Nigeria

por Erich Luna

(Continuación del post anterior)

En la siguiente sección de la investigación de Fukuyama sobre el orden político y el desarrollo de las instituciones políticas luego de la revolución industrial, la discusión se abre con un caso particular para ejemplificar ciertos problemas de los países con divergentes herencias coloniales: Nigeria. Dicho país del África Subsahariana cuenta con una de las poblaciones más grandes de dicha región (alrededor de 160 millones de personas). Pero además, fue uno de los países que devino sustancialmente rico con el gran boom de los commodities de la primera década del siglo XXI (su gran crecimiento económico se debió prácticamente a exportaciones de petróleo). Durante las últimas tres décadas, Nigeria ha recibido por el petróleo alrededor de 400 mil millones de dólares. El Banco Mundial había estimado que para el 2013 su economía sería 60% más grande. Sin embargo, muy poco dinero terminó beneficiando a la población y fue mayoritariamente hacia la élite política de Nigeria (con lo cual, una vez más, sus predicciones optimistas se vieron falseadas). Las élites políticas funcionan para Fukuyama vía ogas (descendientes de la élite tradicional previa a la colonización, o militares, empresarios o políticos exitosos en usar el sistema político para enriquecerse) y  redes de patronazgo con ciertos grupos para garantizar su apoyo político. El caso extremo de dicho enriquecimiento es Aliko Dangote, cuya riqueza se estima en 25 mil millones.

En Nigeria, la política es la ruta general para volverse rico, no existe una actividad empresarial o de creación de valor en su economía que pueda competir con ella. Esto ha generado una corrupción sistemática presente en todos los segmentos de la sociedad (Transparencia Internacional coloca a Nigeria en el puesto 143 de 183 de los países que cuentan con una mayor percepción sobre la corrupción). Además, la proteción de derechos de propiedad es muy débil, al punto que muchos ciudadanos ponen carteles en sus casas diciendo que éstas no están en venta, para evitar irse de vacaciones y regresar para encontrarse con alguien viviendo en su casa debido a que pudo usurpar el título legal de la propiedad. Finalmente, fuera de la pobreza y la corrupción, los niveles de violencia son bastante altos, sobre todo en los lugares donde vienen operando las compañías occidentales petroleras desde la década de 1950. La pobreza y contaminación en dicha región a generado olas de insurgencia y oposición. Los intentos del gobierno federal para apaciguar dicha situación, vía envíos de dinero, han sido inútiles debido a que dichos fondos terminan en las manos de la élite política local. En el norte, el radicalismo de Boko Haram también constituye un grave problema para la sociedad nigeriana (y cuyos recientes ataques también salieron a los medios). En ningún caso dichas acciones violentas son justificables, pero la baja legitimidad con la que cuenta el débil Estado nigeriano, posibilitan su existencia.

Cuando Nigeria obtuvo su independencia en 1960 adoptó un régimen democrático con elecciones. Dicho régimen tuvo problemas en 1964 con elecciones violentas y polémicas. Los militares asumieron el poder en 1966, pero estaban divididos entre Igbos y musulmanes. Los Igbos declararon luego la independencia de Biafra y se generó una guerra civil con un número de muertes que oscila entre 1 y 3 millones, donde los independentistas fueron derrotados. Los militares se mantuvieron en el poder durante los años del boom petrolero y la transición hacia un gobierno electo se dio recién en 1979 (la Segunda República). En 1983 una nueva polémica sobre las elecciones llevó a que los militares asumieran el poder una vez más. En 1999, dio una nueva elección donde Olusegun Obasanjo salió elegido presidente. A partir de aquí las sucesiones han sido electorales, aunque lejos de ser perfectas (esto tiene que ver con en hecho de que la calidad de las instituciones democráticas no es fuerte): en el año 2007 las elecciones estuvieron marcadas por corrupción y violencia sustantivas. Ahora bien, la presencia endeble o ausencia del régimen político democrático en Nigeria no ha contribuido sustantivamente a que la calidad del gobierno aumente, o a que aumente el crecimiento económico (viendo esto de manera abstracta, podemos deducir una crítica a la lógica de la supervivencia política de Bueno de Mesquita y Smith: el aumento en el tamaño de la coalición no trajo mecánicamente los efectos beneficiosos que uno esperaría de la política democrática). El desempeño de la economía de Nigeria visto en una perspectiva más amplia está básicamente correlacionado con los precios globales de los commodities. Para Fukuyama, ni la pobreza, ni la salud, ni la corrupción, ni la distribución del ingreso tienen correlación alguna con el régimen político en este caso.

¿Por qué el régimen político democrático como variable no ha tenido ninguna influencia significativa? ¿Por qué la elección ciudadana no castiga a políticos no interesados en el bienestar general y premia a políticos que sí lo hagan, aunque sea porque ello los mantendría en el poder (como en el argumento Bueno de Mesquita y Smith)? Richard Jopseh argumenta que la razón tiene que ver más con el hecho de que la política en Nigeria es “prebendaria”, donde la extracción de rentas, la etnicidad y el clientelismo son componentes esenciales. El petróleo ha generado en Nigeria una condición en la que el Estado tiene un acceso constante a rentas de las que la élite política puede beneficiarse (esta importancia de las rentas por extracción de recursos sí es una variable fundamental en los análisis de Bueno de Mesquita y Smith). La sociedad de Nigeria puede desear en sentido general acabar con la pobreza, pero se encuentra dividida en no menos de 250 grupos étnicos y religiosos que impiden una coordinación y acción colectiva sustantiva (no es necesario dividir para vencer porque ya se encuentran divididos). Los lazos de cada grupo son verticales hacia las redes clientelares de sus élites, las cuales dan suficientes recursos para garantizar su apoyo político en la siguiente elección. Si el sistema político es estructuralmente clientelar, entonces será racional para los votantes el responder a las recompensas individuales de los políticos a cambio de sus votos. La etnicidad es canalizada en esta lógica como un elemento que garantiza simbólicamente el cumplimiento de la promesa de la transacción en ambas partes.

Como puede irse intuyendo, para Fukuyama el problema de Nigeria es institucional: un claro ejemplo de instituciones débiles y mal gobierno con una sociedad atrapada en la pobreza. La debilidad clave no es tanto el régimen político democrático (lo que se llamó antes “mecanismos de rendición de cuentas”), sino la falta de un Estado moderno fuerte con capacidad y en la ausencia de un estado de derecho que dé seguridad a los ciudadanos y que proteja derechos de propiedad y transparencia en las transacciones. El Estado se concentra en la extracción de rentas y en su distribución para con la élite política, en lugar de proveer bienes públicos de manera impersonal (caminos, puertos, escuelas, salud pública) a la sociedad. Pero además de su incapacidad (e interés) para poder hacer efectiva la ley y para desarrollar políticas públicas, el Estado nigeriano también cuenta con una falta de legitimidad importante, lo cual se agrava si tomamos en cuenta que la lealtad de los múltiples grupos es mucho más religiosa, étnica y regional, que nacional.

Para poder comprender dicha condición es importante ir un poco más allá, buscando ver en qué medida aspectos geográficos y legados institucionales coloniales pudieron haber contribuido a dicho desenlace. De ahí que las siguientes entradas tengan por tema el desarrollo institucional en regiones colonizadas por Occidente (principalmente América Latina, Asia y África). Esto no se hace con miras pesimistas o fatalistas, pero sí con el interés de comprender las trayectorias históricas de largo plazo que han tenido un impacto decisivo en las instituciones y prácticas políticas de muchos países contemporáneos.

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