Coaliciones reformistas y la invención del clientelismo moderno

por Erich Luna

(Continuación del post anterior)

A diferencia de Prusia, Inglaterra no estuvo históricamente amenazada constantemente por la guerra, debido a su posición geográfica privilegiada. Esto ayuda a explicar por qué su burocracia fue estuvo mucho más marcada por el patronazgo (no había una radical necesidad de que fuese de otra manera) y, por ende, más relegada en lo que respecta al desarrollo político en dicho aspecto. Las conexiones personales y no el mérito constituían el criterio principal en la élite para incorporar nuevas personas a la burocracia.

En este contexto destaca la figura de Charles Trevelyan, quien estaba interesado en modernizar la burocracia para que fuese mucho más meritocrática e impersonal. Sin embargo, lo que destaca Fukuyama en este punto histórico del desarrollo de Inglaterra es que dicha reforma hubiese sido imposible sin el apoyo de las clases altas de Inglaterra, pero sobre todo, de las nuevas clases medias que eran resultado de la modernización. Sobre el primer punto, fueron sus propias conexiones personales (Macaulay, Gladstone, Northcote, Jowett) las que pudieron conformar una coalición con intereses reformistas y modernizadores. Pero a esto debe añadirse como segundo punto el haber contado con el apoyo social de una emergente y demandante nueva clase media que deseaba universalidad y meritocracia en las instituciones políticas (esta clase media se distingue por su autonomía frente a la oligarquía, con la que hubiese podido pactar relaciones de patronazgo, como sí ocurrió  en Italia).

Finalmente, y acá regresa el constante elemento bélico como variable determinante en la modernización de los Estados, el terrible desempeño en la Guerra de Crimea a mediados del siglo XIX generó una presión social, intelectual y mediática generaliza por elevar los estándares del ejército y del servicio civil. Toda esta ola progresiva y creciente por modernizar el Estado inglés pudo ser aprovechada, de acuerdo a Fukuyama, gracias al sistema político de Westminster. ¿La razón? Es un sistema sin contrapesos hecho para tomar decisiones rápidas (no había federalismo, descentralización, poder judicial independiente y se contaba con disciplina partidaria). Solamente bastó para que la modernización transformara la estructura social y diese a luz a nuevas clases con diferentes valores e intereses para que dicha coalición tuviese representación política y pudiese, así, implementar legislación y reformas afines a sus intereses.

Esta trayectoria no pudo darse en los Estados Unidos, país que puede ser considerado como el que inventó el clientelismo moderno tal y como lo conocemos en las democracias modernas. Los Estados unidos heredaron la tradición del common law y el principio de no taxation without representation. Sin embargo, lo que no heredaron fue un Estado moderno, fuerte y centralizado, lo cual se vio reforzado por su ubicación y características geográficas. La misma lucha por la independencia cimentó en la naciente sociedad norteamericana el sentimiento antiestatista. El resultado fue un diseño constitucional federal con múltiples frenos y contrapesos, donde lo que prevaleció fue un “Estado de cortes y partidos” (Fukuyama volverá a esto en la parte final de su libro, cuando haga un balance crítico del sistema político contemporáneo norteamericano por tender a la decadencia política, en el sentido que Huntington da al término).

En sus inicios, la élite política que gobernó los Estados Unidos pertenecía la misma clase social. Mirando a los propios Padres Fundadores uno puede constatar que los Estados Unidos estaban más cerca de la aristocracia (una sociedad elitista que compartía los mismos grupos y círculos sociales) que de la democracia tal y como la conocemos. Sin embargo, fue la misma democratización electoral la que terminó generando incentivos para dos productos distintivos de la democracia moderna: los partidos políticos y el clientelismo. Los partidos políticos tenían el propósito de agregar intereses, canalizar información, movilizar votantes y daban expectativas estables a los votantes sobre el gobierno electo. En este escenario se va a ver expresado el choque (hasta hoy presente) entre la élite y el ciudadano común, a través del contraste entre Adams y Jackson. Con Jackson surge el populismo norteamericano que apelaba a las masas que no pertenecían a la élite social e intelectual tradicional. Cuando Jakson asumió el poder, su discurso apelaba a desmontar el sistema patrimonial tradicional y a enfatizar que cualquier ciudadano debía poder realizar las funciones burocráticas. Con esta capacidad de designación de cargos, a los que no se demandaba mayores requisitos, se pudo movilizar una gran base de apoyo político. Este fue el acta de nacimiento del clientelismo moderno.

La enseñanza que deriva Fukuyama del caso norteamericano, contrastándola con el caso inglés, es que el clientelismo y el abuso de los partidos por ofrecer cargos públicos para ampliar y movilizar su base social de apoyo político no es algo externo o accidental a la democracia moderna (como cuando quiere verse eso así en las múltiples nuevas y débiles democracias en muchas partes del mundo contemporáneo). En realidad se trata de todo lo contrario: un resultado esperable cuando se instaura la democracia política en sociedades no muy modernizadas, ya que funciona más exitósamente con los ciudadanos más pobres y menos educados (una versión primaria, pero análoga y comparable con países como Grecia e Italia, por poner ejemplos ya vistos). Esto tuvo manera de hacer política tuvo mayor presencia y vigencia en los niveles locales de gobierno. Es solamente con la industrialización que las demandas e intereses promoverán la construcción de un Estado mucho más fuerte y moderno.

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