La construcción de la nación

por Erich Luna

(Continuación del post anterior)

Como hemos estado viendo en las entradas anteriores, la construcción del Estado moderno tiene que ver principalmente con la creación de instituciones tangibles como el ejército, la burocracia, etc. que tengan capacidad y fuerza. Fukuyama quiere recordar aquí que la construcción de la nación es algo diferente: tiene que ver con la creación de un sentido de identidad colectiva (nacional) a la que los individuos serán leales, y a la que subordinarán otras lealtades (tribales, regionales, étnicas, etc.). Frente a la tangibilidad del Estado, la nación requiere de la institución simbólica de tradiciones, símbolos, memorias históricas, lenguaje, religión, educación y elementos culturales de que hagan de referentes comunes (una versión fuertemente sustantiva de la Sittlichkeit hegeliana). Y muchas veces, dicha elaboración es realizada por una élite de escritores e intelectuales (filósofos, poetas, líderes religiosos, novelistas, músicos) que no necesariamente tiene un acceso claro y/ o directo al poder político (Alemania suele ser el ejemplo occidental paradigmático de una nación que precedió a su Estado moderno).

¿Por qué en una discusión sobre el orden político y sus instituciones resulta relevante hablar de la nación? Porque el Estado moderno requiere de la nación para construir una comunidad que esté dispuesta a sacrificarse por él y a subordinar su actuar a su monopolio legítimo del uso de la violencia. Pero, además, dicho sentimiento podría tener efectos decisivos es las lealtades que la élite política pueda tener (si se orienta más hacia el interés nacional, o hacia intereses familiares, regionales o étnicos más restringidos). La nación, entonces, puede contribuir a agrandar el círculo de responsabilidad moral y a dotar de legitimidad a las instituciones políticas debido a su orientación y funcionamiento, lo cual puede ser determinante en lo que estabilidad política se refiere. Sin embargo, y como ya lo hemos ido viendo con otros elementos vinculados a las instituciones políticas, la nación también puede devenir en algo peligroso, debido a que justamente la comunidad se define por rasgos (etnia, lengua, religión, etc.) que incluyen a unos y que excluyen a otros. Esta relación de definición antagónica puede, fuera de constituir una cohesión social interna determinada, generar y perpetuar conflictos importantes.

El nacionalismo, para Fukuyama, tiene un origen moderno cuya redefinición de la comunidad política supone básicamente compartir una cultura y un lenguaje. Los principales teóricos del nacionalismo, Benedict Anderson y Ernest Gellner, vinculan el nacionalismo con la modernización. El capitalismo transforma la producción y las relaciones sociales, mientras que la imprenta genera condiciones materiales para producir libros a gran escala, lo cual incentiva la posibilidad de grandes lenguas vernáculas (Martín Lutero es el máximo ejemplo aquí y su rol en la configuración de la identidad alemana es innegable). Para Anderson, esto da lugar a la generación de “comunidades imaginadas” de hablantes y lectores. Gellner, por su parte, pone el énfasis determinante del nacionalismo en la industrialización occidental del siglo XIX. De estas perspectivas, Fukuyama destaca la influencia decisiva que juega la unificación lingüística  y la división social del trabajo. Este último elemento trastoca las relaciones sociales tradicionales (podríamos decir, siguiendo a Marx, que “disolviéndolo en el aire”) y hace más apremiante la pregunta por por la identidad (individual y colectiva).

Sin embargo, lo que no puede explicar la teoría que pone el peso en la industrialización es cómo es posible la emergencia del nacionalismo en sociedades no industrializadas (este patrón está presente en los casos vistos de “modernización sin desarrollo”, Italia y Grecia, así como en la mayoría del países contemporáneos no Occidentales), donde la colonización generó urbanización, pero sin proyectos de industrialización y de transformación social de gran escala. Para Fukuyama, la razón que explica el surgimiento del nacionalismo en dichos casos tiene que ver con que los cambios sociales generaron también nuevas élites, pero éstas fueron educadas en las estructuras de poder colonial, aunque no se reconocieron del todo en ellas. Esto puede generar crisis de identidad y la posibilidad de luchar por la independencia (Para Fukuyama, un caso emblemático de esto es Gandhi. Podríamos mencionar que Huntington pensaba en un efecto nacionalista e izquierdsita análogo con surgimiento de élites progresistas del Tercer Mundo, cuyos valores e ideales normativos se encontraban dislocados con la modernización social y política).

Otro elemento a considerar es que si bien las identidades nacionales pueden ser tenidas como construcciones sociales, es necesario investigar por qué algunas son más duraderas que otras, y si su proceso de construcción es más de “arriba hacia abajo” (políticas gubernamentales y estatales) o de “abajo hacia arriba” (acción espontánea de las poblaciones). Frente a estas preguntas, los cuatro elementos dirimentes para Fukuyama en la construcción de la nación son: (1) que los límites político-administrativos se ajusten a las identidades nacionales establecidas; (2) movilizar o eliminar poblaciones determinadas para constituir una sociedad más homogénea (limpieza étnica), (3) asimilación cultural, y (4) ajustar las identidades nacionales a la realidad política. Prácticamente todos los elementos de para construir la nación demandan cierto grado de violencia. Y si bien hoy dicha violencia puede ser en muchos casos mayor o más visible, ello no debe hacernos perder de vista que el proceso de construcción nacional de Occidente fue profundamente violento (cfr., la manera en que Tilly muestra cómo 500 unidades políticas terminaron en alrededor de 25 Estados nación europeos durante un proceso que tomó unos mil años).. Los Estados Unidos tampoco se salvan de dicha acusación, si prestamos atención a su relación con las poblaciones originarias.

Lo que podemos ver, a partir de todo lo anterior, es que la modernización en lo que respecta a la construcción nacional también es un proceso violento que no debe pasar desapercibido, así como su rol fundamental en el desarrollo político de los Estados modernos. Esto no quiere decir que se deba celebrar la violencia o lamentarse de que ciertos países no hayan tenido un etnocidio suficientemente fuerte. Sin embargo, sí significa reafirmar que no todo lo bueno va siempre junto y que los retos que enfrentan hoy muchas de las instituciones políticas de países del Tercer Mundo también se encuentran al nivel de dicha construcción simbólica. Que hoy en día no concibamos la identidad colectiva normativamente en esos términos, no debe hacernos perder de vista que es necesario ver la manera de lidiar con esa decisión, dado que sí estamos dispuestos a promover y mantener las estructuras estatales modernas.

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