Antiimperialismo y los mitos de 1919: Marxismo, eurocentrismo y realismo-cultural racista (1914-1945)

Lo importante de entrar a este contexto histórico para la teoría de las relaciones internacionales, luego de haber empezado el recorrido desde 1760, es que permite ver mucho más críticamente la lectura del establishment sobre los orígenes de la disciplina (IR). Recordemos que la lectura tradicional considera que el estudio de las relaciones internacionales surge luego de la Primera Guerra Mundial, como una empresa noble que tiene por propósito principal el resolver el problema de la guerra. Esta lectura se encuentra en uno de los textos clásicos de la disciplina: La crisis de los veinte años de E.H. Carr. Lo que Hobson quiere hacer aquí es mostrar que no hay un nacimiento de la disciplina ex nihilo, y que hay mayor continuidad con las ideas eurocéntricas del pasado de lo que uno pensaría. Esto se expresa cuando uno ve que la posición “liberal” no era puramente “utópica”, como suele recrearse en el “Primer Gran Debate” de la disciplina (por ejemplo, sí existía ansiedad sobre el futuro de la hegemonía occidental y de su mandato imperial… algo que sí fue detectado por Carr en su cuestionamiento al unilateralismo de la posiciones utópicas, las cuales presentan los intereses particulares como si fuesen universales). Pero, además, es en este período (lo que Hobson en alusión directa a Carr llama “la crisis de los treinta años”, 1914-1945) donde se da el apogeo del racismo científico, antes de su desaparición explícita luego de la post-guerra. De ahí que junto a posiciones catalogadas como liberales, también existan posiciones racistas de diversa índole que la historia del mainstream no suele tomar en cuenta a la hora de narrar la historia de la disciplina. Lo que unifica aquí a los realistas e idealistas (al margen de su oposición en el “Gran Debate”) es la preocupación por mantener y/o restaurar el mandato occidental de hegemonía civilizatoria.

El antiimperialismo del período de entreguerras desarrolla un eurocentrismo subliminal donde las categorías de “civilización” y “barbarie” son dejadas de lado, así como categorías raciales. El ejemplo clave aquí es Lenin. Sin embargo, el elemento eurocéntrico medular radica en que Oriente es presentado como una víctima del proceso imperialista, sin agencia para poder enfrentar el proceso occidental. Lo que subyace a este diagnóstico es lo que Hobson llama la “teoría eurocéntrica del Big Bang“. La idea aquí, ya que ya ha sido mencionada en entradas anteriores, es que Occidente se habría desarrollado endógenamente bajo una lógica de inmanencia “excepcional” que habría resultado en su superioridad económica y militar. Y una vez alcanzado este estadio más avanzado, Occidente lo habría expandido al resto del planeta para hacer el mundo a su imagen y semejanza. El imperialismo como fase superior del capitalismo deviene en una dominación total de Occidente sobre Oriente, proceso que es criticado, pero que se reconoce como necesario para que advenga la revolución socialista. De ahí que Hobson sostenga que Lenin da a Occidente una híper-agencia, mientras que relega a Oriente a ser una mera víctima pasiva (sin mayor posibilidad de resistencia o desarrollo propio), incluso en la solución emancipatoria, pues ésta es originalmente desarrollada por el proletariado occidental y expandida al resto del mundo.

Otra variante antiimperialista, pero basada en un realismo-cultural racista se encuentra en Stoddard y en Grant. Stoddard comparte la preocupación (heredada de la profecía racial de Charles Pearson) por la amenaza que las otras razas representan, debido al crecimiento económico y demográfico de Oriente. Para esto jerarquiza el mundo en cinco sub-mundos: el de los blancos, el de los marrones (Asia y África del norte), el de los amarillos (Asia oriental), el de los rojos (América Central y la zona norte de América del Sur), y el de los negros salvajes (África). Y en una línea similar a la de los racistas defensivos, defiende como solución el ideal de un apartheid racial internacional por los riesgos que presentan las razas marrones y amarillas (a las cuales se dota de una agencia predatoria). El evento histórico que trata de evidenciar este proceso es la victoria de Japón frente a Rusia en 1905. Su visión concibe a la raza blanca como estando en un proceso de declive, debido sobre todo al intervencionismo estatal para mantener a la clase obrera a expensas de la élite blanca. Pero también el declive se debe a su disminución en términos absolutos frente al crecimiento demográfico de las demás razas, con lo que sería cuestión de tiempo antes de que empezaran a colonizar América Latina y África. Finalmente, el principal evento histórico que marca la narrativa del declive de la raza blanca es la Primera Guerra mundial, ya que fue ahí donde se generó la principal disminución de la raza (y recordemos que el argumento supone que los soldados que van a a la guerra representan una parte significativa del mejor “stock” racial). Esto es visto, en pocas palabras, como un suicidio racial, fuera de dividir a un más a la raza blanca en la post-guerra. De ahí que se oponga a nacionalismos que no ven la necesidad de unificar a la raza blanca (como en los casos del pan-germanismo alemán y del pan-eslavismo ruso). Como se mencionó líneas más arriba, y debido a este diagnóstico, para Stoddard la raza blanca debe unificarse y abandonar totalmente sus pretensiones coloniales en Asia, aunque manteniendo cierto control estratégico colonial en África y en América del Sur. Todo esto con el fin estratégico de evitar el avance de la amenaza marrón y amarilla.

En una línea convergente, Grant considera que el colonialismo ha servido solamente para debilitar a la raza blanca, aunque sí considera que el exterminio realizado en Australia y en Nueva Zelanda ha sido exitoso. Y si bien comparte la tesis de que la raza blanca tiende a degenerar en climas no aptos (como los tropicales), también considera que la colonización de la India es posible y deseable, siempre y cuando sea hecha por un grupo pequeño que se mantenga aislado de las razas subyugadas, con el fin de evitar cualquier tipo de contacto y de mezcla. Asimismo, ambos se opusieron por razones similares a que los Estados Unidos aceptaran inmigración no blanca, pues dicha política no traería nada más que declive racial. Para terminar, Hobson destaca además que ambos simpatizan con una eugenesia negativa, donde la eliminación de los inferiores es necesaria. Lo irónico de dicha posición es que, a pesar de que ambos eran antiimperialistas, va a ser Hitler quien se verá severamente influenciado por los argumentos racistas de Grant, al punto de considerarlo su “Biblia”, aunque tenga una posición profundamente opuesta en el campo internacional.


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