¿90 años de qué?

por Erich Luna

PA453

Necesitar de capital extranjero en incluir a la clase media es para García el supuesto pecado original que generó el desdén de la izquierda hacia el APRA. Reconocer el New Deal y una política del perdón a la oligarquía (con el fin de reconstituir la libertad democratica) sería lo que la izquierda no habría entendido. Esta historia de ciencia ficción, en muchas páginas más (con algunas especulaciones y ucronías), es la síntesis del balance histórico del APRA hecho por García en 90 años de aprismo. Hay, hermanos, muchísimo que hacer (Lima: Titanium 2013, un tiraje de 15 mil ejemplares), en términos de sus vaivenes, ambigüedades y virajes ideológicos.

Los errores del APRA sería en primer lugar el “ideologismo” (no ver la evolución de Haya y asumir sus tesis juveniles de manera  acrítica). Otro error sería el sectarismo, la tesis metafísica según la cual el aprismo se transmite biológicamente de padres a hijos, como algunas terribles enfermedades. Sin embargo, lo que sí se mantendría como el núcleo esencial del aprismo, al margen de los espacio-tiempo históricos, serían “la democracia social”, “el Estado antiimperialista” y “la integración”. Lo que debe tenerse en cuenta es que en la práctica estas expresiones de Haya son depuradas de cualquier significación sustantiva para devenir significantes vacíos, ejemplificando a la perfección la manera como operan los discursos populistas según Laclau. De ahí que se afirme que, en la práctica, el segundo gobierno de García habría cumplido lo esencial del aprismo, siendo más aprista que el primer gobierno de García.

García cree que estamos en un momento constituyente donde se encontrarían los elementos básicos para arribar al ideal: la “democracia social” (la utopía del “pan con libertad”). La historia del aprismo es larga, pero su líder confía en que el aprismo ya ha devenido patrimonio del país. Avala el viraje oligárquico del partido como “revolucionario” y defiende la tesis de que el APRA debe devenir hoy el partido de las micro y pequeñas empresas urbanas, es decir, que sea la organización política de los emprendedores (esto en concreto suena como competir con Acuña para recuperar el ex-sólido norte y disputar el electorado joven y “emprendedor”).

Los vaivenes ideológicos son justificados por García bajo la idea de que el aprismo es un marco conceptual “abierto” y no un catecismo de verdades acabadas. Sin embargo, y sin que quede claro, piensa que ello no debe equipararse con oportunismo. Lo que tendría el aprismo sería enseñanza y mandato sería la máxima política de “saber tratar” con el capitalismo y la idea de formar un “frente único” pluriclasista (que luego devino en partidos de masas y no de clase y que se espera que hoy devenga “partido de emprendedores”). García tiene sintomáticamente como ejemplo paradigmático de un gobierno aprista a China (país que como sabemos es capitalismo sin democracia). Su delirio lo lleva a decir cosas como las siguientes:

China comprueba, a pesar de una población que es 45 veces superior a la del Perú, lo correcto de una política realista de aprovechamiento de las fuerzas del mercado mundial, un antiimperialismo constructivo, la alianza de todos los sectores capaces de promover las fuerzas productivas en un frente único, y la integración económica con otros países respetando su soberanía. China es así la mayor y mejor confirmación de las grandes tesis enunciadas por Haya de la Torre, en 1924 y a lo largo de su vida (García 2013: 39).

Y más adelante:

Además, China ha superado ya la dictadura absoluta y genocida del maoísmo y su actual situación en materia de libertades  es un gran paso adelante en relación a aquella. Los demócratas críticos deben tener en cuenta ese proceso, que sigue ritmos tan largos como todos los de la historia y el espacio-tiempo chinos (García 2013: 42).

En pocas palabras, García es un converso (ingenuo o cínico, usted decide) de la teoría de la modernización más burda (apelando también a ciertos elementos culturalistas). El desarrollo del capitalismo generará pluripartidismo y elecciones. García sostiene que no se puede criticar el unipartidismo chino o su corrupción porque las democracias bipartidistas son como si un partido con dos tendencias gobernase y porque también hay gran corrupción en las democracias. Parece que García sigue siendo marxista porque las libertades formales de la democracia liberal no parecen contar de ninguna manera para defender a este tipo de régimen de los autoritarismos, por más exitoso que sea su crecimiento económico.

A pesar de ello, García no deja de contradecirse unas páginas más adelante:

Todo desarrollo social material debe lograrse dentro de la democracia política, afirmando el derecho a la libertad de expresión, con la participación libre de la población en la elección de sus gobiernos y en la constitución de sus partidos, sindicatos y organizaciones. Sin ese objetivo, pronto surge la dictadura abierta o su nueva forma encubierta que manipula los recursos del Estado para la continuidad reeleccionista (García 2013: 67).

Tres páginas más adelante, García cae en la misma contradicción o ambivalencia…

China nos ofrece ahora un importante avance: su estabilidad política y su conducción responsable, colegiada e impersonal. El aprismo latinoamericano no plantea la hegemonía de un solo partido ni falta de libertad, ni comparte el modelo de las reelecciones criollas, pero rechaza el análisis simplificado del caso chino y destaca su inigualado desarrollo social (García 2013: 70).

La apología de China llega al punto de ser la ejemplificación de lo que debería ser la reconceptualización del quinto punto del programa máximo:

Además, otro de los grandes objetivos del aprismo, el quinto punto de su Programa Máximo, es la “Solidaridad” con los pueblos y las clases que luchan por su libertad”, y China merece un lugar notable entre estos, pues ha bregado con éxito por liberarse de la miseria, el desempleo y el atraso campesino (García 2013: 112).

Ese pragmatismo con el capital es “confundido” ilegítimamente por García con concertación, obviando el hecho de que se trata de una modernización autoritaria:

Es muy importante reconocer el doble carácter de ambas corrientes para concertar acciones pragmáticas. Como lo señaló Deng Xiao Ping con inteligencia, cuando se buscan resultados sociales lo importante es alcanzar logros concretos: “No importa de qué color sea el gato. Lo importante es que cace ratones”. Ese debe ser el trabajo del aprismo: concertar. Ya lo había señalado Haya al definir el universo lingüístico del Congreso Económico Nacional (García 2013: 116).

Entonces parece ser que de jure las libertades democráticas importan, pero de facto lo relevante es medir el grado de crecimiento y modernización capitalista, al margen de si se trata de un régimen autoritario. Seguramente García podría anhelar que las grandes inversiones no tuviesen que requerir de consulta o respeto a derechos y libertades (cfr., el problema de la modernización).

En segundo lugar, García afirma que su segundo gobierno fue más aprista que el primero (aunque usted no lo crea). El desastroso primer gobierno se habría debido a rezagos velasquistas y no a las ideas de Haya, aunque antes se haya propuesto estas no que no son un catecismo (sin embargo, nunca un aprista diría que Haya está equivocado en algo. Hasta los mariateguistas son más moderados). El Estado no debe ser propietario de empresa. Para García, debe ser un regulador. Lo que sí debe garantizar es el orden y la seguridad frente a la delincuencia y el terrorismo. Su manera de redefinir la soberanía que reclamaba el aprismo es haciendo que el Perú le venda a más países. De esa forma no sería tan dependiente de pocos países y eso afirmaría la autonomía política nacional. ¿En serio? Los apristas-alanistas deben estar felices porque, de acuerdo a esto, venimos teniendo gobiernos apristas desde 1990.

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