Reflexividad

por Erich Luna

La última de las ontologías filosóficas de Jackson es lo que llama reflexividad. Dicha ontología comparte con el realismo crítico la apuesta filosófica por el transfactualismo; con el analiticismo comparte la apuesta filosófica por el monismo mente-mundo (monismo que vimos que en Jackson parece aludir mucho más a lo que Meillassoux llama correlacionismo débil, y no tanto a idealismo). Dicha ontología se opone totalmente al neopositivismo, ya que se rechaza el fenomenalismo y el dualismo mente-mundo. Por eso es que la empresa positivista de conocer un mundo que se limita a la experiencia con covariación, generalización empírica y prueba de hipótesis es algo que pierde sentido desde la expresa científica reflexiva. El monismo transfactual parte de suponer que el conocimiento tiene su inicio en el involucramiento práctico y concreto del investigador. Pero el conocimiento apunta a conocer los involucramientos mismos, y no lo empírico que emerge de ahí y que el analiticista busca ordenar pragmáticamente vía tipologías.

El objetivo, entonces, es obtener (por decirlo de alguna forma) una mayor autoconsciencia del investigador sobre su propia práctica científica y sobre el contexto de éste se haya inmerso (lo cual va más allá de aspectos puramente biográficos, ya que comprenden también a la historia de la disciplina misma que uno se encuentra practicando). La reflexividad está mucho más orientada a comprender las prácticas sociales que producen el conocimiento. El origen de la reflexividad se evidencia cuando constatamos que en las ciencias sociales los seres humanos que realizan dicha actividad son parte del objeto de estudio (sin embargo, aquí habría que precisar cuál es la diferencia que se asume entre lo natural y lo social para no hacer el mismo argumento para con las ciencias naturales, dado que el ser humano es también parte de la naturaleza). El conocimiento desde esta perspectiva no puede separarse (pero tampoco reducirse) a la posición social y a las prácticas organizacionales del investigador en cuestión. El conocimiento reflexivo evidencia las distinciones básicas que operan en la producción de conocimiento y puede, a partir de ahí, buscar reproducirlas o rechazarlas (las categorías que se deben tener en mente aquí son por ejemplo “raza”, “clase”, “género”, etc.). Entonces, no es que simplemente el conocimiento refleje sin más cosas como raza o clase social. Lo importante es que el conocimiento puede cuestionar dichas distinciones, descubriendo los factores o fuerzas históricas que constituyen el presente. De ahí que la reflexividad tenga un enfoque bastante historicista, donde cuestiones como racionalidad son consideradas como elementos que son susceptibles de cambiar en el tiempo. De ahí que el conocimiento reflexivo también pueda ser considerado como terapéutico (un teórico contemporáneo que podría ser tenido por influyente en esta ontología filosófica es Bourdieu. Y aunque Jackson no lo menciona, me parece que Foucault y sus ideas sobre genealogía y ontología del presenta son centrales para este tipo de proyecto).

Un problema potencial que puede presentarse a este tipo de empresa es que parece ser mucho más partisano o intelectualista, ya que es el investigador reflexionando sobre sí mismo sus condiciones sociales de producción de conocimiento. Lo que Jackson hace para mostrar cómo el investigador reflexivo podría resolver esta objeción es apelar a la posibilidad de que el investigador y su audiencia compartan ciertos estándares y situaciones sociales. Mientras más radical sea la investigación, el descubrimiento de supuestos compartidos susceptibles de cuestionamiento podría aumentar. Pero más allá de recolectar los sentidos comunes compartidos, el punto de la investigación reflexiva es examinar cómo esos saberes funcionan en el contexto social. Ahora bien, para entender mucho mejor las posibilidades que el rol de los intelectuales puede tener en la sociedad, Jackson establece tres grandes tipos ideales para examinar vías posibles de la investigación reflexiva. La primera tiene que ver con sostener que los intelectuales pueden proveer a la sociedad de una visión holista, con una visión desinteresada (y contra visiones puramente partisanas o sesgadas). Quien expresa esta concepción es sobre todo la sociología del conocimiento de Karl Manheim, con el ideal de la “ideología total”. Y si bien dicha síntesis puede ser considerada como inalcanzable en principio, ello no quita que dicha meta pueda ser válida como ideal regulativo (algo que hasta cierto punto Bourdieu comparte). El segundo tipo ideal es el del intelectual revolucionario que no busca desinteresadamente una visión holista. Todo lo contrario: lo que hace es clarificar de qué lado está cada posición y qué tipo de orden social se está defendiendo, donde importan tanto las condiciones materiales, como los sentidos comunes compartidos (el autor clásico aquí sería Antonio Gramsci y su problematización de la distinción rígida entre intelectual y no-intelectual). La tendencia aquí es a tomar partido por los grupos históricamente marginados y subordinados. Otros autores mencionados aquí por Jackson son Deleuze, Guattari, Adorno y Horkheimer. Finalmente, el tercer tipo ideal es el del intelectual que está comprometido con la diversidad de puntos de vista. Aquí el objetivo es contribuir a generar espacios donde otros grupos (usualmente marginados) puedan ampliar la comprensión colectiva, en tanto conversación entre diferentes grupos sociales (sin preocuparse tanto por el ideal de que dicha conversación llegue a una conclusión definitiva). Sandra Harding, para Jackson, representa bastante bien este objetivo intelectual, cuando busca ampliar en la comunidad científica perspectivas y estándares que no supongan una visión culturalmente masculina. La crítica feminista para ella permite hacer que la comunidad científica tenga una objetividad más fuerte, señalando sesgos tácitos que puedan estar presentes en la reproducción social de la producción científica. En todo caso, y al margen de qué tipo de investigación reflexiva se esté realizando, el resultado parece apuntar a una constante (o por lo menos potencial) crítica inmanente.

En IR, debido a que la etiqueta de “ciencia” ha sido tomada hegemónicamente por el neopositivismo, los críticos del neopositivismo suelen distanciarse de la idea misma de ciencia. Un autor clásico es Robert W. Cox y su distinción entre “teoría crítica” y “teorías que resuelven problemas”. También puede incluirse aquí a Andrew Linklater. Estos autores son tradicionalmente agrupados bajo la etiqueta de “teoría crítica” en IR, pero Jackson considera que esa etiqueta es muy vaga. De hecho, para Jackson solamente tiene sentido a la luz de una ontología filosófica reflexiva, dado que el objetivo es clarificar los presupuestos tácitos de una visión parcial de la sociedad (usualmente ligada a los grupos dominantes). Asimismo, las teóricas feministas en IR (como Cynthia Enloe y Ann Towns) también deben ser incluidas en este grupo, así como a los académicos post-coloniales.

Fuera de que fundamentalmente el investigador reflexivo se dedica a analizar casos concretos, la comparación puede ser aquí posible y deseable porque permite des-naturalizar lo que en otros contextos tomamos como obvio. Y, finalmente, a pesar que dicha posición es mucho más marginal en el campo hoy, no debe olvidarse que E.H. Carr fue bastante influenciado por Manheim. Ello se expresa en su interés explícito por la producción de conocimiento en IR. De ahí que no deba pensarse que la reflexividad es algo enteramente ajeno a la disciplina per se.

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