Eurocentrismo subliminal ortodoxo: del realismo clásico al neorealismo (1945-1989)

Después del fin de la Segunda Guerra mundial hubo un cambio epistémico sustantivo en la teoría de las relaciones internacionales. La visión del establishment sobre la historia de la disciplina en este punto veía al neorealismo como una teoría mucho más científica y positivista que la del realismo clásico, y donde cualquier tipo de de sesgo eurocéntrico anterior habría sido dejado de lado. Lo que Hobson quiere destacar como relectura crítica es que la teoría internacional post-1945 de tipo realista abandona el racismo científico, pero mantiene una aproximación eurocéntrica que Hobson denomina “institucionalismo eurocéntrico subliminal” (y que devendrá manifiesto luego del fin de la Guerra Fría). ¿En qué consiste dicha aproximación eurocéntrica? Lo primero que queda claro es que todo tipo de distinción y jerarquía del tipo anterior (“civilización/ barbarie”, “blancos/no-blancos”) es abandonada. Y las pretensiones de las teorías luego de la revolución conductista en la ciencia política (y del “segundo Gran Debate” en las Relaciones Internacionales) son explicar lo internacional sin apelar a valores subjetivos, así como apuntar a un mayor universalismo que pueda explicar a los Estados, al margen de sus distinciones idiosincráticas (un giro, digamos, más positivista). A pesar de este, para Hobson lo que va a permanecer es una visión bastante provincialistaEl realismo clásico y la teoría de la estabilidad hegemónica mantienen una “teoría eurocéntrica del big bang de la política mundial”. El argumento, en analogía con los casos anteriores ya mencionados, es que los excepcionales europeos primero crearon para sí mismos un sistema internacional estatal y capitalista, sistema (o civilización) que luego exportaron al resto del mundo, sea vía imperialismo, hegemonía o ambos. Finalmente, en el caso del neorealismo de Waltz, lo que va a primar es una concepción de unidades igualmente soberanas en un sistema, visión que termina siendo negligente para con la recurrente jerarquía y prácticas imperiales en la historia de las relaciones internacionales.

En torno al realismo clásico de autores como Morgenthau y Carr, el aspecto eurocéntrico de sus análisis sobre lo internacional se expresa en el hecho de que sus marcos explicativos asumen (como ya se anunció) un análisis provincialista donde la política internacional occidental es presentada como la política mundial (lo particular se presenta como lo universal). En el caso de Morgenthau, ello se ve claramente cuando analiza el imperialismo y lo define básicamente en oposición al status quo. La idea es que los Estados que no buscan mantener la distribución de poder existente en el sistema internacional serían los que realizarían políticas exteriores de tipo imperialista. El problema es que con esa definición, cualquier tipo de política que busca cambiar el estado de cosas es imperialista y cualquier tipo de política de los Estados imperiales por mantener el status quo sería no imperialista. Y fuera de los problemas conceptuales y lógicos, empíricamente no se hace plenamente inteligible las políticas de los Estados imperiales durante el siglo diecinueve y veinte, debido a que los Estados imperiales no expandieron sustantivamente sus territorios en la mayor parte de dichos períodos. Otro muestra de eurocentrismo tiene que ver con que el libro principal de Morgenthau (Politics Among Nations) fue reeditado varias veces durante los procesos de descolonización. Pero en lugar de que ello sirva para pensar la agencia de los Estados orientales, Morgenthau lee el proceso solamente como un triunfo occidental puro, donde la victoria se debe esencialmente a las ideas morales occidentales (por ejemplo, ideas como autodeterminación nacional y justicia social).  Esto supone que es Occidente el que crea endógenamente estas ideas, las cuales son meramente emuladas por Oriente.

Finalmente, el elemento más importante del eurocentrismo de Morgenthau (y que subyace a los aspectos ya mencionados) es la “teoría eurocéntrica del big bang de la política mundial”. La evidencia empírica que sirve de base (y habría que añadir que es algo medianamente recurrente en el mainstream) es la paz de Westfalia de 1648. Es ahí donde nace realmente el sistema internacional moderno, sistema que luego habría sido expandido y difundido hacia el resto del mundo. Y luego de ese advenimiento el sistema internacional habría tenido dos eras. La primera es la que concierne a “lo internacional aristocrático” (desde 1648, hasta el siglo diecinueve) y la segunda es la era del “universalismo nacionalista” (siglo veinte). El período aristocrático sería el momento donde el balance de poder habría generado una relativa paz y cooperación entre los Estados. En cambio, el período nacionalista habría roto ese balance de poder, generando la era de la guerra total. Lo que habría permitido que el balance de poder funcionara en la era aristocrática es que los gobernantes gozaban de una mayor autonomía estatal y (sobre todo) que compartían normas europeas y aristocráticas que restringían la pura búsqueda de poder. El problema es que con las revoluciones democráticas y el surgimiento de los nacionalismos, dicha autonomía y dicho consenso normativo fueron quebrados; el primero debido a la creciente necesidad de contar con el apoyo de las masas, y el segundo debido al reemplazo de normas nacionalistas que conducían hacia el conflicto bélico. Los resultados de este proceso (el advenimiento del universalismo nacionalista) son la ausencia de una opinión pública común, el rol marginal del derecho internacional y la ausencia de restricciones normativas para que el balance de poder restrinja la ambición de poder. Como puede apreciarse, en esta narrativa Morgenthau piensa al sistema internacional en su conjunto vía la historia europea.

Por su parte, Carr concibió tres eras clave en la historia de las relaciones internacionales. La primera fue la de “lo internacional monárquico” (1648-1815), la segunda es la de “lo internacional burgués” (basada en la Pax Britannica, 1815-1919). La primera es bastante convergente con el período aristocrático de Morgenthau, y la segunda termina también afirmando la estabilidad del sistema por estar igualmente basada en un alto grado de autonomía estatal y de normas pacíficas. Finalmente, la tercera era es la de la “nación socializada”, la cual es congruente con el universalismo nacionalista de Morgenthau. Dicha era fue la que habría dado lugar al período de guerra total entre 1914 y 1945. Como puede apreciarse, el proceso aquí también es similar al de Morgenthau: la extensión de la ciudadanía y el cambio en las normas internacionales es el principal motor de cambio a nivel internacional. Y en ambos casos, la historia del sistema internacional es una historia puramente intra-occidental. La ironía de Carr es que su correctivo metodológico realista para cuestionar la universalidad del idealismo como estando basada en intereses particulares, termina aplicándosele a su propia explicación histórica sobre cambios en el sistema internacional.

La teoría neorealista sobre la estabilidad hegemónica para Hobson mantiene un imperialismo eurocéntrico paternalista subliminal. Aquí Hobson se centra básicamente en la teoría de Gilpin (1981). Por más que la teoría busca ser explicativa sin sesgos, lo que termina haciendo es presentar como acciones universales de todo hegemón posible lo que históricamente han hecho los grandes poderes anglosajones  (y habría que recordar que el contexto de la teoría es la percepción que existía sobre el declive de la hegemonía norteamericana). Lo interesante aquí es que si bien la teoría se presenta como realista, hay ciertos supuestos cruciales del realismo que tienen que abandonarse para que la teoría pueda funcionar. Estos elementos exógenos son en última instancia etnocéntricos y paternalistas, de acuerdo a Hobson.

