Las relaciones internacionales y la cuestión del positivismo desde el realismo crítico

por Erich Luna

Colin Wight, en su libro Agents, Structures and International Relations: Politics as Ontology (United Kingdom: Cambridge University Press, 2006) se propone analizar las diferentes discrepancias teóricas y metodológicas que se han venido dando en el campo de las Relaciones Internacionales (IR), prestando atención a los fundamentos ontológicos y epistemológicos que subyacen a dichas disputas. Su hilo conductor son el problema de la agencia y estructura en las ciencias sociales (específicamente en el caso de IR) y los debates en torno a la filosofía de la ciencia. El punto de partida en el análisis es el positivismo, ya que es la aproximación más hegemónica en IR. Lo que quiere destacar Wight es que lo que suele suceder en los debates en torno al positivismo es el asumir que positivismo y ciencia significan inevitablemente lo mismo, cuando ello no tiene por qué ser así (es interesante destacar que eso es algo a veces también recurrente en la tradición continental, cuando sus diferentes tradiciones son críticas o ambivalentes con la práctica científica, por asociarla una concepción positivista). La visión no-positivista de la ciencia que Wight va a suscribir es la que inició el filósofo de la ciencia Roy Bhaskar y que suele ser denominada “realismo crítico”, siendo ésta una versión del realismo científico (sin embargo, Wight utilizará la expresión “realismo científico” para referirse a su posición filosófica). Antes que Wight, en el campo de IR, uno de los principales teóricos que incorporó el realismo científico de Bhaskar en su propio proyecto fue Alexander Wendt (véase su intento de via media desarrollado en Social Theory of International Politics). Sin embargo, Wight critica que Wendt (siendo un realista científico) termine considerándose un positivista. Considero que esta crítica es acertada, ya que la posición de Bhaskar es inevitablemente anti-positivista. Esto no quiere decir que el proyecto de Wendt esté equivocado, aunque sí parece que no interpreta bien las consecuencias anti-positivistas del realismo científico que abraza.

Partiendo del problema agente-estructura, es posible reconocer que lo que está a la base es lo que algunos denominan el problema del naturalismo (en las ciencias sociales), esto es, que la los objetos de investigación de las ciencias sociales respondan a las maneras de investigar que son propias en las ciencias naturales. Históricamente, Wight considera que la división entre la agencia y la estructura responde a un dualismo de “dos mundos” (en la línea instaurada por Descartes y reformulada a lo largo de la filosofía moderna). Mi propia percepción es que es en Kant donde encontramos una primera versión, expresada en la tercera antinomia (la agencia libre versus el determinismo impersonal de causas objetivas). Asimismo, en Hegel también es posible encontrar una versión más social del asunto, donde la eticidad (Sittlichkeit) es abordada desde componentes que incorporar el aspecto subjetivo y objetivo de la libertad. En todo caso, esta división ha estado presente en lo que en IR se denominan los “grandes debates” de la disciplina (por ejemplo, idealistas versus realistas, tradicionalistas versus conductismo, etc.). La concepción positivista de la ciencia en IR ha hecho que se piense que en realidad las ciencias naturales y las ciencias sociales tienen una brecha insalvable, fuera de generar en los críticos del positivismo un espíritu de crítica frontal contra el concebir su propio quehacer como científico. Para Wight, un claro ejemplo de ello es el influyente trabajo de Hollis y Smith, Explaining and Understanding International Relations. Como Wendt, ambos autores conciben a la ciencia de manera positivista (a pesar que Smith, como Wendt, se considere un realista científico) y por ello terminan haciendo una rígida división entre explicar y entender (o comprender) en IR. Dicha división sigue la demarcación que hizo el giro hermenéutico en la filosofía alemana de principios de siglo, sobre todo desde Wilhelm Dilthey.

