Llegar al poder

(Continuación del post anterior)

Incluso si uno no tiene idea sobre cómo gobernar (como Samuel Doe en Liberia), es posible acceder al poder y mantenerse en él.  Lo que hay que hacer es : (1) sacar al anterior gobernante, (2) conseguir el dinero y  (3) formar una coalición pequeña y pagarle lo suficiente para que sean leales. Doe lo hizo reemplazando a los militares que estaban gobernando con los miembros de su pequeña tribu krahn (4% de la población). Aumentó el salario de los solados de 85 a 250 dólares mensuales. Purgó a todo el que generase desconfianza (no menos de 50 de sus colaboradores originales terminaron siendo ejecutados).

Para realizar (1) existan diferentes maneras. El gobernante que debe ser reemplazando podría morir o ser asesinado. También es posible hacer una mejor oferta a los esenciales del gobierno para que retiren su apoyo. Otra posibilidad es que el gobierno caiga por una derrota militar, por intervención de alguna potencia o a través de revoluciones o rebeliones que destruyan las instituciones.

Sobre este último punto, el giro interesante que destacan Bueno de Mesquita y Smith sobre las revoluciones va contra el romanticismo idealista del progresismo que empoderar a la voluntad popular (en lugar de apelar a su sabiduría, se apela a su omnipotencia, pero la analogía teológica se mantiene. Del pueblo omnisciente pasamos al pueblo omnipotente. Si está unido, jamás será vencido ¿no?). Para los autores, el triunfo de la revolución y/ o rebelión depende de la debilidad de la lealtad de la coalición ganadora (condición suficiente) y no tanto de la movilización popular. La primavera árabe es para ellos un claro ejemplo de esto, ya que Mubarak pudo ser derrocado porque los militares no reprimieron como debían. Y ello habría sido así porque EEUU cortó la ayuda extranjera a Egipto en 2010, lo que produjo desempleo y limitaciones económicas. Mubarak no pudo pagar lo suficiente a su coalición. La revolución es posible, entonces, cuando quienes pueden evitarla no están satisfechos con sus recompensas. Por eso, si uno quiere reprimir a las masas necesita pagar muy bien a los represores.

Si el gobernante se está muriendo, la coalición tiene que pensar en qué hacer para poder seguir siendo ganadora o no tan perdedora. Muchas veces estas deliberaciones se expresan en el ocultamiento del estado de salud de los líderes políticos. Khomeini en Irán es buen ejemplo de esta lógica. Su oposición al shah articuló a moderados y seculares, pero cuando logró llegar al poder hizo que el poder quedara en manos de un pequeño grupo de clérigos. Y pudo llegar al poder finalmente porque las protestas dejaron de ser reprimidas. ¿La causa de esto? el ejército sabía que el shah estaba muriendo. Por eso tener herederos (como en las monarquías o ciertas dictaduras) puede resultar útil: ellos saben dónde está el dinero. Solamente necesitan mantener el apoyo de la coalición ganadora. Luego de tener el poder uno podría deshacerse de ellos si lo desea, pero no antes. Pero si el joven heredero es muy joven, tendrá que cuidarse y hacer todo lo posible para sobrevivir al íntimo grupo de personas que lo apoyan.

Luego que el líder es depuesto se pasa a (2). Aquí la velocidad para hacerse de los recursos es clave para que la coalición ganadora pueda ser bien pagada y, por ende, leal. Para continuar con el ejemplo de Liberia: Doe tenía las armas y no necesitaba de apoyo popular. Entonces el mantenerse en el poder no está fundamentalmente vinculado al buen gobierno. En realidad tiene que ver puramente con mantener contenta a la coalición ganadora (los esenciales). Y dicha coalición tiene que saber calcular si debe seguir dando su apoyo al actual gobernante o si debería creer en una mejor oferta futura que venga de un ambicioso político que quiera ser gobernante. El gobernante nunca puede quedarse sin dinero para pagar a la coalición. Por eso las crisis financieras son una buena oportunidad para arremeter contra el gobierno de turno. El ejemplo desmitificado aquí de optimismo progresista es la Revolución Rusa. No tiene nada que ver con lo que Marx dijo. Es mucho más simple. Para Bueno de Mesquita y Smith lo que pasó fue simplemente que el ejército no reprimió a Kerensky porque no habían sido pagados de manera adecuada. La razón se debió a que el zar no tenía suficientes recursos porque había eliminado el impuesto al vodka mientras peleaba en la Primera Guerra Mundial. A diferencia de este y otros casos similares (y salvando las distancias), Mugabe mantiene a su población en condiciones terribles, pero nunca deja de pagar lo suficiente al ejército.

Finalmente, sobre (3) lo que debe destacarse es que los políticos siempre tratarán de hacer que la coalición sea lo más pequeña posible. Y si está a su alcance reformar las instituciones, no dudarán en hacerlo. Gorbachov hizo lo contrario al abrir el sistema político y el sistema económico. Su propia coalición le hizo un golpe de Estado. Yeltsin logró que la ex-coalición soviética entendiera que podría ser mucho más rica con él y consiguió su apoyo.

¿Y en democracia? La principal diferencia es que como mucha gente necesita ser recompensada, es más eficiente hacer políticas públicas. El problema es que buenas políticas públicas no necesariamente garantizan lealtad. Esto es así porque uno puede disfrutar de sus beneficios sin estar necesariamente vinculado a garantizar apoyo al gobernante de turno. Aún así, en democracia la competencia política tiene mucho más que ver con políticas públicas e ideas que con recompensas privadas autoritarias, debido al tamaño de los intercambiables, influyentes y esenciales. La recomendación: satisfacer a los votantes en el corto plazo, aún si ello genera crisis económicas en el largo plazo (cuando uno ya no se encuentre en el gobierno). Sin embargo, hay ciertos bienes privados que también se dan en democracia (aun que idealmente el político en democracia no puede ser tan corrupto) como dinastías de políticos. El dinero y el prestigio de la familia queda así en buenas manos. En los Estados Unidos, el ejemplo paradigmático para muchos de democracia, tiene muchas familias vinculadas a la política por décadas (una genuina élite y para algunos efectiva oligarquía).

Lo que concluyen Bueno de Mesquita y Smith de todo esto es que el que quiere llegar al poder, sea en democracia o en autocracia, debe ofrecer mayores recompensas a quienes apoyan al actual líder. El problema es que el gobernante actual puede garantizar de manera más efectiva las recompensas, ya que éstas no se basan en meras palabras. Pero si se presenta una buena oportunidad y el político actúa rápido, puede hacerse del poder. Y lo siguiente será garantizar la lealtad de la coalición ganadora. Por todo lo anterior es que para nuestros autores el criterio de “lo bueno” en política debe verse en función de qué es lo correcto para quienes potencialmente apoyarían al futuro gobernante. No tiene nada que ver con lo bueno para la comunidad. Quien piense que el líder debe hacer lo correcto para los gobernados (como lo señalaron Platón y Aristóteles y lo siguen señalando hoy numerosos intelectuales de buen corazón) deben dedicarse a la academia y no a la vida política. En política, para nuestros autores, llegar al poder nunca tiene que ver con hacer lo correcto (una especie de virtú más secular). Solamente tiene que ver con lo conveniente y con lo oportuno (una especie de fortuna más secular). Parece, pues, que Max Weber tenía razón cuando decía que si uno quiere salvar su alma y vivir bajo el sermón de la montaña no debe dedicarse a la política.

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