La tristeza no es un argumento

A los comunistas intelectualistas les encanta cuestionar al socialismo realmente existente por las indefendibles atrocidades que ha generado. Y en muchos casos argumentan, como buenos teólogos progresistas, que Marx no decía eso y que tales socialismos existentes parecen no haberlo entendido (como si la historia se tratase de “entender algo”). El ejemplo máximo, me parece, se da cuando afirman que lo que ellos buscan es la realización de la máxima formal que debe dar a cada quien según su necesidad y exigir a cada uno según su capacidad (kantismo de izquierda).

Lo divertido no es que sea una formalidad que para determinarse requiere de una instancia de decisión bastante problemática (si lo determina el partido, la democracia directa o alguna otra entidad soberana). Lo realmente interesante es que incluso si ello fuese posible de dictaminar y determinar de una manera armoniosa, ello no contempla el problema de la relación problemática entre necesidades y capacidades. ¿Qué sucede si realmente la mayoría de personas son incapaces? (no es una pregunta retórica) ¿Qué se les va a exigir? Acá hay dos escenarios: (1) que se les capacite para que hagan algo, (2) o que se busque la automatización de todo proceso productivo (una clase dominada de máquinas). El desarrollo de las fuerzas productivas apunta a (2), con lo que las imágenes utópicas sobre el comunismo que Marx y Engels presentan en La ideología alemana pueden ser tenidas por literales: luego del techno-sapiens, si éste está en función a nosotros, la gran mayoría de seres humanos no serán más que primitivos dedicados a pescar, cazar o hacer crítica (una actividad igualmente primitiva aunque más abstracta… o más concreta, dependiendo de si uno lo mira con ojos hegelianos o anti-hegelianos)

Pero incluso con ese grado de tecnificación, el problema de la necesidad no se soluciona. ¿Cuáles son las necesidades? ¿Cuántas? Aquí es donde la cosa se pone interesante porque incluso si ese asunto pudiese resolverse, lamentablemente los recursos no son ilimitados y lo único que puede resolver ese problema de limitación de recursos es, (1) o restringir nuestras expectativas, (2) o buscar nuevas fuentes de energía (y tener una gran fe en la ciencia y en las posibilidades de que la humanidad pueda existir como una sociedad emancipada), (3) o colapsar la sociedad (emancipada o en proceso de serlo).

Y si tuviésemos recursos para vivir breve tiempo de manera comunista, ¿valdría la pena? ¿En pro de qué? ¿Y si no se pudiese en el largo plazo? No tiene que acusarse a la ciencia que demuestre esto de ser burguesa. El problema es que si los comunistas colapsan lo normativo y lo empírico, solamente querrán buenas respuestas cuando hablen de la sociedad comunista y malas noticias cuando hablen de la sociedad capitalista. Lamentablemente, y acá sigo una frase de Nick Land que me es hoy muy cara, la tristeza no es un argumento. Tal es una cuestión material fundamental que los materialistas históricos no deberían dejar de tomar en cuenta. No se trata de volverse un ecologista primitivista (algo bastante utópico y conservador). Se trata de pensar en la posibilidad de que incluso la empresa espacial y robótica podría tener límites en su capacidad de resolver la tensión comunista entre necesidades y capacidades. Lo otro es eliminar a la humanidad que sea necesaria para contar con las posibilidades materiales de cumplir el sueño. Sacrificar todo lo que sea necesario para la tecnocracia comunista y así realizar el ideal (si estudiar la teoría radical es difícil, pues gobernar comunistamente tiene más dificultades y costos).

En este punto la revolución se vuelve inmoral y la única respuesta radical es la inexistencia divina de Quentin Meillassoux. Trabajar para la realización del ideal y al realizarlo reconocer su inminente inmoralidad y en respuesta, especular sobre la radical contingencia de todo y tener esperanza de que algún día exista Dios para que pasemos al cuarto mundo: el de la justicia. Mundo donde vivos y muertos sean redimidos y reconciliados.

Pero incluso en ese punto…. Nada garantiza que la contingencia radical haga que ese sueño dure un instante mucho más breve del que dura intentar imaginar tal situación cuando se leen las páginas de la tesis doctoral de Quentin Meillassoux. Aun así… la tristeza no es un argumento.

