Vacío

El nombre propio del ser

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Shocks hegemónicos

 

Cuando pensamos en cómo cambian los regímenes políticos, una actitud (ciudana y académica) común es pensar dichos cambios prestando atención principalmente a causas domésticas. Sin embargo, cuando miramos hacia el siglo XX, podemos ver que la mayor cantidad de procesos de democratization se dieron de manera conjunta en “olas” (la expresión se encuentra en el trabajo seminal de Huntington sobre el tema). Aquí uno podría comparar dichos procesos con el fin de producir teorías de mediano alcance que den cuenta de qué variables domésticas causan con mayor probabilidad dichos procesos (algo desarrollado por múltiples comparativistas). En esta conversación, la contribución fundamental de Gunitsky en Aftershocks es enfatizar el componente internacional y sistémico de dichas olas.

Básicamente, lo que uno ve es que luego de las dos guerras mundiales, de la Gran Depresión y del fin de la Guerra Fría (1919, 1929, 1945, y 1989) es que tienen lugar las principales olas de cambio de régimen. En 1919 se generó una primera ola de democratización, en 1929 la crisis económica generó el ascenso del fascismo (y su legitimación), luego de 1945 surgieron la democracia liberal y el comunismo como sistemas alternativos igualmente legítimos; y finalmente, luego de 1989 la democracia liberal se expandió a los países ex-comunistas deviniendo el régimen con más legitimación dentro del sistema. Entonces, en lugar de prestar atención principalmente a variables domésticas: por ejemplo el desarrollo económico de tales países, su cultura, su estructura de clases, los diversos pactos entre las élites, etc., lo que hace Gunitsky es llamar la atención sobre los cambios en el balance de poder internacional. Esto hace que sea posible construir una teoría sumamente elegante para explicar olas en los que el cambio de régimen es en última instancia generado por el balance de poder (principalmente en su sentido más materialista, léase militar y económico).

Dicha teoría puede ser ubicada dentro de la tradición del realismo político, más específicamente, dentro de las teorías de transición de poder y de estabilidad hegemónica (piénsese en Organski o Gilpin, más que en Waltz, Walt o Mearsheimer). La idea básica es son los cambios dramáticos en el balance de poder internacional lo que posibilita las olas de cambio de régimen. Esto es denominado por Gunitsky como “shocks hegemónicos”, dado que el principal cambio que genera el (des)balance de poder es el del surgimiento y declive de grandes potencias: los “hegemones”, en tanto constituyen polos dentro del sistema internacional. Ahora bien, para poder conectar los cambios en el balance de poder (los “shocks hegemónicos”) con los cambios de régime (las “olas”), es necesario contar con mecanismos causales. Gunitsky propone tres mecanismos causales.

El primer mecanismos es la coerción hegemónica. Básicamente, los costos para poder ocupar otros Estados bajan por el desbalance, al mismo tiempo que la legitimidad de una potencial ocupación sube. El segundo mecanismo es la provisión de incentivos. Básicamente, esto alude al hecho de que el hegemón ascendiente puede expandir sus redes de intercambio y patronazgo. Sin embargo, este mecanismo es mucho más amplio que los otros dos, pues incluye la posibilidad de ayuda, sanciones, asistencia, apoyo militar y/ o diplomático, amenazas, promesas, apoyo a insurgentes y/o a candidatos electorales, difusión de propaganda cultural, así como el manejo de instituciones internacionales. Lo importante es que dichas redes pueden producir un cambio exógenos en las preferencias institucionales domésticas (léase, que las élites domésticas puedan ahora preferir un cambio de régimen, dados los incentivos que el hegemón brinda por dicho cambio). Este mecanismo conecta el poder material con cambios ideacionales, ya que (como se dijo) exógenamente es posible cambiar las preferencias. Finalmente, el tercer mecanismo es la emulación. En este caso de lo que se trata es que el shock hegemónico revela la efectividad del régimen y esto puede contribuir a su legitimación. Lo que opera aquí es que el éxito material es el que crea la legitimidad de la institucionalidad del régimen. Es este éxito el que envía una señal a los demás Estados en el sistema: si lo que se quiere es obtener es mayor eficiencia, poder, legitimidad, prestigio, aprendizahe racional y socialización normativa, emular el ŕegimen del hegemón es la apuesta más viable para obtener dichos fines. Es la interacción de los tres mecanismos causales lo que produce olas de cambio institucional doméstico y donde una máxima realista atraviesa todo el argumento: el poder es el que cría su propia legitimidad.