¿Cómo entonces es que Wight rechaza la equiparación de la ciencia con el positivismo? Afirmando que el positivismo es una manera filosófica particular de concebir la ciencia. Ser positivista implica comprometerse filosóficamente con una serie de supuestos ontológicos fundamentales: (1) fenomenalismo (la tesis de que no podemos tener un conocimiento que vaya más allá de las apariencias empíricas); (2) nominalismo (la tesis de que las palabras son convenciones que no refieren a objetos reales); (3) cognitivismo (la tesis de que no podemos dar un valor cognitivo a juicios normativos o de valor); (4) naturalismo (la tesis de que la ciencia se unifica vía el método y que las ciencias sociales, para ser ciencias, tienen que imitar los métodos de las ciencias naturales). Las consecuencias son perseguir un modelo de explicación nomológico-deductivo, tratar de manera instrumentalista los términos teóricos, pensar la causalidad en términos humeanos, y tener un fuerte compromiso con la operacionalización. En la práctica, esto implica una práctica científica que aspira a utilizar teorías como constructos útiles operacionalizados para poder encontrar regularidad el mundo empírico (la sistematización contemporánea de dicha positivista de investigar en ciencia política es el decisivo libro de King, Keohane y Verba, Designing Social Inquiry).

Frente a esta posición, Wight defiende el realismo científico de Bhaskar. El punto de partida de su reflexión es trascendental, en el sentido que pregunta por las condiciones de posibilidad de nuestras actuales prácticas científicas. Sin embargo, esta filosofía de la ciencia no depende de que ciertas teorías científicas actuales tengan que ser verdad. Lo que Wight destaca del realismo científico es la especulación filosófico sobre ciertos aspectos del ser (ontología) que deben presuponerse para que el quehacer científico tenga sentido. Una primera diferencia es que el progreso científico en el realismo científico supone que las teorías que explican mejor son las que representan procesos reales que se dan en el mundo (es lo que algunos llaman el “argumento del milagro”). Esto quiere decir que los constructos teóricos que sobreviven en la ciencia no son considerados como meras ficciones útiles. Sin embargo, ello no quiere decir que dicho conocimiento no pueda ser refutado en el futuro. La ciencia es concebida como una empresa falibilista, donde las mejores teorías son consideradas como conocimiento de algo que es independiente a nuestro capricho subjetivo. Los compromisos ontológicos de este tipo de realismo científico son: (1) realismo ontológico (la tesis de que existe una realidad independiente de nuestra mente); (2) relativismo epistemológico (la tesis de que nuestras creencias sobre el mundo son socialmente producidas); y (3) juicio racional (la tesis de que, a pesar del relativismo, es posible juzgar racionalmente qué teorías son mejores).

El conocimiento del quehacer científico desde esta perspectiva tiene como objetivo el intentar ir más allá de las apariencias para encontrar mecanismos causales que generan ciertos efectos en el mundo. Esto supone ontológicamente una visión estratificada del ser donde podemos buscamos ir siempre más allá del estrato del cual tenemos conocimiento. Para Wight, como para Bhaskar, existen tres dominios: lo empírico (experiencias e impresiones), lo actual (estados de cosas o eventos) y lo real (estructuras profundas, mecanismos y tendencias). Esto va en contra del fenomenalismo positivista que solamente concibe lo real en términos de la realidad empírica, puesto que el realista admite la existencia de inobservables que podemos conocer. Pero también iría en contra del anti-positivismo discursivo que piensa lo real en términos de la conceptualización que tenemos. Wight cuestiona estos supuestos por hacer depender al ser de nuestros medios de conocimiento (este colapso de la ontología en la epistemología es lo que Bhaskar denominó “la falacia epistémica”). Entonces, si bien es cierto que solamente podemos conocer el mundo a través de descripciones, ello no implica que lo descrito sea dependiente de la descripción que hagamos (por ejemplo, los mecanismos causales en la naturaleza no dejan de funcionar porque creamos o no en ellos). Para el realista científico la actividad científica busca ir más allá de las apariencias en pro de estructuras y mecanismos (sean estos de control o causales) que producen estados de cosas en el mundo que percibimos. Para el realista científico es la explicación de estos mecanismos (léase: entender qué tipo de poderes y efectos tienen ciertas entidades) la labor fundamental de la ciencia y no la predicción, como normalmente se piensa. La razón de esto tiene que ver con la creencia de que el mundo en el que vivimos en un sistema abierto, donde no podemos controlar las cosas como en un laboratorio (ello ocurren en las ciencias naturales y con mucha mayor razón en las ciencias sociales, donde no es posible crear fácilmente un sistema cerrado para hacer experimentos. Y de hecho, cuando se hace, las preguntas y los resultados tienden a ser profundamente triviales).