Aquí también se mantiene la teoría endógena del big bang: el hegemón surge de manera inmanente gracias a sus proprios esfuerzos (tanto el caso británico, como el estadounidense responden a dicha lógica excepcional). Una vez que el hegemón surge resulta natural para Gilpin que dicho Estado quiera convertir su poder en hegemónia en el sistema internacional. Empíricamente el sesgo es que se presentan siempre casos occidentales, que si bien eran potencias, lo eran más intra-occidentalmente que internacionalmente. Hobson recuerda que hasta el siglo diecinueve las verdaderas potencias han sido no occidentales (y esto es dejado de lado en Gilpin, y en autores como Kennedy): China, India, los otomanos, y la dinastía Safavid.

Lo que no se condice con la lógica realista es el hecho de que una potencia querría ser hegemón, si es que ello implica pagar los costos de la estabilización del mundo, beneficiando a Estados que no pagan dichos costos, y donde la recompensa última es el declive relativo frente a nuevos poderes emergentes. Asimismo, tampoco queda claro por qué el hegemón no podría preveer su futuro declive y hacer algo al respecto, ya que se supone que es el Estado con mayor visión de futuro. Una pura lógica realista de Estados que buscan sobrevivir en el sistema anárquico a través de mantener o maximizar su posición relativa en el sistema no puede hacer inteligible el rol del hegemón presentado por Gilpin. Y estamos hablando directamente de dos casos cruciales para las relaciones internacionales: los Estados Unidos y Gran Bretaña.

Además, Gilpin distingue entre hegemones y poderes imperiales. Los Estados Unidos y Gran Bretaña han sido hegemones liberales, mientras que la Unión Soviética ha sido un poder imperial autoritario. Y salvo el caso soviético, el mundo moderno progresivamente ha sido gobernado por hegemones liberales no imperialistas, mientras que el mundo pre-moderno estaba basado en el ciclos de imperios despóticos (lo cual recuerda a la idea de los “despotismos orientales”). Sin embargo, para Hobson esta diferencia conceptual no tiene sentido cuando uno ve las prácticas imperiales de los hegemones liberales. La manera en que Gilpin justifica la distinción es bajo la idea de que los poderes imperiales europes son civilizatorios, debido a que la transferencia de capital y tecnología desarrolla a los países subordinados al orden hegemónico, en lugar de meramente explotarlos. Hobson puede seguir manteniendo que Gilpin es eurocéntrico e imperialista acá, dado que su vocabulario admite imperialismos paternalistas y no puramente explotadores (como en los casos de Angell y de Hobson). Esto se vería reflejado en el orden internacional construido por los Estados Unidos luego de la Segunda Guerra Mundial: La difusión del libre mercado y de principios liberales cumple el rol de la misión civilizatoria.

En lo que respecta al declive del hegemón, el primer problema se debe a los Estados vividores (“free-riders”), los cuales gozan de los beneficios que provee el hegemón, pero sin pagar los costos. Esta explicación supone que el declive es culpa de los demás Estados (especialmente los no occidentales), lo cual se relaciona con la idea eurocéntrica de la “carga” del hombre blanco (Kipling). Y si bien es cierto que pueden ser también occidentales, en los análisis de Gilpin son los Estados orientales los que son cuestionados (Japón y los países asíaticos emergentes). La comparación de Gilpin es con las hordas bárbaras que acaban con el Imperio Romano (y también se vincula con los tópicos de la “amenaza bárbara” que ya han sido vistos). En última instancia la teoría está basada en una metanarrativa eurocéntrica (eurocentrismo anglosajón) de tipo paternalista. Hobson considera que su verdadero nombre debería ser “teoría de la estabilidad occidental”.

El caso de la teoría estructural de Waltz constituye el caso más difícil para detectar eurocentrismo, debido a que la teoría pretende aplicarse a todo tipo de Estado, al margen de sus idiosincracias domésticas e históricas particulares. El eurocentrismo subliminal va a radicar aquí en el etnocentrismo norteamericano que la teoría presenta hacia el final del libro más importante de Waltz (Theory of International Politics), fuera de contar también con un cierto grado de paternalismo. Lo que se obvia con el realismo estructural de Waltz son los mecanismos jerárquicos presentes en el sistema internacional, antes y después de 1648 (siendo este último período donde hay una mayor proliferación de jerarquías imperiales internacionales). Y son estas jerarquías las que han sido mucho más recurrentes en la historia (1800-1980) que la idea waltziana de un sistema anárquico internacional de unidades igualmente soberanas. Esto último ha sido más bien la excepción, y es este aspecto de la teoría el que expresa un eurocentrismo subliminal (ya que el colonialismo aparece como algo no medular para la teoría). Otro elemento eurocéntrico crucialen Waltz tiene que ver con su conocida tesis estructural, según la cual los sistemas bipolares (como el de la Guerra Fría) son más pacíficos y estables que los multipolares (como los que habrían dado lugar a las dos guerras mundiales). Lo que Hobson va a señalar es que esto solamente es verdad si uno colapsa a la política mundial con las relaciones internacionales intra-occidentales. Y es que las relaciones entre países occidentales fueron pacíficas solamente porque los conflictos entre los Estados Unidos y la Guerra Fría fueron desplazados hacia África, Asia y América Latina. Son esos conflictos e intervencionismos el costo que se pagó para que Occidente pueda contar con una relativa paz. Piénsese que para los seres humanos que vivieron en países no occidentales durante el período 1947-1990 la tesis de que dicho período fue extremadamente pacífico resultaría demasiado extraño, por decir lo menos. Y lo mismo podría decirse de la “larga paz” decimonónica en Europa, pues los conflictos fueron también desplazados hacia el Oriente colonizado.

La teoría del Waltz normalmente es diagnosticada como ahistórica (una crítica común hecha desde su publicación), pero lo que Hobson añade a esta crítica es la nominación de dicha operación como “tempocentrismo”, la cual consiste en extrapolar una configuración del presente hacia el pasado, con el fin de representar toda la historia bajo un mismo esquema (lo cual se expresa en el hecho de que Waltz considere que las relaciones internacionales han sido relativamente constantes a lo largo de la historia humana). Y lo que principalmente se proyecta hacia el pasado, como ya se ha ido mencionando, es el hecho de que las unidades del sistema son igualmente soberanas (el componente de la estructura según el cual las unidades son funcionalmente indiferenciadas), lo cual es totalmente negligente con el imperialismo europeo en la historia de las relaciones internacionales. El principal contraejemplo para la teoría estructural de Waltz, y que evidencia el cargo de tempocentrismo es China. Es razonable considerar a China como el Estado más poderoso (1100-1800). Pero su liderazgo en la región del este asiático no generó ningún tipo de balance de poder, como el realismo estructural de Waltz lo esperaría. Además, China muestra un claro ejemplo de jerarquía bajo un sistema anárquico. Y en la propia historia de China, en el período de de los Reinos Comatientes no prevaleció el balance de poder. Todo lo contrario: la dinastía Qin logró derrotar a todos y unificar a China, algo que el neorealismo no vería como resultado viable.