Ahora bien, históricamente las olas también pueden fallar. Pero Gunitsky explica el fracaso de dichos cambios por el hecho de que los incentivos para la reforma son temporales, pues dependen del shock hegemónico. Este cambio estructural en el sistema internacional se impone por sobre las restricciones domésticas, lo cual aumenta el número de transiciones que se suman a la ola. Sin embargo, cuando dicho período pasa, los prerequisitos domésticos para la consolidación de dichas instituciones empiezan a cobrar más relevancia y por eso es que algunas transiciones fracasan. Lo que se da con el shock es, pues, un sobre-estiramiento en el número de páises que conforman la ola de democratización, debido a las condiciones no “normales” por las que pasa el sistema (léase: las presiones sistémicas lo que hacen es aumentar la probabilidad en el cambio de régimen). Finalmente, es posible señalar que existen olas de democratización que no están marcadas por shocks hegemónicos (por ejemplo, piénsese en la tercera ola de democratización latinoamericana). Gunitsky estaría de acuerdo con que pueden existir olas de cambio de régimen que no dependan de un shock, pero esto se debe a que los shocks hegemónicos son una condición suficiente para las olas y no una condición necesaria.

Luego del fin de la Guerra Fría tenemos una legitimación internacional de la democracia liberal, basada en el hecho de que buena parte de los Estados más poderosos y victoriosos del siglo XX han sido democracias. Y también se comprende mejor cómo las olas de democratización luego de la Guerra Fría generaron un optimismo (como el de Fukuyama) que luego se vio frenado cuando el shock pasó. Aquí las condiciones domésticas empezaron a restringir más la viabilidad de las nuevas democracias. Esto se expresa con el incremento de regímenes híbridos, los cuales operan como “autoritarismos competitivos” (Levitsky y Way), o “democracias iliberales” (Zakaria).

En este contexto, lo que debe destacarse como saludable por parte del análisis histórico de Gunitsky (con respecto a las olas de cambio de régimen) es que contextualiza con evidencia histórica los procesos de legitimación y deslegitimación de la democracia liberal, del comunismo, y del fascismo. Esto es importante porque una lectura a-histórica, o peor, una lectura meramente superficial y “whig” triunfalista olvida los elogios que el fascismo y el comunismo tuvieron en su momento de ascendencia por parte de las diversas élites y Estados en muchas partes, incluyendo a los demócratas. Esto es importante porque nos recuerda que la democracia liberal nunca fue una respuesta empírica y normativamente obvia. Esto invita a pensar que también podría en un futuro contexto post-unipolar, volverse a perder tal obviedad. Esto se debe a que en última instancia las olas institucionales y sus procesos de legitimación han dependido de cataclismos geopolíticos. De ahí que dicho cambio sistémico sea para Gunitsky en el siglo XX (y parafraseando a Marx), el que opere como la verdadera partera de la historia.

A pesar de que la teoría de Gunitsky busca explicar las olas causadas por shocks hegemónicos durante el siglo XX, resulta interesante pensar cómo esta teoría podría esperar cambios institucionales domésticos en el siglo XXI. Lo que parece razonable esperar de tal teoría es que conciba que si se da un shock hegemónico análogo (o peor) a los ocurridos en 1919, 1929, 1945 o 1989, es que podría esperarse una ola de cambios de régimen, donde dichos cambios también padezcan de un sobre-estiramiento, y donde las condiciones domésticas dictaminarán la consolidación de dichos regímenes, luego de que pase el shock.

Pero también se necesitaría de algún tipo de presición ex ante de lo que sería una crisis económica análoga a la de la Gran Depresión. Porque uno podría decir que la de 2008 fue comparable, y sin embargo dicho shock hegemónico no ocurrió. Gunitsky considera que dicha crisis fue más parecida a la de la década del 70 que a la de la década del 30. En todo caso, lo importante sería tratar de precisar los requisitos de tal crisis antes de que ocurra con el fin de testear la teoría ante un nuevo shock económico. Esto es importante porque si dicha crisis fuese manejada por instituciones y organismos internacionales de manera aceptable para los Estados, esto implicaría concebir que el orden actual es cualitativamente diferente a los anteriores. Tal línea argumentativa podría asumir una visión evolucionista de las relaciones internacionales (piénsese en los trabajos de Tang), o podría contemplar el orden actual como progreso real frente a los anteriores. Aunque no tenga que ser una aseveración explícita, me parece que la teoría liberal de Ikenberry podría ubicarse aquí. Y más allá de si es progresista o no, su posición es optimista con respecto al ascenso de China (y escéptico de visiones pesimistas como las de Allison evocando a Tucídides). Si China logra ascender a hegemón del sistema de manera pacífica y no busca alternar las instituciones y normas básicas del sistema porque se beneficia de ellas, ello sería para Ikenberry una prueba de que el orden liberal es mucho más duradero de lo que se piensa. En todo caso, una diferencia histórica importante hasta el momento es que China (entendida aquí de manera simplificada como un autoritarismo capitalista) no ha tenido un tipo de proselitismo sobre su diseño institucional análogo al que han tenido en su momento la democracia, el fascismo y el comunismo.

