Nostalgia partidaria

por Erich Luna

En todos lados se repite el cántico “hay que fortalecer los partidos”. De todas canteras políticas e ideológicas el estribillo se vuelve a repetir. La pregunta ante tal “consenso” es, ¿cuál es el ideal normativo de lo que debería ser un “sistema de partidos” “fuertes”? Parece ser, y es una mera impresión, que lo que está detrás es una especie de ideal de tres partidos, uno de centro, uno de izquierda y uno de derecha, con políticos profesionales, burocracia vertical y meritocrática, ideologías consistentes, redes de activistas y militantes, penetración en la sociedad y capacidad de movilización. El ideal de los partidos de masas europeos después de la posguerra. Quizá otros piensen en un bipartidismo inglés o norteamericano. En todo caso, lo interesante es pensar que estos ideales se asemejan a la nostlagia de Rousseau quien, en plena modernización, añoraba la vida de comunidades políticas y ciudades-república donde eran pocos, homogéneos y con participación activa (la añorada vita activa). En la práctica, la modernización prevaleció y fue imposible no tener facciones y competencia partidaria.

¿No sería posible que hoy, luego del colapso de nuestro sistema de partidos, quienes desean el “fortalecimiento de los partidos” añoran nostálgicamente una época con clases y partidos de clase, con ideologías y programas? ¿No es quizá ingenuo pensar que en un contexto de modernización cada vez más acelerada y progesiva fragmentación, el tejido social que exige tal sistema de partidos no va a volver a darse? El problema entonces es cómo puede ser posible tener organizaciones políticas y representativas en un contexto de modernización globalizada y fragmentación social.  Lo otro parece ser una nostalgia partidaria.

Cada vez que escuche a alguien decir que hay que fortalecer a los partidos y constituir el sistema de partidos “fuerte”, pregunte usted (1) ¿Cuál es el ideal normativo que se tiene mente? (2) ¿qué casos son los que se acercarían al ideal? y (3) ¿por qué ello sería deseable para la democracia? Sin esas respuestas, el “consenso” sigue siendo implícito en sus pretensiones y demagógicamente facilista.

No hay partidos. Y no van a volver. Por lo menos no tal y cómo los conocimos (ni añoramos).

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