Corrupción y clientelismo

por Erich Luna

(Continuación del post anterior)

Uno de los puntos de partida para analizar la corrupción, según Fukuyama, es a ver su relación con el desarrollo económico. Las razones por las cuáles la corrupción tiende a impedir dicho desarrollo tiene que ver la distorsión de incentivos: los recursos son destinados a los bolsillos de las personas corruptas y no a fines productivos, lo cual a su vez también incentiva a personas valiosas a que se dediquen a este tipo de actividades. Otro problema es que funciona como un impuesto regresivo, dónde la élite abusa de la población a través de la extracción de estos recursos. Una posición contraria, presente en Huntington y otros, sostenía décadas atrás que la corrupción podía incrementar la eficiencia del Estado, dando más rápido licencias, registros, etc. (podríamos decir que es la lógica de la “aceitada”). Fukuyama se opone a esto y defiende la idea de que siempre será más eficiente será tener un estado de derecho efectivo donde los ciudadanos tengan un acceso igual al Estado y donde los procedimientos no tengan que ser innecesariamente problemáticos o engorrosos. Al margen de los puntos anteriores, uno de los problemas esenciales de la corrupción es que daña al orden político. Si los ciudadanos perciben de manera constante que los políticos y burócratas son corruptos, considerarán que las instituciones políticas no son legítimas. De pensar que los políticos o los burócratas particulares son corruptos, a pensar que todo el establishment político es corrupto y que las instituciones del régimen político son corruptas, hay pocos pasos.

Una primera definición sobre la corrupción la presenta como la apropiación de recursos públicos para fines puramente privados. Esta definición supone la distinción entre público y privado, con lo que la corrupción entendida de esta manera sería (1) algo propio de los gobiernos y no de las empresas; y (2) algo propio de las sociedades modernas, o en proceso de modernización. Sin la distinción moderna público/privado, la corrupción tal y como la entendemos no se encuentra presente en gobiernos patrimoniales (como en Prusia antes de la construcción del Estado moderno). Este fenómeno debe distinguirse de otras dos prácticas que son cercanas: la extracción de rentas y el clientelismo o patronazgo.

Las rentas pueden ser generadas por la escasez de tierra o de commodities, aunque también dicha escasez puede ser generada por el propio gobierno.  Es este abuso de poder gubernamental el que puede ser también tenido como corrupción. Sin embargo, toda regulación del gobierno podría potencialmente generar escasez artificial (de ahí que los más libertarias siempre se opongan a las regulaciones estatales). Dado que la renta y la corrución se encuentran aquí muy cerca, Fukuyama considera que lo más importante para saber de qué se trata es prestar atención al objetivo de la renta, esto es, si la renta sirve al interés público o si solamente sirve a los fines privados del gobernante o burócrata de turno.

En el caso del patronazgo, lo que tenemos es una relación de intercambio recíproco de favores entre dos partes (el patrón y el cliente), con diferente status y poder. El favor que recibe el cliente es algo que puede apropiarse de manera individual, como un trabajo, dinero, etc., en lugar de una política pública que beneficia a un grupo amplio de ciudadanos. Fukuyama distingue el patronazgo del clientelismo, enfatizando que el primero es una relación mucho más personal, mientras que el clientelismo se da a una mayor escala (y veremos más adelante que considera a los Estados Unidos como los inventores del clientelismo en ese sentido). De ahí que requiera una jerarquía de intermediarios. Esta diferencia de escala hace que por ello el clientelismo suceda en regímenes democráticos, donde un gran número de votantes deben ser movilizados. Socialmente, el clientelismo suele ser criticado bajo la idea de que las personas deberían votar programáticamente, pensando en qué es lo bueno para la sociedad y no solamente para ellos como individuos. El clientelismo busca el apoyo otorgando cosas como dinero, trabajos e incluso bienes públicos para los votantes que dan su apoyo político. Uno de los efectos problemáticos del clientelismo es que disminuye la calidad del gobierno, ya que mina la meritocracia y la impersonalidad que debería tener el Estado, fuera de aumentar irresponsablemente los gastos fiscales. Además de esto, el clientelismo fortalece a las élites (los patrones) e impide la rendición de cuentas

Ahora bien, lo importante es que a pesar de que solemos considerar dichas prácticas como desviaciones propias de ciertas regiones (muchas veces apelando a razones culturales o idiosincráticas), para Fukuyama se trata de todo lo contrario: las relaciones de patronazgo para con familia y amigos es en realidad una de las formas más básicas de organización social entre los seres humanos. Esto se debe, como ya fue mencionado antes, a las raíces biológicas del comportamiento humano, las cuales originalmente responden a la selección de parentesco y al altruismo recíproco (estas formas se encontraban mucho más visibles y presentes en las bandas y tribus). La conclusión de esto es fundamental: el valor moderno de la meritocracia y de la impersonalidad en el gobierno es algo que va contra las inclinaciones naturales. Por eso es importante insistir en que la cuestión debe ser reformulada. No se debe preguntar cómo es que existe el clientelismo en ciertos lugares, sino que más bien debe preguntarse cómo no existe en ciertos lugares. Son las instituciones políticas modernas las que incentivas a la sociedad para organizarse y cooperar más allá de la familia y los amigos. De ahí que si dicho orden colapsa, lo que tendremos será un regreso a las formas más elementales (lo que Fukuyama llama procesos de repatrimonialización).

 A la luz de los anterior podemos ver al clientelismo como una forma de altruismo recíproco presente en sistemas democráticos donde los líderes tienen que ganar elecciones. Incluso puede ser pensado como un proto mecanismo de rendición de cuentas, ya que el patrón tiene que cumplir lo que ofrece al cliente (y el cliente tiene que cumplir lo que ofrece al patrón), fuera de incentivar la participación política en poblaciones muchas veces pobres y no educadas (todos esos dilemas son los que hacen difícil que el clientelismo funcione siempre en todos casos). Comparado con que simplemente el gobierno tome el dinero y se lo quede prebendariamente, el patronazgo es mucho más funcional para el sistema político. Finalmente, el clientelismo estáa bastante relacionado con el desarrollo económico: la gente pobre es más barata (en el caso de Buenos de Mesquita y Smith hay un tratamiento indirecto aquí). A medida que la gente tenga mayores ingresos, el costo del clientelismo será más alto y en un determinado punto, será menos eficiente que las políticas públicas. Eso por el lado de la demanda. Pero por el lado de la oferta, también es importante que los políticos no cuenten con recursos y discrecionalidad para poder hacer eso (esto es, obviamente, también muy difícil de controlar, sobre todo cuando el dinero pertenece a los financistas privados y no al Estado). Sin embargo, no hay resultados mecánicos aquí. La prueba de eso es que países que han sido ricos (Italia, Grecia y Japón) han mantenido mucho de esas prácticas. De ahí que haya que prestar atención a los procesos históricos y a los actores para comprender por qué no se dieron reformas modernizadores para eliminarlas, o para minimizarlas significativamente.

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