Finalmente, hacia el final de su Teoría Waltz destaca que los Estados Unidos operan en el sistema mantienendo cierta paz y contribuyendo a resolver los problemas demográficos, ecoólogicos y de proliferación. Waltz no considera este rol como imperialista por no ser explícitamente explotador, aunque Hobson siempre podrá responder (como con el caso de Gilpin) que hay variantes de imperialismo, y que éste sería una de ellas. El problema más importante (al margen la categorización de Hobson) es que este diagnóstico no se condice con la teoría que Waltz ha venido desarrollando, ya que los Estados (de acuerdo a la teoría) van a buscar un mínimo de poder que permita mantener su supervivencia y posición en el sistema. Ningún Estado se sacrificaría por el bien de los demás. Asimismo, si esos costos son aprovechados por los Estados débiles (“free-riders“), entonces sí resulta importante el rol que los Estados débiles pueden tener en la producción y reproducción del sistema internacional (esto último contra el hecho de que el enfoque de Waltz se centra en los Estados occidentales más poderosos del sistema). En síntesis, Hobson considera que la teoría de Waltz (por más parsimónica que se presente) termina siendo negligente con algo tan importante en las relaciones internacionales como lo es el imperialismo occidental, así como (en general) las interacciones entre Oriente y Occidente.


Imperialismo racista y eurocéntrico: realismo racista, liberalismo racista y liberalismo/fabianismo “progresista” eurocéntrico (1919-1945)

Aquí Hobson, en la misma línea que en la entrada anterior, señala que en la historia del establishment sobre los orígenes de la disciplina resulta llamativo que no se vea el realismo político previo a la post-guerra (recordemos que usualmente los nombres que suelen mencionarse son Carr, Morgenthau y Niebuhr, entre otros). Asimismo, en el caso de los llamado liberales, resulta significativo que se omita la dimensión imperialista y racista que se encuentra explícitamente presente en muchos de dichos escritos (siendo el caso más emblématico el de Woodrow Wilson). Esta tarea de relectura crítica converge, como se dijo antes, con la crítica que Carr hizo en su momento a la falsa pretensión de universalidad hecha por posición utópicas. Siguiendo esta línea interpretativa, el “idealismo” sería un discurso que buscaría mantener el status quo (léase: la hegemonía occidental imperial, principalmente la británica).

Nicholas Spykman es uno de los ejemplos más representativos de un realismo político basado en un racismo científico. Y de manera provocadora, Hobson cita pasajes donde las conclusiones realistas son indistinguibles de las que haría Mearsheimer (2001), aunque éste último no sustente su teoría del realismo ofensivo en un discurso racista. Otro paralelo se hace con Halford Mackinder y su diagnóstico sobre las potencias mundiales, el cual converge de manera precursora con lo que autores como Kennedy y Gilpin escribirían varias décadas después.

Algunos de los pensadores geopolíticos analizados por Hobson concebían al Estado como un organismo, el cual requería de un “espacio vital” para la raza que vivía en él. La idea es que las razas exitosas necesitarían de un mayor espacio vital. Esto supone un discurso racista donde el medio ambiente juega un papel tan importante como el del componente genético-biológico. Y es por eso que, a diferencia de los realistas de la post-guerra, la anarquía del sistema internacional (que es importante) cuenta menos que el proceso evolutivo que genera el conflicto entre Estados definido como un conflicto entre razas y naciones. Los Estados de mayor tamaño resultan desde esta perspectiva preferibles a los pequeños, y el aumento de tamaño se realiza vía prácticas colonizadoras. Esto beneficiaría tanto al Estado colonizador, como al territorio colonizado, debido a que la colonización promovería un desarrollo económico acelerado. Sin embargo, este proceso también conlleva a una posición de exterminio indirecto.

Obviamente, el imperialismo que se desprende de dichas teorías depende mucho de la nacionalidad del autor. Spykman consideraba que Estados Unidos debía colonizar América del Sur para garantizar la autosuficiencia militar estadounidense. Asimismo, también concebía que las razas inferiores debían mantenerse como fuerza de trabajo en función a las razas superiores, debido a los límites que el clima imponía. Haushofer pensaba que el expansionismo alemán requería de una alianza con los rusos (Hobson aquí nos recuerda que por eso Haushofer celebró la alianza que Hitler hizo con la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial y que se opuso a su fin en 1941), así como con Japón, China e India, con el fin de poder derrotar a Francia, Inglaterra y a los Estados Unidos.

En el caso de Hitler, resulta evidente que la colonización era un objetivo fundamental del Estado alemán. Pero el discurso racista que involucra el nazismo hacía imposible la socialización de razas inferiores en la cultura alemána. Y cualquier tipo de mezcla o contacto racial solamente traería degeneración. Este aspecto sobre el discurso racista es clave por determina como necesaria la política de exterminio en el proceso de expansión imperial. A diferencia de Hitler, Ratzel concebía que la mezcla de razas podría rendir buenos frutos, debido a que era posible mejorarlas (esto lo acerca a posiciones neo-Lamarckistas). En cambio, el medio ambiente en Hitler a lo mucho terminaba siendo una suerte de “variable interviniente”, ya que lo central se jugaba en la sangre de cada raza. El otro elemento que diferencia a Hitler de autores como Haushofer es el anti-semitismo. Esto llevó a Hitler a elaborar una imagen de la amenaza judía tan diversa como contradictoria: los judíos podían ser tanto el capitalista banquero como el bolchevique revolucionario. El judaísmo se encontraba diseminado en todo. Y dado que la mezcla y el contactosolamente trae degeneración, la política de la Solución Final es una consecuencia lógica de dicho discurso (esto a diferencia de otros autores como Haeckel, quien sostenía que los judíos sí podían y debían ser asimilados en la sociedad alemana).  A esto hay que añadir que otros discursos racistas temían la amenaza de otras razas por su crecimiento demográfico. Pero en el caso de Hitler, es muy llamativo que la población judía haya sido de alrededor del 0.76 por ciento del total de alemanes (Hobson 2012: 164). Otro elemento problemático del discurso es que otra crítica anti-semita se basaba en el hecho de que los judíos buscaban mantener una pureza racial, algo que Hitler irónicamente celebraría para el caso de la raza aria. La pregunta es entonces cómo un grupo tan pequeño habría degenerado tanto al pueblo de la raza superior. Estos rasgos del discurso racista de Hitler lo diferencian de los pensadores geopolíticos imperialistas alemanes, acercándolo más a autores como Gobineau.

Por otra parte, el racismo imperialista también se encontraba en autores considerados como liberales y de izquierda, cuestionando una vez más el supuesto de que el racismo científico solamente sería convergente con posiciones políticas de derecha. Lo que unifica al imperialismo racial “progresista” es la creencia en el rol civilizatorio que el imperialismo occidental tiene en el mundo (lo cual era posible por un racismo más de tipo lamarckista). Básicamente es Occidente el que tiene la tarea de exportar las instituciones racionales a las sociedades atrasadas. Estas visiones son congruentes con el sistema de Mandato de la Liga de Naciones (la idea de que las razas no civilizadas no estaban listas para poder autogobernarse). El caso más importante aquí, por su influencia política y académica para las relaciones internacionales, es Woodrow Wilson. Lo que Hobson quiere hacer es mostrar que Wilson posee presupuestos racistas que han sido negligentemente obviados en la recepción que hace el mainstream de la historia de la disciplina. Pero para Hobson estos supuestos racistas son clave para poder entender cosas como el rechazo a la igualdad racial de Japón en la conferencia de París.

