La “doble brecha”: entre el orden político y el populismo

“Dios es día noche, invierno verano, guerra paz, saciedad hambre”

Heráclito

En La soledad de la política (Lima: Mitin Editores 2012) Carlos Meléndez parte de la constante constatación que se suele hacer en nuestro país desde las ciencias sociales y en análisis políticos: no hay partidos, no hay proyectos políticos, no hay instituciones. Sin embargo, Meléndez busca ir más allá a partir de la sistematización del trabajo de campo que ha realizado en varios lugares de nuestro país. Se trata de entrevistas a personajes (operadores políticos) que forman parte de la política peruana aunque pasen desapercibidos por los hechos y protagonistas que la academia y los medios suelen privilegiar en su lugar. Con estos casos Meléndez busca construir en su ensayo una teoría que le permita comprender nuestra situación actual, situación que caracteriza como una “coyuntura crítica” (Collier).

Para Meléndez, en estos últimos años estaríamos asistiendo a significativas transformaciones estructurales, igual o más importantes que las que se dieron a mediados del siglo XX (transformaciones que han destacado entre otros Matos Mar y López). Estos cambios estructurales se deben a tres factores:

  1. Económicos: se trata de la presencia extensiva e intensiva de capitales en zonas rurales del país (minería en la sierra e hidrocarburos en la selva) y aumento de la brecha de desigualdad.
  2. Institucionales: reformas de descentralización política (el Decreto legislativo 776 de 1994 y la Reforma Descentralista de 2002) y mecanismos de democracia participativa que ha ido incentivando la política a un nivel local (distritos, provincias, regiones).
  3. Históricos: a pesar que esta categoría es más amplia, Meléndez alude aquí a la debilidad estatal (O’Donnell). Sin embargo, este punto (que es uno de los más importantes, a mi juicio, es uno de los menos desarrollados)

Estos elementos estructurales se dan en el marco de una sociedad sin partidos políticos (post el “colapso” que trabajaron autores como Lynch y Tanaka). De esto Meléndez infiere la excesiva dificultad de los actores políticos para poder hacer frente a las demandas que surgen por los cambios estructurales.

Las dificultades son esencialmente dos:

(a) Poder canalizar las demandas sociales a través del sistema político (articular lo social con lo político)

(a) Vincular (y agregar) las diferentes demandas a través de los distintos niveles de gobierno (articular lo local con lo nacional).

A esta situación aporética Meléndez la denomina la “doble brecha”. La primera es vertical (social, político) y la segunda horizontal (local, provincial, regional, nacional). Las brechas impiden mediar, canalizar, vincular, articular demandas y niveles. Esto implica tener en la práctica demandas aisladas y políticos aislados. A eso se refiere Meléndez cuando habla de la “soledad” de la política. Ilave, Quilish, Moqueua y Bagua son los casos que ejemplifican y sustentan estas tesis para comprender nuestra actual dinámica socio-política (esto, como ya mencioné, vía la sistematización de entrevistas a distintos protagonistas). Los conflictos sociales de la última década  de nuestro país (sus causas, desarrollo y dificultades para de solución) serían para Meléndez expresión clara de esta “doble brecha”.

Ahora bien, este panorama ¿nos nos invita a pensar que quizá hay un fanstama (lacaniano o no) que ronda el diagnóstico de Meléndez? ¿No se trata acaso del fantasma de Samuel Huntington? Lo que me gusta del ensayo de Meléndez es que, sin querer (o quizá queriéndolo), trae a la discusión sobre nuestra “coyuntura crítico” argumentos análogos a los que Huntington desarrolló en El orden político en las sociedades en cambio. Uno de los aspectos más importantes del argumento de Huntington es resaltar que la modernización es un proceso “traumático” para las sociedades y que hacerlo de manera acelerada puede aumentar las demandas, la movilización y participación, generando conflictos e inestabilidad política (en última instancia lo que él denomina “decadencia política”). Por ello, lo necesario es tener no solamente modernización socio-económica (la “receta del desorden” por antonomasia). Lo esencial es la modernización política (“receta de estabilidad y orden”). Tener instituciones fuertes permite mantener un orden político que canalice los efectos de la modernización socio-económica. Podríamos decir, un poco en broma (usando la clásica topología ortodoxa marxista), que de lo que se trata es de que la superestructura institucional sea suficientemente fuerte para que pueda resolver las contradicciones que se encuentran en la base.

Me parece, entonces, que lo que Meléndez diagnostica guarda cierta reminiscencia con algunos aspectos de la tesis huntingtoneana sobre el orden político. Se tiene una inversión extensiva e intensiva de capitales, un desarrollo económico presente en zonas rurales muy poco modernizadas. Esto genera cambios sociales importantes, lo que termina deviniendo en demandas, en participación y en movlización. Todo esto se da en el marco de un Estado y de unas instituciones políticas bastante débiles que no pueden procesar exitosamente estos cambios. Sin embargo, lo que debe añadirse aquí es que el caso peruano que aborda Meléndez también se caracteriza por una debilidad en las propias organizaciones sociales y políticas. De ahí que surjan conflictos sociales (“inestabilidad”) pero no los que teme Huntington (aquí habrían diferencias relevantes con nuestra “coyuntura crítica”). Podríamos decir que la movilización social es suficientemente débil como para no generarle problemas medulares al orden político (el Perú no estaría, digamos, suficientemente “pretorianizado”). Esto no quiere decir que no exista antagonismo, violencia, conflicto o desorden. Simplemente parece ser que se encuentra dentro de lo “tolerable” (todavía). Digamos que la debilidad institucional está tan “democráticamente” repartida que no hay por ello un orden político como el que anhelaría Huntington ni tampoco una decadencia política como la que buscaría evitar.

