Trayectorias de modernización estatal

(Continuación del post anterior)

Para concluir esta primera sección dedicada al Estado, cuyo propósito más amplio es entender las instituciones políticas y su desarrollo político, Fukuyama recuerda que las sociedades que empezaron a modernizarse tuvieron que hacerse cargo primero de las lógicas patrimoniales de las élites, las cuales estaban orientadas a beneficiar a la familia y a los amigos. El acceso al gobierno era mucho más limitado y el trato a los ciudadanos no era universal e impersonal. Solamente revirtiendo estas prácticas es que los Estados pudieron modernizarse, fortalecerse y consolidar una efectiva capacidad. Alemania (Prusia) fue presentado como un caso exitoso de construcción estatal durante el siglo XIX, mientras que Italia y Grecia nunca pudieron desarrollar un Estado moderno fuerte y siguen siendo dominados por prácticas clientelares y corruptas. Los Estados Unidos e Inglaterra son casos intermedios: ambos tuvieron una hegemonía patrimonial, pero pudieron reformarla (Inglaterra pudo hacerlo más rápido que EEUU). Dicho proceso de modernización estatal no es fácil ni rápido, ya que la estabilidad política del patrimonialismo guarda relación con las inclinaciones biológicas de los seres humanos para favorecer a familia y amigos (parentesco y altruismo recíproco), fuera de poseer un refuerzo simbólico vía las ideas, rituales y religiones que tienden a beneficiar a la élite gobernante. Además, las élites están más organizadas y cuentan con mayores recursos económicos y coercitivos. Cuando la sociedad crece, si dicha lógica no es revertida, puede evolucionar en escala, convirtiéndose en clientelismo moderno. Luego de haber visto todo esto, ¿qué podemos decir sobre las trayectorias de la modernización estatal?

Fukuyama considera que una primera trayectoria está marcada por la competencia militar. Los principales ejemplos aquí serían sobre todo Prusia, Japón y China (casos que serán analizados más adelante). Debido a los constantes conflictos con sus vecinos, la modernización era incentivada por una necesidad de supervivencia. Los incentivos militares son más efectivos que los económicos, debido a que nada vale la pena si no vamos a estar vivos. Esto genera el incentivar la meritocracia en el ejército y en la burocracia, fuera de modernizar la capacidad de extracción de recursos de los Estados (esto guarda relación con el argumento de Charles Tilly sobre el rol del capital y la coerción en el origen de los Estados europeos y en el contraste presente con las investigaciones de Miguel Ángel Centeno sobre los Estados latinoamericanos). La guerra también ha contribuido a consolidar las identidades colectivas nacionales modernas de manera mucho más eficiente. El resultado de Prusia fue un Estado moderno con estado de derecho, aunque sin una participación política democrática, y con una capacidad que trascendió diferentes regímenes políticos posteriores, con menores y mayores mecanismos de rendición de cuentas.

Una segunda ruta visible se dio a través de reformas pacíficas vía una coalición social interesada en tener un gobierno moderno eficiente y no corrupto. Lo que contribuyó a generar dicho nuevo grupo fue el proceso de modernización económica. Los cambios estructurales en la división del trabajo gracias a la industrialización dan lugar a nuevos actores sociales que no surgieron por el sistema patrimonial. De ahí que sus intereses puedan ser opuestos a los de éste. Es cierto que dichos nuevos actores pueden terminar siendo cooptados por sistema imperante, pero también es posible que lideren un proceso de reforma institucional y que éste llegue a ser exitoso. Los Estados Unidos e Inglaterra son los casos emblemáticos de esta ruta, ruta que debemos de recordar no tiene por qué ser tomada como típica o “natural” (ahí radica una importante crítica a la cuasi trascendentalización de los procesos particular como si fuesen etapas necesarias de un proceso de modernización unívoco presente en múltiples teóricos sociales del siglo XIX y cuya reformulación y actualización fue la teoría de la modernización). Las nuevas clases medios de dichos países en proceso de industrialización pudieron generar los cambios, aunque en Inglaterra ello fue más rápido porque las élites eran más compactas y porque sus instituciones políticas (el modelo Westminster) puede generar decisiones dramáticas una manera mucho más rápida. Los Estados Unidos, además de tener un Estado de frenos y contrapesos dominado por cortes y partidos, tenían el pasivo de operar bajo un clientelismo mucho más generalizado, debido a que tuvieron una amplia democratización antes de contar con un Estado moderno y fuerte. El clientelismo aquí pudo servir como forma de movilizar grandes masas ciudadanas pobres y poco educadas en una democracia poco industrializada.

Los casos de Italia y Grecia expresan el fracaso de la modernización estatal, basado en una temprana democratización en una sociedad urbanizada sin industrialización (lo que se ha venido llamando aquí “modernización sin desarrollo”). La falta de desarrollo capitalista incentivo a las élites de apropiarse del aparato público y usarlo con fines clientelares para ganar elecciones y mantener apoyo político. La historia de estos países también muestra que el desarrollo socioeconómico y el surgimiento de clases medias tampoco genera mecánicamente una nueva élite que necesariamente emprenderá reformas contra instituciones políticas patrimoniales.  Esto tiene que ver con la calidad del crecimiento económico. Sin transformaciones sustantivas en la estructura social, como en las que se produjeron en la división social del trabajo con la industrialización, es difícil que los nuevos grupos puedan desear cambios sustantivos. Pero además, Fukuyama menciona la importancia no menor de los valores culturales que guiaron a los grandes líderes reformistas (por ejemplo, el calvinismo en Alemania). En el plano social, la identidad nacional y la influencia de ciertos valores también contribuyó a generar mayores niveles de confianza y capital social en las sociedades (como en los casos de Inglaterra y Estados Unidos). Estos elementos también son una diferencia sustantiva a considerar cuando prestamos atención a los casos no exitosos de Italia y Grecia.

Ahora bien, reconocer las diferentes trayectorias de desarrollo político en una perspectiva comparada, no tiene como objeto avalar normativamente lo que sucedió en el pasado para con los casos exitosos. Lo que se busca es comprender cómo cosas que hoy consideramos deseables y necesarias, en lo que respecta a instituciones políticas, fueron posibles en ciertos contextos y bajo la influencia de ciertas variables. En concreto: esto no debe llevarnos a glorificar la guerra y a lamentarnos de no haberla tenido, o a seguir a Huntington (y Zakaria) en la idea de que las “sociedades en cambio” requieren de autoritarismos modernizadores (recordemos que Fukuyama considera que en nuestra época la participación política de los ciudadanos no es negociable, a pesar de los costos y dificultades que ello pueda acarrear o no para con el desarrollo político). Y esta opinión no solamente se debe a compromisos normativos, sino que también estaba basada en evidencia empírica. No toda competencia militar a producido Estados modernos. Condiciones como la geografía, la estructura de clases y la ideología también son elementos importantes para determinar desenlaces exitosos en lo que concierne a la construcción de Estados modernos. Asimismo, existen casos de construcción estatal que no pasaron por guerras como Noruega, Finlandia e Islandia. Canadá, Australia y Nueva Zelanda tampoco fueron nunca militaristas como Japón, China y Prusia. En muchos de estos casos la herencia colonial o la copia deliberada de instituciones exitosas fueron determinantes. Ello será examinado a continuación (prestando atención especial a Asia, América Latina y África), pero lo que debe quedar claro como enseñanza general es que las reformas institucionales son actos fuertemente políticos y requieren de una visión a largo plazo. El desarrollo político no se da de la noche a la mañana, ni trae todo lo que consideramos valioso al mismo tiempo.


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