Expectativas democráticas ideológicas

por Erich Luna

Ahora que se vienen las Elecciones Generales el próximo año (2016) en nuestro país, los medios y quienes viven de vender humo (y en eso el analista político de turno muchas veces se parece al comentarista deportivo local) están tratando de ver qué candidatos buscan moverse a qué lado del espectro ideológico-político, con el fin de pasar a la segunda vuelta para finalmente ganar la elección (el centro y la izquierda son el las más de las veces los temas principales). Entonces todo gira en torno a la especulación sobre potenciales activos, pasivos, alianzas y decisiones de los candidatos y sus organizaciones para poder apelar a la mayoría del electorado. No es que esto no sea importante en el proceso de la competencia electoral. Sin embargo, sí resulta irrelevante en tanto no se haga explícito para el lector/ciudadano/ elector que una cosa es ganar la elección y otra gobernar. Y aquí es donde se presumen en muchos lados expectativas democráticas que son profundamente ideológicas, expresadas bajo la ilusión de que pueda venir un político con una organización que cumplan en su gobierno lo que prometen electoralmente (algo que ni Alan García, ni Ollanta Humala pudieron, o quisieron, hacer en su momento). Y por eso la cuestión mediática deviene una telenovela de personas y cualidades personales, donde aciertos y errores individuales son el centro de la atención para tratar de entender quién realmente podría construir una mayoría, ya sea con convicción, o bajo la ocupación del lugar del mal menor, pero que pueda ser coherente y aumentar así el apoyo popular al gobierno y al aumento de la legitimidad de las instituciones políticas de la democracia liberal representativa.

Lamentablemente, considero que dichas expectativas son ideológicas y no comprender el problema estructural de nuestras instituciones, al margen de las personas que compiten año a año. Esto no creo que sea algo que los que estudian estas cosas presuman, pero sí creo que es una especie de sentido común o sueño dogmático o ideológico implícito que trasciende el grado de instrucción y al lugar del espectro ideológico en el que uno se encuentra. Considero, pues, que existen cuatro aspectos institucionales que articulados tal y como lo están, generan una inevitable sumisión de la élite política hacia el capital. Esto no quiere decir que cambiando esto la cosa vaya a cambiar por arte de magia (no creo que existan recetas mágicas sobre reglas y procedimientos), aunque sí sostenga que dicha articulación refuerza y reproduce de manera decisiva dicha relación.

1. La democracia representativa supone poder no cumplir las promesas electorales. Es un error pensar que los políticos en una democracia representativa están obligados a cumplir lo que prometen. De hecho, uno de los núcleos básicos de lo que constituyen a un representante político es que no están sujetos a mandato imperativo, a diferencia de un delegado. De ahí que si son elegidos, tienen cierta discrecionalidad para decidir en nombre de los electores lo que sea mejor (incluso si traicionan las preferencias de sus electores en pro de otros beneficios, programas, alianzas o políticas concretas). Si tenemos democracia representativa, tenemos un sistema que se acerca mucho más a las concepciones elitistas de la democracia: lo que hacemos cada 5 años es elegir un grupo de personas que tomarán decisiones por nosotros y el sistema da discrecionalidad a dicha élite para que tomen decisiones que incluso podrían ser impopulares para la mayoría que eligió a dicho grupo (por ejemplo, el sistema permite que un candidato haga una campaña donde se posiciona más a la izquierda y que gobierne más a la derecha). Lo importante es que esto no es una anomalía del sistema, sino que es parte de su núcleo mismo.

2. Es prácticamente imposible no tener que traicionar al capital o a los ciudadanos. El segundo error es suponer que como los políticos requieren de la mayoría de votos, tienen que “premiar” bien a quienes votan por ellos, sea cumpliendo lo que prometieron o haciendo lo opuesto, aunque generando un beneficio comparable. Lo que olvida esta situación, apelando a cuestiones como morales como el “traicionar” al electorado es que la democracia requiere fundamentalmente (entre otras) de dos cosas en la elección: los votos, pero sobre todo los recursos para poder hacer campaña y conseguir esos votos. Si la actividad política es cada vez más costosa (algo difícilmente cuestionable), es esperable que los políticos utilicen más fuentes de financiamiento que las propias, sean estas legales, ilegales, formales e informales (y ni qué decir de cómo negociar el trato favorable que los medios puedan hacerle a uno). Lo clave de esto es que como los grupos con mucho dinero no son los más de la sociedad, y si dan dinero es por razones no altruistas; es decir, que lo hacen como un tipo de inversión (la política como negocio). Entonces los políticos que “compran” con sus propuestas los votos de la mayoría con pocos recursos, vía el financiamiento de las minorías con muchos recursos, tienen que elegir a quien traicionar, a menos que se asuma que los intereses son compatibles (una suerte de suma positiva donde justo lo que todos quieren es compatible y conmensurable). Pero ya estamos grandesitos para esas esperanzas teológicas donde lo bueno es verdadero y bello al mismo tiempo.

