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Imperialismo y antiimperialismo eurocéntrico: “realismo occidental” post-1989 y el retorno espiritual al realismo-racista post-1889

Luego de la Guerra Fría (post-1989), Hobson considera que el eurocentrismo subliminal deviene manifiesto en la teoría de las relaciones internacionales. En lo que respecta al realismo (ahora rebautizado por Hobson para dicha era como “realismo occidental”) se mantiene un pesimismo sobre el futuro de Occidente. Y la medida más viable tiene que ver con poder contener a la nueva “amenaza bárbara” para la civilización y el orden, sea de una manera más defensiva o más ofensiva. Esto para Hobson es un retorno a motivos claves de de los discursos del realismo racista post-1889. La diferencia es que ahora dichos argumentos teóricos tienen como substrato teórico un eurocentrismo institucional y no un racismo científico. Por eso es que Hobson habla de un “retorno espiritual” (las diferencias son evidentes ya no se defiende el genocidio, no el racismo científico, la colonización ya no es admitida, y la soberanía en general se presenta como condicional al respeto a los derechos humanos).

Una primera vertiente del realismo occidental involucra una visión ofensiva del eurocentrismo institucional. Recordemos que aquí, como ya se dijo en el párrafo anterior, la diferencia entre Occidente y el resto radica en factores institucionales y no en fundamentos biológico-raciales. Y el estándar de civilización (“civilizados”, “bárbaros” y “salvajes”) es mantenido bajo las divisiones de sentido común que se dan entre el Primer, el Segundo, y el Tercer Mundo, respectivamente. Dicho estándar se expresa mucho más concretamente a la hora de considerar el grado de estatalidad: el grado de burocratización racional, así como de democracia. En esta línea, Robert Cooper mantiene una distinción análoga entre Estados postmodenors pacíficos (Occidente civilizado), Estados modernos donde la razón de Estado y la guerra prevalecen (Asia, principalmente), y Estados pre-modernos o Estados fallidos donde prevalece un estado de naturaleza hobbesiano (el Tercer Mundo). Estas triparticiones mantienen también el doble estándar de bipolaridad, según el cual las relaciones entre Estados occidentales son diferentes a las relaciones entre Estados occidentales y no occidentales (por ejemplo, cuando los Estados no occidentales no pueden mantener un orden doméstico y democrático, legitimando la intervención neo-imperial occidental). El grado de respeto a la soberanía estatal es mucho más restringido en el segundo tipo de relación.

Esto hace que los Estados occidentales cuenten con una mayor agencia que los orientales. Aquello último es destacado por Hobson como correctivo frente al tópico común sobre la globalización, entendido como proceso que mina la soberanía de “todos” los Estados. Lo que sí hace el realismo occidental es redefinir a la globalización como el catalizador contemporáneo de la  “amenaza oriental” para con la civilización occidental. Y es que, la globalización permite una mayor mobilidad de tecnologías, dando lugar a que grupos terroristas (principalmente islámicos) puedan acceder a armas y atacar a Occidente. Asimismo, la globalización ha contribuido al ascenso de China y a la desintegración del Tercer Mundo.

Por su parte, Robert Kaplan mantiene también un pesimismo, pero para él es África el lugar de donde emergerá el principal problema para Occidente en los próximos años. Hobson recuerda que una influencia teórica fundamental de este diagnóstico se debe a los análisis neo-Malthusianos de Paul Kennedy (el principal reto futuro está basado en el declive demográfico occidental frente al resto del mundo). El otro motivo tomado de Kennedy es que el desarrollo de las sociedades solamente será posible, si es que se adoptan las instituciones occidentales en su totalidad. Esto último es lo que haría de Oriente dejar de ser una amenaza. Sin embargo, Kennedy es escéptico de que ello pueda ocurrir.

