Metateoría convencionalista y defensa de la predicción: de la teoría a la política

Luego de haber revisado posibles decisiones políticas (como punto de partida), las teorías sustantivas, así como las metateorías naturalistas y reflexivistas, Chernoff concluye su libro suscribiendo una metateoría convencionalista (desde ya menciono que esta salida es muy rápida en el libro y se siente bastante ex machina). Es cierto que el positivismo lógico no es defendible hoy, pero eso no invalida para Chernoff poder suscribir una concepción naturalista, empirista y no fundacionalista de las ciencias sociales. La ontología de las teorías no sería para Chernoff decidida filosóficamente a priori. Es vía la investigación empírica la que genera observaciones donde nuestras teorías van refinándose y explicando lo que se observa. Eso hace que nos comprometamos ontológicamente con los términos de la teoría. Sin embargo, solamente con eso se mantendría abierta la posibilidad ser un realista o instrumentalista sobre dichos términos. Por eso es que aquí Chernoff sigue a Van Frassen y admite un empirismo agnóstico sobre la existencia de los términos teóricos de las teorías científicas, agnosticismo guiado por un pesimismo inductivo sobre la historia de las teorías científicas.

El convencionalismo tiene sus raíces en la obra de Pierre Duhem. Esta apelación a Duhem le permite a Chernoff ser mucho más cauto sobre el usual optimismo del naturalismo y sobre el excesivo subjetivismo del reflexivismo. La objetividad de la ciencia sí depende de un acuerdo convención entre la comunidad científica, así como de los criterios para elegir a la mejor teoría. Dichas convenciones no están basadas en pura lógica, pero tampoco son puramente arbitrarias o aleatorias. Las convenciones existen por los debates y conversaciones que la comunidad va manteniendo razonadamente. Las convenciones, por ejemplo, van generando acuerdos sobre conceptos claves y sobre estipulaciones para generar mediciones adecuadas. Eso para Chernoff es una condición necesaria, aunque no suficiente, para que el progreso científico pueda tener lugar, aumentando los niveles de predicción. Chernoff pone como un ejemplo de dicho progreso basado en convenciones a la hipótesis democrática: durante su discusión se ha ido refindando conceptualmente qué es una democracia y qué es una guerra, con el fin de evaluar si las democracias se hacen menos la guerra entre sí, así como pasar a medir diádicamente la relación entre democracias y no democracias (a pesar de esto, las ideas que de Duhem que sirven de base no son explicadas con mucho detalle, por lo que la metateoría que suscribe Chernoff hacia el final del libro se siente, como ya mencioné, poco fundamentada). En todo caso, fuera de la metateoría convencionalista, Chernoff termina cercano a un instrumentalismo empirista con un pluralismo metodológico que esté guiado por problemas, más que por métodos. Esto le permite mantener ciertos estándares de objetividad y predictibilidad, aspectos de la investigación científica que permiten que el conocimiento pueda contribuir a tomar decisiones políticas (idealmente) más adecuadas.

Y sobre la oposición entre aproximaciones “externas” o “internas” (como la división de Hollis y Smith entre explicar y comprender en IR, la cual tiene mucho que ver con la división entre naturalismo y anti-naturalismo), Chernoff defiende que no son excluyentes porque responden a diferentes problemas. En algunos problemas el naturalismo sería más adecuado y en otros lo será el interpretativismo. Esto implica que lo que Chernoff está defendiendo es un pluralismo de métodos en IR. Aunque esto no es explícito, me parece que su pluralismo se infiere del convencionalismo metateórico que suscribe. Y a pesar de que se afirma como pluralista, debo decir que el tono del libro y los énfasis que se hacen lo presentan como alguien más simpatizante al naturalismo teórico y metateórico.

En lo que respecta a la distinción hecho-valor, una crítica recurrente es que las aseveraciones sobre hecho son en el fondo valorativas. Pero otra posibilidad también es que detrás de toda aseveración valorativa hay en realidad una aseveración factual (por ejemplo, vía una suerte de naturalismo ético). Chernoff considera que incluso si es posible admitir que la ciencia no exenta de valores (ya que es bastante esperable que la elección de los problemas a investigar científicamente tenga que ver con los valores del investigador), ello no implica abandonar la distinción entre hechos y valores. Es decir, en lo que respecta a qué tan moral o valorativas son las teorías, Chernoff acepta que es posible que no existan aseveraciones puramente factuales y puramente valorativas. Pero eso no quiere decir que uno no pueda juzgar el grado o proporción de elementos factuales y valorativos que componen las aseveraciones de una teoría. Por ejemplo, decir que “Kim Jong-il fue hijo de Kim Il-sung” no es igual de valorativo que decir “Kim Jong-il fue un terrible tirano”. Chernoff cree que si las teorías tienen un mayor componente factual en sus aseveraciones, es posible mantener una mayor objetividad y progreso en la empresa científica naturalista.

