Pease

por Erich Luna

Así como con los ciertos libros, con algunas personas resulta imposible poder aprehenderlas en su totalidad de manera breve y  con plena justicia, sin ser mucho más que unilateral. Tal es el caso de Henry Pease. Solamente pude conocerlo en los últimos cinco años de su vida, así que mi experiencia con él básicamente estuvo básicamente circunscrita a la Escuela de Gobierno de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Muchos escribieron hace un año semblanzas y testimonios extensos y detallados sobre sus múltiples contribuciones académicas y políticas al país. Para no repetir eso solamente quería enfatizar que como alumno suyo me impresionó muchísimo como en él el ciudadano, el académico y el político eran metodológicamente inseparables.

Contra una ola previa de intelectuales  “comprometidos”, “orgánicos”, “militantes” y “activistas”, en nuestra época lo que prima es una contra ola de “analistas”, “técnicos”, “expertos”, “especialistas”, “científicos”, “investigadores”. Pero Pease no encaja en dicho espectro de olas y contra olas porque más que un intelectual político, o que pretenda neutralidad, es en realidad un político intelectual. Sus investigaciones, reflexiones, enseñanzas y escritos siempre buscaron, me parece, entender el país para poder actuar en él, teniendo una visión del país, y ello tanto a nivel empírico, como a nivel normativo. Sin embargo, dicha posición nunca precedió a la actividad política o a la vocación por el interés público, lo cual muchas veces termina derivando en discusiones bizantinas o en maximalismos estériles (esto se encuentra en ortodoxias extremas de izquierdas y derechas, o en la libre especulación teórica radical sin mayor impacto efectivo en el mundo).

Asimismo, dicha posición tampoco devino en un mero pragmatismo político donde todo vale, con mayor o menor cinismo, o donde parece que al intentar explicar la realidad se justifica que lo real es racional en el sentido más burdo del término (algo presente muchas veces en diagnósticos que se presentan como neutrales). Yendo más allá de tales supuestos y desenlaces en el análisis, Pease representa un tipo de político que ya prácticamente no existe: el que busca conocer la historia y la realidad , donde la academia enriquece a la experiencia política (y viceversa), pero dentro de una visión de conjunto con ideales, y donde pensar el país no se hace para que uno se gane la vida (se hace, y es vergonzoso tener que explicitarlo, para aumentar la posibilidad de que los que siempre pierden puedan ganar). Si los intelectuales buscan decir que la política es demasiado importante para dejarla solamente en manos de los políticos, Pease puede decir que pensar el país es algo muy importante para dejarlo solamente en manos de intelectuales ascépticos. Su legado es una prueba de que es posible un fragil equilibrio entre la potencia práctica y la especulación libre. Y nuestra responsabilidad intelectual y política es ir más allá de él, con él.

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