La tristeza no es un argumento

por Erich Luna

A los comunistas intelectualistas les encanta cuestionar al socialismo realmente existente por las indefendibles atrocidades que ha generado. Y en muchos casos argumentan, como buenos teólogos progresistas, que Marx no decía eso y que tales socialismos existentes parecen no haberlo entendido (como si la historia se tratase de “entender algo”). El ejemplo máximo, me parece, se da cuando afirman que lo que ellos buscan es la realización de la máxima formal que debe dar a cada quien según su necesidad y exigir a cada uno según su capacidad (kantismo de izquierda).

Lo divertido no es que sea una formalidad que para determinarse requiere de una instancia de decisión bastante problemática (si lo determina el partido, la democracia directa o alguna otra entidad soberana). Lo realmente interesante es que incluso si ello fuese posible de dictaminar y determinar de una manera armoniosa, ello no contempla el problema de la relación problemática entre necesidades y capacidades. ¿Qué sucede si realmente la mayoría de personas son incapaces? (no es una pregunta retórica) ¿Qué se les va a exigir? Acá hay dos escenarios: (1) que se les capacite para que hagan algo, (2) o que se busque la automatización de todo proceso productivo (una clase dominada de máquinas). El desarrollo de las fuerzas productivas apunta a (2), con lo que las imágenes utópicas sobre el comunismo que Marx y Engels presentan en La ideología alemana pueden ser tenidas por literales: luego del techno-sapiens, si éste está en función a nosotros, la gran mayoría de seres humanos no serán más que primitivos dedicados a pescar, cazar o hacer crítica (una actividad igualmente primitiva aunque más abstracta… o más concreta, dependiendo de si uno lo mira con ojos hegelianos o anti-hegelianos)

Pero incluso con ese grado de tecnificación, el problema de la necesidad no se soluciona. ¿Cuáles son las necesidades? ¿Cuántas? Aquí es donde la cosa se pone interesante porque incluso si ese asunto pudiese resolverse, lamentablemente los recursos no son ilimitados y lo único que puede resolver ese problema de limitación de recursos es, (1) o restringir nuestras expectativas, (2) o buscar nuevas fuentes de energía (y tener una gran fe en la ciencia y en las posibilidades de que la humanidad pueda existir como una sociedad emancipada), (3) o colapsar la sociedad (emancipada o en proceso de serlo).

Y si tuviésemos recursos para vivir breve tiempo de manera comunista, ¿valdría la pena? ¿En pro de qué? ¿Y si no se pudiese en el largo plazo? No tiene que acusarse a la ciencia que demuestre esto de ser burguesa. El problema es que si los comunistas colapsan lo normativo y lo empírico, solamente querrán buenas respuestas cuando hablen de la sociedad comunista y malas noticias cuando hablen de la sociedad capitalista. Lamentablemente, y acá sigo una frase de Nick Land que me es hoy muy cara, la tristeza no es un argumento. Tal es una cuestión material fundamental que los materialistas históricos no deberían dejar de tomar en cuenta. No se trata de volverse un ecologista primitivista (algo bastante utópico y conservador). Se trata de pensar en la posibilidad de que incluso la empresa espacial y robótica podría tener límites en su capacidad de resolver la tensión comunista entre necesidades y capacidades. Lo otro es eliminar a la humanidad que sea necesaria para contar con las posibilidades materiales de cumplir el sueño. Sacrificar todo lo que sea necesario para la tecnocracia comunista y así realizar el ideal (si estudiar la teoría radical es difícil, pues gobernar comunistamente tiene más dificultades y costos).

En este punto la revolución se vuelve inmoral y la única respuesta radical es la inexistencia divina de Quentin Meillassoux. Trabajar para la realización del ideal y al realizarlo reconocer su inminente inmoralidad y en respuesta, especular sobre la radical contingencia de todo y tener esperanza de que algún día exista Dios para que pasemos al cuarto mundo: el de la justicia. Mundo donde vivos y muertos sean redimidos y reconciliados.

Pero incluso en ese punto…. Nada garantiza que la contingencia radical haga que ese sueño dure un instante mucho más breve del que dura intentar imaginar tal situación cuando se leen las páginas de la tesis doctoral de Quentin Meillassoux. Aun así… la tristeza no es un argumento.

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