Esta relectura de Wilson también permite explicar por qué fue que éste se opuso a que los negros en Estados Unidos tengan derechos políticos y protecciones en el sur, siendo también un promotor de la segregación institucionalizada (por ejemplo, prohibió estudiantes negros en Princeton cuando fue Presidente de dicha institución), así como de la legitimidad que el Klu Klux Klan podían tener. Finalmente, también se opuso a la migración no blanca en los Estados Unidos. Wilson suscribía un racismo neo-lamarckista, donde (como ya se ha mencionado) las razas podían ser mejoradas a través de la educación colonial. Esto dota a las razas inferiores de una agencia condicional a la intervención civilizadora occidental.  Además, en su tratado sobre el Estado, Wilson también asume una lógica de inmanencia endógena donde el desarrollo de un estado democrático es un producto puramente occidental y debido a los esfuerzos arios y teutónicos. Su concepción de la democracia era elitista y dependía del “carácter” (auto-control y auto-disciplina). Es por esa superioridad que dichas razas estaban llamadas a tutelar y civilizar a las inferiores. Y solamente luego de un período evolutivo largo sería posible dejar que las razas inferiores mejoradas se autogobiernen de manera civilizada.

Finalmente, Leonard Woolf representa una posición imperialista y paternalista no basada directamente en argumentos raciales. Criticó el racismo científico como un sinsentido, y sostuvo que el conflicto internacional no se debe a diferencias raciales, sino que tiene que ver con el imperialismo occidental que ha sido profundamente coercitivo. Sin embargo, su justificación es paternalista. Para él, no se debe de abandonar a las colonias africanas, ya que ello solamente permitiría una explotación occidental no regulada. En lugar de eso, y de manera similar a John A. Hobson, lo que debe hacerse es un imperialismo donde la exportación de instituciones y la asimilación sea selectiva, en función a qué tan primitivos son los colonizados. Zimmern también compartía la ansiedad sobre el grado de amenaza que podrían constituir Oriente. De ahí que defendiese la restauración del imperio británico, el cual garantizaba estabilidad por el prestigio que representaba en gentleman inglés. El conflicto bélico entre razas se daría básicamente por las diferencias raciales distributivas y por el grado de civilización. Sin embargo, es posible evitar el conflicto futuro vía el rol civilizatorio del imperio británico y del tutelaje que podría brindar a los pueblos atrasados. Solamente el imperio podría mantener el orden entre las diferentes razas. Lo importante de haber reseñado estos discursos es que, hacia el final del libro (Spoiler alert!), Hobson buscará mostrar cómo es que mucho de estos motivos eurocéntricos regresarán de manera mucho más manifiesta depsués del fin de la Guerra Fría (1989), siendo uno de los casos más emblemáticos la visión de Samuel Huntington sobre el choque de las civilizaciones.


Antiimperialismo y los mitos de 1919: Marxismo, eurocentrismo y realismo-cultural racista (1914-1945)

Lo importante de entrar a este contexto histórico para la teoría de las relaciones internacionales, luego de haber empezado el recorrido desde 1760, es que permite ver mucho más críticamente la lectura del establishment sobre los orígenes de la disciplina (IR). Recordemos que la lectura tradicional considera que el estudio de las relaciones internacionales surge luego de la Primera Guerra Mundial, como una empresa noble que tiene por propósito principal el resolver el problema de la guerra. Esta lectura se encuentra en uno de los textos clásicos de la disciplina: La crisis de los veinte años de E.H. Carr. Lo que Hobson quiere hacer aquí es mostrar que no hay un nacimiento de la disciplina ex nihilo, y que hay mayor continuidad con las ideas eurocéntricas del pasado de lo que uno pensaría. Esto se expresa cuando uno ve que la posición “liberal” no era puramente “utópica”, como suele recrearse en el “Primer Gran Debate” de la disciplina (por ejemplo, sí existía ansiedad sobre el futuro de la hegemonía occidental y de su mandato imperial… algo que sí fue detectado por Carr en su cuestionamiento al unilateralismo de la posiciones utópicas, las cuales presentan los intereses particulares como si fuesen universales). Pero, además, es en este período (lo que Hobson en alusión directa a Carr llama “la crisis de los treinta años”, 1914-1945) donde se da el apogeo del racismo científico, antes de su desaparición explícita luego de la post-guerra. De ahí que junto a posiciones catalogadas como liberales, también existan posiciones racistas de diversa índole que la historia del mainstream no suele tomar en cuenta a la hora de narrar la historia de la disciplina. Lo que unifica aquí a los realistas e idealistas (al margen de su oposición en el “Gran Debate”) es la preocupación por mantener y/o restaurar el mandato occidental de hegemonía civilizatoria.

El antiimperialismo del período de entreguerras desarrolla un eurocentrismo subliminal donde las categorías de “civilización” y “barbarie” son dejadas de lado, así como categorías raciales. El ejemplo clave aquí es Lenin. Sin embargo, el elemento eurocéntrico medular radica en que Oriente es presentado como una víctima del proceso imperialista, sin agencia para poder enfrentar el proceso occidental. Lo que subyace a este diagnóstico es lo que Hobson llama la “teoría eurocéntrica del Big Bang“. La idea aquí, ya que ya ha sido mencionada en entradas anteriores, es que Occidente se habría desarrollado endógenamente bajo una lógica de inmanencia “excepcional” que habría resultado en su superioridad económica y militar. Y una vez alcanzado este estadio más avanzado, Occidente lo habría expandido al resto del planeta para hacer el mundo a su imagen y semejanza. El imperialismo como fase superior del capitalismo deviene en una dominación total de Occidente sobre Oriente, proceso que es criticado, pero que se reconoce como necesario para que advenga la revolución socialista. De ahí que Hobson sostenga que Lenin da a Occidente una híper-agencia, mientras que relega a Oriente a ser una mera víctima pasiva (sin mayor posibilidad de resistencia o desarrollo propio), incluso en la solución emancipatoria, pues ésta es originalmente desarrollada por el proletariado occidental y expandida al resto del mundo.

