¿Qué hacer?

(Continuación del post anterior)

Planteando la misma pregunta de Lenin, Bueno de Mesquita y Smith tratan de cerrar su libro pensando recomendaciones luego de haber tratado de describir cómo funciona la lógica de la supervivencia política. Ambos autores se oponen a las utopías, ya que consideran que el maximalismo de no querer nada salvo “el mundo perfecto” es una excusa para no tomar medidas concretas que quizá sí podían tener un imperfecto en mejorar la vida de la gente (esto creemos podría estar muy presente en el radicalismo vacuo de teóricos críticos que pueden hacer las más de las veces buenos diagnósticos, pero cuyas medidas concretas carecen de viabilidad o, peor, de contenido). La razón principal del porqué las utopías son inviables tiene que ver con que hacer el mundo lo mejor posible para todos desconoce que no todos quieren lo mismo. Desde su terminología, podemos decir que lo que quieren los intercambiables, los influyentes y los esenciales no necesariamente es igual. Si lo que los líderes, quienes los apoyan, y el resto, fuese lo mismo, entonces definitivamente no habría miseria, o por lo menos, el mundo sería muchísimo mejor. Para Bueno de Mesquita y Smith, querer mejorar el mundo no puede desconocer este hecho fundamental de cómo opera la realidad política.

Lo que puede hacerse tiene que ser posible en este marco. Por eso, pequeños cambios realizables en el gobierno no solamente son deseables, sino que son posibles y pueden tener un impacto bastante significativo en la vida de millones de personas. Si uno busca reformas, no puede quedarse en lo que se dice y tomarlo de manera literal. Es necesario ir más allá (casi con un espíritu desmitificador) y saber qué es lo que efectivamente se quiere y que es lo que de verdad está en cuestión. Los líderes siempre querrán que el grupo de los intercambiables sea lo más grande posibles y que el de los esenciales e influyentes sea lo más pequeño posible (por eso en el sector privado, las corporaciones tienen muchísimos accionistas, pocos grandes propietarios y pocos miembros del directorio que aceptan pagar muchísimo al CEO, al margen de cómo le vaya a la compañía). Las masas quieren que los tres grupos sean lo más grande posibles porque así la probabilidad de formar parte de coalición aumentará, o de recibir bienes públicos. Desde este esquema, el grupo más importante es el de los esenciales. Ellos son los que las más de las veces deciden qué cosas de hacen. El punto es que ellos no quieren que la coalición disminuya y que puedan ser purgados de ella, pero tampoco quieren que sea muy grande porque perderían sus beneficios. Podemos aquí decir, pues, que los miembros de la coalición gustan de selectorados pequeños porque el bienestar al que acceden es superior, si es que existe poca gente que puede reemplazarlos. El líder debería tender a desear un modelo leninista donde un rígido sistema electoral permite reemplazar a la coalición, mientras que la coalición tiende a modelos monárquicos, teocráticos o de juntas militares donde los reemplazos son potencialmente mucho menores. El deseo de la coalición por reformas institucionales está anclado en la tensión entre que disminuyan sus bienes privados, si la coalición crece, o si se aumentan los bienes públicos y la productividad por su crecimiento. Y como hemos estado viendo que en política las personas hacen lo que les es mejor o más beneficioso, podemos esperar que lo regular es que los líderes no busquen expandir la coalición, que las masas busquen democratización y que los esenciales oscilen entre dichos polos. Si las circunstancias les hace ver qué podrían estar mejor con una mayor democratización, apoyarán a las masas. Si no, seguirán apoyando al líder promoviendo que la coalición se mantenga pequeña.

Recordemos que los miembros de la coalición viven con lujos, pero también con miedo. Si la coalición disminuye, pueden ser purgados. Si la coalición aumenta, sus privilegios disminuyen. Pero a veces, perder ciertos privilegios es mejor a perderlo todo. Los dos momentos donde los miembros de la coalición pueden estar dispuestos a conceder son (1) cuando el líder acaba de llegar al poder y (2) cuando el líder está cerca de la muerte. Esos momentos son los que aumentan el miedo a ser purgado y por eso es que ahí los miembros de la coalición son más receptivos para con las reformas. Las crisis económicas también pueden ayudar porque es ahí donde los días de lujos están contados. Aquí incluso son los líderes los que pueden estar dispuestos a emprender reformas. No hacer eso permitirá a otro ofrecerlo y canalizar descontento, vía movilizaciones. Por eso es que en Egipto (luego que disminuyeron los recursos) los militares apoyaron la movilización de las masas finalmente. Solamente así podían seguir siendo parte de la coalición. La moraleja de la historia es que si los líderes son nuevos, muy viejos, o quebrados, es ahí donde tiene sentido para la coalición buscar su aumento con el fin de no ser purgada. Esto también cuenta para las masas: son esas condiciones en las que es mejor movilizarse para mejorar su situación.