La preocupación y el norte teleológico aquí es el orden, la estabilidad y que el sistema político sea fuerte para que pueda satisfacer las demandas de la sociedad (de manera similar a lo que en su momento planteó Easton). Creo que en general los politólogos compartirían ese telos normativo como un ideal regulativo kantiano de lo que debe hacer la democracia liberal. Y por eso creo que se encuentran en las antípodas de los seguidores de teorías políticas posmarxistas como la de Laclau. Lo que Laclau desarrolla en La razón populista es una lógica de la política influenciada por la teoría del significante de Lacan que tiene como unidad básica a las demandas (es anti-individualista metodológico y anti-estructural funcionalista). Laclau sostiene que las demandas pueden en un polo ideal ser totalmente satisfechas por las instituciones (y aquí yo ubicaría el espíritu normativo de autores como Huntington o Easton). En el otro polo ideal se da la insatisfacción de todas las demandas y la articulación de estas. Esta articulación  genera un antagonismo social fundamental entre un “nosotros” y un “otro” (es una especie de concepción de la política neoschmittiana, pero en un contexto teórico posestructuralista). Este nosotros sería un “pueblo” que podría ser movilizado en contra de las instituciones fracasadas e instaurar un nuevo orden. Y ese proceso político es lo que Laclau entiende por populismo (esto lo lleva a pensar en el populismo como una lógica política y no como un tipo de régimen o de política económico-social, etc).

Ahora bien, en este nivel es necesario recordar que muchas veces cuando uno lee a un autor puede sentir ciertos elementos normativos aunque el autor sostenga que no los hay. Por ejemplo, cuando uno lee Ser y tiempo de Heidegger normalmente uno “siente” la existencia propia del Dasein como algo “bueno” o “deseable”. Sin embargo, Heidegger siempre dijo que no había una tesis valorativa en ese trabajo. De lo que se trataba era de una descripción fenomenológica y que tanto la existencia propia, como la impropia eran constitutivas del Dasein. Esto quiere decir que es posible distinguir entre lo que un autor hace o suscita, frente a lo que dice que hace o suscita. Considero que un efecto similar hay en el pensamiento político de Laclau. Si bien Laclau consideraría que su lógica política está contemplando un continuum que va desde la satisfacción de demandas vía las instituciones hasta la insatisfacción total de ellas y el populismo, lo cierto es que cuando uno se acerca al texto termina sintiendo al populismo como algo “bueno” o “deseable”. Lo mismo se da con el libro de Huntington solamente él manifiesta explícitamente sus compromisos normativos. Sin embargo, también manifiesto que en su libro se encuentra tanto la receta del orden como la del desorden. Basta leer el libro “de cabeza” (como Marx con Hegel) para saber cómo hacer la revolución.

La conclusión o resultado, sea este conscientemente deseado o no por los autores, es la división entre una posición que tiene por ideal el orden político y la satisfacción de demandas a través de instituciones del sistema político; y una posición que tiene por ideal la articulación de demandas insatisfechas con el fin de generar una colectividad (“un pueblo”) que arremeta contra el orden institucional, buscando fundar otro. Desde Laclau, los herederos de Huntington son enemigos del pueblo porque su sueño es que este no advenga, que no se constituya. Ellos siguen la máxima “divide (las demandas) y vencerás”. Desde Huntington, los herederos de Laclau son enemigos del orden político y, por ende de la libertad. Y es que para un Huntingtoneano, y en esto tiene que seguir a Hobbes, puede haber orden sin libertad, pero lo que no puede haber es libertad sin orden. Además, siempre un huntingtoneano podrá replicar que el populismo puede destruir un orden, pero el objetivo de la destrucción es la construcción de un orden político nuevo. De esta forma, el huntingtoneano puede decir que se encuentra por encima del laclauniano. Y es que, si en última instancia se piensa que luego de la movilización se busca consolidar un orden que satisfaga demandas, entonces se regresa a Huntington. Más que un continuum lineal, lo que hay en última instancia es un círculo hercliteano de orden y desorden. Lo que añadiría el seguidor de Laclau, como último corolario, es que este círculo no puede terminar, pero no debido solamente a aspectos ónticos y “prosaicos” como “recursos limitados”. Lo que defendería es que dicho fracaso e imposibilidad se encuentra a la base del lazo social y de su fractura o antagonismo inminente. Esto abre la cuestión de la ontología política (la discusión que plantean autores como Marchart o Stavrakakis).

Si bien el diagnóstico de Meléndez me permite haber traído a colación algunas tesis de Huntington para contraponerlas con las de Laclau, debe resaltarse que la “coyuntura crítica” descrita por Meléndez caería en un lugar intermedio dentro del continuum circular descrito y del proceso de modernización presentado por Huntington para las “sociedades en cambio”. Hay modernización económica y cambios sociales, puede haber participación y movilización. Sin embargo, la “doble brecha” de Meléndez explica la debilidad de la articulación política. Explica de una manera esquemática, aunque no por ello menos sugerente, porque no hay decadencia política huntingtoneana  ni populismo a la Laclau, así como tampoco un orden político fuerte o la satisfacción generalizada de demandas democráticas. Lo que hay es una política solitaria, una política sin orden y sin pueblo.

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