América Latina y la difícil construcción del Estado

(Continuación del post anterior)

A pesar de las herencias coloniales en la región de América Latina, es importante reconocer (hasta cierto punto) que la desigualdad social no era novedad en el resto del mundo. Fukuyama recuerda que hacia 1808 (cuando se inician las guerras de independencia) muy pocas sociedades (quizá Inglaterra, Holanda y Estados Unidos para su población blanca) tenían niveles significativos de igualdad económica y social. El orden agrario, sea más feudal o más vinculado a un autoritarismo estatal o imperial era el que prevalecía. Un signo distintivo en América Latina es que dicha desigualdad estuvo asociada fuertemente a la etnia. Adicionalmente a esto, la otra gran diferencia que si se dio frente a Europa luego de la independencia fue la de una debilidad estatal generalizada. Estados fuertes como los de Prusia y Francia nunca aparecieron en la región (lo más cercano habría sido Chile). Asimismo, el nacionalismo y el fervor patriótico tampoco habrían emergido con la intensidad que se dio en Europa. Los Estados en América Latina, pues, nunca tuvieron una capacidad significativa para dominar y movilizar a sus poblaciones, así como para extraer impuestos. Una hipótesis para explicar la estructural debilidad estatal latinoamericana es la casi ausencia de guerras en la región (variable importante para casos como China, Prusia, Francia y hasta Estados Unidos). Es cierto que la Europa de la posguerra ha sido relativamente pacífica. Sin embargo, ello no debe hacernos olvidar que las décadas (y siglos) anteriores han estado caracterizados por niveles de violencia muy altos (Revolución Francesa, guerras napoleónicas, guerras por la unificación de Italia y Alemania, dos guerras mundiales, etc.).

América Latina ha tenido (y tiene hoy) también niveles de violencia interna muy altos que han afectado de manera decisiva a las poblaciones locales: violencia en las calles, narocrático, guerrillas. A pesar de todo ello, América Latina puede ser considerada (aunque nos parezca extraño o contra-intuitivo) una región más pacífica, en lo que respecta a guerra interestatal (algo que también nota Centeno para pensar el Estado en la región). Siguiendo la tesis de que no todo lo bueno viene junto, podríamos ver dicha historia como una bendición, pero también podríamos reconocer que ha generado legados institucionales problemáticos.

Las guerras de independencia latinoamericanas no sirvieron para construir Estados modernos, ni para transformar la estructura de clase de las sociedades (las élites de dichos movimientos eran mayoritariamente conservadoras).  Tilly es conocido por decir que la guerra hizo al Estado y que el Estado hizo la guerra. Lo que Fukuyama quiere preguntar es por qué en ciertas regiones ha habido justamente más guerras como sí las hubo en Europa. Una posible explicación tiene que ver con que la estratificación de clase está emparentada con la etnia. La violencia en la región fue principalmente interna y reflejaba las profundas divisiones sociales. Desde esta perspectiva no parecía muy atractivo para las élites armar y movilizar a las clases oprimidas (digamos que la idea era que la élite gobernante evitara a toda costa conflictos externos para no tener que pedir ayuda a las masas). Y al mismo tiempo las élites también se encontraban divididas por intereses e ideologías. Otra variable es la geografía de la región, la cual dificultaba también las empresas bélicas (esto impide hasta hoy que los países estén más conectados entre sí, como Brasil con los países andinos y que muchos de los Estados latinoamericanos puedan monopolizar el uso de la violencia legítima en el territorio, como en el caso de Colombia). A esto hay que añadir que la identidad nacional ha sido muy débil en tales países debido a las divisiones étnicas y sociales, fuera de no haberse podido constituir una identidad colectiva a través de una lengua e historia común (como en los países andinos y Guatemala). Finalmente, la intervención de los Estados Unidos fue fundamental ya que mantenía una política conservadora contra la izquierda (Cuba fue la única revolución política exitosa).

Al nivel interno, al abrir la participación política, y en un contexto de modernización sin desarrollo, los políticos tuvieron muchos más incentivos para realizar prácticas clientelares (muy en la línea de Grecia e Italia) que para reformar, fortalecer y modernizar el Estado. ¿Cómo podría cambiarse dicha situación (lo que Geddes llama el “dilema del político”)? A través de crisis económicas. La década de 1980 llevó a profesionalizar los bancos centrales y ministerios de economía, lo cual ayudó a tener mejores políticas macroeconómicas. Sin embargo, ello no quita que fuera de dichas “islas de eficiencia”, los Estados latinoamericanos sean no solamente diferentes entre sí, sino muy diferentes al interior de sí mismos (aquí también resulta pertinente prestar atención a la tardía teoría democrática de O’Donnell).

A pesar de que normativamente no deseemos pagar el costo de decenas de millones muertos en purgas, ejecuciones, encarcelamientos, hambrunas, guerras para la construcción de Estados modernos y fuertes en América Latina (como sí se dio en Europa), sí debemos reconocer que en ciertos casos dichos resultados deseables que vemos en el presente son (como acertadamente Maquiaveló lo intuyó) crímenes cometidos en el pasado. El reto para el desarrollo político de regiones como América Latina es cómo modernizar sin la violencia histórica que caracterizó a Europa (tal es el camino hacia el problema de la modernización).


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