Cultura, mercado y libertad

Las últimas pseudo discusiones locales sobre el mercado, la libertad y la cultura plantean el problema de si es necesario que alguien sepa algo o si basta la libertad de la oferta y la demanda, con el fin de ser ciudadanos plenos y autónomos en una democracia.

Mi posición ficcional:

(1) el modelo de educación humanista y la institucionalidad académica es idealmente meritocrática y no democrática (¡la ciencia no es democrática!). No se rige por el mercado. Siguiendo a Weber, se trata de una “aristocracia espiritual” (por favor quitar de ahí la pomposidad germana de inicios del siglo XX). En ese sentido es crítica, pero tradicional con el canon y con la autoridad, aunque constantemente subversiva por su propia naturaleza. El científico no es un sacerdote y está dispuesto a revisar sus creencias y teorías. Es un noble sin sangre azul. “Pobre” antes que “vendido al sistema”.

(2) el mercado es lo más nihilista que ha producido la modernidad. Todo lo sólido lo disuelve. Es el mecanismo de desterritorialización y transvaloración (el progresivo nihilismo de la modernidad que denuncia Nietzsche, pero en la realidad social). Puede discolver e igualar muchas cosas que no queremos mantener: jerarquías y prejuicios tradicionales. La cultura y la ciencia también son relativizados: la dialéctica desmitificadora de la ilustración de Adorno y Horkheimer se cumple mejor en el libre mercado que en el nazismo. No importe qué o quién. Importa cuánto y cómo.

(3) el régimen político democrático-liberal supone libertades, derechos y garantías individuales cívico-políticas para todos los ciudadanos. Una igualdad ante la ley y un Estado de derecho efectivo. Los que gobiernan son elegidos por las mayorías al margen de lo que piensen las élites minoritarias, quienes a su vez son protegidas de potenciales “tiranías plebiscitarias”.

Entonces

Lo que tenemos es un régimen que hace iguales formalmente a todos ante la ley y otorga a las mayorías la elección de gobernantes. Los mercados en tanto no son perfectos generan grandes grupos de poder que ejercen presión para que las políticas sean afines a sus intereses (la ironía de la democracia: los políticos necesitan el dinero de los ricos para hacer campaña para obtener el voto de los pobres). Los mercados disuelven progresivamente todo. Lo bueno: igualan brechas tradiconales (el ideal: no discriminar a nadie, si puede pagar). Lo malo: si no puedes pagar, estás fuera “libremente”. La educación se vuelve un bien de consumo orientado al mercado y lo que la élite humanista considera valioso es porgresivamente disuelto. Los humanistas denuncian la instrumentalización. El colapso de su hegemonía letrada es algo nuevo, pero ello no quiere decir que el sistema educativo no se reformule en función a los intereses del mercado. Y dependiendo de cada caso, estará más o menos preocupado en aumentar el capital humano de sus ciudadanos.

Entonces hay tres elementos en constante tensión.

Mi profecía: es difícil que 1 pueda vencer a 2 y que 3 pueda regular a 2. Cuando 2 no necesite a 1 y a 3, serán disueltos.

Y alguien pregunta (un humanista reaccionario)… “¿Cómo detenemos ‘2’?”

No se puede. Nunca se pudo (profecía fukyuyamiana autocumplida).

Frente a ello dos posibilidades: colapso ecológico y demográfico (reinicio) o realizar la ciencia ficción.

Quizá estoy leyendo mucho a Nick Land… quién sabe….

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