Otra variante antiimperialista, pero basada en un realismo-cultural racista se encuentra en Stoddard y en Grant. Stoddard comparte la preocupación (heredada de la profecía racial de Charles Pearson) por la amenaza que las otras razas representan, debido al crecimiento económico y demográfico de Oriente. Para esto jerarquiza el mundo en cinco sub-mundos: el de los blancos, el de los marrones (Asia y África del norte), el de los amarillos (Asia oriental), el de los rojos (América Central y la zona norte de América del Sur), y el de los negros salvajes (África). Y en una línea similar a la de los racistas defensivos, defiende como solución el ideal de un apartheid racial internacional por los riesgos que presentan las razas marrones y amarillas (a las cuales se dota de una agencia predatoria). El evento histórico que trata de evidenciar este proceso es la victoria de Japón frente a Rusia en 1905. Su visión concibe a la raza blanca como estando en un proceso de declive, debido sobre todo al intervencionismo estatal para mantener a la clase obrera a expensas de la élite blanca. Pero también el declive se debe a su disminución en términos absolutos frente al crecimiento demográfico de las demás razas, con lo que sería cuestión de tiempo antes de que empezaran a colonizar América Latina y África. Finalmente, el principal evento histórico que marca la narrativa del declive de la raza blanca es la Primera Guerra mundial, ya que fue ahí donde se generó la principal disminución de la raza (y recordemos que el argumento supone que los soldados que van a a la guerra representan una parte significativa del mejor “stock” racial). Esto es visto, en pocas palabras, como un suicidio racial, fuera de dividir a un más a la raza blanca en la post-guerra. De ahí que se oponga a nacionalismos que no ven la necesidad de unificar a la raza blanca (como en los casos del pan-germanismo alemán y del pan-eslavismo ruso). Como se mencionó líneas más arriba, y debido a este diagnóstico, para Stoddard la raza blanca debe unificarse y abandonar totalmente sus pretensiones coloniales en Asia, aunque manteniendo cierto control estratégico colonial en África y en América del Sur. Todo esto con el fin estratégico de evitar el avance de la amenaza marrón y amarilla.

En una línea convergente, Grant considera que el colonialismo ha servido solamente para debilitar a la raza blanca, aunque sí considera que el exterminio realizado en Australia y en Nueva Zelanda ha sido exitoso. Y si bien comparte la tesis de que la raza blanca tiende a degenerar en climas no aptos (como los tropicales), también considera que la colonización de la India es posible y deseable, siempre y cuando sea hecha por un grupo pequeño que se mantenga aislado de las razas subyugadas, con el fin de evitar cualquier tipo de contacto y de mezcla. Asimismo, ambos se opusieron por razones similares a que los Estados Unidos aceptaran inmigración no blanca, pues dicha política no traería nada más que declive racial. Para terminar, Hobson destaca además que ambos simpatizan con una eugenesia negativa, donde la eliminación de los inferiores es necesaria. Lo irónico de dicha posición es que, a pesar de que ambos eran antiimperialistas, va a ser Hitler quien se verá severamente influenciado por los argumentos racistas de Grant, al punto de considerarlo su “Biblia”, aunque tenga una posición profundamente opuesta en el campo internacional.


Racismo imperialista: realismo racista, liberalismo y socialismo (1860-1914)

A diferencia de la historia mainstream sobre el realismo político en las Relaciones Internacionales (IR), donde éste empezaría claramente con las obras de Carr y Morgenthau en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, Hobson busca mostrar cómo es que ya existía desde antes un realismo político articulado con un discurso basado en el racismo científico (su propósito con esto, desde su proyecto de una historia crítica al eurocentrismo de la teoría se verá reflejado cuando analice discursos conservadores contemporáneos que retoman algunas de las lógicas argumentativas raciales, pero sin el discurso racista de base). Pero además, hoy en día se asume que ser un racista científico involucra inevitablemente “políticas de derecha” y no permite hacer inteligible que el racismo científico también estaba presente en posiciones ideológico-políticas liberales y socialistas de diverso tipo. Los racistas liberales tenían una visión triunfalista sobre la expansión natural de la raza anglosajona y de su civilización. Asimismo, esto era compatible con la idea de misiones civilizatorias “benignas”. Por su parte, los socialistas racistas abogaban por la paz entre naciones blancas, pero muchos no veían problema alguno en defender la colonización de las razas inferiores. Finalmente, tanto liberales como socialistas tendían además a simpatizar con la eugenesia, ya que ésta es afín al colectivismo, la intervención estatal, la ingeniería social y la planificación (debemos recordar que la eugenesia era común entre los intervencionistas y que Keynes era miembro de la sociedad eugenésica).

Para Hobson es posible identificar dos tipos de racismo imperialista (o “racismo ofensivo”). En un primer grupo se encuentran autores como Mahan y Mackinder, los cuales piensan a la globalización como un proceso que agudiza la “amenaza bárbara amarilla”, debido a la interdependencia, tecnología y conexión entre Oriente y Occidente. La solución es una contra-ofensiva occidental, donde la raza anglosajona debía aliarse. De manera similar a autores como Pearson, aquí también se dota a Oriente (la “raza amarilla”) de una agencia puramente predatoria (y la narrativa eurocéntrica no concibe que Oriente contribuyó de manera decisiva al progreso humano). Mahan y Mackinder en tanto realistas racistas asumen esta concepción de la globalización, pero no la interpretan de una manera necesariamente pesimista. Pero para poder enfrentar la amenaza bárbara que se viene (en la línea de la profecía hecha por Charles Pearson), sería necesaria una alianza entre las razas anglosajonas. Específicamente, en el caso de Mahan, China se presenta como la principal amenaza y por eso los Estados Unidos necesitan desarrollar su poder naval, así como Europa necesita operar como una barrera, para que así ambos puedan contener el inevitable avance de China y Japón que la globalización incentiva.

El otro grupo, representado por autores como Kidd, Pearson y Ward (entre varios otros) niegan la agencia de las razas no blancas y piensan la globalización como una oportunidad para dirigir políticas imperialistas de exterminio contra éstas. Esto se concibió de dos maneras diferentes: a través de un genocidio racial directo, o a través de un exterminio indirecto vía la colonización y explotación de razas inferiores hasta su extinción. Por ejemplo, para Kidd solamente la raza blanca es la única que puede generar progreso en el mundo. Y al negarle agencia a Oriente, veía a la globalización como una oportunidad para explotar los recursos de Oriente y aumentar así la vitalidad de la raza occidental. Kidd defendía así un exterminio racial indirecto, donde el mero contacto de las razas inferiores con las superiores generaría la muerte natural de las primeras, debido la principio de la supervivencia del más fuerte. Sin embargo, compartía la preocupación de que colonizar zonas tropicales podría degenerar a la raza blanca. Su solución fue pensar que la colonización debía hacerse a la distancia, y solamente con un reducido grupo de administradores blancos en cada colonia. En esta línea algunos autores trataron de presentar como ejemplos exitosos los exterminios hechos en Estados Unidos y Australia, los cuales contribuyeron a hacer esos territorios mucho más productivos gracias a las razas superiores.

En el caso de Pearson (discípulo de Galton), también se piensa al proceso de globalización como oportunidad para la colonización occidental y para el exterminio de las demás razas. Pero además, promovía la eugenesia como vía para mejorar la especie humana a través de la intervención estatal para reproducir a los grupos sociales y raciales superiores (“eugenesia positivia”) y evitando la reproducción de los grupos sociales y raciales inferiores, incluyendo a la clase obrera blanca (“eugenesia negativa”).