El otro elemento que podría ayudar a la democratización es que la ayuda internacional exija a los líderes reformas efectivas (otorgando dinero cuando ciertos objetivos se han realizado de manera efectiva) y que, si se muestran opuestos a ellas, se use el dinero para proveer de comunicación a los oprimidos (por ejemplo, a través de internet y teléfonos celulares). Ello permitiría fomentar la productividad y capacidad de organización de las víctimas del régimen. En el caso de regímenes autoritarios con muchos recursos, los autores consideran (siguiendo a Mandela en Sudáfrica) que la comunidad internacional debería presionar y dar un tiempo de gracia y amnistía a los líderes para, si no quieren democratizar, que puedan irse sin problemas. Esta medida puede no dar justicia, pero sí beneficiar en el mediano y largo plazo a las mayorías oprimidas. Si los miembros de la coalición creen que el líder tomarán dicha oferta, dejarán de apoyarlo, incentivando así aún más decisión y generando un contexto donde tales miembros podrían evaluar abrir el régimen para no perderlo todo. En otros países como Arabia Saudita y Jordania la oferta puede radicar en que los líderes mantengan su riqueza familiar, pero que abran el poder político en la forma de una monarquía constitucional. La razón de estas medidas busca compensar la ingenuidad de las demandas habituales. y es que, si la comunidad internacional solamente pide elecciones, es más probable que se tengan los mismos regímenes con elecciones fraudulentas o que surjan regímenes híbridos que no mejoren sustantivamente la vida de la gente, como los autoritarismos competitivos que describen Levitsky y Way. De ahí que el interés por los derechos civiles deba ser igual o mayor que el de los derechos políticos. Y si bien uno siempre tendrá a Singapur y a China como ejemplos de autoritarismos con bienestar ciudadano, debe siempre tenerse en cuenta que dichos regímenes constituyen, para bien o para mal, escasas excepciones cuya replicabilidad y reproducibilidad es inverosímil. La tesis general es que si se expande la coalición ganadora, los influyentes y el selectorado, entonces la mayoría se verá beneficiada.

En el caso de las democracias, las instituciones resultan fundamentales para entender cómo opera el juego político y su relación con el desarrollo. Los autores solamente prestan atención al caso de los Estados Unidos. Brevemente, el problema para ellos en EEUU es que son los políticos quienes deciden los límites de los distritos para que así les sea más fácil ganar (guerrymandering). Esto genera el resultado perverso de que la persona está contenta con su congresista (porque salió elegido), pero insatisfecha con el trabajo. En la democracia norteamericana son los políticos quienes eligen a sus votantes. Por eso no es extraño que puedan ser fácilmente reelegidos y que no tengan que rendir muchas cuentas. Los colegios electorales también generan un problema similar, ya que sobrerepresentan minorías y destruyen la efectividad del principio una persona, un voto. En EEUU es posible ser perder la elección presidencial, aún si se cuenta con la mayoría absoluta de votos. En este contexto, los autores creen (siguiendo su teoría), que si se cambiaran estas reglas junto con la incorporación política de inmigrantes, se tendría un mejor desempeño en el gobierno porque la coalición ganadora tendría que ser mucho más grande.

Finalmente, en el caso de la promoción de democracias, hay que recordar lo que se ha venido diciendo: los líderes políticos de las democracias más poderosas se deben a sus electores y su interés en la democracia de los demás países solamente tiene sentido en la medida en que sus ciudadanos deseen las políticas que beneficien a dichos países. La libertad y la prosperidad de los demás solamente resulta deseable mientras no se vuelva una amenaza para la libertad y prosperidad de los nuestros, especialmente si dicha libertad y prosperidad es la que incentivará elegir o no al líder político que tiene en sus manos el tomar dicha decisión.

***

Luego de haber hecho esta reseña extensa del libro, queda pendiente elaborar algunas reflexiones sobre el caso peruano para ver hasta qué punto qué ideas resultan útiles como vectores de exploración para comprender mejor la política. Lo otro que queda claro es que dicha lógica formal básica para pensar la política demanda un mayor interés en el desarrollos histórico de las instituciones, con el fin de poder comprender cómo se construye su fortaleza, lo que también las hace efectivas. Dicho panorama, que constituye una segunda capa de análisis tomará como referente el último volumen de Fukuyama sobre los orígenes del orden político.

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