Y el punto quizá más importante del argumento: sobre si las ciencias sociales pueden generar predicciones, Chernoff reconoce como un problema que el mundo social sea más complejo y difícil de asilar en sus componentes. También acepta que las regularidades en el mundo social son mucho más superficiales sin necesariamente leyes más profundas que nos brinden predicciones con un alto grado de confiabilidad. Otra crítica es que los cambios sociales a veces son tan radicales que se generan discontinuidades, con lo que las tendencias asumidas hasta el momento se vuelven irrelevantes. A pesar de estas importantes críticas, Chernoff quiere defender que la predicción en las teorías sustantivas en IR es muy importante. Lo primero para legitimar dicha posibilidad de las teorías es que la predicción no tiene que ser determinista. Mientras cumpla con dar una base razonable de conocimiento para guiar la acción política, su carácter predictivo está funcionando adecuadamente. Y es que para Chernoff, si las teorías carecen de cualquier posibilidad de poder predictivo, la utilidad práctica de la teoría para la política sería disuelta. Lo que se desprende de esto es que si el conocimiento puede contribuir a la política, ello solamente es posible si la teoría puede brindar al político una aseveración del tipo “si hacemos A, es probable que suceda B”. Esta aseveración es más razonable que actuar al azar porque se encuentra fundada en la mejor evidencia empírica y el mejor rigor metodológico disponible. Y es por esta defensa de una noción de predicción bastante más modesta, pero útil, que Chernoff puede decir que los reflexivistas tienen que admitir que la predicción es posible, fuera de deseable, si es que quieren defender la relevancia política de sus empresas teóricas. Y en contra de la subordinación mecánica de las teorías a ciertas orientación política, Chernoff defiende que la honestidad intelectual requiere que la evidencia guíe nuestras conclusiones, incluso si estas van contra lo que normalmente desearíamos. Obviamente mientras los cambios sean más dramáticos, los estándares de lo que necesitamos como prueba serán más altos. Entonces, si queremos rechazar la posibilidad de que nuestras teorías sustantivas de IR puedan brindar algún tipo de predicción, entonces debemos abandonar la posibilidad de que el conocimiento científico pueda tener un impacto beneficioso en la decisión política. Esto significaría rechazar que podemos cambiar el mundo en función a políticas que consideramos adecuadas. Por eso es que los estándares de prueba acá deben ser bien altos. Muchos reflexivistas aceptan este rechazo, lo cual implica que aceptan esta consecuencia. Sin embargo, Chernoff considera que ese rechazo es muy rápido (sin suficiente evidencia) y que tienen consecuencias poco deseables (en términos de cómo pensamos y hacemos efectiva la relación entre la investigación científica y la acción política).

A pesar de todo esto, uno siente que la relación entre producción científica y acción política termina asumiéndose mucho más armónica, sin reconocer (como en la crítica reflexivista) que la producción científica también puede estar bastante politizada y marcada por relaciones de poder. Asimismo, incluso si es que la ciencia fuese producida en condiciones ideales como las que dicta la metateoría y las metodologías de investigación empírica, eso no garantiza que la acción política tenga que hacer caso de la ciencia, o que no pueda instrumentalizar a la ciencia para fines políticos que no son compartidos en la comunidad académica. Finalmente, usando el ejemplo sobre el realismo democrático (neoconservadurismo) que fue presentado antes, al margen del rechazo público de la comunidad académica de IR hacia la invasión a Irak, dicha invasión fue hecha (sea o no bajo la guía teórica del realismo democrático). Esto presenta también una pregunta no respondida en el libro: una de las acciones más importantes en política exterior de la década pasada desafió a prácticamente todo el espectro del mainstream teórico. Si eso es así en decisiones fundamentales, ¿qué esperanza de impacto relevante puede quedarle a la disciplina?


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