Los filósofos académicos y la ética

La filosofía tiene como una de sus áreas decisivas a la ética, en tanto disciplina filosófica. Y en ella se han ido dando múltiples debates y aportes a lo largo de la historia de la filosofía, cada vez más sofisticados. La investigación académica de filósofos profesionales en universidades no hace más que aumentar a nivel de eventos, congresos, libros, publicaciones, etc. Lo que uno podría preguntar, con una genuina inocencia filosófica, es si es que los mejores filósofos académicos en materia ética tendrían mayor probabilidad de ser bueno. En otras palabras, si saber más de ética, lo hace a uno mejor persona. Este problema, el de la relación de los filósofos académicos con la ética, fue abordado en un muy interesante artículo de Eric Schwitzgebel (publicado en aeon) hace unos meses.

La respuesta común es que los profesores de ética no suelen tener un comportamiento muy diferente al del común de los mortales. Sin embargo, lo que Schwitzgebel quiere enfatizar es que sería esperable algún cambio, dado que uno dedica mucho tiempo a pensar en temas de fundamental relevancia para la vida práctica y cotidiana. Sin embargo, los académicos suelen destacar que sus problemas son mucho más abstractos y lejanos. De ahí que para ellos la ética como campo académico, no tenga mayor incidencia en la vida práctica. Pero a primera vista hay algo ahí que no parece andar bien. Los ejemplos que Schwitzgebel pone a modo de comparación son muy ilustrativos: es esperable que los doctores fumen menos y que los feministas sean menos sexistas. Para tratar de evaluar qué tipo de impacto podría tener conocimientos académicos de ética en la vida concreta, Schwitzgebel trató de medir el comportamiento de un grupo de profesores de ética con relación a diferentes temas, a través de encuestas. Lo que encontró es que los profesores de ética no se comportan ni mejor ni peor que otros profesores. Sin embargo, encontraron que eran más exigentes con ciertos tipos de comportamiento. Por ejemplo, el 60% de los encuestados consideraba que comer carne era algo que estabaéticamente  mal, comparado con un 20% en el caso de profesores de otras disciplinas. Lo interesante es que si bien se consideraba que estaba mal, el consumo de carne de los profesores de ética no era muy diferente que el de los del resto. Lo mismo sucedía con cuestiones de caridad: los profesores de ética consideraban que debía donarse una cantidad mayor que la establecía el resto, aunque en la práctica sus donaciones reales fuesen similares a las de los demás.

Una defensa posible de que el comportamiento de los académicos no sea diferente al de resto es que los filósofos profesionales reconocen que deberían actuar mejor o hacer mayores sacrificios, pero no quieren aspirar a ese nivel de santidad justamente por todos los costos que ello implica. Asimismo, sus investigaciones son una contribución a la academia, pero es sobre todo el trabajo con el que se ganan la vida. Otra razón para defender esa desarticulación es que con ello se garantiza que los filósofos tengan más libertad para investigar (si no fuese así, uno se cuidaría de las consecuencias de la filosofía porque tendría que vivir según ellas).

Schwitzgebel llama a esto cheeseburger ethics: un comportamiento ético que apunta a la mediocridad por los costos que los estándares éticos altos demandan. Pero lo importante de esta posición que encarna el profesor de ética, es que incluye un nivel significativo de reflexividad sobre el hecho de que uno está siendo mediocre en materia ética. Este comportamiento Schwitzgebel lo asocia a hallazgos similares en psicología empírica (por ejemplo, que las personas suelen comportarse como el promedio de personas, cumpliendo las reglas principalmente cuando los demás las cumplen).

A pesar de que esta situación se dé, y que sea recurrente, Schwitzgebel sí cree que la reflexión filosófica en materia ética puede servir para ser más conscientes de qué tan mediocres están siendo los demás, fuera de uno mismo. El resultado es bastante modesto: (1) saber un poco mejor qué tan mal están todos, (2) esperar que las personas y uno cambien (o que la sociedad cambie radicalmente para bien), y (3) no ser el primero en iniciar el cambio (por las razones ya aludidas).

Para los filósofos clásicos reflexionar filosóficamente sobre cuestiones éticas tenía un propósito mucho mayor: la búsqueda de ser mejor. Asimismo, el tipo de vida que llevaban los filósofos también era un elemento a considerar para hacernos un juicio sobre ellos. El filósofo profesional y académico especializado en ética no parece tener esa preocupación de auto-mejora práctica (recordemos que su trabajo no es ser mejor persona, sino publicar textos sobre ética). Pero hay algo adicional que me resulto interesante de la posición de Schwitzgebel. Y es que vivir de acuerdo a ciertas creencias éticas, nos da también un cierto conocimiento no puramente intelectual de lo que está en juego en esas doctrinas (por ejemplo, intentar vivir como un kantiano, en lugar de serlo académicamente, comportándose de manera bastante opuesta).

En todo caso, sería bueno que también pensemos cómo se da esta situación en la academia nacional (ya que Schwitzgebel está aludiendo fundamentalmente a la academia norteamericana). Es cierto que la filosofía puede ser una profesión académica. Pero la vocación filosófica, sobre todo cuando se vincula a la cuestión ética, para demandar de nosotros algo mucho mayor saber buenas preguntas y argumentos. Ese motivo clásico de la búsqueda de ser mejores resulta llamativo y enriquecedor para la actividad filosófica contemporánea (y creo que podría vincularse a la obra tardía de Michel Foucault y a Peter Sloterdijk, entre otros). Ese sería el nivel más maximalista para abordar esa tensión entre la academia y la vida práctica. La vía intermedia para ser una reflexión crítica más individual donde uno reconoce que no está haciendo las cosas de la mejor manera, pero con el fin de cambiar (aunque no radicalmente). El nivel minimalista solamente sería el raro consuelo de por lo menos saber que uno está haciendo las cosas mal, aunque sin mayor interés por cambiarlas (una especie de anti-socrática que es consciente que no es buena, pero que no quiere comprometerse a cambiar su situación por los costos que implica). Esto genera una posición un poco más cínica, posición que es recurrente en muchos académicos y estudiantes avanzados. En el límite, dicha posición cínica podría evolucionar en un nihilismo bastante pesimista sobre los seres humanos. Finalmente, queda el otro extremo: renegar del componente ético de la filosofía en su totalidad. Defender que la filosofía no tiene por objetivo el hacernos mejores personas, acusando a la ética de ser (inevitablemente) teología disfrazada. La tarea filosófica estaría más allá del bien y del mal, con una especulación radical y libre que exprese lo más inhumano del ser humano.


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