Estos diagnósticos, surgidos durante la década de 1990, se vieron agravados luego de los ataques del 11 de septiembre. Y los discursos acentuaron la narrativa de la amenaza bárbara que se encuentra cerca (dotando a Oriente de una agencia mucho más predatoria). De estas concepciones sobre lo internacional surgen diversas respuestas para contener la amenaza. Una primera es la intervención norteamericana en Oriente (Cooper piensa en la expansión de la Europa postmoderna como solución. Niall Ferguson también defiende el imperialismo norteamericano como una fuerza progresista en el mundo). Y si bien uno podría pensar esto como neo-imperialismo, muchos autores consideran aquí a los Estados Unidos como hegemón benigno o democrático. Esto recuerda al utopismo que critica Carr, donde los intereses particulares se presentan como universales. Oriente seguirá en una situación de “falsa consciencia”, a menos que persiga una asimilación cultural occidental. Tal es, por ejemplo, la defensa que hace Rothkopf del imperialismo cultural. Hobson compara críticamente dichas visiones a la autocomplacencia del imperialismo británico decimonónico.

Otra solución surge del hecho de que también existe una vertiente defensiva para con la amenaza bárbara. Sus principales representantes son Huntington y Lind (ellos se asemejan más al eurocentrismo defensivo). El choque de las civilizaciones empieza su diagnóstico lamentando el fin de la Guerra Fría, debido a que ha privado a Occidente de un Otro frente al cual puede constituir y mantener su identidad. El sucesivo desplazamiento teórico hará que sea Oriente quien ahora encarne a ese Otro. Esto se complementa con el diagnóstico neo-malthusiano donde Oriente tiene una comparativa explosión demográfica frente a Occidente. Dicho excedente poblacional buscará migrar a Occidente. Asimismo, Oriente tiene la capacidad y agencia para poder desarrollarse. De ahí que la futura amenaza para la civilización occidental también tenga que ver con el crecimiento de China y del Islam (lo cual implica también un cierto tipo de agencia predatoria).

Finalmente, lo que acentúa este problema para Huntington es la política multicultural occidental, la cual abre sus puertas a la creciente inmigración. Esto atenta contra la pureza cultural de los Estados Unidos (la cultura protestante anglosajona). La solución de que se desprende de esto es una suerte de ideal normativo de apartheid cultural para contener las influencias no occidentales. El control migratorio debe reforzarse, aunque se admite que otras culturas pueden ser asimiladas a la cultura norteamericana (un potencial paralelo cultural con vertientes racistas lamarckistas). Sin embargo, lo que prevalece como medida inmediata es la maximización de la distancia entre Oriente y Occidente.

En suma, estos discurso (propios del realismo occidental contemporáneo) constituyen un institucionalismo eurocéntrico ofensivo que sigue el espíritu de las metanarrativas del realismo racista post-1889.

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Racismo antiimperialista: liberalismo clásico y realismo cultural (1850-1914)

Las variantes que comprende el racismo antiimperialista imagina un mundo dividido entre Oriente y Occidente, donde el mundo está básicamente dividido racialmente (a diferencia de la división cultural/institucional del liberalismo antiimperialista) en tres grupos bajo una jerarquía civilizatoria informal (“blancos civilizados”, “amarillos bárbaros” y “negros salvajes”). Esta posición teórica se opone a las medidas socialistas y al emergente Estado de bienestar porque amenazaban a la vitalidad de la raza blanca, debido a que promovían la supervivencia de los blancos menos aptos para la supervivencia. En cambio, veían a las élites blancas como el grupo social destinado a preservar la vitalidad racial. Adicionalmente, una razón fundamental por las cuales este racismo se opone al imperialismo, es porque debe evitarse el contacto con las razas no blancas, con el fin de evitar todo tipo de contaminación que pudiese contribuir al declive vital de dicha raza. Y es que como el imperialismo tiende a dar residencia y ciudadanía a los no-blancos que migran hacia el país imperial, esta política termina afectando severamente al orden social civilizado de la raza blanca. Además, este contacto aumenta la probabilidad de que las razas se mezclen reproduciéndose, lo cual también es visto como un proceso degenerativo. Finalmente, los blancos que van a las colonias también degeneran la raza por contacto y reproducción, fuera de que  también el vivir en climas no aptos para la raza blanca aumenta la degeneración racial.