Gunitsky no entra en esta disputa, pero parece que aquí es más realista que liberal. Es decir, su argumento no parece considerar que exista una diferencia fundamental entre el orden actual y los pasados con respecto al impacto de los shocks hegemónicos. Esto no quiere decir que Gunitsky crea que la historia siempre se repite o que es cíclica (algo muchas veces insinuado por Waltz y Gilpin), pero sí parece implicar que es bueno ser escéptico sobre narrativas excesivamente triunfalistas que buscan destacar una radicalidad excepcionalidad sobre la situación presente. Sin embargo, si considera como una posibilidad que pueda existir una disputa mayor entre Estados capitalistas liberales y no liberales en el futuro próximo.

Históricamente, el ascenso y la legitimidad de la democracia han estado vinculados al poder estadounidense, sobre todo en términos de haberse erigido como un modelo y aliado. Una implicancia de la teoría de Gunitsky es que si los Estados Unidos tuviesen un declive abrupto debido a shock hegemónico (sea militar y/ o económico), la percepción sobre la legitimidad y deseabilidad de la democracia liberal en el sistema interestatal se vería afectada. Sobre todo si es que quien asciende a tomar su lugar no es una democracia liberal.

La lección realista fundamental de Gunitsky es que el éxito (material e ideacional) con el que cuentan las democracias liberales hoy ha sido siempre sumamente frágil. Y dicha fragilidad podría evidenciarse si el sistema vuelve a pasar por otro shock hegemónico. De ahí que el interés de los Estados democráticos deba estar orientado a mantener e incrementar la seguridad y la prosperidad en la mayor cantidad de democracias. Eso permitiría que se encuentren un poco más protegidas ante el próximo (¿inevitable?) shock hegemónico.

Los dominantes dominados

Ya que siempre de cuando en cuando en la deplorable esfera pública aparece el término “caviar” al que ya se ha dedicado algo de tiempo aquí, importa disolver el misterio vía la teoría social de Bourdieu.

Los intelectuales son en cuanto detentores del capital cultural, una fracción (dominada) de la clase dominante.

Lo que parece un misterio y una antinomia (¿cómo es posible gente con dinero y “bien formada” puede ser progresista y sentirse cercana a gente lejana económica y culturalmente?) se resuelve distinguiendo entre los diferentes tipos de capital. Lo hay en el campo intelectual es una gradación con múltiples combinaciones de capital económico, social y cultural. La condición más importante es la cultural, pero las otras son recurrentes también.

De esta forma, el intelectual progresista puede ser considerado traidor de la derecha, más traidor mientras más capital económico y social tenga en común (apellido, amigos, instituciones en las que estudió, clubes a los que pertenece, etc.), y podrá considerarse a sí mismo como cercano a las clases más dominadas, debido a que él padece dominación dentro de su clase. Un dominado de la clase dominante que se quiere cerca de los dominados. Para los otros, un dominante equivocado que traiciona sus intereses originarios, pero que finalmente persigue y posiciona intereses también económicos, lo cual hace de él una falsa consciencia moral. Su error es pensar que no hay intereses económicos en su accionar cultural.

Mientras uno tenga mayor cercanía en todos estos elementos (capital económico, social y cultural) más clara será la traición desde los dominantes. Pero quien no tenga mucho capital económico y social en común, no por eso deja de ocupar esta posición. Su capital cultural lo hace perteneciente a los grupos dominantes (movilidad social vía capital cultural), solamente que en la última escala del grupo (incluso al punto de ser potencialmente discriminado por muchos más grupos… ¡un intelectual progre misio!). Y en un país donde las capas de desigualdad suelen superponerse, es esperable que tal intelectualidad progresista se asemeje en mucho a los pares de la élite de derecha (socialización y habitus, en muchos casos bastante comunes).

Entonces fuera de si la categoría es científica o rigurosa, lo cual aquí es irrelevante, lo que permite es señalarse con esta trivial discusión de dimes y diretes es una dislocación irresoluble: los mecanismos estructurales de reproducción social que generan en este grupo una fractura. Entonces la antimonia se resuelve diciendo que lo que se dice por ambos lados es cierto, pero para hacerlo consistente es necesario distinguir entre diversos tipos de capitales. Solamente con reduccionismo economicista, de izquierda o de derecha, es que el misterio metafísico dogmático aparece.

