Doxología: el problema de la forma

Diego Cerna hizo una tipología sobre los opinólogos en nuestros medios que, medio en broma y medio en serio, diagnostica el espectro de la δόξα en nuestro país. Básicamente lo que tenemos es un espectro compuesto por gente que (1) resume noticias y plantea lugares comunes sobre la política (cfr., los “analistas políticos”), (2) apela a una posición moral y cognitiva privilegiada (cfr., los intelectuales en su versión de crítico literario comprometido), (3) reduce todo a lo económico desde un marco simplificado e ideológico (cfr., los abogados que hablan como economistas), (4) es de izquierda y solamente habla de la izquierda (cfr., el ex-militante desencantado que critica a los demás para indirectamente flagelarse), y (5) habla de tecnología, cosas geeks y redes sociales sin saber mucho de nada (nerd wannabe que dice que le gusta la ciencia, pero que no sabe ni usar la calculadora). La opinología es tratada aquí desde el contenido, lo cual es importante. Sin embargo, creo que esto tiene que ser complementado apelando a la importancia ineludible de la forma.

¿A qué me refiero con eso? A que dentro de la gente que habla en medios también hay gente que sabe de lo que habla, que ha estudiado  algo de lo que habla y que ha realizado investigación sobre lo que habla que, por lo menos está medianamente informado y tiene la buena intención de debatir asuntos relevantes con argumentos y evidencia. Sin embargo, es imposible (o altamente difícil) que ello se vea reflejado exitosamente en el intercambio mediático estándar. Los problemas complejos no son fáciles de explicar ni de solucionar. Una columna de opinión de 300 palabras, una entrevista de radio o televisión de 5 minutos hace extremadamente difícil que uno pueda decir cosas no triviales. No estoy diciendo que no existan grados y que tengamos gente preparada y con un talento de síntesis envidiable. Sin embargo, como ellos es lo excepcional es altamente improbable que uno sea exitoso para poder comunicar algo relevante. A lo mucho una idea sugerente o una provocación. Entonces no es solamente que tengamos gente que no sepa de lo que habla y que se le dé voz. Lo trágico es que para la gente que tiene algo importante que decir existen limitaciones formales. Y, finalmente, existe la cuestión de la audiencia. La mayoría de personas quieren una versión simplificada de las cosas para poder entenderlas porque lo otro toma mucho tiempo y recursos (de ahí la popularidad de los “artículos” al estilo de “7 cosas que crees que te harán dejar de ser un imbécil, pero que en realidad no lo lograrán”). Explicar una investigación de años en 300 palabras o en 1 minuto es muy difícil de hacer. Y si bien hay gente que afirma que si no lo puedes decir en simple, entonces no lo sabes, realmente eso no es así en todos los asuntos.  Reitero que no quiero que se me malentienda: no estoy diciendo que es imposible decir cosas importantes en poco tiempo y en poco espacio (Nietzsche y Wittgenstein son casos emblemáticos de ello en la filosofía). Sin embargo, no podemos tener como norma lo excepcional.

La pregunta entonces es realmente qué esperamos obtener cuando leemos en periódicos columnas tan cortas y entrevistas en televisión y radio con una estructura tan trivial, cuando discutimos en Facebook y cuando twitteamos sobre el futuro del país. Lo que hay que desentrañar ahí es la lógica propia de cada medio y cómo éste puede articularse con los otros medios para potenciarse. Hay medios más fructíferos para el conocimiento y otros más fructíferos para la opinión (me disculparán los anti-platónicos que utilice esa terminología solamente para enfatiizar que estoy dispuesto a considerar que existen mejor explicaciones que otras). La cuestión no es decir que unos medios no sirven, sino preguntarse para qué podrían servir mejor, en función a nuestros intereses y prácticas.  Por lo pronto, leer el diario no parece servir mucho para comprender qué es lo que está sucediendo, sea quien sea el que esté escribiendo.


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