es su fuerte personalismo. En el contexto de la independencia de los países de la región, la política estuvo centrada a través del presidente, figura que reemplazo nominalmente (aunque no realmente) a la del “Gran hombre”. En ambos casos lo que hay es una persona a la que se le debe lealtad. Esta lógica neopatrimonial utiliza los recursos estatales clientelarmente, con el fin de conseguir apoyo político. Sin embargo, a pesar de lo personalistas que puedan ser los gobiernos, la debilidad de sus Estados (y de sus burocracias) impide que que estos puedan proveer de bienes y servicios públicos a la gran mayoría de ciudadanos, que puedan hacer cumplir la ley, cobrar impuestos o monopolizar el uso de violencia legítima en el territorio (recuérdese las innumerables guerras civiles, los movimientos separatistas, rebeliones, golpes de Estado, etc.).

Para entender esta debilidad estatal estructural, Fukuyama considera necesario remontarse a los legados coloniales de la región. A diferencia de América Latina donde los colonizadores diezmaron a la población e instauraron sus sistemas mercantilistas y autoritarios donde lo social y lo ético no estaban disociados, en el caso de África la colonización empezó muy tarde y no duró mucho. Los colonizadores (influenciados por el racismo biologicista decimonónico) aquí fueron exitosos en desmantelar las fuentes tradicionales de autoridad, pero no pudieron consolidar algo estable en su lugar. Dado que los colonizadores se dieron cuenta que no podían extraer mucho y que el clima tropical era inhóspito, así como la geografía (salvo por pocos casos como Sudáfrica) el resultado fue dejar a la región sin nada cercano a instituciones políticas serias en la décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

El otro elemento clave del legado colonial son las brechas étnicas. Fukuyama argumenta que los conflictos étnicos no son algo tradicional heredado, sino el resultado de la colonización moderna (los grupos étnicos modernos comprenden miles de personas y su referencia a los antepasados es mucho más distante, a diferencia de las sociedades segmentadas estudiadas por la antropología). La autoridad colonial contribuyó a la construcción de dichas divisiones en función a qué grupos le serían más útiles para fines militares o de conquista. Estas divisiones modernas se han ido manteniendo y reconfigurando hoy en función a la división de recursos que se asignan clientelarmente (por ejemplo, si el presidente es de la etnia de uno, es más probable que uno reciba trabajo, obras públicas, etc.). Todo esto tiene su origen en la institución colonial del gobierno indirecto.


Excepciones latinoamericanas

(Continuación del post anterior)

A pesar de existir fuertes tendencias y legados en la región, Fukuyama señala importantes casos que constituyen excepciones a la regla. El primer caso es Costa Rica: una isla pequeña con agricultura tropical (café y plátanos) y con recursos y clima similar a los de El Salvador, Nicaragua y Guatemala, pero que en las últimas seis décadas no ha tenido golpes militares, dictaduras, guerras civiles, escuadrones de la muerte e intervenciones norteamericanas. Desde 1948 es una democracia estable con elecciones competitivas y alternancia de los partidos en el poder.  Dado que los elementos estructurales aquí parecen similares, Fukuyama considera que la diferencia en la trayectoria de dicho país se debió mucho más a las decisiones individuales de sus líderes políticos. En concreto, la coalición política de Calderón era de izquierda, pero moderada. Y cuando fue acusado de ganar las elecciones ilegítimamente, establecieron un tribunal electoral mucho más moderno. Asimismo, cuando los rebeldes conservadores sacaron a Calderón, implementaron una agenda cercana a la suya y luego restauraron el poder a Ulate, el ganador legítimo. El gobierno entrante aceptó formar una asamblea constituyente que fortaleció el tribunal electoral y que extendió el voto a las mujeres. Pero lo más importante para Fukuyama es que en 1949 la constitución abolió el ejército. Esto implicó que la coalición conservadora aceptara renunciar a tener el instrumento coercitivo básico del poder oligárquico en la región. Esto también influyó el desarrollo de una izquierda que renunció a la lucha armada en pro de una agenda social demócrata y reformista. Los principales actores políticos aceptaron regirse bajo las mismas reglas.