Dentro de este grupo diverso, Charles Henry Pearson era uno de los que pensaba que el imperialismo ya no era una opción viable para Occidente, debido a que la agencia de Oriente es concebida de manera predatoria. En este caso es el Occidente el que se ve amenazado por la expansión de las otras razas, expansión posibilitada por la ayuda generada por el imperialismo británico vía las misiones civilizatorias. Esto implica una lectura negativa de la creciente interdependencia entre los Estados, ya que acerca mucho a oriente (esto es lo que Hobson tipifica como “globalización como amenaza oriental”). Asimismo, el clima tropical es perjudicial para la raza blanca, con lo que dicha raza solamente puede florecer plena y adecuadamente en pocos lugares del mundo.

El ejemplo más representativo y emblemático es Herbert Spencer (así como su discípulo William Graham Sumner), cuyo racismo científico lo llevó a defender políticas internacionales antiimperialistas de laissez-faire y un optimismo sobre el progreso teleológico e histórico del desarrollo de las sociedades. Esto acerca a Spencer mucho más a Kant y Smith que a visiones racistas imperialistas (y ello se condice con el propósito del libro de hacer distinciones más matizadas sobre el eurocentrismo que generen paralelos no inmediatamente intuitivos). Se trata pues, de lo que Hobson llama un racismo defensivo que busca mantener la separación entre razas (aunque Spencer sí estaba a favor de la mezcla de razas dentro del conjunto de grupos arios).

La evolución para Spencer se da por la supervivencia del más apto/fuerte en tanto adaptación consciente al medio físico y social (una visión mucho más cercana a Lamarck que a Darwin). El neo-lamarckismo de Spencer supone la interacción compleja entre clima, geografía, vegetación, constitución biológica (emocional, física y emocional), así como los factores sociales de cada tipo de sociedad. Lo que importa de este modelo evolutivo es que el progreso evolutivo es posible vía el aprendizaje (a diferencia de una pura visión darwinista donde lo que es determinante es la mutación aleatoria sin agencia). Esto quiere decir que las razas pueden mejorar vía la selección consciente y la educación. En lo que respecta al proceso histórico, Spencer sí considera (junto a Kant y Smith) que éste es un proceso de desarrollo universal donde todas las sociedades y razas evolucionan unilinealmente desde las sociedades primitivas salvajes y bárbaras hasta la civilización industrial pacífica. Y también comparte con los liberales antiimperialistas la idea de que la agencia oriental es derivada y no condicional, esto es, que Oriente puede desarrollarse endógenamente sin la intervención de Occidente (siguiendo el camino unilineal y natural de desarrollo).

De todo lo anterior se deduce que para que la raza blanca siga manteniendo su vitalidad sea necesario dejar que las leyes del mercado y de la naturaleza seleccionen a los más aptos. Por eso Spencer concibe al Estado de laissez-faire como el estadio evolutivo más avanzado y piensa a la intervención estatal socialista como una medida regresiva que reproduce prácticas primitivas de colectivismo (lo que también se llama “eugenesia negativa”), las cuales impiden que el individualismo civilizado pueda seguir floreciendo (y el colonialismo también involucra una remilitarización de la sociedad, lo que para Spencer es algo profundamente regresivo). Finalmente, Sumner suscribe las visiones de su maestro y enfatiza el rechazo al colonialismo por ser paternalista. El verdadero progreso vital se da vía la competencia y los mecanismos de selección evolutivos, dentro de cada grupo racial (y por eso es que Sumner se oponía al imperialismo de los Estados Unidos, ya que podría prevenir la inmigración no blanca). Y los seres humanos que no resultan aptos, no sobrevivirían y ello contribuirá al progreso de la sociedad en su conjunto.

En síntesis, la crítica al imperialismo desde el racismo defensivo implica para Hobson las siguientes justificaciones:

first, imperialism entails an unacceptable, arrogant paternalist predisposition; second, imperialism undermines non-white and white development, as signalled above; third, imperialism leads to miscegenation and the degeneration of the white race; and fourth, colonialism entails residence in the tropical climate which also leads to white racial degeneration (Hobson 2012: 95).