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4 responses to “La tristeza no es un argumento

  • Javier Urbina

    Daniel,

    Es bien interesante ingresar a este tema por el lado de las necesidades y capacidades. Suponiendo, como dices, que un gobierno tecno-comunista (¿cómo todos los que existen?) logre resolver la problemática de la total automatización de las fuerzas productivas, descartando las preocupaciones relacionadas a la distribución del trabajo en función a las capacidades de sus ciudadanos, ¿cómo resuelve el problema de las necesidades?

    Pero es que las necesidades nunca son estáticas y nunca detienen su expansión. La existencia de la necesidad se acopla a la perfección con la existencia y desarrollo de la raza humana. El dinamismo de una es el desarrollo de la otra. Además, qué Estado no totalitario podría creerse capaz de satisfacer las necesidades de todos sus ciudadanos en todo momento a lo largo del tiempo. ¡Ni siquiera nosotros mismos sabemos qué queremos ni qué vamos a querer mañana! Intentar dar una respuesta a las necesidades de los hombres desde una gestión centralizada supondrá siempre un cierto (y peligroso) grado de homogenización de estas, donde muchos pagarán un cuenta alta por la satisfacción de todos.

    Por eso me pregunto, ¿por qué el Estado tendría que asumir la tarea titánica de cubrir las necesidades de sus ciudadanos? Es casi una cuestión de sentido común comprender que la gestión centralizada de las necesidades hará poco más que intensificar exponencialmente la urgencia política. Al largo plazo, esa apuesta es a la catástrofe… a menos que no te interese tanto el largo plazo. Solo un Estado de alta preferencia temporal que se atraganta golosamente de política (de corrupción, de robo, de engaño, de burocracia, de lobbies, etc.) tendría como objetivo azuzar la hoguera política, es decir, auto-asignarse la tarea de satisfacer por completo las necesidades de sus ciudadanos.
    Entonces, planteas tres salidas posibles para un Estado hiper-productivo con una población súper necesitada: 1) disminuimos nuestras expectativas de satisfacción (algo imposible de concebir, pues el solo plantearlo es un llamado a tomar la calle, ergo, más política); 2) buscar nuevas fuentes de energía (y seguro el Estado tecno-comunista hiper-productivo las encontraría y se las apropiaría y vería la forma de “distribuirlo convenientemente” entre sus ciudadanos de acuerdo, obviamente, a intereses políticos y de poder); 3) colapsar la sociedad (¿más?). Evidentemente ninguna de estas salidas sería en pro de nada en el largo plazo porque, simple y llanamente, un sistema de gobierno así no está pensado para el largo plazo; está pensado para el lucro cortoplacista, la acumulación autoerótica del poder y la satisfacción inmediata.

    Si la centralización soberana de la gestión productiva, tecnológica y comercial dice responder a los intereses de sus ciudadanos lo hace, en realidad, desde sus propias necesidades como Estado politizado y corrupto. El deseo de satisfacer a su gente es solo un semblante legitimador del ciclo de reproducción que relanza su existencia algunos años más, planificando nada más que incrementos de deuda para el futuro. Por ello, no estoy de acuerdo con que el tecno-comunismo colapse el registro normativo en el empírico. Quizá la cosa sea más problemática aún. El control del desarrollo económico y tecnológico al servicio del “hombre que debe ser” (el hombre de las necesidades cubiertas) supone un forzamiento de las condiciones empíricas que siempre acabará en catástrofe. Sin embargo, muchos políticos y empresarios satisfarán sus necesidades y las de sus familias antes del colapso total, antes que la población frustrada reclame un nuevo Estado que, esta vez sí, se haga cargo de ellos y todo vuelva a empezar.

  • Patrick F. A. Salazar-Caso

    No sé si entendí bien el post, pero me parece que mientras más especulativo se pone uno, más se da cuenta de lo insignificante que es la humanidad toda frente al desarrollo de procesos cuasi-automatizados al interior de un sistema-capitalista-que-podría-volver-sobre-sí-mismo-y/o-tornarse-comunista-para-bien-aunque-finalmente-para-mal-con-respecto-a-nosotros-los-humanos. Eso me pone triste.

  • 5 años en el Vacío | Vacío

    […] La tristeza no es un argumento […]

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