Más allá de la concentración de medios

Se está debatiendo si es que hay o no concentración de medios en el Perú. Lo interesante es que, en los extremos y a nivel metodológico, parece ser que hay visiones contrapuestas sobre la libertad y la inteligencia de las personas. En el lado derecho y libertario, la tesis es que las personas son libres, racionales e inteligentes para elegir, y si han premiado a una empresa para que tenga el 80% del mercado, nadie debe meterse. La gente es inteligente y sabe lo quiere (“soy libre y hago lo que quiero”). En el lado izquierdo y crítico, lo que se afirma es que los medios ideologizan a las personas y estas no son realmente libres, así que darle ese poder a una empresa haría que los aparatos ideológicos tengan un poder soberano absoluto. La gente es manipulada y lo que se debe hacer es garantizar las condiciones estructurales donde esta manipulación no pueda darse (“perdónalos Marx porque no saben lo que hacen”). De un lado, una libertad puramente abstracta y de otra un determinismo rampante. La tercera antinomia kantiana en su reformulación de ciencias sociales: quienes dan más peso a la agencia individual y quienes dan más peso a las estructuras sociales.

Como es difícil que existan posiciones extremistas que sean razonables, provisionalmente uno podría decir lo siguiente:

1. Las personas son menos libres de lo que cree la derecha.

2. Las personas son menos estúpidas de lo que cree la izquierda (y Aldo Mariátegui, que es un marxista como su abuelo José Carlos, pero de derecha).

Sin embargo, una posición elitista podría considerar que la cuestión con la inteligencia y su relación con la libertad es más trágica. Se podría decir que quizá es análoga al desarrollo físico. Así como los atletas entrenan y se alimentan bien (idealmente) desde niños, personas que nunca se han ejercitado o comido saludablemente pueden luego cambiar su vida, pero es improbable que accedan a un nivel que esté por encima del promedio. De la misma forma, uno podría decir que quienes no han sido educados adecuadamente desde pequeños, por más capacitaciones que tengan, no podrán remediar daños que los condenarían a estar por debajo del promedio. Desde esta perspectiva, las personas en un país con un pésimo sistema educativo no podrán ser suficientemente inteligentes para discernir analítica y críticamente ciertas cosas que solamente una minoría podrá. Recibir educación basura y consumir basura mediática solamente refuerza que uno tenga ideas basura. Y ningún tipo de reforma podrá eliminar esto. El elitista concluirá que, en el mejor de los casos, hay que dar por perdida esta generación y trabajar con la siguiente, o simplemente dedicarse a trabajar con la minoría más talentosa. Lo otro es simplemente moralismo cristiano y la esperanza de que el hijo pródigo regrese.

Si tiene intereses de derecha, podrá decir que está bien la mentira socrática piadosa de decirle a la gente estúpida que no le es, considerando esto como un decoro pragmático que le permitirá lucrar (todos queremos como clientes que se nos trate bien). Y si siente culpa y compromiso con los más necesitados, pero leyó suficientes libros como para ser ateo, entonces simplemente tendrá que abrazar un vanguardismo platónico-leninista para salvar a los marginados de sí mismos. Esto no quiere decir que tenga que promover un gobierno autoritario. Podría simplemente ser un tecnócrata no gubernamental y promover políticas que lo hagan sentir bien

Entonces, mientras la élite económica y la élite de intelectuales progresistas (porque administradores o economistas aquí no parece haber mucho) piense que el resto de mortales razonan como ellos, debates como estos son más que intrascendentes para la vida concreta de la gran mayoría del país. La pregunta es si es que eso debe importar.

Dime qué tan inteligente y libre crees que es el ciudadano promedio y te diré quién eres.

Audios del curso “Las condiciones de la contingencia” de Quentin Meillassoux

Los audios se encuentran aquí.

Si alguien está interesado en transcribir y traducir las lecciones para poder discutirlas y difundirlas en español, por favor escribir aquí.

El platónico y el platonista

Vía la crítica que podría tener un especialista en Platón frente a la híper traducción de la República de Platón de Alain Badiou es posible decir que el especialista ve el anacronismo como un error profesional y su tarea es historizar perpétuamente. El filósofo, como Nietzsche acertádamente reconoció, es siempre intempestivo: al pensar, al escribir y, sobre todo, al leer. La especialización es la sierva de la filosofía: es quien le limpia las armas que ella usa en las batallas del pensamiento (algo inevitablemente necesario. De ahí que muchos filósofos sean a su vez también especialistas). Los unos discuten sobre la historia, sentido y modos de uso de las armas, los otros las empuñan y a veces para vencer, es necesario “torcerlas” y descubrir nuevas estrategias que no están pensadas en los manuales. No confundir las condiciones necesarias para la producción filosófica con sus condiciones suficientes.

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