Por su parte, David Starr Jordan y James Blair también eran racistas antiimperialistas, pero se diferencian de Spencer, Pearson y Sumner por el grado de agencia que daban a las otras razas. En estos últimos, oriente tenía niveles moderadamente altos de agencia, ya que las razas podrían desarrollarse plenamente (Spencer y Sumner), o la raza amarilla se pensaba como un agente depredador (Pearson). En cambio, Blair y Jordan pensaban que la agencia de los no occidentales era extremadamente baja, al punto de que no podrían autodesarrollarse. Finalmente, si la colonización involucra guerra y violencia, ello también perjudica a los blancos que van la guerra y mueren (siendo estos parte de los grupos más aptos de la raza), reduciendo el número de la raza superior (de ahí que una vertiente de este racismo haya llevado a una eugenesia pacifista). De ahí que concluyan que las misiones civilizatorias del imperialismo estuviesen condenadas al fracaso y solamente podrían perjudicar a Occidente. Esta posición es lo que Hobson llama racismo relativista en contraposición al racismo universalista de Spencer y Sumner, donde el criterio ddecisivo es el grado de agencia otorgado a los grupos raciales no blancos.

La conclusión general de este tipo de racismo, al margen de si es más universalista o más relativista es el aislamiento de las razas blancas y la oposición al imperialismo como política exterior de los Estados occidentales blancos civilizados, para prevenir poder prevenir la mezcla y contacto entre razas, proceso que solamente podría terminar en degeneración: tal es el ideal de un apartheid racial internacional.

Eurocentrismo antiimperialista: liberalismo (1760-1800)

Bajo la categoría de eurocentrismo antiimperialista, Hobson va a analizar el eurocentrismo de las teorías sobre lo internacional presentes en Adam Smith e Immanuel Kant, considerados en IR como precursores el internacionalismo liberal clásico. El punto crítico de Hobson es que el antiimperialismo de ambos autores se debe en un eurocentrismo anti-paternalista. Éste comparte la visión de un Occidente civilizado que se opone a un Oriente bárbaro y salvaje, pero sin asumir que los Estados europeos cuentan con híper-soberanía. Esto quiere decir que no hay propiamente un derecho para intervenir en Estados no europeos. Y en lo que respecta a la agencia, a diferencia del caso anterior donde ésta era condicional a la intervención de Occidente, aquí la agencia oriental se concibe como derivada. La agencia derivada supone que el desarrollo occidental puede ser alcanzado endógenamente por los no-occidentales, si es que Occidente no interviene. Estos rasgos son cruciales porque permiten mostrar que acá el liberalismo se caracteriza por un monismo cultural y no por algún tipo de pluralismo cultural. Esta lógica de progreso unilineal lleva a pensar a los Estados bajo jerarquías informales donde la soberanía es gradual (y donde Occidente es el que cuenta con una plena soberanía, por expresar la cumbre civilizatoria del proceso histórico).

Esta visión de Kant se expresa primero cuando éste afirma que sin un consentimiento de los nativos, los europeos no pueden asentarse en sus tierras. Y justamente, la idea kantiana de un derecho cosmopolita es para evitar prácticas imperialistas (y aquí debemos añadir las conocidas leyes kantianas de la “hospitalidad”). Asimismo, Kant defendía que las relaciones comerciales no debían ser desiguales, ni explotadoras. La lectura postcolonial estándar concibe a la expansión de las relaciones comerciales como imperialista, pero Hobson cuestiona esto porque históricamente ha sido Oriente (Chinos, Indios y musulmanes) los que lideraron el intercambio comercial, extendiéndolo hacia Italia. Y nadie consideraría a este proceso como un imperialismo oriental informal. Aquí lo que que explica la discrepancia conceptual es que para Hobson el imperialismo (ya sea éste formal o informal) requiere de un cierto grado de intervensionismo compulsivo. Y Kant no defendía que había que obligar a los no occidentales a entrar en relaciones comerciales, o intervenir generalmente para civilizar a los pueblos bárbaros y salvajes.