Adicionalmente, Lester Ward es interesante para Hobson por ser un liberal progresista racista e imperialista. En el campo doméstico era progresista en términos de defender la intervención estatal para defender los intereses de las clases trabajadoras. Sin embargo, en el campo internacional defendía el exterminio (lo cual contrasta con Spencer y Sumner, quienes defendían domésticamente un Estado mínimo e internacionalmente una no intervención). Pero como Ward también suscribía una concepción neo-lamarckista, es decir, que sí asumía que era posible mezclar a las razas (pero porque la raza blanca sería siempre predominante por ser superior), aunque en última instancia siempre habría guerra racial en el campo internacional (lo cual contrasta con posiciones liberales que veían históricamente la posibilidad teleológica de una paz perpetua). De manera general, mucho de este tipo de racismo científico consideraba que la guerra no tenía sentido entre los Estados civilizados blancos, pero que era absolutamente natural entre la raza blanca y las demás razas.

Finalmente, Reinsch concibe que es posible tener misiones civilizatorias “benignas”, donde prime una sensibilidad empática. Esto converge mucho con John A. Hobson, cuando éste cuestionaba la importación total de instituciones y normas occidentales en contextos radicalmente diferentes. Por eso es necesario que los proyectos de colonización estudien los pueblos a los que intentan colonizar, con el fin de que la colonización sea lo más efectiva y eficiente posible. Pero debemos recordar que esto se hace por razones raciales y no culturales: la inferioridad de ciertas razas hace imposible que ciertos elementos occidentales puedan ser exportados con éxito.

Sin embargo, para Hobson termina habiendo una paradoja teórica en el racismo científico imperialista. Y es que, dados los retos y dificultades que la colonización de las razas no blanca trae para la raza blanca (contacto entre razas, climas tropicales, etc.), resulta difícil justificar lógicamente una posición racista que no sea antiimperialista (a diferencia de los racismos antiimperialistas). Esto no desconoce que el racismo imperialista haya sido popular y defendido por diversos académicos (el punto del capítulo es hacer una reseña de dichas ideas), sino que solamente busca apuntar a que entre ambos discursos racistas, parece ser más coherente la posición antiimperialista (como la de Spencer).


Racismo antiimperialista: liberalismo clásico y realismo cultural (1850-1914)

Las variantes que comprende el racismo antiimperialista imagina un mundo dividido entre Oriente y Occidente, donde el mundo está básicamente dividido racialmente (a diferencia de la división cultural/institucional del liberalismo antiimperialista) en tres grupos bajo una jerarquía civilizatoria informal (“blancos civilizados”, “amarillos bárbaros” y “negros salvajes”). Esta posición teórica se opone a las medidas socialistas y al emergente Estado de bienestar porque amenazaban a la vitalidad de la raza blanca, debido a que promovían la supervivencia de los blancos menos aptos para la supervivencia. En cambio, veían a las élites blancas como el grupo social destinado a preservar la vitalidad racial. Adicionalmente, una razón fundamental por las cuales este racismo se opone al imperialismo, es porque debe evitarse el contacto con las razas no blancas, con el fin de evitar todo tipo de contaminación que pudiese contribuir al declive vital de dicha raza. Y es que como el imperialismo tiende a dar residencia y ciudadanía a los no-blancos que migran hacia el país imperial, esta política termina afectando severamente al orden social civilizado de la raza blanca. Además, este contacto aumenta la probabilidad de que las razas se mezclen reproduciéndose, lo cual también es visto como un proceso degenerativo. Finalmente, los blancos que van a las colonias también degeneran la raza por contacto y reproducción, fuera de que  también el vivir en climas no aptos para la raza blanca aumenta la degeneración racial.

Dentro de este grupo diverso, Charles Henry Pearson era uno de los que pensaba que el imperialismo ya no era una opción viable para Occidente, debido a que la agencia de Oriente es concebida de manera predatoria. En este caso es el Occidente el que se ve amenazado por la expansión de las otras razas, expansión posibilitada por la ayuda generada por el imperialismo británico vía las misiones civilizatorias. Esto implica una lectura negativa de la creciente interdependencia entre los Estados, ya que acerca mucho a oriente (esto es lo que Hobson tipifica como “globalización como amenaza oriental”). Asimismo, el clima tropical es perjudicial para la raza blanca, con lo que dicha raza solamente puede florecer plena y adecuadamente en pocos lugares del mundo.

El ejemplo más representativo y emblemático es Herbert Spencer (así como su discípulo William Graham Sumner), cuyo racismo científico lo llevó a defender políticas internacionales antiimperialistas de laissez-faire y un optimismo sobre el progreso teleológico e histórico del desarrollo de las sociedades. Esto acerca a Spencer mucho más a Kant y Smith que a visiones racistas imperialistas (y ello se condice con el propósito del libro de hacer distinciones más matizadas sobre el eurocentrismo que generen paralelos no inmediatamente intuitivos). Se trata pues, de lo que Hobson llama un racismo defensivo que busca mantener la separación entre razas (aunque Spencer sí estaba a favor de la mezcla de razas dentro del conjunto de grupos arios).

La evolución para Spencer se da por la supervivencia del más apto/fuerte en tanto adaptación consciente al medio físico y social (una visión mucho más cercana a Lamarck que a Darwin). El neo-lamarckismo de Spencer supone la interacción compleja entre clima, geografía, vegetación, constitución biológica (emocional, física y emocional), así como los factores sociales de cada tipo de sociedad. Lo que importa de este modelo evolutivo es que el progreso evolutivo es posible vía el aprendizaje (a diferencia de una pura visión darwinista donde lo que es determinante es la mutación aleatoria sin agencia). Esto quiere decir que las razas pueden mejorar vía la selección consciente y la educación. En lo que respecta al proceso histórico, Spencer sí considera (junto a Kant y Smith) que éste es un proceso de desarrollo universal donde todas las sociedades y razas evolucionan unilinealmente desde las sociedades primitivas salvajes y bárbaras hasta la civilización industrial pacífica. Y también comparte con los liberales antiimperialistas la idea de que la agencia oriental es derivada y no condicional, esto es, que Oriente puede desarrollarse endógenamente sin la intervención de Occidente (siguiendo el camino unilineal y natural de desarrollo).

De todo lo anterior se deduce que para que la raza blanca siga manteniendo su vitalidad sea necesario dejar que las leyes del mercado y de la naturaleza seleccionen a los más aptos. Por eso Spencer concibe al Estado de laissez-faire como el estadio evolutivo más avanzado y piensa a la intervención estatal socialista como una medida regresiva que reproduce prácticas primitivas de colectivismo (lo que también se llama “eugenesia negativa”), las cuales impiden que el individualismo civilizado pueda seguir floreciendo (y el colonialismo también involucra una remilitarización de la sociedad, lo que para Spencer es algo profundamente regresivo). Finalmente, Sumner suscribe las visiones de su maestro y enfatiza el rechazo al colonialismo por ser paternalista. El verdadero progreso vital se da vía la competencia y los mecanismos de selección evolutivos, dentro de cada grupo racial (y por eso es que Sumner se oponía al imperialismo de los Estados Unidos, ya que podría prevenir la inmigración no blanca). Y los seres humanos que no resultan aptos, no sobrevivirían y ello contribuirá al progreso de la sociedad en su conjunto.