El contrapunto a dicho caso, es decir, un país que cumple los requisitos de las teorías estructurales (geografía, clima, población, etc.), y cuyos resultados son opuestos es Argentina. En sus orígenes, su desarrollo fue rápido dado que sus políticas fueron fuertemente liberales, sin las restricciones del mercantilismo de los Habsburgo. Tampoco contaba con élites, como las de Perú y México, que eran herederas de dicho legado social. Sin embargo, hacia la primera mitad del siglo XX Argentina se convirtió en una país de alta polarización política. No contaba con divisiones fuertes en la sociedad, pero las generó junto al personalismo y a la movilización clientelista (algo que dura hasta nuestros días). Las razones de este viraje tienen que ver, para Fukuyama, primero con la gran concentración que había en la propiedad de la tierra (para inicios del siglo XX 50 familias controlaban el 13% de la tierra en Argentina y los terratenientes más grandes tenían ingresos superiores a los presupuestos de los principales ministerios estatales). El otro factor a considerar es la manera ambivalente en que se fue dando la adhesión a las instituciones. Entre 1880 y 1930 tuvo un importante crecimiento económico con una industrialización incipiente. De este proceso surgieron nuevos grupos que demandaban participación en el sistema político. Con la crisis económica de los 30s se abre un período de conflicto donde militares buscaron el poder político con fraude, represión e ilegalidad. Para Fukuyama este quizá fue el principal error de la oligarquía, a diferencia de Costa Rica: el no querer jugar bajo las mismas reglas. El estado de derecho fue severamente debilitado

Lo importante del peronismo que resultó de dicho proceso es que no es clasificable bajo rígidos parámetros de izquierda y derecha. Es cierto que había apoyo a los trabajadores y política social redistributiva, pero el líderazgo militar y las técnicas de movilización tenían rasgos corporativistas cercanos al fascismo.  Perón construyó un partido donde su liderazgo carismático pesaba más como vínculo de lealtad que cualquier programa o ideología coherente (algo que Laclau aceptaría, considerando al populismo como una lógica política y no como un programa ideológico, político o económico concreto). Este legado se expresa en el hecho de que Menen haya tenido políticas neoliberales y los Kirschner políticas más populistas de izquierda. Con Perón se instituyó mucho más fuerte la importancia del liderazgo carismático, pero también la práctica de realizar políticas atractivas en el corto plazo, pero desastrosas en el largo plazo.  Lo que vemos aquí es que frente a condiciones estructurales favorables, fueron las élites (militares, oligarcas, líderes obreros, etc.) quienes tomaron decisiones que redundaron en la una polarización política.

Lo que le importa a Fukuyama con estos dos casos no es refutar una aproximación estructural o materialista para pensar el desarrollo político. Lo que quiere enfatizar es que, dado que el asunto es complejo, resulta claramente insuficiente en casos como estos donde se ve el peso que las decisiones de las élites pueden tener en los futuros legados institucionales. En ambos países es posible imaginar situaciones contra-fácticas donde Costa Rica sigue un camino parecido al de sus vecinos y donde Argentina realiza la profecía de los factores estructurales.


América Latina y la difícil construcción del Estado

(Continuación del post anterior)

A pesar de las herencias coloniales en la región de América Latina, es importante reconocer (hasta cierto punto) que la desigualdad social no era novedad en el resto del mundo. Fukuyama recuerda que hacia 1808 (cuando se inician las guerras de independencia) muy pocas sociedades (quizá Inglaterra, Holanda y Estados Unidos para su población blanca) tenían niveles significativos de igualdad económica y social. El orden agrario, sea más feudal o más vinculado a un autoritarismo estatal o imperial era el que prevalecía. Un signo distintivo en América Latina es que dicha desigualdad estuvo asociada fuertemente a la etnia. Adicionalmente a esto, la otra gran diferencia que si se dio frente a Europa luego de la independencia fue la de una debilidad estatal generalizada. Estados fuertes como los de Prusia y Francia nunca aparecieron en la región (lo más cercano habría sido Chile). Asimismo, el nacionalismo y el fervor patriótico tampoco habrían emergido con la intensidad que se dio en Europa. Los Estados en América Latina, pues, nunca tuvieron una capacidad significativa para dominar y movilizar a sus poblaciones, así como para extraer impuestos. Una hipótesis para explicar la estructural debilidad estatal latinoamericana es la casi ausencia de guerras en la región (variable importante para casos como China, Prusia, Francia y hasta Estados Unidos). Es cierto que la Europa de la posguerra ha sido relativamente pacífica. Sin embargo, ello no debe hacernos olvidar que las décadas (y siglos) anteriores han estado caracterizados por niveles de violencia muy altos (Revolución Francesa, guerras napoleónicas, guerras por la unificación de Italia y Alemania, dos guerras mundiales, etc.).

América Latina ha tenido (y tiene hoy) también niveles de violencia interna muy altos que han afectado de manera decisiva a las poblaciones locales: violencia en las calles, narocrático, guerrillas. A pesar de todo ello, América Latina puede ser considerada (aunque nos parezca extraño o contra-intuitivo) una región más pacífica, en lo que respecta a guerra interestatal (algo que también nota Centeno para pensar el Estado en la región). Siguiendo la tesis de que no todo lo bueno viene junto, podríamos ver dicha historia como una bendición, pero también podríamos reconocer que ha generado legados institucionales problemáticos.