¿Cómo entonces se daría el proceso civilizatorio, si es que la posición de Kant es antiimperialista? Lo primero que debe señalarse, y este me pareció un punto interesante de Hobson (aunque controversial), es que Kant es un precursor del racismo científico en sus escritos antropológicos y geográficos. Sin embargo, en sus escritos políticos sobre lo international el racismo no juega papel alguno, al punto de que ambos grupos de escritos entran en abierta contradicción (y ello se condice, a mi juicio, con el hecho de que los académicos que solamente leen sus escritos éticos y políticos tienen a asumir que en general no hay racismo alguno). Menciono esto para reconocer que en otros trabajos kantianos hay racismo, pero que en lo político lo racial no llega a jugar un papel explicativo clave. La solución no racial de esta pregunta es el institucionalismo eurocéntrico kantiano: la historia de la humanidad es concebida de manera teleológica, donde existe un desarrollo lineal y secuencial por etapas que culmina en un Occidente civilizado e idealizado (esto último es importante porque significa que el ideal normativo es tomado del presente europeo, pero proyectado de manera ideal como el fin de la historia, fin al que todavía no ha llegado la humanidad en su conjunto). De sociedades salvajes, pasamos a las bárbaras, para llegar a la civilización republicano-capitalista donde su universalización daría lugar a la federación de Estados y a la paz perpetua.

Y lo que genera este proceso es isomórfico a la “mano invisible” de Adam Smith: es la insociable sociabilidad el motor necesario para el progreso histórico de las sociedades. Entonces, a pesar que no se defiende la intervención, si existe una suerte de deber humano para progresar desde la etapa salvaje hasta la etapa de civilización. Pero como el motor no es vía el imperialismo, lo que se desprende es que dicho proceso es endógeno a cada sociedad. Cada sociedad, si se le deja desarrollarse, tendería a autodesarrollarse siguiendo los estadios por los que ya ha pasado Occidente. Finalmente, es esta lectura la que para Hobson permite entender mejor las discrepancias entre Kant y Herder en torno a la filosofía de la historia (donde el último era mucho más relativismo y el primero fundamentalmente monista).

Por su parte, Adam Smith también comparte con Kant el hecho de ser un eurocéntrico antiimperialista, sustentando esto en un monismo eurocéntrico anti-paternalista. Pero acá, como es de esperarse, el fundamento converge con su concepción de la economía política. Su rechazo al imperialismo tiene que ver con las políticas colonialistas represivas de los europeos (intervencionismo estatal, monopolios comerciales, etc.), donde primaba el mercantilismo y no lo que ahora llamamos liberalismo. En pocas palabras, el colonialismo impone costos económicos y fiscales innecesarios que terminan siendo mayores a los beneficios agregados que los europeos (y los no europeos) recibirían, si es que no se realizaran dichas prácticas. Lo que se desprende de esto es que los Estados estarían mejor sin intervenciones estatales domésticas e internacionales. Pero además (y en convergencia con Kant), Smith no pensaba que las relaciones comerciales debían imponerse en Oriente.

Asimismo, junto con Kant, concibe que si Occidente es superior es por sus instituciones (siendo el ideal civilizatorio la sociedad occidental comercial basada en laissez-faire tomada de Europa, pero idealizada sin los elementos mercantiles presentes en dicho contexto histórico), pero que todas las sociedades podrían progresar hacia esa etapa. Smith veían a America como el estado de naturaleza original, pero siempre con la posibilidad de modernización (esto aplica en general a todas las razas y pueblos). Este proceso involucra la extensión de la división de trabajo, la acumulación de capital y el intercambio mercantil. Y como en Kant, este proceso puede darse endógenamente y sin intervención occidental, asumiendo una visión de progreso histórico lineal. Esto se debe a que para Smith la sociedad comercial está fundada en la naturaleza humana. De ahí que aquí también la agencia oriental sea concebida como derivada y donde la jerarquía es informal, pues es fundada en qué tanto se han adoptado las instituciones que Occidente generó endógenamente primero.