La estratificación ontológica también nos lleva a pensar en la articulación de diferentes niveles como el material, el biológico y el social. Sin embargo, el realismo científico de Wight no es reduccionista, ya que no pretende reducir lo social a lo biológico y lo biológico a lo material. Esto supone una noción emergentista de la realidad donde estratos posteriores son irreducibles a los anteriores (y por ende, tampoco sus poderes o mecanismos emergentes). Sin embargo, fenómenos complejos a explicar sí podrían requerir investigaciones horizontales y verticales, si es que existe una multidimensionalidad relevante. En torno a este realismo ontológico es necesario aclarar cómo entender esto en el caso del mundo social.

El problema inmediato es que el mundo social no es independiente a los seres humanos (en los términos que venimos mencionando líneas más arriba: sin agentes, no existe la estructura). Lo que se desprende hasta el momento, si seguimos a la posición realista, es que la estructura puede ser relativamente independiente a los agentes, puede tener poderes causales propios y al mismo tiempo no ser reducible a los agentes. Al mismo tiempo, los agentes no son reducibles a las estructuras y también tienen poderes causales propios. Finalmente, las relaciones sociales (internas y externas) son fundamentales para constituir dichos elementos. Wight sugiere vía Bhaskar que lo que se encuentra como puente ineludible entre ambos estratos es la “práctica posicionada”, o lo que Bourdieu llama habitus. El poder elucidar ciertas relaciones o poderes causales a los agentes mismos que reproducen el orden social es lo que hace que la ciencia social sea potencialmente crítica y emancipadora (esto es posible porque, a diferencia de las ciencias naturales, en la ciencia social uno no es ajeno al objeto de estudio). Aceptar poderes causales independientes en el mundo social, en casos donde existen relaciones externas fundamentales, abre la puerta a una legítima crítica o explicación sobre cómo los agentes pueden tener creencias equivocadas sobre lo que ocurre con lo que hacen y con lo que les sucede.

En torno al relativismo epistemológico, el punto de partida es reconocer que el conocimiento es socialmente producido (esto toma en cuenta dimensiones propias de la sociología de la ciencia). La ciencia es una empresa falible y socialmente producida (objeto transitivo), pero para poder ser refutada tiene que pretender decir algo sobre la realidad (el objeto intransitivo). Es vía esta distinción que Wight rechaza la idea de inconmensurabilidad y defiende la posibilidad de tener un juicio racional en torno a diferentes teorías científicas. Traducir y debatir entre posiciones diferentes es difícil, pero no imposible si es que tratan de decir algo sobre la realidad. Si ello no es así, o si uno no pudiese salir sin más de su propio marco, el resultado sería la imposibilidad de entender diferentes registros (algo que hasta un estudiante de primer año de IR puede hacer) o, peor, de entender la misma idea de inconmensurabilidad. Y si las teorías no pretendieran hablar sobre lo mismo, no tendría sentido pensar que están en conflicto. El conflicto solamente es posible si existe algo en común sobre lo cual, justamente, se está en conflicto. Este componente de juicio crítico demanda, entonces, que la elección de teorías científicas se haga sobre la base de buenas razones y de mejor poder explicativo, cuestionando (a modo de caso extremo) la idea de que uno cree en la ciencia que cree por mero prejuicio o capricho.

Lo que concluye Wight es que las diferencias ontológicas para con lo social no implican una epistemología diferente (aunque se usen métodos diferentes, muchas veces), con lo que las ciencias sociales no tienen por qué dejar de concebirse como empresas científicas.

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