¿Quién es un “filósofo”?

por Erich Luna

Samir Chopra (profesor de CUNY) compartió aquí unas breves reflexiones sobre por qué rechaza que se refieran a él como un “filósofo”.  Básicamente lo que prefiere cuando se le pregunta qué es, o qué hace, es decir que tiene un “doctorado en filosofía”, que es un “profesor de filosofía”, o que “enseña filosofía”. Sin embargo, reconoce que con otras disciplinas, como economía o matemáticas, no siente que sería del todo incorrecto realizar dichas laboras y concebirse a sí mismo como economista o matemático. Las razones de su decisión son llamativas. La primera es que los filósofos son concebidos socialmente como pedantes no productivos que no contribuyen al PBI. La otra es que el término finalmente es percibido como pretencioso, ya que supone una posición elevada a la que no cualquiera puede acceder.

Si bien la discusión sobre las definiciones muchas veces pueden ser algo estériles, quizá resulta importante ampliar algunas ideas sobre dicho tema. Creo que el eje del problema sobre la definición del filósofo pasa por una lectura un poco menos maliciosa del primer punto. Dado que la formación filosófica en nuestra época principalmente forma parte del sistema universitario, los grados y títulos otorgados corresponden a niveles profesionales y académicos. En ese primer nivel, para hacer una comparación con el ejemplo del economista, un bachiller en economía puede dedicarse a trabajar profesionalmente como economista, sin ser un académico (léase, ser profesor e investigador en economía). En el caso de los filósofos, no queda muy claro qué significaría un trabajo profesional y no académico de la filosofía. No porque no tenga sentido pensar en una filosofía extra-académica o para-académica (ello es concebible si pensamos en el quehacer filosófico de una manera más “socrática”, “existencial” o “terapéutica” sobre cómo vivir, o sobre cómo examinar nuestra vida fuera de las aulas universitarias en una línea más “helenista”), sino porque no parece muy claro o intuitivo que exista un trabajo profesional en la sociedad para el filósofo que no sea académico. Siempre he estado interesado en vías profesionales alternativas a la academia para los filósofos y creo que son válidas y fructíferas. También considero que una formación filosófica puede dar herramientas y habilidades provechosas para diferentes actividades profesionales como tener capacidad de abstracción, razonamiento, argumentación, saber leer, escribir y (sobre todo) saber aprender (habilidades bastante presentes también otras ramas de las humanidades y de las ciencias sociales). Sin embargo, de manera obvia e inmediata la sociedad no tiene un lugar profesional evidente para las personas que se han formado filosóficamente en la universidad. De ahí que sea esperable que los padres se preocupen por el futuro de sus hijos y que se presuma que la filosofía es inútil. Indirectamente, por lo que he mencionado de las habilidades, es posible decir que es útil, o potencialmente útil para otras actividades en organizaciones públicas, privadas y de la sociedad. Pero si buscamos algo directo fuera del mundo académico, tendremos que aceptar la inmediata inutilidad del quehacer filosófico, lo cual tampoco constituye una ofensa decisiva hacia la filosofía. Sabemos que no todo tiene que ser medido con los mismos criterios (como contribuir al PBI), pero es comprensible la pregunta porque la formación filosófica se da en una estructura de formación profesional y/ o académica, que es la de la universidad. La pregunta aquí, entonces, es qué podría significar ser un filósofo en sentido profesional y fuera del sistema universitario.

El segundo punto se desprende del primero. Dado que la formación universitaria puede ser profesional y académica, en el caso de la filosofía es razonable suponer que su formación universitaria no se orienta hacia algo profesional extra-académico. Todo lo contrario: se asume que la vocación por su estudio es académica. Por eso, quien quiera dedicarse a la filosofía deberá de estudiar un pregrado, una maestría y un doctorado para luego conseguir un trabajo académico donde puede enseñar filosofía e investigar filosóficamente.  En nuestra sociedad la filosofía no tiene una directa existencia profesional (es indirecta, como ya lo vimos), pero sí tiene una directa existencia académica. De ahí las primeras descripciones de Chopra: ser Doctor en Filosofía, profesor de filosofía, autor de artículos y libros académicos sobre temas filosóficos, etc. Entonces aquí la pregunta, como en el caso de los patos, es la siguiente: si uno tiene una formación en filosofía, si enseña filosofía, si lee filosofía y si escribe sobre filosofía, entonces ¿puede uno ser llamado “filósofo”? Chopra resiste la etiqueta, a pesar de dedicarse a la filosofía académicamente. Fuera de sus razones, las cuales podremos examinar a continuación, es importante señalar que es posible admitir esa brecha si uno concibe la posibilidad de un académico que haga trabajo especializado y exegético de la historia de la filosofía, o que reseñe la literatura en el medio, con fines de exposición y clarificación. Es concebible una persona brillante que está especializada en la obra de un filósofo muy difícil como Hegel y que se conciba a sí mismo como un “especialista en Hegel” (un scholar) y no como un filósofo, mucho menos como un “filósofo hegeliano” (no es necesario que crea que Hegel tiene razón sobre preguntas que nos hacemos. Basta con que crea que sus ideas son históricamente importantes). Sus puntos de vista y sus valiosos esfuerzos están más orientados hacia la elaboración de mejores interpretaciones y a la contribución de debates especializados sobre el entendimiento de un autor, o de ciertos libros particulares. La universidad requiere de dichos académicos para poder contribuir a la investigación en dichos temas, y para contribuir a una formación de mejor calidad sobre autores o temas históricos particulares (podré ser tildado de “moderno” o lo que fuese, pero en lo que respecta a interpretaciones exégeticas y a la producción de comentarios y artículos que debaten autores clásicos realmente considero que hemos tenido importantes progresos, en el sentido de que somos más conscientes de los sesgos anteriores. Obviamente la posibilidad a mejorar lo que tenemos siempre está abierta). Esta posibilidad me parece que justifica mejor, el último elemento de la respuesta de Chopra.

