El lugar de origen de la democracia

(Continuación del post anterior)

Para Fukuyama, el Tratado de Maastricht al crear el euro permitió que sea posible contar con una moneda y política monetaria común, aunque sin una política fiscal común. Esto permitió a los países con finanzas pobres prestarse dinero a bajas tasas durante el boom de la primera década del siglo XXI, sin que ello reflejara riesgo potencial alguno. El resultado de la crisis mostró una gran diferencia entre el norte y el sur de Europa. Pero, frente a lo que algunos podrían decir, Fukuyama sostiene que no se trata de ninguna “crisis general” del Estado de bienestar. La razón es obvia: Alemania, Holanda y los países escandinavos tienen sectores públicos grandes y pudieron manejar mucho mejor la crisis de 2008-2009, mucho mejor que los países sureños y que los Estados Unidos. Asimismo, Grecia, Italia, Portugal, Irlanda y España no son iguales entre sí y los efectos de la crisis no se deben necesariamente a lo mismo. Irlanda y España fueron fiscalmente más responsables y la crisis tuve que ver con las burbujas inmobiliarias y sus consecuencias. En el caso de Grecia e Italia, en realidad la causa está relacionada mucho más directamente con un excesivo gasto. En todo caso, el punto clave para Fukuyama es que la división entre los países anteriormente mencionados no es cultural o religiosa. Lo que los divide fundamentalmente es el padecer o no una política  clientelar.

La raíz del problema en Italia y Grecia tiene que ver con que el empleo público ha sido histórica y sistemáticamente usado como fuente de patronazgo por parte de los gobiernos de turno, lo cual ha llevado a servicios públicos de mala calidad y a déficits presupuestales. Recordemos que Alemania, para bien o para mal, modernizó su Estado antes de tener un régimen democrático y cuando los partidos políticos aparecieron, estaban basados en programas e ideologías. Podemos decir que aquí el clientelismo nunca fue una fuente de poder decisivo. A diferencia de esta trayectoria, en los casos de Grecia e Italia, la democratización del régimen y la apertura a la participación política de la ciudadanía se dieron antes de que el Estado y la burocracia fuesen modernos. El resultado estructural fue utilizar el Estado con fines clientelares, principalmente a través del ofrecimiento de empleo público.

Además de esta falta de modernización estatal, es importante resaltar que en ambos países la familia se mantuvo como la unidad básica de la cooperación social en un contexto de desconfianza social generalizado. Esto quiere decir que a nivel vecinal las relaciones sociales que prevalecen están más cercanas a la rivalidad que a la ayuda mutua (el problema del capital social que interesa a Putnam). Los negocios y las iniciativas privadas también se realizan a pequeña escala y familiarmente. La evasión tributaria y la informalidad son muy grandes, así como la desconfianza para con el Estado. Esto fue mantenido a lo largo de la historia porque la urbanización en Grecia no modificó las estructuras sociales básicas, ya que no hubo industrialización (en simple: no se dio el paso de la “comunidad” a la “sociedad”). En este contexto podemos legítimamente preguntar por las causas de dicha desconfianza. La respuesta principal de Fukuyama es la ausencia de un gobierno fuerte y de un efectivo estado de derecho (esto se expresa sobre todo en la incapacidad estatal para cobrar impuestos al 29.6% del PBI). Sin esto la confianza en las instituciones políticas será inevitablemente baja e incentivará a la sociedad a replegarse comunalmente en familias que interactúan en una lógica mucho más semejante al estado de naturaleza hobbeseano del “todos contra todos”.

Históricamente, el Estado griego nunca pudo fortalecerse y modernizarse. Antes formaba parte del Imperio Otomano y la región era considerada como reacia al cobro de impuestos. En 1821 buscaron independizarse y lo consiguieron luego con la ayuda de Francia, Inglaterra y Rusia. Se determinó que Otto de Grecia gobernase, pero también fue imposible construir un Estado moderno. La resistencia a Otto generó una constitución en 1844 y la apertura a la participación política en 1864, haciendo de Grecia una de las primeras democracias electorales del mundo. La política durante el siglo XIX no se dio vía clases sociales, sino que tuvo lugar a través de regiones y clanes. En el siglo XX la modernización se dio sin desarrollo debido a la falta de industrialización, como ya fue mencionado. El resultado fue hacer de las ciudades centros culturales, comerciales y administrativos sin que sean fuente de empleo industrial sustantivo. La ausencia de una economía capitalista significativa convirtió al Estado en la principal fuente de empleo. Podemos decir, siguiendo lo anteriormente mencionado, que el Estado griego creció en alcance, pero no en fuerza o capacidad administrativa. La relación básica entre el Estado y la ciudadanía era la de patrón-cliente. Fuera de esto, la inestabilidad política de golpes de Estado y conflictos (la derrota con Turquía en 1922, el régimen oligárquico de los 30s, la ocupación extranjera, la guerra civil, la dictadura militar de 1967-1974 y la democratización posterior) hicieron extremadamente difícil cualquier reforma institucional de largo plazo, fuera de dejar importantes divisiones sociales y altos niveles de desconfianza.

La democracia dio lugar a una nueva etapa política y clientelar marcada por el ND y el PASOK. Este caso emblemático de la “tercera ola” de democratización, al decir de Huntington, se mantuvo baja calidad en el gobierno debido a que nunca pudo tener una modernización, impersonalización y fortalecimiento. La alternancia de los partidos iba a de la mano con la incorporación clientelar al sector público de las bases de apoyo político de cada partido. Y como los sindicatos habían negociado exitosamente la estabilidad laboral, el número de empleados iba creciendo exponencialmente, en lugar de cambiar de personal cuando el otro partido accedía al gobierno. Esto aumento sustantivamente el costo del Estado, aumentando el déficit presupuestal.   Todo ello fue arrastrado hasta la crisis de 2009 donde, de acuerdo a la OCDE, Grecia tenía más de 700 mil empleados públicos con salarios y beneficios que en promedio eran 1.5 veces superiores a los del sector privado. Fukuyama concluye que el caso griego muestra cómo la apertura democrática sin un Estado fuerte en una sociedad urbanizada sin industrialización puede llevar a niveles de desconfianza sustantivos, y a relaciones clientelares entre el Estado y la sociedad con terribles costos al largo plazo. Ahora que Syriza ha llegado al poder, queda pendiente ver qué podrán hacer con relación a este problema estructura de sus instituciones política y  no solamente en lo que respecta a la crisis económica.


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