El pensamiento Gonzalo

por Erich Luna

 

II

[“El pensamiento Gonzalo”]

Continuando con las reflexiones en torno al último libro de Gonzalo Portocarrero, me gustaría ahora discutir algunas cuestiones fundamentales que se presentan sobre el núcleo “ideológico-filosófico” del senderismo: el llamado “pensamiento Gonzalo”. El punto de partido que se utiliza es la conferencia “Para entender a Mariátegui” de 1968. Portocarrero afirma que, si bien de jure la conferencia tendría la estructura del discurso universitario, de facto esto termina devieniendo un sermón afín al discurso del amo (tal y como éste es tematizado por Lacan). El efecto sería el siguiente:

(…) en la conferencia-sermón se pone en escena un espectáculo que enmascara un adoctrinamiento como si fuera una aceptación libre de afirmaciones que son evidentes por sí mismas. Entonces, no es que el receptor piense que está siendo conminado a creer algo como una certeza definitiva. Más bien agradece que se le haya hecho ver la verdad (pág. 34).

Lo que se encuentra aquí es el trasfondo presentado en el post anterior: la lógica religiosa bajo una forma “marxista” particular. Lo que tenemos con Guzmán, con sus textos y con sus ideas es el supuesto de que son “sagrados”. Esto se afirma bajo la idea de que los textos revelan algo. Hay verdades incuestionables, revelaciones incuestionables y personas incuestionables que son portadoras de estas verdades y revelaciones. Aquí Guzmán expresa algo que otras variantes del marxismo han tenido: un culto demasiado fuerte a la personalidad. La aproximación crítica que pensaba en clases sociales y en colectividades termina subsumiendo esta visión al respeto y pleitesía de un individuo, individuo que es elevado por encima de los otros (Guzmán es nuestro caso ejemplar aquí, pero no quiero que se piense que esto únicamente afecta al marxismo ortodoxo. Es algo que afecta como posibilidad siempre latente a la filosofía misma en tanto esta se petrifica e institucionaliza en la mera repetición de los grandes pensadores. Los clásicos no son clásicos porque nunca se han equivocado) .Si se asume que Marx, que Lenin, que Mao o que Mariátegui han revelado verdades que no se han comprendido, pero que se encuentran “en el texto”, lo que resulta necesario es un intérprete y exegeta que pueda hacer el comentario definitivo. Los marxistas ortodoxos tienen pues, también sus sumos teólogos y doctores para interpretar los textos sagrados y resolver cualquier duda posible (una religión atea ortodoxa).

La polémica se convierte entonces en un enfrentamiento de citas y comentarios. Al extremo de que el conocimiento de los hechos y de los datos puede resultar prescindible” (pág. 34).

Esta manera de relacionarse con el texto, afirma Portocarrero, es teológica. Esto es interesante porque lo que se termina haciendo es teología, pero tratando de hacerla pasar por ciencia. Por eso, uno de los retos intelectuales del “marxismo peruano” para salir del “atolladero senderista” tiene que ser el de preguntar dos cosas: (1) ¿es posible una actitud marxista y una producción marxista totalmente depurada de teología?; y, en caso (1) sea posible, (2) ¿cómo sería posible tal actitud y tal producción marxista? Se trata de pasar, una vez más, por dos de los hitos más importantes de la modernidad: la duda cartesiana y el giro trascendental kantiano.

