La paradoja de los nobles mentirosos

Michael Frazer en una breve presentación para el Simposio en torno a Philosophy Between the Lines de Arthur Melzer aborda la polémica tesis de Leo Strauss según la cuál los grandes filósofos tendían a escribir esotéricamente por miedo a ser perseguidos, para evitar propagar en el vulgo ideas peligrosas, para promover cambios políticos, o para educar a la futura generación de filósofos. Escribir “entre líneas” o contar “nobles mentiras” sería la manera de ocultar sus enseñanzas para el vulgo y, de esa forma, quedar siempre disponibles para los filósofos o lectores genuinamente pretendidos. Melzer cree que es posible probar empíricamente esto y tomarlo como un hecho histórico, en lugar de atribuir esa situación a la naturaleza de las cosas, o a un presupuesto de tipo masón sobre la filosofía. Lo que hace Melzer para sustentar esto es compilar citas de filósofos del canon occidental para corroborar su tesis (una medida un poco positivista e inductiva para acumular hechos probatorios que nos permita generalizar el principio).

Lo que Frazer señala es que, si bien los filósofos reconocían esa práctica y hablaban sobre ella públicamente, de ello no se infiere que dicha práctica haya sido universalmente realizada por los filósofos. Peor aún, lo paradójico es que si la actitud hermenéutica straussiana es no tomar lo que dicen los filósofos como algo verdadero sin más, entonces que digan que saben del esoterismo y que lo practican sería un problema hermenéutico, ya que no podríamos tomar esa afirmación como algo evidente. ¿Deberíamos, entonces, leer esas afirmaciones públicas “entre líneas”? ¿Qué valor de verdad le damos a estas oraciones “auto-referenciales”? El problema aquí es que si se asume que la mayoría de lo que los filósofos dicen no es literalmente cierto, entonces no queda claro por qué tendríamos que tomar como literalmente cierto las pocas veces donde directamente reconocen la práctica de la escritura esotérica. La defensa de Melzer es que hablar del secreto no es un problema, mientras el contenido del secreto siga siendo secreto. Sin embargo, en este nivel de discusión uno podría también decir que es igualmente razonable pensar que los filósofos podrían estar mintiendo sobre la práctica del esoterismo.

Una siguiente línea de defensa podría sugerir que el secreto es un motivo para promover el estudio filosófico. Sin embargo, Frazer destaca que incluso si lo que hay es la apariencia de un secreto, cuando en realidad no hay nada oculto, ello también despertará un mismo interés o búsqueda en el texto mismo. Incluso ello podría promoverse para generar cierta fama, grandilocuencia o fraude (podríamos decir que se trataría de un estilo “turbio” para dar la ilusión de que las “aguas son profundas”, algo que Foucault aludió en alguna entrevista sobre el estilo filosófico de los franceses, o la crítica que se suele hacer al estilo de Heidegger). Si la hermenéutica de los textos filosóficos siempre tiene un carácter provisional, por lo menos a nivel metodológico la hermenéutica esotérica de lectura entre líneas debería usarse como último recurso, ya que es más probable su carácter provisional.

Finalmente, ¿por qué uno debería creer en Melzer cuando dice que no escribe esotéricamente, si es que en nuestra época ello no es una práctica común? Universalizar la lectura esotérica genera ese tipo de vértigo escéptico donde uno queda en una posición solitaria, tratando de leer y pensar por su cuenta qué quisieron decir los grandes pensadores. De ahí que sea razonable el que se genere como una reacción común el que dicha lectura es inaceptable. El resultado es análogo a una posición anti-empirista que rechaza que las cosas son como aparecen a simple vista, dejándonos en un estado de nula certeza. Esto no quiere decir que no se demande un esfuerzo para comprender un texto filosófico, pero sí que una radicalización de no tomar nada literalmente termina por minar la inteligibilidad, fuera de sublimar al autor del texto como un genio infalible (solamente sus interpretes se equivocan, como en el caso de un texto sagrado escrito por la divinidad).

Frazer termina elogiando el trabajo de Melzer, afirmando que desde ese paradigma la lectura de la historia de la filosofía por lo menos deviene más interesante y misteriosa (luego de sus críticas, a mí esos elogios me parecen una mentira noble). En mi caso, debido a que todavía no considero haber leído suficiente sobre la obra de Leo Strauss y sus seguidores, mis opiniones actuales son todavía provisionales e inexpertas.  A pesar de ello, me inclino por el escepticismo ante la viabilidad y deseabilidad de una hermenéutica esotérica radical ante la historia de la filosofía.

Creo que son tres los motivos principales de dicha posición.

  1. El primero de ellos tiene que ver con que el propósito de la interpretación de los textos parece regirse aquí más por la idea de poder reconstruir la intención o mente del autor (“lo que de verdad quiso decir”). No estoy muy seguro si dicho paradigma de interpretación tendría que ser el más vigente o más útil hoy en día (incluso luego del giro hermenéutico en la filosofía contemporánea, o también en el caso de la llamada “muerte del autor”).
  2. Segundo, a pesar de que no necesariamente tenga que ser su intención, la radicalización del esoterismo para con la filosofía genera un narcisismo un poco infantil según el cual los filósofos escriben en secreto para otros filósofos, o buenos lectores de filosófica, y ¡por suerte! los straussianos son la escuela hermenéutica correcta para haber hecho justo en nuestra época, y en un momento donde hay mayor libertad de cátedra y de expresión. Un elemento complementario aquí es que incluso si escriben en secreto, quizá la mayoría no fueron muy buenos para eso, dado que la persecución y oposición de los gobiernos e iglesias en muchos casos siempre estuvo presente. ¿Eso los haría malos esotéricos? ¿O los perseguían por razones equivocadas? Un último elemento complementario en este punto es que tampoco sabemos los vaivenes de la recepción de nuestros textos clásicos. Antes de la imprenta la pureza en el legado de los textos es algo lejos de ser perfecto. Así que tampoco suena muy crítico asumir que los textos legados son exactamente iguales a los del puño y letra de grandes griegos y romanos (quizá los copistas son los verdaderos esotéricos que modifican los textos dejando mensajes secretos a lo largo de la historia…). Ello sin mencionar que sen ha perdido muchos textos. ¿Por qué no asumir que se perdió lo más importante?
  3. El último de los motivos tiene que ver con que la producción filosófica que nos parece más interesante no suele leer a los filósofos clásicos de esa manera. Su diálogo e intercambio va mucho más allá e implica “malentendidos” o “malas lecturas”. Un especialista siempre dirá que Nietzsche leyó mal a Platón, o que Heidegger leyó mal a los griegos, o que Marx leyó mal a Hegel, o que Deleuze leyó mal a Spinoza. Quizá esa “mala lectura” (que no creo que tenga que ver con esoterismo), sumada a otras influencias disciplinarias, sociales e históricas, lo que genera una producción filosófica novedosa que responde a las preguntas de nuestra época, o quizá genera algo más radical: el planteamiento nuevas preguntas, o la reconfiguración de nuestra comprensión de la situación en la que nos encontramos. Pensar que la filosofía piensa siempre la misma pregunta en un diálogo secreto cerrado entre una misma élite suena mucho más a una teoría conspirativa para intelectuales que una empresa colaborativa genuina por llevar el pensamiento y el conocimiento a niveles superiores. 

Como dije antes, todavía estos juicios evaluativos son apresurados, pero son las dudas que en este momento me genera la aproximación hermenéutica inaugurada por Strauss. Supongo que en su defensa podrán acusarme de ser un hijo del malévolo historicismo moderno nihilista que ha ocultado la verdadera grandeza del pensamiento filosófico.


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