La “evolución” del concepto de “Imperialismo” en Haya de la Torre (1)

He estado revisando el primer capítulo del último libro de Nelson Manrique, <<¡Usted fue aprista!>> Bases para una historia crítica del APRA (Lima: PUCP/ CLACSO, 2009). En él se aborda la relación de Haya de la Torre y el antiimperialismo. Lo que me interesa es presentar los cambios discursivos, ideológicos y conceptuales que Manrique presenta, ya que nos permite comprender de una mejor manera, a mi juicio, los cambios en las ideas de uno de los pensadores políticos peruanos más importantes del siglo XX. Me interesa comentar este texto, ya que me gustaría la posibilidad de hacer algo relativo a la historia política peruana y al pensamiento político peruano como posible eje central de la tesis de maestría que debo empezar este año.

Debemos empezar citando el inicio del capítulo, ya que sintetiza muy bien lo importante que es comprender los cambios que la noción de “imperialismo” ha tenido a lo largo de la vida y obra, tanto intelectual, como política, de Haya de la Torre:

Según sus textos fundacionales, la lucha contra el imperialismo define la identidad del Apra como organización política. Por algo el punto número uno de su programa político, publicado en 1926, reza: “Acción contra el imperialismo yanqui”. Los textos iniciales de Haya de la Torre están teñidos de un fuerte antiimperialismo y esta opción es considerada un elemento decisivo de la doctrina aprista (27).

El artículo “‘¿Qué es el Apra?” (1926) declara la naturaleza antiimperialismo del movimiento fundado por Haya de la Torre (no debemos olvidar que es este artículo el que conforma el primer capítulo de una de las obras más importantes de Haya de la Torre: El Apra y el antiimperialismo):

Encabezando el artículo <“¿Qué es el Apra?”>, figura una declaración que fija la naturaleza del naciente movimiento: “La lucha organizada en América Latina contra el imperialismo yanqui, por medio de un frente unido internacional de trabajadores manuales e intelectuales con un programa de acción común, eso es el APRA”. Haya señala que estaban trabajando para organizar el gran frente unido antiimperialista latinoamericano y buscaban incluir a todos aquellos que luchaban “contra el peligro norteamericano en América latina” (28).

Lo más importante es que Haya de la Torre ya aquí consideraba que podría haber algo así como un “lado bueno” del imperialismo que debía aprovechar América Latina, al mismo tiempo que lidiara con lo “malo”, a través de un “Estado antiimperialista”:

Haya consideraba al imperialismo un fenómeno dual, con un lado malo -su expansionismo agresivo- y uno bueno, que era que con él venía la industria, la técnica y el progreso. Basándose en Lenin, sostenía que en Europa y en el  mundo desarrollado el imperialismo era la etapa superior y final del capitalismo, mientras que en los países atrasados era la primera etapa del capitalismo, y por lo tanto, era de carácter progresivo. El problema, pues, era cómo tratar con él, de tal manera de aprovechar sus aspectos positivos y neutralizar los negativos. La alternativa era la unidad de los pueblos indoamericanos y la construcción de un “Estado antiimperialista”, que tratar en condiciones de igualdad con el imperialismo (32).

Lo interesante que señala Manrique es que, a pesar de discrepar con Mariátegui, Haya de la Torre mantiene supuestos filosóficos marxistas. Podemos ver esto en la idea de comprender la lucha de clases sociales como motor, la captura del poder por parte de los trabajadores, socializar los medios de producción y, sobre todo, pensar al Estado como instrumento de dominación de clase.

Las clases medias eran las que debían liderar la lucha de dicho frente multiclasista de lucha contra el imperialismo, ya que serían las clases más afectadas por éste. La idea era tomar el poder para instaurar un “Estado antimperialista” que pudiese desarrollar a América Latina con el capitalismo, pero sin la explotación que el imperialismo ejerce. Obviamente no hay una idea muy clara de qué es lo que sería un “Estado antiimperialista”.

