La teoría de las relaciones internacionales como constructo eurocéntrico

Hace más de cuatro meses que no escribía nada en el blog. Creo que ha sido el intervalo de tiempo más extenso, desde que empezó hace ya varios años. Se siente un poco extraño regresar. Como podría esperarse, ello se ha debido a que he estado sin mucho tiempo. Sucede que el año académico del doctorado que acaba de pasar (septiembre 2015 – abril 2016 ) he estado llevando el minor field (la “mención menor”) en Relaciones Internacionales (de ahí que haya tenido algunos posts dedicados a discusiones más metateóricas en dicho campo). Y luego de eso tuve que estudiar intensamente para el examen doctoral que fue en mayo. Afortunadamente todo eso ya terminó y salió bien. Por eso consideré que sería bueno regresar escribiendo sobre un (relativamente) reciente libro muy interesante que hace una relectura crítica de la historia de IR, mostrando sus presupuestos eurocéntricos en sus diferentes variantes. Me refiero a The Eurocentric Conception of World Politics: Western International Theory, 1760-2010 (Cambridge University Press, 2012) de John M. Hobson.

La tesis de Hobson es que las teorías de las relaciones internacionales (de ahora en adelante, “la teoría”) construyen concepciones eurocéntricas de lo internacional. Es este sesgo el que lo lleva a cuestionar el metadiscurso positivista que defiende que lo que hace IR es realizar explicaciones objetivas y universales. En sus múltiples variantes, lo que la teoría hace para Hobson es defender, promover y considerar a Occidente como el ideal normativo. Ahora bien, algo que he disfrutado mucho del libro es que dentro de esa crítica eurocéntrica, el propósito de Hobson es desarrollar una tipología o vocabulario conceptual que dé más matices para comprender las diferentes variantes de presupuestos etnocéntricos presentes en la teoría. Por ejemplo, no todo eurocentrismo es racista, o imperialista, aunque ello no quite que sea igualmente eurocéntrico (se trata de una crítica constructiva al diagnóstico que ha inspirado la obra de Edward Said). Posiciones más radicales y críticas podrían criticar estos matices, como si el objetivo fuese matizar o “lavarle la cara” a la teoría. Sin embargo, creo con Hobson que lo que se gana es una mayor claridad analítica, lo que lleva a agrupar teorías de manera diferente, encontrando interesantes continuidades y diferencias no inmediatamente intuitivas dentro del período histórico que estudia (1760-2010).

Lo que Hobson va a hacer es explicitar qué tipo de metanarrativa que subyace a las diferentes teorías, los diferentes tipos de “estándares civilizatorios”, el grado de agencia que se da a Oriente, si lo que prima es una posición imperialista o antiimperialista, y la sensibilidad más o menos triunfalista con la que se cuenta (Hobson 2012: 3). Es la combinación diferente de estos elementos lo que da lugar a diferentes variedades de eurocentrismo presente en la teoría, dando una visión más matizada y compleja que el “orientalismo” de Said. De ahí que se sostenga que no todo eurocentrismo es necesaria e inherentemente racista, imperialista, optimista, ni negador de la agencia oriental. Teniendo en cuenta todo lo anterior, Hobson encuentra cuatro tipos ideales que se encuentran presentes en el período 1760-1945:

  1. Institucionalismo eurocéntrico imperialista (paternalismo): Occidente posee una agencia pionera que permite que autogenere la modernidad (una diferencia más cultura e institucional), mientras que el Oriente posee agencia condicional, es decir, que requiere de Occidente para poder desarrollarse. Lo que se desprende de esto es que Occidente tiene una misión paternalista y civilizatoria para ayudar a Oriente a desarrollar instiuciones racionales y modernas.
  2. Institucionalismo eurocéntrico antiimperialista (anti-paternalismo): Los grupos no occidentales pueden autodesarrollarse y llegar a la civilización si siguen el camino occidental. Esto quiere decir que la agencia es derivada, mientras que la occidental es excepcional. Lo que se desprende es la no intervención, para no alterar el proceso de desarrollo natural e inherente.
  3. Racismo científico imperialista (ofensivo): en el caso del racismo (donde la diferencia principal es genética y biológica), lo importante es reconocer que existen diferentes variantes en conflicto (como las visiones inspiradas en Darwin y Lamarck). Los lamarckistas dan peso al medio ambiente y a la socialización como elementos que pueden mejorar a las razas. Esto permite ver a las razas como susceptibles de progreso. Si las instituciones modernas pueden exportarse para mejorar a las razas, entonces es posible pensar la intervención como una misión civilizatoria de largo plazo. Pero también existen visiones donde el mejoramiento de las razas es imposible, y aquí la intervención tiene un carácter de opresión y exterminio.
  4. Racismo científico antiimperialista (defensivo): en este caso el discurso racista considera que el imperialismo obstruye el proceso evolutivo natural de las diferentes razas. Y si el discurso racista no admite posibilidad de mejoramiento, lo que se desprende es una política de aislamiento de las razas superiores para que no se mezclen con las razas inferiores (una especie de “apartheid racial”).