Las guerras de independencia latinoamericanas no sirvieron para construir Estados modernos, ni para transformar la estructura de clase de las sociedades (las élites de dichos movimientos eran mayoritariamente conservadoras).  Tilly es conocido por decir que la guerra hizo al Estado y que el Estado hizo la guerra. Lo que Fukuyama quiere preguntar es por qué en ciertas regiones ha habido justamente más guerras como sí las hubo en Europa. Una posible explicación tiene que ver con que la estratificación de clase está emparentada con la etnia. La violencia en la región fue principalmente interna y reflejaba las profundas divisiones sociales. Desde esta perspectiva no parecía muy atractivo para las élites armar y movilizar a las clases oprimidas (digamos que la idea era que la élite gobernante evitara a toda costa conflictos externos para no tener que pedir ayuda a las masas). Y al mismo tiempo las élites también se encontraban divididas por intereses e ideologías. Otra variable es la geografía de la región, la cual dificultaba también las empresas bélicas (esto impide hasta hoy que los países estén más conectados entre sí, como Brasil con los países andinos y que muchos de los Estados latinoamericanos puedan monopolizar el uso de la violencia legítima en el territorio, como en el caso de Colombia). A esto hay que añadir que la identidad nacional ha sido muy débil en tales países debido a las divisiones étnicas y sociales, fuera de no haberse podido constituir una identidad colectiva a través de una lengua e historia común (como en los países andinos y Guatemala). Finalmente, la intervención de los Estados Unidos fue fundamental ya que mantenía una política conservadora contra la izquierda (Cuba fue la única revolución política exitosa).

Al nivel interno, al abrir la participación política, y en un contexto de modernización sin desarrollo, los políticos tuvieron muchos más incentivos para realizar prácticas clientelares (muy en la línea de Grecia e Italia) que para reformar, fortalecer y modernizar el Estado. ¿Cómo podría cambiarse dicha situación (lo que Geddes llama el “dilema del político”)? A través de crisis económicas. La década de 1980 llevó a profesionalizar los bancos centrales y ministerios de economía, lo cual ayudó a tener mejores políticas macroeconómicas. Sin embargo, ello no quita que fuera de dichas “islas de eficiencia”, los Estados latinoamericanos sean no solamente diferentes entre sí, sino muy diferentes al interior de sí mismos (aquí también resulta pertinente prestar atención a la tardía teoría democrática de O’Donnell).

A pesar de que normativamente no deseemos pagar el costo de decenas de millones muertos en purgas, ejecuciones, encarcelamientos, hambrunas, guerras para la construcción de Estados modernos y fuertes en América Latina (como sí se dio en Europa), sí debemos reconocer que en ciertos casos dichos resultados deseables que vemos en el presente son (como acertadamente Maquiaveló lo intuyó) crímenes cometidos en el pasado. El reto para el desarrollo político de regiones como América Latina es cómo modernizar sin la violencia histórica que caracterizó a Europa (tal es el camino hacia el problema de la modernización).


La herencia colonial latinoamericana

(Continuación del post anterior)

La verdadera diferencia que existe entre América Latina y Occidente no tiene tanto que ver con las condiciones institucionales anteriores, sino que más bien tiene que ver con lo que sucedió después en dicha región: Europa también era bastante autoritaria, jerárquica y desigual durante el siglo XVI. Sin embargo, los países europeos se vieron inmersos en guerras y revoluciones durante los siguientes dos siglos y ello contribuyó a que desarrollaran Estados modernos fuertes y consolidados (y más adelante, instituciones democráticas). Dicho grado de conflictividad y violencia, para bien o para mal, no se dio en América Latina de la misma forma. De ahí que su desarrollo institucional haya sido más lento y que la persistencia de formas autoritarias y desigualdades sociales sea mucho más persistente.