Es en 1930, después de la muerte de José Carlos Mariátegui, que Haya de la Torre cambiará su posición acerca del imperialismo de manera sustantiva. En 1931, Haya de la Torre desembarca en Talara, buscando iniciar su campaña electoral (recordemos que había sido exiliado por Leguía años atrás). Manrique cita el discurso que dio ahí, donde afirma que la nacionalización de la International Petroleum Company. Asimismo, es necesario añadir como testimonio las mejoras sustantivas que los trabajadores de la Northern consideraban que poseían como asalariados, frente su anterior estatuto feudatario. En 1936 se publica El Apra y el antimperialismo, donde ya uno puede ver diferencias sustantivas con el Haya de la década del 20, mucho más “radical”, “revolucionario” o “categórico” en sus propuestas.

Aun en El antimperialismo y el Apra ya hay cambios con relación a los planteamientos que Haya defendía durante los años 20. Haya de la Torre ha meditaizado su discurso: habla de “imperialismo”, genéricamente, y ya no de “imperialismo yanqui”, como lo hacía diez años atrás (34).

En 1933 Haya de la Torre sostenía que la naturaleza del imperialismo había cambiado. Esto lo afirmó en un texto compilado en La defensa continental, de 1941 (no olvidemos que El Apra y el antiimperialismo fue publicado 1936).

Desde 1933, con el advenimiento del Presidente Roosevelt se produce un saludable e insólito cambio de frente en la actitud de Washington hacia nuestros pueblos. La Política del Buen Vecino, enunciaba vagamente en los primeros años de la administración del mandatario demócrata se define y fortalece después. Aparece claro el deseo de establecer un sistema de relaciones más justas entre ambas Américas. La iniciativa del Presidente Hoover para retirar de Nicaragua a los marinos invasores que combatían al heroico Sandino se completa con hechps más concretos al devolver la soberanía política a Santo Domingo y Haití, al abolir la Enmienda Platt que pesaba como una cadena sobre la constitución de Cuba y al asegurar mayores garantías a panamá en 1938(VRHT 1976-1977: vol. 4, 236) (36).

Manrique trata de comprender de manera más profunda dicho cambio, considerando variables estructurales e históricas, no creyendo ingenuamente lo que el “dicurso oficial” norteamericano dice al respecto:

Haya basa su análisis en los cambios producidos en el discurso de la administración demócrata norteamericana y el repliegue de los Estados Unidos en América Latina, pero esta debiera ponerse en el contexto de las dificultades que afrontaba la potencia imperialista en medio de una grave crisis. Estados Unidos, golpeado por la Gran Depresión, primero, y ocupado en otros problemas por su participación en la Segunda Guerra Mundial, después, se vio obligado a replegarse sobre sí mismo y su presencia en América Latina se hizo menos conspicua. El espacio que permitió este repliegue puso en marcha intentos de modernización con cierto grado de autonomía por la vía del populismo y la política de industrialización de sustitución de importaciones en varios países de América Latina -Brasil y Getulio Vargas, Argentina y Perón, México y Lázaro Cárdenas, Chile y Gutiérrez y hasta Bolivia y el MNR-, que en cierto momento de su desarrollo llevaron a enfrentamientos con el imperialismo norteamericano. Pero para Haya los cambios que se experimentaban eran consecuencia del deseo de la administración norteamericana “de  establecer un sistema de relaciones más justas entre ambas Américas” (36, 37).

Para concluir esta primera entrega, podemos ver cómo es que el imperialismo ha ido siendo cada vez menos radical y confrontacional. Podríamos decir, quizá, menos “antagónico”. De ser estrictamente “yanqui”, a ser imperialismo “a secas” y a considerar que EEUU ha cambiado su política en beneficio de América Latina.

***

En todo caso, lo que sería interesante será poder ver en qué medida el vocabulario de Haya de la Torre puede ser considerado, siguiendo lo propuesto por Laclau, como compuesto de “significantes vacíos” que siguen una lógica equivalencial propia del populismo (Cfr. La razón populista).

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