Lo que todas estas variantes comparten es la división Oriente/ Occidente, donde los rasgos negativos siempre se encuentran en Oriente (y en el caso extremo, dichos aspectos solamente implican la necesidad de su exterminio) y donde Occidente es virtuoso, pionero y progresista. Esto supone una visión ahistórica del proceso donde Occidente se desarrolló primero por sí mismo, y luego le siguió el resto del mundo. Hobson rechaza esta concepción de la historia, donde es Occidente quien posee una lógica de desarrollo inmanente, apelando a investigaciones históricas realizadas en otros trabajos donde muestra que sin Oriente, Occidente como tal no existiría (básicamente, su desarrollo fue tardío y requirió de tecnologías, instituciones e ideas tomadas de oriente).

A diferencia del período mencionado líneas más arriba, en el período 1945-1989, el racismo científico desaparece de la teoría y el eurocentrismo deviene subliminal. Ya no se habla explícitamente de imperialismo (se habla de “hegemonía”), ni de la división “civilización/ barbarie” (se habla de “modernidad/ tradición”, de “centro/periferia”). Aquí se encuentran las principales teorías de las relaciones internacionales: neoralismo, institucionalismo neoliberal, la escuela inglesa, y el neo-marxismo. Finalmente, luego del fin de la Guerra Fría, el eurocentrismo subliminal regresa a su fase manifiesta. Aquí Hobson utiliza las expresiones “liberalismo occidental” (más cercano al paternalismo eurocéntrico) y “realismo occidental” (más cercano al racismo imperialista) dar cuenta de las teorías que emergen.

Todo esto lleva a Hobson a deconstruir lo que el considera seis axiomas clave que han sido sedimentados como esenciales en la disciplina, mostrando que se tratan de mitos eurocéntricos y no de verdades evidentes: (1) la disciplina no nació ex nihilo luego de la Primera Guerra Mundial con el objetivo promover la paz. Por eso es que el libro empieza mucho antes, en 1760, con el fin de mostrar continuidades eurocéntricas; (2) la disciplina nunca ha sido neutral o libre de valores, como lo esperaría el paradigma positivista (como en el caso de Keohane); (3) los “grandes debates” no existieron, y además comparten supuestos eurocéntricos que hacen a las teorías mucho más cercanas de lo que uno percibiría a primera vista; (4) la idea de Estados soberanos bajo anarquía es problemática porque históricamente lo que ha prevalecido es la jerarquía vía los estándares de civilización, donde la soberanía se da de manera gradual y donde las relaciones entre intra-occidentales son diferentes (aquí la jerarquía puede ser formal o informal, y la soberanía puede ser híper, condicional, o gradual); (5) la globalización ha sido concebida de diversas maneras (como “amenaza” o como “oportunidad”), aunque en ambos casos subyace una visión eurocéntrica; y, finalmente, (6) el mito de las grandes tradiciones teóricas (por ejemplo, realismo, liberalismo, marxismo) es problemático porque imagina continuidades que proyecta desde el presente hacia el pasado (como cuando se piensa que el realismo va de Tucídides a Waltz, Gilpin y Mearsheimer).

En síntesis, el proyecto de Hobson busca realizar una historia crítica de la disciplina que permita abrir nuevas posibilidades no-eurocéntricas de investigación, mostrando las metanarrativas eurocéntricas que subyacen a los discursos teóricos que se han dado sobre lo internacional en los últimos doscientos cincuenta años.

 


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