Mantenerse en el poder

(Continuación del post anterior)

Una vez que el líder llega al poder debe conseguir la lealtad de una coalición ganadora de esenciales para poder mantenerse en el poder (y ya hemos visto que para Bueno de Mesquita y Smith la lección esencial de la política para los políticos es que de lo que se trata es de gobernar. No de gobernar “bien”, a menos que ello signifique en beneficio del líder y de sus esenciales). Sin embargo, esto no necesariamente implica que dicho grupo sea exactamente el mismo que lo ayudó a llegar al poder (cfr., Fidel Castro o Adolf Hitler). Estos cambios en la coalición no tienen que ver necesariamente con que sean competentes para la gobernanza, o con cambios que sean buenos para el pueblo. Simplemente tienen que ver con cambios que puedan beneficiar al líder (y es razonable para el líder pensar que quiénes lo llevaron al poder podrían tener la capacidad de sacarlo, a menos que haga cambios importantes en dicho grupo). De hecho, tener gente competente puede ser un error ya que pueden volverse rivales potenciales. ¿Cuáles son las tres características más importantes que el líder debe buscar en los miembros de la coalición? (1) lealtad, (2) lealtad y (3) lealtad. Por eso es recurrente entre los autócratas el relacionarse con familiares, amigos en los que uno confía y dejar de lado a los ambiciosos (cfr., Saddam Husein), algo que para Fukuyama tiene fundamento en nuestra biología (selección de parentesco y altruismo recíproco). La solución clásica de los chinos y bizantinos para poder tener asesores competentes fue contar con eunucos. La Iglesia católica contó con sacerdotes que debían ser castos. Obviamente ningún sistema es perfecto. En la medida de lo posible, contar con asesores que no pueden llegar al primer lugar es lo clave.

La coalición siempre debe ser lo más pequeña posible y el número de intercambiables debe ser lo más grande posible. Ese es para nuestros autores el verdadero propósito de las elecciones. Las elecciones en autocracias no buscan legitimar al líder. Son en realidad advertencias para los políticos subordinados que contemplan alejarse del camino trazado por el líder. V.I. Lenin es el campeón contemporáneo de este sistema. Las elecciones en un sistema unipartidista con sufragio universal buscaban legitimar con respaldo popular el reemplazo de la coalición (los juicios y los viajes a Siberia). A pesar de las pequeñas probabilidades, cualquier podía terminar siendo influyente o esencial. La coalición ganadora aprendió así que tenía que seguir al líder si quería mantener su trabajo. Y a cambio de su lealtad, el líder tiene que pagar (algo análogo al continuum entre temor y amor maquiaveliano).

Los demócratas no la tienen tan fácil como los autócratas, pero tienen intentos similares. Uno de los más importantes ha sido decidir quiénes son los que tienen derechos políticos (género, voto censitario, colegios electorales, etc.). Si hay sufragio universal, muchas veces pueden realizar intimidación y violencia para limitar el acceso a los centros de votación. Si ello no es posible, también es posible la destrucción de las ánforas (en Perú todo esto ha sucedido durante regímenes democráticos… incluso hasta hoy). En democracia, muchas veces pierden quienes se han negado a hacer trampa han perdido frente a quiénes sí lo han hecho (en eso radicaría el hacer la diferencia del honesto en términos de resultados políticos). Para Bueno de Mesquita y Smith, otra estrategia importante y contra-intuitiva es aumentar el número de partidos (Cfr., el CCM de Tanzania). Reducir la fragmentación necesariamente es algo que beneficia a los líderes políticos. No solamente por el clásico “divide y vencerás” en su sentido habitual: la fragmentación ayuda a ganar todo el poder con menos apoyo popular (cfr., el porcentaje de votos que se necesita en el Perú para pasar a la segunda vuelta… ¿entre 20 y 30 por ciento? ¿Qué político ambicioso en su sano juicio quería necesitar de más votos para hacerse del gobierno?). El gerrymandering de los norteamericanos también es un claro ejemplo de algo que hace demasiado difícil que los políticos no sean reelegidos (y perversamente hace a los votantes felices porque siempre gana la mayoría). Promover escaños reservados para minorías étnicas con circunscripciones especiales es otra manera de disminuir dicho grupo, aunque sea presentado y percibido como un empoderamiento político de dichos grupos. También es posible conseguir la lealtad de los notables a nivel sub nacional y local, y que ellos promuevan voto en bloque (¿hasta qué punto nuestra política sub-nacional nuestra podría tener que ver con esto?) sin tener que estar garantizada por una necesaria mediación ideológica o programática. Los votantes tienen muchos incentivos para votar en bloque siguiendo a sus élites u notables locales. Son estos líderes locales los verdaderos influyentes (y a los que verdaderamente se debe recompensar). Los autócratas no necesariamente son tan benevolentes en las negociaciones: Lee Kuan Yew eliminaba la provisión y mantenimiento de vivienda pública en los distritos que no eran favorables al PAP. Mugabe, por su parte, destruyó barrios enteros que no lo apoyaron en la elección de 2005.

¿Qué nos dice la evidencia empírica comparada al final sobre todo esto? Que los dictadores la tienen mucho más difícil al empezar sus gobiernos, pero mucho más fácil en el largo plazo (cuando tienen el dinero y la lealtad de la coalición ganadora). Los demócratas tienen una luna de miel inicial donde cuentan con el apoyo popular mayoritario, pero la tendencia es que el apoyo vaya disminuyendo y desgastándose. Es muy difícil que puedan estar más de una década en el poder.

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