No existe “la” filosofía

La discusión crítica que realiza Brassier de Laruelle en Nihil Unbound: Enlightenment and Extinction es muy interesante. Sin embargo, me gustaría determe brevemente, primero, en un par de ideas excelentes, aunque bastante externas a la relevancia del texto en cuestión. Laruelle propone a la “no-filosofía” como una práctica o ciencia que tiene por objeto de estudio a la filosofía, buscando comprender (entre otras cosas) su funcionamiento. La esencia restrictiva de la filosofía que identifica es lo que denominará la “decisión”. Más allá de la relevancia de Laruelle para la filosofía contemporánea que Brassier reconoce, lo interesante es que señala abiertamente como una crítica que lo que Laruelle ha hecho hacer una crítica a un cierto modo de filosofar que está hipostaseando a todo filosofar. Su influencia para hacer esto viene de Heidegger y Derrida: pensar que la filosofía tiene una especie de lógica,  estructura invariante, o simplemente “algo” que se repite desde los presocráticos hasta hoy. Las aporías de la deconstrucción simplemente expresarían el destino consumado de la perenne esencia griega de la filosofía. Brassier recuerda que algo así como la “historia del ser” heideggeriana termina cayendo en el absurdo de descubrir la esencia de la filosofía inductivamente a partir de la exégesis de ciertos textos, textos que pertenecen a una historia de contingencias, distorsiones, malinterpretaciones, variables socio-políticas, etc. En pocas palabras, no hay posibilidad de conseguir suficiente evidencia textual para sustentar cuál sería la esencia de la filosofía.

La filosofía sería en realidad una práctica intelectual con una historia material compleja y solamente una perspectiva idealista podría pretender que existe una perenne y abismal esencia. Una cosa es decir que filósofos como Platón, Kant, Hegel y Nietzsche (por poner algunos ejemplos) ejemplifican lo que es más profundo en filosofía, con la afirmación idealista e indefendible de que estos autores encarnan su esencia. Sin embargo, a pesar de que la influencia heideggeriana es decisiva, Laruelle termina pensando que es Hegel quien lleva al límite a la filosofía, en tanto esta se concibe como totalización. Brassier muestra el absurdo de esta visión hegeliano-heideggeriana que mantiene Laruelle diciendo que afirmar tal cosa sería como creer que los grandes deportistas encarnan la esencia de “el deporte”. Solamente los filósofos hablan. Nunca “la filosofía”. Brassier afirma que Laruelle cae en lo mismo, pero para demarcar críticamente su proyecto “no-filosófico”. El resultado: tiene que mantener que todos los filósofos son en la práctica hegelianos o que los no-hegelianos no son filósofos (de Hume a Churchland). Brassier piensa que no es necesario abandonar los aciertos de Laruelle. Lo que es necesario es redefinir su proyecto, pensándolo como una crítica a cierta filosofía y esa filosofía sería el correlacionismo (de Kant a Badiou). Lo que resulta de esta crítica es la posibilidad de una posición que es anti-correlacionista (en lugar de “no-filosófica”) abriendo la posibilidad de un realismo trascendental contemporáneo.

La estrategia es brillante: apropiarse de una buena crítica, pero redefiniendo sus alcances y límites.

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