En síntesis, la crítica al imperialismo desde el racismo defensivo implica para Hobson las siguientes justificaciones:

first, imperialism entails an unacceptable, arrogant paternalist predisposition; second, imperialism undermines non-white and white development, as signalled above; third, imperialism leads to miscegenation and the degeneration of the white race; and fourth, colonialism entails residence in the tropical climate which also leads to white racial degeneration (Hobson 2012: 95).

Por su parte, David Starr Jordan y James Blair también eran racistas antiimperialistas, pero se diferencian de Spencer, Pearson y Sumner por el grado de agencia que daban a las otras razas. En estos últimos, oriente tenía niveles moderadamente altos de agencia, ya que las razas podrían desarrollarse plenamente (Spencer y Sumner), o la raza amarilla se pensaba como un agente depredador (Pearson). En cambio, Blair y Jordan pensaban que la agencia de los no occidentales era extremadamente baja, al punto de que no podrían autodesarrollarse. Finalmente, si la colonización involucra guerra y violencia, ello también perjudica a los blancos que van la guerra y mueren (siendo estos parte de los grupos más aptos de la raza), reduciendo el número de la raza superior (de ahí que una vertiente de este racismo haya llevado a una eugenesia pacifista). De ahí que concluyan que las misiones civilizatorias del imperialismo estuviesen condenadas al fracaso y solamente podrían perjudicar a Occidente. Esta posición es lo que Hobson llama racismo relativista en contraposición al racismo universalista de Spencer y Sumner, donde el criterio ddecisivo es el grado de agencia otorgado a los grupos raciales no blancos.

La conclusión general de este tipo de racismo, al margen de si es más universalista o más relativista es el aislamiento de las razas blancas y la oposición al imperialismo como política exterior de los Estados occidentales blancos civilizados, para prevenir poder prevenir la mezcla y contacto entre razas, proceso que solamente podría terminar en degeneración: tal es el ideal de un apartheid racial internacional.


Eurocentrismo antiimperialista: liberalismo (1760-1800)

Bajo la categoría de eurocentrismo antiimperialista, Hobson va a analizar el eurocentrismo de las teorías sobre lo internacional presentes en Adam Smith e Immanuel Kant, considerados en IR como precursores el internacionalismo liberal clásico. El punto crítico de Hobson es que el antiimperialismo de ambos autores se debe en un eurocentrismo anti-paternalista. Éste comparte la visión de un Occidente civilizado que se opone a un Oriente bárbaro y salvaje, pero sin asumir que los Estados europeos cuentan con híper-soberanía. Esto quiere decir que no hay propiamente un derecho para intervenir en Estados no europeos. Y en lo que respecta a la agencia, a diferencia del caso anterior donde ésta era condicional a la intervención de Occidente, aquí la agencia oriental se concibe como derivada. La agencia derivada supone que el desarrollo occidental puede ser alcanzado endógenamente por los no-occidentales, si es que Occidente no interviene. Estos rasgos son cruciales porque permiten mostrar que acá el liberalismo se caracteriza por un monismo cultural y no por algún tipo de pluralismo cultural. Esta lógica de progreso unilineal lleva a pensar a los Estados bajo jerarquías informales donde la soberanía es gradual (y donde Occidente es el que cuenta con una plena soberanía, por expresar la cumbre civilizatoria del proceso histórico).

Esta visión de Kant se expresa primero cuando éste afirma que sin un consentimiento de los nativos, los europeos no pueden asentarse en sus tierras. Y justamente, la idea kantiana de un derecho cosmopolita es para evitar prácticas imperialistas (y aquí debemos añadir las conocidas leyes kantianas de la “hospitalidad”). Asimismo, Kant defendía que las relaciones comerciales no debían ser desiguales, ni explotadoras. La lectura postcolonial estándar concibe a la expansión de las relaciones comerciales como imperialista, pero Hobson cuestiona esto porque históricamente ha sido Oriente (Chinos, Indios y musulmanes) los que lideraron el intercambio comercial, extendiéndolo hacia Italia. Y nadie consideraría a este proceso como un imperialismo oriental informal. Aquí lo que que explica la discrepancia conceptual es que para Hobson el imperialismo (ya sea éste formal o informal) requiere de un cierto grado de intervensionismo compulsivo. Y Kant no defendía que había que obligar a los no occidentales a entrar en relaciones comerciales, o intervenir generalmente para civilizar a los pueblos bárbaros y salvajes.

¿Cómo entonces se daría el proceso civilizatorio, si es que la posición de Kant es antiimperialista? Lo primero que debe señalarse, y este me pareció un punto interesante de Hobson (aunque controversial), es que Kant es un precursor del racismo científico en sus escritos antropológicos y geográficos. Sin embargo, en sus escritos políticos sobre lo international el racismo no juega papel alguno, al punto de que ambos grupos de escritos entran en abierta contradicción (y ello se condice, a mi juicio, con el hecho de que los académicos que solamente leen sus escritos éticos y políticos tienen a asumir que en general no hay racismo alguno). Menciono esto para reconocer que en otros trabajos kantianos hay racismo, pero que en lo político lo racial no llega a jugar un papel explicativo clave. La solución no racial de esta pregunta es el institucionalismo eurocéntrico kantiano: la historia de la humanidad es concebida de manera teleológica, donde existe un desarrollo lineal y secuencial por etapas que culmina en un Occidente civilizado e idealizado (esto último es importante porque significa que el ideal normativo es tomado del presente europeo, pero proyectado de manera ideal como el fin de la historia, fin al que todavía no ha llegado la humanidad en su conjunto). De sociedades salvajes, pasamos a las bárbaras, para llegar a la civilización republicano-capitalista donde su universalización daría lugar a la federación de Estados y a la paz perpetua.

Y lo que genera este proceso es isomórfico a la “mano invisible” de Adam Smith: es la insociable sociabilidad el motor necesario para el progreso histórico de las sociedades. Entonces, a pesar que no se defiende la intervención, si existe una suerte de deber humano para progresar desde la etapa salvaje hasta la etapa de civilización. Pero como el motor no es vía el imperialismo, lo que se desprende es que dicho proceso es endógeno a cada sociedad. Cada sociedad, si se le deja desarrollarse, tendería a autodesarrollarse siguiendo los estadios por los que ya ha pasado Occidente. Finalmente, es esta lectura la que para Hobson permite entender mejor las discrepancias entre Kant y Herder en torno a la filosofía de la historia (donde el último era mucho más relativismo y el primero fundamentalmente monista).

Por su parte, Adam Smith también comparte con Kant el hecho de ser un eurocéntrico antiimperialista, sustentando esto en un monismo eurocéntrico anti-paternalista. Pero acá, como es de esperarse, el fundamento converge con su concepción de la economía política. Su rechazo al imperialismo tiene que ver con las políticas colonialistas represivas de los europeos (intervencionismo estatal, monopolios comerciales, etc.), donde primaba el mercantilismo y no lo que ahora llamamos liberalismo. En pocas palabras, el colonialismo impone costos económicos y fiscales innecesarios que terminan siendo mayores a los beneficios agregados que los europeos (y los no europeos) recibirían, si es que no se realizaran dichas prácticas. Lo que se desprende de esto es que los Estados estarían mejor sin intervenciones estatales domésticas e internacionales. Pero además (y en convergencia con Kant), Smith no pensaba que las relaciones comerciales debían imponerse en Oriente.

