Robarle a los pobres para darle a los ricos

por Erich Luna

(Continuación del post anterior)

Ahora que ya hemos estado viendo en las entradas anteriores que las personas y sus coaliciones son para nuestros autores lo más importante para analizar las dinámicas políticas, es importante prestar más atención a los recursos. Dicho directamente: el dinero importa mucho para cualquier individuo que esté a cargo de una organización y que quiera mantenerse en el poder. Los miembros de una organización no harán lo que se les diga, ni serán leales, si es que no obtienen una remuneración adecuada (por eso es clave poder pagar el precio respectivo, ¡pero ni un centavo más!). De ahí que para los gobiernos autocráticos sea imperativo saber dónde es que se encuentra el dinero y mantener de manera poco clara cuánto hay y cuánto recibe quién. La falta de transparencia es consustancial al diseño de dichos regímenes (hace a todos más baratos y potencialmente más reemplazables). Y es que, si ello es así, resulta más complicado para cualquier líder opositor con ambiciones el poder ofrecerle algo mejor a quienes garantizan la supervivencia del líder en cuestión. Para sobornar se requiere saber cuánto es el precio de las personas y contar con dicha cantidad. Ello vale tanto en democracia, como en gobiernos autoritarios.

Para los autócratas, los primeros meses son claves y críticos (su supervivencia en los primeros momentos es más difícil y más fácil en el largo plazo, a diferencia de los demócratas que empiezan con apoyo popular, la llamada “luna de miel”, y luego es que recién empieza a verse mermada su popularidad). Tienen que hacerse de los recursos rápidamente para asegurar con mayor probabilidad de éxito su supervivencia política. De ahí que históricamente sean comunes las confiscaciones, expropiaciones o licitaciones. Estas medidas no tienen interés en la economía de una nación en el largo plazo. Los demócratas no suelen tener ese problema, ya que tiende a ser claro dónde está el dinero. Cameron y Obama no tienen que torturar a nadie para saber dónde está el dinero. La democracia, para nuestros autores, tiende a verse beneficiada vía transparencia en el manejo de recursos y en el cobro de impuestos. Esto último es así porque en principio nadie quiere pagar impuestos y los líderes siempre quieren incrementarlos para tener más recursos. Con más recursos pueden beneficiarse y beneficiar a los miembros de la coalición ganadora. Sin embargo, es difícil en democracia subir los impuestos sin impunidad.

Subir los impuestos tiene costos. Tiende a disminuir la productividad de la gente y por eso se requiere de expertise para poder hacerlo. La regla general que defienden nuestros autores es que si el grupo de los esenciales es grande, entonces la tasa de impuestos será menor. Y como gobernar es mantenerse en el poder y no gobernar bien o para el bien de los gobernados, los impuestos resultan un mecanismo político clave: dar recursos que pueden usarse para premiar a quienes apoyan al líder. Y en gobiernos con coaliciones pequeñas, la recolección que se hace a los pobres (que se encuentran fuera de la coalición), redunda en beneficiar a los ricos (que se encuentran dentro de la coalición). Por eso es más frecuente que en gobiernos autoritarios, como en Zimbabwe bajo el Zanu-PF, los ricos y los pobres se mantengan como tales dependiendo de quiénes forman parte de la coalición ganadora. El miedo a la exclusión y a la pobreza con los mecanismos tributarios refuerza el interés de las personas por ser leales y por desear ser incluidos para recibir beneficios.

Los demócratas no se comportan radicalmente diferente. Si pueden, buscarán usar los impuestos para subsidiar o beneficiar a los grupos que los benefician en las elecciones a expensas de los grupos que se oponen a ellos. En este caso es redistribuir quitándole a los opositores para darle a los que apoyan al gobierno. El problema es que como en la democracia hay que darle a muchos, no se puede ganar el apoyo de igual manera. Por eso los impuestos en las democracias tenderán a ser más bajos que en los gobiernos autoritarios. México es el ejemplo que presentan Bueno de Mesquita y Smith, mostrando que a medida que se democratiza (1985-2005) el porcentaje del PBI con el que se queda el gobierno va disminuyendo drásticamente. Ahora bien, una primera reacción es negar eso diciendo que en democracias del primer mundo uno puede llegar a pagar alrededor de la mitad de su salario en impuestos, con lo que la tesis no se presenta como muy verosímil. Pero lo que se quiere mostrar es que en realidad hay que ver cuántos impuestos pagan personas con ingresos similares. El argumento es que en EEUU una familia con un hijo y con un ingreso de 32 mil 400 dólares no paga impuestos al ingreso y si ganaran 20  mil dólares recibirían mil dólares para mantener a su hijo. En China, una familia similar con un ingreso similar pagarían 6 mil 725 en impuestos por sus ingresos. El problema adicional es que si en los gobiernos autoritarios uno tiene la suerte de ser rico, puedes ser expropiado y hasta encarcelado, como ha sucedido en China (Huang Guangyu) y Rusia (Mikhail Khdorkovsky) con algunas de las personas más ricas de dichos países. La conclusión de esto: en gobiernos autoritarios solamente es bueno ser rico si es que el gobierno te hizo rico. Y si ese es el caso, la lealtad estará más que asegurada. El problema de Guangyu y Khdorkovsky no es que fuesen corruptos. El problema es que no apoyaban a sus gobiernos y por eso acabaron de esa forma.

Subir los impuestos hace que la gente sea menos productiva o que busque evadirlos, además que requerir de una burocracia estatal para extraerlos puede ser muy costoso (es muy costoso en términos de tiempo y recursos aumentar la capacidad estatal). Los autócratas por eso tienden a usar impuestos indirectos para no tener que asumir tan altos costos. Por eso, otra vía común es recolectar impuestos de la extracción de recursos, como petróleo, oro, cobre, diamantes, etc. Esto requiere de pocas personas, es fácil recolectar impuestos y por eso tiende a generar lo que algunos llaman la “maldición de los recursos naturales” (dichas naciones tienden a crecer menos, a tener guerras civiles y a ser más autoritarias). El ejemplo clásico es Nigeria. Pero los autócratas son mucho más felices con una actividad extractiva: no tienen que motivar seres humanos para que trabajen, para que sean productivos y para que paguen impuestos. Esto genera suficiente riqueza para la coalición como para que puedan comer cada día foie gras directamente traído de Francia. Sus esfuerzos deben orientarse a mantener a los demás pobres, desorganizados e ignorantes (en nuestra jerga local, se requiere de un triángulo sin base radical).

Obviamente, quitarle a los pobres para darle a los ricos puede ser complicado en el largo plazo, pero se espera que ese sea el problema de otro futuro político ambicioso. Otra vía similar es el endeudamiento, el cual resulta más atractivo a medida que la coalición es más pequeña. Y si uno no elige endeudarse, el opositor o líder ambicioso que quiera ascender podrá ofrecer hacerlo y beneficiar a la coalición.  Incluso, es posible que en el futuro la deuda sea condonada. Por eso nuestros autores consideran que desde una perspectiva democrática, el préstamo de las naciones democráticas a las autoritarias debería tener mayores restricciones y obligaciones sobre lo que deben hacer con los recursos (como incentivar reformas institucionales reales).

Con los recursos en mano, los líderes podrán proveer bienes públicos, recompensas privadas a los miembros de la coalición y podrán tener recursos discrecionales para usarlos como mejor crean conveniente, fuera de poder guardar un poco en caso lleguen a necesitar escapar.

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