Racismo imperialista: realismo racista, liberalismo y socialismo (1860-1914)

A diferencia de la historia mainstream sobre el realismo político en las Relaciones Internacionales (IR), donde éste empezaría claramente con las obras de Carr y Morgenthau en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, Hobson busca mostrar cómo es que ya existía desde antes un realismo político articulado con un discurso basado en el racismo científico (su propósito con esto, desde su proyecto de una historia crítica al eurocentrismo de la teoría se verá reflejado cuando analice discursos conservadores contemporáneos que retoman algunas de las lógicas argumentativas raciales, pero sin el discurso racista de base). Pero además, hoy en día se asume que ser un racista científico involucra inevitablemente “políticas de derecha” y no permite hacer inteligible que el racismo científico también estaba presente en posiciones ideológico-políticas liberales y socialistas de diverso tipo. Los racistas liberales tenían una visión triunfalista sobre la expansión natural de la raza anglosajona y de su civilización. Asimismo, esto era compatible con la idea de misiones civilizatorias “benignas”. Por su parte, los socialistas racistas abogaban por la paz entre naciones blancas, pero muchos no veían problema alguno en defender la colonización de las razas inferiores. Finalmente, tanto liberales como socialistas tendían además a simpatizar con la eugenesia, ya que ésta es afín al colectivismo, la intervención estatal, la ingeniería social y la planificación (debemos recordar que la eugenesia era común entre los intervencionistas y que Keynes era miembro de la sociedad eugenésica).

Para Hobson es posible identificar dos tipos de racismo imperialista (o “racismo ofensivo”). En un primer grupo se encuentran autores como Mahan y Mackinder, los cuales piensan a la globalización como un proceso que agudiza la “amenaza bárbara amarilla”, debido a la interdependencia, tecnología y conexión entre Oriente y Occidente. La solución es una contra-ofensiva occidental, donde la raza anglosajona debía aliarse. De manera similar a autores como Pearson, aquí también se dota a Oriente (la “raza amarilla”) de una agencia puramente predatoria (y la narrativa eurocéntrica no concibe que Oriente contribuyó de manera decisiva al progreso humano). Mahan y Mackinder en tanto realistas racistas asumen esta concepción de la globalización, pero no la interpretan de una manera necesariamente pesimista. Pero para poder enfrentar la amenaza bárbara que se viene (en la línea de la profecía hecha por Charles Pearson), sería necesaria una alianza entre las razas anglosajonas. Específicamente, en el caso de Mahan, China se presenta como la principal amenaza y por eso los Estados Unidos necesitan desarrollar su poder naval, así como Europa necesita operar como una barrera, para que así ambos puedan contener el inevitable avance de China y Japón que la globalización incentiva.

El otro grupo, representado por autores como Kidd, Pearson y Ward (entre varios otros) niegan la agencia de las razas no blancas y piensan la globalización como una oportunidad para dirigir políticas imperialistas de exterminio contra éstas. Esto se concibió de dos maneras diferentes: a través de un genocidio racial directo, o a través de un exterminio indirecto vía la colonización y explotación de razas inferiores hasta su extinción. Por ejemplo, para Kidd solamente la raza blanca es la única que puede generar progreso en el mundo. Y al negarle agencia a Oriente, veía a la globalización como una oportunidad para explotar los recursos de Oriente y aumentar así la vitalidad de la raza occidental. Kidd defendía así un exterminio racial indirecto, donde el mero contacto de las razas inferiores con las superiores generaría la muerte natural de las primeras, debido la principio de la supervivencia del más fuerte. Sin embargo, compartía la preocupación de que colonizar zonas tropicales podría degenerar a la raza blanca. Su solución fue pensar que la colonización debía hacerse a la distancia, y solamente con un reducido grupo de administradores blancos en cada colonia. En esta línea algunos autores trataron de presentar como ejemplos exitosos los exterminios hechos en Estados Unidos y Australia, los cuales contribuyeron a hacer esos territorios mucho más productivos gracias a las razas superiores.

En el caso de Pearson (discípulo de Galton), también se piensa al proceso de globalización como oportunidad para la colonización occidental y para el exterminio de las demás razas. Pero además, promovía la eugenesia como vía para mejorar la especie humana a través de la intervención estatal para reproducir a los grupos sociales y raciales superiores (“eugenesia positivia”) y evitando la reproducción de los grupos sociales y raciales inferiores, incluyendo a la clase obrera blanca (“eugenesia negativa”).

Adicionalmente, Lester Ward es interesante para Hobson por ser un liberal progresista racista e imperialista. En el campo doméstico era progresista en términos de defender la intervención estatal para defender los intereses de las clases trabajadoras. Sin embargo, en el campo internacional defendía el exterminio (lo cual contrasta con Spencer y Sumner, quienes defendían domésticamente un Estado mínimo e internacionalmente una no intervención). Pero como Ward también suscribía una concepción neo-lamarckista, es decir, que sí asumía que era posible mezclar a las razas (pero porque la raza blanca sería siempre predominante por ser superior), aunque en última instancia siempre habría guerra racial en el campo internacional (lo cual contrasta con posiciones liberales que veían históricamente la posibilidad teleológica de una paz perpetua). De manera general, mucho de este tipo de racismo científico consideraba que la guerra no tenía sentido entre los Estados civilizados blancos, pero que era absolutamente natural entre la raza blanca y las demás razas.

Finalmente, Reinsch concibe que es posible tener misiones civilizatorias “benignas”, donde prime una sensibilidad empática. Esto converge mucho con John A. Hobson, cuando éste cuestionaba la importación total de instituciones y normas occidentales en contextos radicalmente diferentes. Por eso es necesario que los proyectos de colonización estudien los pueblos a los que intentan colonizar, con el fin de que la colonización sea lo más efectiva y eficiente posible. Pero debemos recordar que esto se hace por razones raciales y no culturales: la inferioridad de ciertas razas hace imposible que ciertos elementos occidentales puedan ser exportados con éxito.

Sin embargo, para Hobson termina habiendo una paradoja teórica en el racismo científico imperialista. Y es que, dados los retos y dificultades que la colonización de las razas no blanca trae para la raza blanca (contacto entre razas, climas tropicales, etc.), resulta difícil justificar lógicamente una posición racista que no sea antiimperialista (a diferencia de los racismos antiimperialistas). Esto no desconoce que el racismo imperialista haya sido popular y defendido por diversos académicos (el punto del capítulo es hacer una reseña de dichas ideas), sino que solamente busca apuntar a que entre ambos discursos racistas, parece ser más coherente la posición antiimperialista (como la de Spencer).

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