Supuestos y desenlaces en el análisis

El análisis político sobre el día a día en nuestro país tiene unos supuestos y desenlaces más que pintorescos.

Supuestos

En términos de supuestos debemos regresar a la conocida frase de Hegel según la cual lo real es racional. Fuera de lecturas más maduras y provechosas sobre la relación entre la razón, la objetivación y realización histórica, nos basta la lectura más simple que suele ser atribuida aquí. La idea básica es que las lecturas metafísicas influenciadas por Hegel terminan haciendo racional y dialéctico todo, lo cual cae o (a) en absurdos, o más importante: (b) en un intento de malabares filosóficos por justificar la situación existente. Los jóvenes hegelianos de izquierda, y luego los marxistas revolucionarios, cuestionaron esto porque querían transformar el mundo y no justificarlo racionalmente con alguna interpretación. Sin embargo, los anti-hegeliano-marxistas no querían estas salidas  dialécticas fáciles y contra Hegel y Marx destacaron (1) la importancia de los datos y de la experiencia, (2) la posibilidad de falsear los conocimientos y (3) el hecho de que las grandes estructuras no explican todos los fenómenos, dado que existe espacio para la agencia de determinados actores. En este desenlace de supuestos vemos que los analistas de una generación más de izquierda y con perspectivas más estructuralistas se contraponen a una joven generación que es menos militante y que destaca el peso explicativo de decisiones individuales, siendo el reproche principal el apelar a la complejidad de la realidad y a que no es sabio confundir las creencias con los deseos. En última instancia, la relación entre la ciencia y la política que pueden ser pensadas desde Gramsci (intelectuales orgánicos) o desde Weber (ciencia y neutralidad como vocación).

Desenlaces

En términos de desenlaces quienes abogan por una defensa de las decisiones de actores y de la evidencia empírica curiosamente terminan haciendo dos cosas en sus análisis: (1) hipostasear ontológicamente el principio metodológico de la racionalidad que caracteriza a las decisiones de los agentes. Esto en la práctica termina siendo la versión del individualismo metodológico y de la elección racional de la frase hegeliana. Los actores políticos siempre, en principio, son racionales y todo lo que pasa tiene una razón de ser (razón que implícitamente pasa por necesaria… tenía que ser así porque si no, hubiese sido racional decidir otra cosa). A esto hay que añadir lo cómico que resulta un investigador de la política que tiene que confiar en lo que dicen sus entrevistados, como si de esa forma la asimetría de información y poder entre la academia y el agora pudiese resolverse y reconciliarse (como si el pacto con el diablo pudiese traducirse al sermón de la montaña). Como si un político importante o un alto funcionario quisiera servir a la causa científica. Pero como no es fácil ni deseable justificar todo vía decisiones racionales, se limita tal racionalidad a través de (2) el declarar que las instituciones políticas son débiles y con poca capacidad. En este punto lo que se resuelve son actores que toman decisiones racionales en un contexto terrible para ser racional y donde las reformas son muy difíciles. De la herencia colonial pasamos, pues, a la herencia de las instituciones débiles y un gran pesimismo se anuncia (lo cual tampoco es que sea malo en sí mismo, la verdad). Los pluralistas metodológicos y no deterministas terminan justificando lo existente, aunque no dialécticamente. Toda propuesta o intento de cambiar es anulado por la articulación de los dos elementos que caracterizan a los desenlaces del análisis y que parecen un reflejo invertido de las promesas que se anuncian con los supuestos. En cambio, los que se reconcían como militantes y estructuralistas suelen destacar siempre que otros mundos son posibles, que otras decisiones siempre son posibles y que las reformas institucionales son posibles. De ahí que en cada proceso y coyuntura defiendan la esperanza, a menos que sean cínicos, de que todavía el progresismo puede salvar al país (pasamos de creer en la revolución a la vuelta de la esquina, a pensar que podemos reducir la desigualdad social en cada momento… aunque sea).

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En todo caso, lo que sí se cumple es la versión prosaica del ardid de la razón hegeliana: que nadie sabe realmente para quién trabaja.

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