Revueltas

por Erich Luna

(Continuación del post anterior)

En este punto debe quedar claro que la lógica de la supervivencia política que la teoría del selectorado de Bruce Bueno de Mesquita y Alastair Smith dicta que los líderes políticos que se quieran exitosos deben siempre tener como prioridad mantener contentos a los miembros de la coalición que los mantienen en el poder, aún ello eso se hace a expensas del bienestar de la gente. El descontento de las personas puede ser suficiente para que se rebelen y tomen las calles. Y existen casos donde ello puede ser determinante en la caída del líder político, sin que ello implique el lo que resulte de dicho proceso sea una democracia o el bienestar material de la gente (píensese en los regímenes que surgieron de las revoluciones comunistas). A veces el resultado puede llegar a ser peor, como Doe en Liberia y Mao en China. Por ello es importante entender cómo funcionan esos procesos desde esta aproximación, para saber en qué casos y contextos los líderes autócratas tienen mayores probabilidades de éxito que los emergentes (y potenciales) grupos revolucionarios.

Una posibilidad extrema para responder a esta amenaza es la absoluta represión (incrementar el autoritarismo). En este caso, si los líderes efectivamente le hacen ver a los dominados, con hechos y no palabras, que no estar a ralla implica la muerte, la exclusión o la miseria, es poco probable que surjan rebeliones. La vida bajo dicho régimen será terrible, pero los oprimidos sabrán que los costos de rebelarse serán altísimos y que las probabilidades de éxito serán nulas (Korea del Norte sería aquí un claro ejemplo). Otra posibilidad es que los líderes democraticen el régimen en algún sentido. La variable dirimente aquí para nuestros autores es la lealtad del ejercito. Si las personas potencialmente rebeldes se encuentran aisladas, no constituirán amenaza alguna para el gobierno. De ahí que la represión de libertades civiles sea común en los regímenes autoritarios. Pero si en medio de dichas restricciones surge una movilización, el líder necesita de gente que esté dispuesta a realizar el trabajo sucio que se espera en dichas situaciones. Por eso la lealtad del ejército es clave. Casos donde los ejércitos abandonaron al líder en tales situaciones abundan: Doe en 1990, el shah de Irán en 1979, el Presidente Marcos de Filipinas en 1986, el zar Nicolás en 1917, así como la revolución naranja, la revolución de los tulipanes, la revolución de los jazmines y los levantamientos recientes en Egipto. En todos los casos el líder no podía mantener la lealtad de la coalición, ni movilizar recursos para que se pudiesen reprimir los levantamientos. Los levantamientos pueden a primera vista parecer “espontáneos”, pero tienen que ver con qué tanto la gente piense que puede realmente tener éxito. La tarea de los líderes políticos es siempre mostrar que la rebelión no debe ser vista como algo atractivo. Por eso tienden a reprimir duramente los levantamientos.  Y si cuentan con recursos (principalmente actividades extractivas y ayuda internacional) y pocos incentivos para proveer de bienes públicos que redunden en la productividad de la gente (porque no necesitan de sus impuestos), su estabilidad estará prácticamente garantizada. El ejemplo predilecto aquí es Than Schwe en Burma.

En el caso de los países autoritarios, además de requerirse de una disminución de recursos para que la coalición deje de apoyar al líder, los autores indican que muchas veces esto está asociado a ciertos eventos que son la “chispa” que prende dicha movilización. Ejemplos de ello son desastres naturales masivos (los centros de refugiados generan contacto y asociación, aunque para los líderes autoritarios signifique desear la muerte de los ciudadanos y buscar ayuda internacional), crisis de sucesión, crisis económica y elecciones fraudulentas. Pero debe recordarse que si los líderes tienen recursos, la rebelión no será algo fácil. Por eso nuestros autores defienden que si el interés es la libertad y la democracia para los ciudadanos en países pobres y autoritarios, los países democráticos del primer mundo nunca deberían darles dinero, a menos que ello vaya de la mano con reformas políticas y económicas efectivas. Sin embargo, como vimos antes, ello no suele ser así porque los intereses políticos son otros.

En las democracias el descontento funciona de manera diferente porque protestar es mucho más barato y fácil. Su origen tiene que ver con que los gobiernos fallan en darle a la gente lo que quiere. Existen libertades y derechos que posibilitan la protesta, así como recursos para organizarse y movilizarse. Para Bueno de Mesquita y Smith es importante notar que estas mismas libertades fomentan la protesta, pero inhiben el deseo de tumbarse el gobierno y las instituciones democráticas.  Ya depende del líder político si es que el descontento es suficiente para cambiar el curso de acción sobre la política en cuestión. Ello es más problemático cuando la protesta se hace en contra de la política exterior del país. Eso lleva al último gran tema que veremos en la próxima sección: guerra, paz y orden internacional.

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