3. No tenemos ningún incentivo para que se cumplan las promesas. Ahora bien, la manera en la que un político podría decidir, siendo presidente, cumplir las promesas o buscar un desempeño que beneficie a las mayorías y no a las minorías (a pesar de ser financiado por ellas) requiere responder una pregunta fundamental: ¿Qué tipo de incentivo no moral podría tener un político para cumplir sus promesas? Si es mucho más fácil y rentable no hacerlo, ¿por qué podría darse en algunos casos el beneficio de las mayorías vía un gobierno concreto, incluso si eso se hace a expensas de la mayoría? Dado que no podemos metodológicamente presuponer que los políticos pueden o deben ser santos o ángeles, tiene que existir algún beneficio. Histórica e institucionalmente dicho beneficio o incentivo no puede ser otro que permanecer en el poder. En democracia, el único incentivo institucional estructural al sistema para premiar mejorar la vida de la gente es que dicha gente aprecie las decisiones del gobierno (incluso si no cumple lo que prometió, a cambio de haber tenido un desempeño percibido como bueno al final del mandato) premiando al político que las cumplió con un nuevo mandato inmediato (y es esta tentación la que puede hacer que el líder político se pueda alinear con las mayorías y no con las minorías). Sin embargo, y como ya puede irse intuyendo, en nuestro país no existe dicho incentivo, ya que la reelección inmediata está prohibida (y recordemos que dicha medida no se dio porque nos hayamos vuelto locos: los únicos presidentes que lo hicieron en el siglo XX fueron Leguía y Fujimori y ya sabemos cómo acabaron dichas historias). Si uno no puede reelegirse inmediatamente, ¿por qué alguien se compraría un pleito por las mayorías (y no hablar de reformas estructurales e institucionales de largo plazo), cuando estas mayorías no pueden premiarlo inmediatamente a uno, a diferencia de las minorías que ya han dado sus recursos y pueden otorgar beneficios tangibles e inmediatos en el corto y mediano plazo? Esa prohibición institucional, esa “pequeña” regla es la que me parece que tiene un efecto decisivo en la dinámica política.

4. A ningún partido que sale del gobierno realmente le interesa ganar la siguiente elección. Si los partidos políticos en el Perú son muy débiles, en términos organizaciones y de penetración en la sociedad, fuera de ser fuertemente personalistas, es entendible que este esquema de reelección no inmediata incentive a los políticos a no mandar candidatos presidenciales nuevos en las siguientes elecciones que tengan posibilidades de éxito, o a mandar una propuesta que dé quizá algunos congresistas, pero que no sea una real alternativa, ya que nadie quiere que se le dispute el poder en su chacra (obviamente el otro problema es que por los tres elementos anteriores, sumado a otros factores propios de cada contexto, los gobiernos terminan excesivamente desgastados como para ser populares para el electorado en una nueva contienda). De ahí que la idea tenga que ser regresar luego de 5 años, buscando presentar al gobierno saliente como mucho peor que el de uno en su momento, con el fin de que la manipulación de la memoria y de la percepción del desempeño comparado puedan cambiar la opinión de los ciudadanos sobre quién fue un buen gobernante. De esa forma uno regresa luego de 5 años a repetir la misma dinámica: hacer campañas hacia el centro o hacia las izquierdas para conseguir una mayoría, siendo financiado con el dinero de la minoría, pero para gobernar de una manera en la que los incentivos sean atractivos. Por eso es que una vez más el emprender reformas serias y estructurales que puedan ser canalizadas fácilmente como impopulares para diferentes grupos, que demanden mucho esfuerzo, o que contravengan los intereses de los grupos minoritarios económicos sería algo que requeriría de mucho trabajo sin garantizar ningún tipo de recompensa inmediata. El capital frente al ciudadano ahí muestra su ventaja, ya que no hay un mecanismo institucional que incentive al político para que haga caso al ciudadano.

Lo que podemos concluir luego de prestar atención a estos cuatro aspectos es que el sistema político democrático que tenemos está diseñado para (1) permitir que los políticos no cumplan sus promesas electorales, (2) requerir de mucho dinero de los pocos para conseguir los votos de los muchos, (3) que no exista el quizá único incentivo inmediato para que el gobernante de pueda elegir beneficiar a las mayorías; la reelección inmediata, ya que está prohibida (4) que los partidos al ser personalistas no tenganintereses más allá de los del dueño de turno, leáse, obtener el poder en algún futuro no inmediato. De ahí que no quieran construir a otro candidato que por un período pudiese disputar el liderazgo en el largo plazo. Su principal miedo es que el sucesor sea mejor que él. Todos estos aspectos generan una mayor fortaleza del capital frente al de la voluntad ciudadana e incentivan a que la élite política preste mayor atención a dichos intereses. La última atigencia es que hemos estado pensando más en el caso de la Presidencia, pero para el caso de los Congresistas debería mencionarse que su histórica disminución en confianza y legitimidad, avalada por su desempeño, ha hecho que las tasas de reelección sean bajísimas (aquí que exista reelección inmediata indefinida es irrelevante de facto). Así que aquí el sistema está alineado para saber que si uno es elegido, entonces es altamente probable que no sea reelegido. De ahí que el sometimiento al capital sea también rápido, ya que uno sabe que se encuentra de pasada y que la carrera política no es una real opción (y lo mismo se expresa en la creciente presencia de tecnocrátas en ministerios cuya principal carrera se encuentra en el sector privado).

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