Esta problemática epistemológica que el marxismo siempre ha tenido (“¿por qué el marxismo es ciencia y no ideología?”) es resuelta por Guzmán a través de tres cosas: primero, un determinismo social: si el ser social determina la conciencia social, vivir como las masas oprimidas es esencial para poder ser un (líder) revolucionario. Lo que Portocarrero denuncia es que, más allá de si esta tesis es verdadera o falsa (es obvio que para Portocarrero es falsa), Guzmán se contradice: en su propia vida social nunca vivió como los oprimidos y siempre se comportó de manera diferente (era un profesor, un intelectual y no un campesino o un obrero). Lo segundo y lo tercero es algo que ya hemos adelantado: el conocimiento de la “ciencia” (lo que será , en última instancia, el “pensamiento Gonzalo”) y el método. El problema en este nivel será que Guzmán no cumple con los requisitos que dice cumplir: no conoce bien el marxismo, no es metódico en su manera de abordar el estudio de la realidad y tampoco saca sus ideas de experiencias de vida afines a las de los oprimidos. El argumento casi parece simplificarse en la afirmación de que Guzmán era un hipócrita.

Sin embargo, creo que Portocarrero aquí no es suficientemente radical consigo mismo (es decir, con lo que venía sosteniendo. Me parece que se cae en algo que es, en algunos casos problemático y, en otros, accesorio). Lo que él nos está diciendo es que uno de los problemas importantes aquí es que Guzmán decía una cosa y hacía otra. No sabía bien marxismo, no vivía como los campesinos, ni tenía un buen método. Sin embargo, esto se hace sobre la idea de que si Guzmán hubiese tenido “bien” esas tres cosas (sea lo que ello pueda significar) su ideología hubiese sido diferente y sus efectos también. Lo más probable es que eso sea cierto. Pero lo que me parece problemático es esta especie de “ninguneo” de Guzmán, bajo la idea de que no era tan inteligente, contempla un intelectualismo moral medio socrático problemático. Y es la idea de que los resultados de violencia , odio y demás cosas que consideramos malas de Sendero Luminoso se fundan en una ideología falsa. Es decir, con una ideología “verdadera” tendríamos buenos resultados. Esto es problemático por la razón que Aristóteles había hecho ya a Sócrates y Platón: los seres humanos podemos conocer la verdad y lo que debemos hacer (asumiendo que tales cosas existen, lo cual también ya es un problema filosófico) y, aún así, decir y hacer lo contrario (ἀκρασία). Y esto es importante no solamente para la élite intelectual o para los productores de ideologías. es importante porque también supone implícitamente que quienes escucharon a Guzmán tampoco eran suficientemente inteligentes. La educación sería la tesis fundamental aquí.

Ahora, si bien comulgo con la importancia de la educación para formar mejores ciudadanos, tanto en cuestiones teórico-intelectuales, como en asuntos práctico-morales, me parece que se pierde de vista lo que ya se venía intuyendo: la lógica religiosa (Me parece que Portocarrero opaca lo primero que dice con lo segundo, sin articular esto de manera satisfactoria). Y lo que debería justamente abordarse aquí no es solamente el contenido del discurso senderista (“un marxismo dogmático con herencia colonial, etc”). Tan importante como eso (¡o quizá más importante!) es la forma del discurso senderista (esto es algo que veníamos discutiendo con Javier). No hay en la ideología senderista ni φιλοσοφία,  ni ἐπιστήμη. Ya hemos visto que lo lo medular es una especie de μῦθος o de θεολογία. Sin embargo, cuando reivindicamos la “forma” estamos hablando de la ρητορική. Obviamente uno podría intentar decir aquí lo mismo que con la filosofía (“era un mal retórico”), pero creo que aquí la cuestión es más difícil. La pregunta fundamental no es en qué está equivocada la ideología senderista (por ejemplo, decir que su interpretación de Mariátegui está equivocada, que el país no es semifeudal, que la democracia no es X, que la violencia es Y, etc.). La pregunta fundamental es por qué muchas personas se sintieron atraídas por este discurso.  Si Guzmán no es cínico y cree realmente en el “pensamiento Gonzalo”, si es un teólogo (y, en ese sentido un anti-filósofo), si actúa efectivamente como un profeta, entonces, ¿por qué para varios peruanos fue un profeta de verdad? Abordar esta cuestión exige comprender la retórica senderista, la manera cómo se realizaba la política en dicho y contexto histórico-social.

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