Según Fukuyama, la colonización española tuvo como principal motivo la riqueza. De ahí que los colonizadores se hayan establecido primero en Perú y México. Esto conllevó a la explotación de los indios para la extracción de minerales, lo cual generó que las divisiones étnicas se superpongan a las divisiones sociales (en el caso peruano, un análisis reciente para pensar la relación entre la etnicidad y la desigualdad se encuentra en el trabajo de Thorp y Paredes). Esta estratificación social vinculada a la etnicidad es algo que sigue muy presente en las sociedades latinoamericanas de hoy y para Fukuyama constituye uno de los principales retos de la región. En el caso de las plantaciones de azúcar, lo importante a tomar en cuenta es que su sentido original siempre fue de exportación, ya que las familias no decidirían espontáneamente dedicarse a ello porque no contribuye a la subsistencia de la familia. Dicha economía de escala generó la demandade grandes cantidades esclavos traídos desde África. Esto es importante porque muestra la relevancia estructural que tuvo la esclavitud en la emergente economía burguesa transatlantica (podríamos decir que es el “lado oscuro” de la modernización), cuyo valor en exportaciones era superior al realizado en las sociedades libres.  En los Estados unidos la esclavitud también se vio reforzada con el cultivo del algodón. La diferencia con Brasil y el Caribe es que dicha población pudo reproducirse de manera más exitosa, convirtiéndose luego en una fuente de capital.

Regresando a la colonización española, resulta importante preguntar cómo fue posible que Pizarro y sus hombres pudiesen derrotar a los Incas. Jared Diamond defiende que dicho triunfo se debió principalmente a la tecnología y a los gérmenes que trajeron (dicha posición cuestiona con buenas razones, por lo menos para este caso, la relevancia histórica de la teología y la filosofía). Estos factores habrían contribuido a diezmar a la población incaica. Sin embargo, Fukuyama es escéptico de esta tesis. Recurriendo a la obra de James Mahoney, considera dos cosas: (1) que dicha diferencia tecnológica y biológica también estuvo presente en otras empresas de conquista que no fueron exitosas tan rápidamente; y (2) que la gran cantidad de muertes se dio a partir de la segunda mitad del siglo XVI, lo cual no explica la victoria inicial. Fukuyama considera que la derrota se debió principalmente a la debilidad de las instituciones de los Incas. El Estado incaico era muy débil, por ejemplo si lo comparamos con China luego de la unificación bajo la dinastía Han. Es cierto que su delimitación territorial era bastante amplia. Sin embargo, el control de dichos territorios era extremadamente débil. Al morir Atahualpa (y Montezuma para el caso mexicano) a manos de los españoles, el imperio se fragmentó en múltiples grupos tribales y étnicos y dicha unidad nunca pudo ser constituida de nuevo. Muchos de estos grupos, en este contexto, decidieron aliarse con los conquistadores españoles. Es luego de eso que recién empezó a darse la masiva muerte de indígenas.

Ahora bien, no solamente las instituciones políticas de los conquistados eran débiles (en paralelo es posible decir que también la monarquía española de ese entonces podría ser categorizada con un absolutismo débil). El gobierno español impuso severas restricciones comerciales para las transacciones económicas (mercantilismo), con el fin de poder así extraer la máxima cantidad de riqueza de sus colonias para sí misma. Esto impidió la competencia económica y los efectos, fuera de minar las posibilidades de crecimiento económico, se vieron expresados en que el acceso a los mercados y a los derechos económicos para invertir y producir estuviesen limitados a ciertos individuos o corporaciones favorecidos por el Estado. Esto instituyó que la ruta para la riqueza personal estuviese mediada por el acceso al Estado y a determinadas influencias políticas. El resultado fue la configuración de una mentalidad rentista y no empresarial (los esfuerzos se dirigían a buscar el favor político y no a la actividad económica productiva). Los terratenientes y los comerciantes que se hicieron ricos debían su éxito a la protección política que recibían del gobierno. Para Fukuyama esta fue una severa institucionalización de la lógica patrimonial.

El nacimiento de América Latina tiene pues, para Fukuyama, un defecto de nacimiento: los españoles y portugueses impusieron instituciones mercantilistas y autoritarias en sus colonias, generando lógicas patrimoniales, élites rentistas y divisiones sociales ligadas indesligadas de la etnicidad (esto sobre todo debido a las economías extractivas y esclavistas que instauraron). Cuando dichos países se independizaron, heredaron dichos legados institucionales. Y si bien adoptaron el sistema presidencial norteamericano, su representatividad era puramente nominal (ya que era una misma élite la que gobernaba). Las consecuencias de esto han sido el padecimiendo de problemas estructurales vinculados al crecimiento económico y a la inestabilidad política con fuerte polarización, con olas de crecimiento y crisis, así como de olas de democracia y autoritarismo. Luego de lo que Huntington llamó la “tercera ola” de democratización, podemos ver que hoy América Latina cuenta con democracias formales. Sin embargo, para Fukuyama el principal problema que enfrenta la región sigue siendo uno de sus problemas originarios (la llamada “herencia colonial”): la estructura de clases donde las desigualdades económicas y la etnicidad van juntas.


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