Asimismo, junto con Kant, concibe que si Occidente es superior es por sus instituciones (siendo el ideal civilizatorio la sociedad occidental comercial basada en laissez-faire tomada de Europa, pero idealizada sin los elementos mercantiles presentes en dicho contexto histórico), pero que todas las sociedades podrían progresar hacia esa etapa. Smith veían a America como el estado de naturaleza original, pero siempre con la posibilidad de modernización (esto aplica en general a todas las razas y pueblos). Este proceso involucra la extensión de la división de trabajo, la acumulación de capital y el intercambio mercantil. Y como en Kant, este proceso puede darse endógenamente y sin intervención occidental, asumiendo una visión de progreso histórico lineal. Esto se debe a que para Smith la sociedad comercial está fundada en la naturaleza humana. De ahí que aquí también la agencia oriental sea concebida como derivada y donde la jerarquía es informal, pues es fundada en qué tanto se han adoptado las instituciones que Occidente generó endógenamente primero.


Imperialismo eurocéntrico: liberalismo y marxismo (1830-1914)

Luego de desarrollar la idea de que la teoría opera como un constructo eurocéntrico en las relaciones internacionales, Hobson quiere mostrar que hay ciertas variantes en el liberalismo y el marxismo que tienen una posición imperialista, aunque explícitamente se presenten como dos teorías modernas radicalmente antiimperialistas. Sin embargo, el imperialismo se va a encontrar en el hecho de que en ambas tradiciones teóricas se cuenta con una concepción de jerarquía formal entre soberanías divididas gradualmente. Este supuesto concede a los Estados europeos una híper-soberanía que rechaza que otros Estados puedan intervenir en sus asuntos domésticos. En cambio, los Estados orientales son considerados “bárbaros” (despotismo oriental) o “salvajes” (cuasi estado de naturaleza) y por eso su soberanía no es tenida como total, completa o plena. Asimismo, la concepción de agencia de los Estados orientales es condicional, es decir, que para poder desarrollarse y devenir racionales requiere de la intervención occidental vía misiones civilizatorias. Este nivel de agencia se contrasta con el occidental, el cual se considera como siendo pionero por generar la modernidad debido a su carácter excepcional. La modernización de occidente es endógena a Occidente mismo y supone una lógica de inmanencia que luego puede ser exportada al resto del mundo no-occidental. Ese proceso es entendido como una oportunidad para que Occidente recree el mundo a su imagen y semejanza. En lo que respecta al elemento imperialista, tanto John Stuart Mill, como Karl Marx conciben el imperialismo de manera despótica (ambos lo ven como algo necesario, aunque el primero lo ve más por su rol civilizatorio, mientras que el segundo por su rol funcional para la acumulación originaria), mientras que autores como John A. Hobson (¡no confundir con el autor del libro que es su nieto!) piensan que el imperialismo debería ser empático e imparcial con los pueblos que coloniza. En un nivel intermedio estarían autores más cercanos al canon de IR como Angell.

Lo interesante del análisis de Karl Marx hecho por Hobson es que nos recuerda que uno puede ser eurocéntrico sin tener que celebrar moralmente a occidente. En el caso de Marx, lo que subyace es un institucionalismo eurocéntrico paternalista. En sus artículos periodísticos, Marx insistía en que Oriente (China, India) solamente podría salir del atraso vía el imperialismo británico que posibilitaba el desarrollo del capitalismo (y, por ende, del comunismo vía el proletariado occidental). Y si bien uno puede considerar el proceso explotador y opresivo, para Marx dicha tragedia resulta estructuralmente necesaria para el proceso histórico-productivo. La agencia de Oriente es aquí también condicional a la intervención de Occidente, cuyo desarrollo es también endógeno y que responde a una lógica de inmanencia (la historia de Grecia, Roma, el feudalismo europeo, y del capitalismo europeo). Lo que está a la base es la idea, tomada de (entre otros por Hegel), que distingue entre un Occidente dinámico y un Oriente estático.

En el caso de John A. Hobson, el imperialismo que se defiende es paternalista y empático (lo que llama “imperialismo sensato”). Para John A. Hobson no se debe de dejar a los nativos en aislamiento, y se debe evitar el imperialismo no sensato guiado por fines puramente privados y explotadores. Lo que se debe de hacer es exportar gradualmente instituciones y prácticas occidentales, pero con mucha empatía hacia los nativos. Eso involucra aprender la cultura, el lenguaje y el medio ambiente de los nativos. Asimismo, el imperialismo sensato debe persuadir con buenos motivos a los nativos para que la relación sea consensuada. Sin embargo, no todo lo occidental debe ser transportado porque las culturas son diferentes. Y el ideal es contar con un gobierno internacional que pueda regular e implementar esas relaciones para evitar la explotación colonial, lo cual supone un rechazo de imperialismos puramente nacionales (lo cual lo acerca a proyectos como el Mandato de la Sociedad de Naciones).

Finalmente, en el caso de Angell, junto con autores como Cobden y Bright, lo que prima es un paternalismo liberal que promueve misiones civilizatorias en Oriente. Por ejemplo, Cobden se opuso a que Inglaterra le declare la guerra a Rusia en en el contexto de la Guerra de Crimea. El fundamento es que Rusia por ser civilizada debía colonizar a la barbárica Turquía (despotismo oriental y religión islámica). Es esta división o estándar civilizatorio el que permite que la relaciones internacionales intra-occidentales y de occidente con oriente sean diferentes. Una posición similar de Cobden se da con su apoyo al imperialismo británico en Irlanda. El punto es que la intervención es legítima si tiene fines civilizatorios. Bright, por su parte, esgrimió un argumento similar para legitimar la dominación colonial británica en la India. Y en el caso de Angell, la creciente interdependencia entre los Estados solamente se aplica a la Europa civilizada (y no de manera universal como muchas veces se suele asumir en el mainstream de IR), y que el imperialismo puede ser productivo si es dirigido a sociedades no civilizadas. Lo que debe mencionarse es que Angell no es racista, y piensa que el desarrollo puede ser alcanzado por todas las sociedades. Sin embargo, en los países no civilizados es Occidente el catalizador necesario para generar ese proceso. Por eso acá también se mantiene el supuesto de que Oriente solamente cuenta con una agencia condicional. Este imperialismo productivo es benigno y pacífico y su expresión normativa para Angell es el imperialismo británico. Esto se debe a que ellos son los que encarnan la superioridad racional e institucional. Lo que Hobson quiere implicar con este análisis es que no es la creciente interdependencia la que generará la paz (como se afirma en la interpretación estándar), sino que es el imperialismo británico el que garantizará dicha estabilidad, fuera de la paz que la interdependencia genera pero para los países europeos civilizados. En síntesis, la “gran ilusión” solamente funciona para relaciones intra-europeas. En palabras de Hobson:

Angell’s politics were founded not upon a pristine liberal internationalist pacifism that advocates interdependence over imperialism, but upon an extension of imperialism that would deliver the non-Western societies to full rationality and interdependence with the West, thereby harmonizing the world according to the universal rhythmic beat of the provincial liberal empire of Western civilization in general and the British Empire in particular (Hobson 2012: 45)


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