Esta respuesta tiene que ver con la idea de que concebirse como un “filósofo” es algo pretencioso y que supone mucho. Esto no es nada descabellado porque el panteón de los filósofos se encuentra llena de gente excepcional como Platón y Kant. Y obviamente, por una especie de humildad académica, es poco decoroso subirse sin permiso a dicho panteón. Si la valla para ser un filósofo es esa, resulta aceptable que quienes se dediquen a la filosofía no se conciban de esa forma y que dicha investidura simbólica sea dada por la historia, o por la comunidad de pares que comprende y valora su trabajo. Pero, además, dicha lista de grandes pensadores tiene como uno de sus ejes el haber contribuido de manera original y decisiva a ciertos problemas, sea con nuevas preguntas o con nuevas respuestas. Por esta razón es que el especialista también puede sentirse reacio a ser considerado un filósofo: sabe con humildad que sus esfuerzos académicos (altamente valiosos) están orientados a una diferente empresa, empresa que puede (por supuesto) servir en la formación de futuros filósofos. Ahora bien, esto no excluye que un mismo ser humano pueda ser un especialista y que también sea tenido como un filósofo. Una persona excepcional podría tener contribuciones decisivas a problemas filosóficos contemporáneos y también a debates hermenéuticos sobre la historia de la filosofía, desde una perspectiva más especializada. Sin embargo, lo que parece más recurrente (por la creciente complejidad de los asuntos) es una división del trabajo entre especialistas y filósofos, entendiendo a estos últimos como pensadores con contribuciones originales que tienen un impacto relevante en el campo que es apreciado por la comunidad filosófica mientras están con vida, póstumamente, o bien póstumamente. Esto parece sugerir como requisito el pretender traer originalidad justificada a la discusión y a discutir problemas contemporáneos que exceden la interpretación puramente textual.  Esto no dispensa, sino más bien que exige, una formación filósofica rigurosa (formación que cada vez demanda más, como ir más allá de la división entre “analíticos” y “continentales”), pero creo que también involucra un mayor conocimiento de otras disciplinas y experiencias. Sea para tener una visión más completa de la época que uno está pensando, sea para ver en qué medida es posible que ciertos hallazgos en ciertas disciplinas plantean problemas que la filosofía también está llamada a atender, o quizá potenciales soluciones o insumos para atender problemas filosóficos.

Para terminar y regresar al primer punto: si los académicos o los profesionales que se dedican a la economía pueden ser llamados economistas sin que por ello tengan que estar al nivel de Smith, Keynes o Hayek, y si dichos economistas pueden hacer buena o mala investigación, el problema de la definición depende también de si es que es posible ser un “mal filósofo” (casi parece una pregunta tomada de un diálogo platónico). Si aceptamos que existen malos filósofos o filósofos mediocres, entonces también es posible aumentar el número de personas identificadas bajo ese membrete. Quizá no formen parte del salón de la fama de la historia de la filosofía (y sobre esto también es importante ser más reflexivos sobre la construcción de todo canon de autores importantes y sobre las modas pasajeras), pero no me queda claro si por eso debería serle denegada dicha palabra.  En todo caso, las etiquetas tampoco deben ser un problema, y si una persona se siente más cómoda con cierta investidura simbólica, que así sea. Sin embargo, deberemos tener muy presente que no siempre es acertado el diagnóstico que tenemos de nuestra propia identidad. Asimismo, aunque es difícil por el grado de especialización y sofisticación de la disciplina, deberemos admitir la posibilidad de un filósofo no académico. Finalmente, dado que en última instancia la filosofía es más una actividad que una profesión o posición académica, debemos pensar en sus condiciones materiales de producción y en el sentido que motiva que nos dediquemos a ella. Y es que, podría ser una pérdida de perspectiva dedicarse a ella para vivir, en lugar de vivir para dedicarse a ella.

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