Imperialismo racista y eurocéntrico: realismo racista, liberalismo racista y liberalismo/fabianismo “progresista” eurocéntrico (1919-1945)

Aquí Hobson, en la misma línea que en la entrada anterior, señala que en la historia del establishment sobre los orígenes de la disciplina resulta llamativo que no se vea el realismo político previo a la post-guerra (recordemos que usualmente los nombres que suelen mencionarse son Carr, Morgenthau y Niebuhr, entre otros). Asimismo, en el caso de los llamado liberales, resulta significativo que se omita la dimensión imperialista y racista que se encuentra explícitamente presente en muchos de dichos escritos (siendo el caso más emblématico el de Woodrow Wilson). Esta tarea de relectura crítica converge, como se dijo antes, con la crítica que Carr hizo en su momento a la falsa pretensión de universalidad hecha por posición utópicas. Siguiendo esta línea interpretativa, el “idealismo” sería un discurso que buscaría mantener el status quo (léase: la hegemonía occidental imperial, principalmente la británica).

Nicholas Spykman es uno de los ejemplos más representativos de un realismo político basado en un racismo científico. Y de manera provocadora, Hobson cita pasajes donde las conclusiones realistas son indistinguibles de las que haría Mearsheimer (2001), aunque éste último no sustente su teoría del realismo ofensivo en un discurso racista. Otro paralelo se hace con Halford Mackinder y su diagnóstico sobre las potencias mundiales, el cual converge de manera precursora con lo que autores como Kennedy y Gilpin escribirían varias décadas después.

Algunos de los pensadores geopolíticos analizados por Hobson concebían al Estado como un organismo, el cual requería de un “espacio vital” para la raza que vivía en él. La idea es que las razas exitosas necesitarían de un mayor espacio vital. Esto supone un discurso racista donde el medio ambiente juega un papel tan importante como el del componente genético-biológico. Y es por eso que, a diferencia de los realistas de la post-guerra, la anarquía del sistema internacional (que es importante) cuenta menos que el proceso evolutivo que genera el conflicto entre Estados definido como un conflicto entre razas y naciones. Los Estados de mayor tamaño resultan desde esta perspectiva preferibles a los pequeños, y el aumento de tamaño se realiza vía prácticas colonizadoras. Esto beneficiaría tanto al Estado colonizador, como al territorio colonizado, debido a que la colonización promovería un desarrollo económico acelerado. Sin embargo, este proceso también conlleva a una posición de exterminio indirecto.

Obviamente, el imperialismo que se desprende de dichas teorías depende mucho de la nacionalidad del autor. Spykman consideraba que Estados Unidos debía colonizar América del Sur para garantizar la autosuficiencia militar estadounidense. Asimismo, también concebía que las razas inferiores debían mantenerse como fuerza de trabajo en función a las razas superiores, debido a los límites que el clima imponía. Haushofer pensaba que el expansionismo alemán requería de una alianza con los rusos (Hobson aquí nos recuerda que por eso Haushofer celebró la alianza que Hitler hizo con la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial y que se opuso a su fin en 1941), así como con Japón, China e India, con el fin de poder derrotar a Francia, Inglaterra y a los Estados Unidos.

En el caso de Hitler, resulta evidente que la colonización era un objetivo fundamental del Estado alemán. Pero el discurso racista que involucra el nazismo hacía imposible la socialización de razas inferiores en la cultura alemána. Y cualquier tipo de mezcla o contacto racial solamente traería degeneración. Este aspecto sobre el discurso racista es clave por determina como necesaria la política de exterminio en el proceso de expansión imperial. A diferencia de Hitler, Ratzel concebía que la mezcla de razas podría rendir buenos frutos, debido a que era posible mejorarlas (esto lo acerca a posiciones neo-Lamarckistas). En cambio, el medio ambiente en Hitler a lo mucho terminaba siendo una suerte de “variable interviniente”, ya que lo central se jugaba en la sangre de cada raza. El otro elemento que diferencia a Hitler de autores como Haushofer es el anti-semitismo. Esto llevó a Hitler a elaborar una imagen de la amenaza judía tan diversa como contradictoria: los judíos podían ser tanto el capitalista banquero como el bolchevique revolucionario. El judaísmo se encontraba diseminado en todo. Y dado que la mezcla y el contactosolamente trae degeneración, la política de la Solución Final es una consecuencia lógica de dicho discurso (esto a diferencia de otros autores como Haeckel, quien sostenía que los judíos sí podían y debían ser asimilados en la sociedad alemana).  A esto hay que añadir que otros discursos racistas temían la amenaza de otras razas por su crecimiento demográfico. Pero en el caso de Hitler, es muy llamativo que la población judía haya sido de alrededor del 0.76 por ciento del total de alemanes (Hobson 2012: 164). Otro elemento problemático del discurso es que otra crítica anti-semita se basaba en el hecho de que los judíos buscaban mantener una pureza racial, algo que Hitler irónicamente celebraría para el caso de la raza aria. La pregunta es entonces cómo un grupo tan pequeño habría degenerado tanto al pueblo de la raza superior. Estos rasgos del discurso racista de Hitler lo diferencian de los pensadores geopolíticos imperialistas alemanes, acercándolo más a autores como Gobineau.

