La educación filosófica

Tom Stern en un reciente artículo cuenta una experiencia reciente dictando un curso de pregrado sobre Nietzsche, en la que uno de sus alumnos le preguntó si estaba bien ser cambiado por la lectura de un filósofo. El caso en cuestión era Nietzsche y la duda del alumno era justamente si es que dicha lectura podía cambiarnos a nosotros mismos, no solamente en cómo entendemos el mundo, sino sobre todo en la manera en que vivimos en él (un cambio, digamos, mucho más existencial o terapéutico que puramente académico, intelectual o cognitivo). Ahora, lo que Stern enfatiza aquí es que la intención del alumno no era ser un nietzscheano al modo en que ciertas personas que han cometido asesinatos lo han reconocido; su intención estaba más circunscrita al campo académico. Lo que el estudiante quería era ser un nietzscheano en el sentido de poder escribir como Nietzsche, lo cual implica no escribir de una manera canónicamente académica (por ejemplo, a través de aforismos o metáforas).

La respuesta de Stern toma partido fundamentalmente por la posición académica y defiende que uno puede escribir libremente en su vida y ser influido por lo que a uno mejor le parezca. Sin embargo, en la academia a uno se le exige estudiar a Nietzsche rigurosamente, con el fin de evitar sesgos y modas fáciles que distorsionen lo que el autor en cuestión quiere decir. Por eso Stern busca no contraponer la inspiración o influencia con la especialización rigurosa. En lugar de ello, lo que defiende idealmente es elegir ambos. La manera en que yo había fraseado esto hace un tiempo tiene que ver con enfatizar que el estudio académico puede ser una condición necesaria, aunque no suficiente de la producción filosófica que se sienta inspirada por autores, y lo mismo se aplicaría a que la manera de existir de uno se vea afectada por un tipo de influencia análoga. Sin embargo, la sentencia de Stern es categórica: los filósofos profesionales de hoy no buscan decirle a la gente cómo vivir, y no se presentan como gurúes o sabios de la vida, con concepciones del mundo para la gente no académica. Lo que se genera es una división entre la filosofía y la vida que la academia establece, donde las preguntas filosóficas son un trabajo profesional y académico, cuya implicancia en la vida diaria se asume como lejana (el ejemplo clásico aquí tendría que ver con el scholar de ética, el cual no tendría por qué ser una buena persona, o tener una buena respuesta a problemas concretos, aunque ello nos suene más que extraño desde el problemático sentido común). A pesar de ello, Stern termina el artículo manifestando cierta perplejidad sobre si dicha separación realmente debe mantenerse, o si es orgánica y consustancial a la filosofía misma.

Me parece que lo que se expresa aquí tiene que ver con los límites de la academia misma. La filosofía no siempre ha tenido que servir y/o funcionar en un sistema académico (y autores como Schopenhauer, Marx y Nietzsche son casos emblemáticos de pensadores cuyo medio orgánico para pensar no es el establishment universitario, a diferencia de filósofos como Kant y Hegel). En ese sentido, la academia provee de condiciones materiales y organizacionales para la producción filosófica, aunque dicha producción esté orientada y regida por ciertos criterios. Esto creo que hace de la profesionalización de la filosofía algo que permite unas cosas, aunque hace más difícil otras, al punto de invisibilizarlas.  La filosofía profesional y académica permite realizar investigación extremadamente rigurosa, del más alto nivel con los estándares de investigación textual y teórica, fuera de posibilitar encuentros, eventos y congresos académicos donde el intercambio de académicos de diversas partes del mundo tiene lugar (aunque la interpretación cínica de esto último sea un simple mecanismo de networking, el cual se expresa clásicamente en el escepticismo con el que Heidegger miraba a los congresos de filosofía). Al mismo tiempo, la gran industria editorial académica global permite publicar revistas y libros a una escala nunca antes vista, donde cada vez se abren más nichos para la especialización, enfoques, líneas y problemáticas que concierne a diferentes grupos de académicos.

Lo que parece que tiende a perderse es ese aspecto de la filosofía que quizá es el que hace que uno se sienta seducido por su estudio académico y profesional: me refiero justamente a ese aspecto más vital, existencial y cuasi terapéutico. Por lo menos en mi propia experiencia uno se interesa por la filosofía, y diría que por cualquier disciplina científica también, por las grandes preguntas, problemas y debates que constituyen a la disciplina en cuestión en una época determinada. No son las preguntas especializadas que interesan a pocos especialistas (preguntas que, por cierto, sí son importantes desde el campo académico) las que generan el descubrimiento de la vocación filosófica. Por eso creo que la anécdota de Stern permite ver un vacío cuasi estructural al campo académico: estudiar filosofía para que ello influya en nuestras creencias y prácticas sociales (para vivir una mejor vida que pasa por examen, para usar el espíritu socrático) es mucho más difícil, luego que uno descubre que el entrenamiento  académico muchas veces es más técnico e interesado en un manejo más especializado, riguroso y aséptico de las cuestiones filosóficas (porque, finalmente, está orientado para enseñar cursos especializados y para escribir artículos especializados).

Entonces, paraece ser que uno de los aspectos más importantes de la filosofía, ese rol quizá más terapéutico, vital y/ o existencial del aprendizaje y reflexión filosófica, no puede ser enfatizado plenamente por la formación académica. Ello invita a pensar en qué espacios extra académicos dicha esfera de libertad especulativa puede complementar a la formación académica, si es que uno está interesado en ambos aspectos (llamémoslos, el “existencial” y el “profesional”). Los ejemplos de dichas esferas pueden ir desde la escritura libre en línea, la producción de textos no académicos (sean más de divulgación, periodísticos o que asumen la orientación de un intelectual público) y la pertenencia a espacios no académicos (sean estos políticos o no políticos). Y es que, la radicalización de la profesionalización de la filosofía puede darnos muy buenos productos y contribuir al desarrollo de la disciplina, aunque quizá no tanto al de los seres humanos en sus esferas más subjetivas, personales y sociales.

Sin embargo, también podría ser el caso de que uno celebrara esa inhumanización o desinterés de la filosofía por lo más humano, demasiado humano, en pro de una especulación cada vez más radical y descarnada. Desde esta perspectiva, entonces parece que lo tenemos como polos es qué tan socrático o anti-socrático sea uno, en términos de estar interesado en examinar la vida con el fin de vivir la mejor vida que uno pueda vivir (un eje más o menos antropocéntrico con compromiso social). La academia, entonces, deviene un componente más en la producción de dicha vocación y actitud, es decir, un insumo adicional. Y la posición opuesta a las consideraciones más personales lo que podría defender es que es más genuinamente socrática en tanto que su examen determina la irrelevancia de las consideraciones domésticas y triviales del ser humano, en pro de una especulación más radical y nihilista sobre los límites del pensamiento, lo cual también haría que vea con ojos críticos los límites que las preguntas y debates académicos pueden plantear (una especie de nihilismo especulativo anti-antropocéntrico y anarco-cosmológico). En todo caso, en ambos casos la academia parece presentarse como un peldaño que debe utilizarse como medio, con vías de ascender, debido a sus inevitables insuficiencias estructurales, las cuales dan a cambios importantes beneficios. Pero la profesionalización de la filosofía por la profesionalización misma se vería ambos casos como insuficiente para con las posibilidades de la filosofía misma, sea está una actividad que deba estar más o menos interesada con los seres humanos.


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