Por otra parte, el racismo imperialista también se encontraba en autores considerados como liberales y de izquierda, cuestionando una vez más el supuesto de que el racismo científico solamente sería convergente con posiciones políticas de derecha. Lo que unifica al imperialismo racial “progresista” es la creencia en el rol civilizatorio que el imperialismo occidental tiene en el mundo (lo cual era posible por un racismo más de tipo lamarckista). Básicamente es Occidente el que tiene la tarea de exportar las instituciones racionales a las sociedades atrasadas. Estas visiones son congruentes con el sistema de Mandato de la Liga de Naciones (la idea de que las razas no civilizadas no estaban listas para poder autogobernarse). El caso más importante aquí, por su influencia política y académica para las relaciones internacionales, es Woodrow Wilson. Lo que Hobson quiere hacer es mostrar que Wilson posee presupuestos racistas que han sido negligentemente obviados en la recepción que hace el mainstream de la historia de la disciplina. Pero para Hobson estos supuestos racistas son clave para poder entender cosas como el rechazo a la igualdad racial de Japón en la conferencia de París.

Esta relectura de Wilson también permite explicar por qué fue que éste se opuso a que los negros en Estados Unidos tengan derechos políticos y protecciones en el sur, siendo también un promotor de la segregación institucionalizada (por ejemplo, prohibió estudiantes negros en Princeton cuando fue Presidente de dicha institución), así como de la legitimidad que el Klu Klux Klan podían tener. Finalmente, también se opuso a la migración no blanca en los Estados Unidos. Wilson suscribía un racismo neo-lamarckista, donde (como ya se ha mencionado) las razas podían ser mejoradas a través de la educación colonial. Esto dota a las razas inferiores de una agencia condicional a la intervención civilizadora occidental.  Además, en su tratado sobre el Estado, Wilson también asume una lógica de inmanencia endógena donde el desarrollo de un estado democrático es un producto puramente occidental y debido a los esfuerzos arios y teutónicos. Su concepción de la democracia era elitista y dependía del “carácter” (auto-control y auto-disciplina). Es por esa superioridad que dichas razas estaban llamadas a tutelar y civilizar a las inferiores. Y solamente luego de un período evolutivo largo sería posible dejar que las razas inferiores mejoradas se autogobiernen de manera civilizada.

Finalmente, Leonard Woolf representa una posición imperialista y paternalista no basada directamente en argumentos raciales. Criticó el racismo científico como un sinsentido, y sostuvo que el conflicto internacional no se debe a diferencias raciales, sino que tiene que ver con el imperialismo occidental que ha sido profundamente coercitivo. Sin embargo, su justificación es paternalista. Para él, no se debe de abandonar a las colonias africanas, ya que ello solamente permitiría una explotación occidental no regulada. En lugar de eso, y de manera similar a John A. Hobson, lo que debe hacerse es un imperialismo donde la exportación de instituciones y la asimilación sea selectiva, en función a qué tan primitivos son los colonizados. Zimmern también compartía la ansiedad sobre el grado de amenaza que podrían constituir Oriente. De ahí que defendiese la restauración del imperio británico, el cual garantizaba estabilidad por el prestigio que representaba en gentleman inglés. El conflicto bélico entre razas se daría básicamente por las diferencias raciales distributivas y por el grado de civilización. Sin embargo, es posible evitar el conflicto futuro vía el rol civilizatorio del imperio británico y del tutelaje que podría brindar a los pueblos atrasados. Solamente el imperio podría mantener el orden entre las diferentes razas. Lo importante de haber reseñado estos discursos es que, hacia el final del libro (Spoiler alert!), Hobson buscará mostrar cómo es que mucho de estos motivos eurocéntricos regresarán de manera mucho más manifiesta depsués del fin de la Guerra Fría (1989), siendo uno de los casos más emblemáticos la visión de Samuel Huntington sobre el choque de las civilizaciones.


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