Religión atea con herencia colonial

Me gustaría presentar y discutir, ya después de la polémica presentación, algunas de las ideas y tesis centrales que Gonzalo Portocarrero desarrolla en su último libro: Profetas del odio. Raíces culturales y líderes de Sendero Luminoso (Lima: PUCP, 2012). El propósito es dialogar crítica (y  constructivamente) con el texto, más que hacer una reseña minuciosa del mismo. De lo que se trata es de utilizar el libro para pensar a partir de él.

***

I

[“Introducción”, “La tradición colonial y la deshumanización del otro”]

La tesis central hace honor al título del libro: Abimael Guzmán y los miembros de Sendero Luminoso devinieron en “profetas del odio”. Esto se expresa en la bajo la idea de que la violencia devino aquí una suerte de fin en sí mismo, violencia asociada a un culto al sacrifico que es entendido como un deber. Esta lógica del sacrificio se fundamenta en (1) la radicalización de la posibilidad “progresiva” del marxismo que denuncia Quentin Meillassoux: la idea de que el marxismo busca sacrificar a los demás en pro de una sociedad emancipada “futura” (los revolucionarios se sacrifican por la revolución); y en (2) lo que denuncia Zizek como lo propio del la lógica estalinista: conocer las leyes de la historia y ser instrumento de este Otro para cometer los excesos necesarios (los excesos son científicamente necesarios). (1) corresponde más a “los fines” y (2) a los “medios”. Se trata una versión marxista de la conocida anécdota de Hegel y su alumno: “¿Y qué pasa si la realidad no quiere adecuarse al marxismo/ las leyes de la historia?”: “¡Tanto peor para la realidad!”. El libro trata de hacer más comprensible el porqué de este devenir.

Es en este contexto que Portocarrero afirma que Sendero Luminoso canalizó el resentimiento de muchas personas. Resentimiento que era producto de la opresión, del odio y de la violencia (y de la concepción de una sociedad polarizada y antagónica). Lo interesante del texto de Portocarrero es que se mueve entre dos factores esenciales para comprender este fenómeno. El primero tiene que ver con cuestiones estructurales, de larga duración: aquí se apela a la cultura y a ciertos elementos histórico-religiosos. El segundo tiene que ver más con Abimael Guzmán y los principales miembros de Sendero Luminoso. Aquí de lo que se trata es de cuestiones mucho más ligadas a rasgos individuales y decisiones particulares. De esta forma, agencia y estructura son tomados como elementos igualmente importantes. Sin embargo, Portocarrero va a enfatizar, sobre todo, la importancia del primer factor (pág. 12).

La principal continuidad que persiste en el fenómeno de Sendero Luminoso es el dogmatismo, la importancia del sufrimiento y del sacrificio. Esto se entiende bajo la idea de que dichos elementos son esenciales en la interpretación del catolicismo que se arraiga en nuestro país desde la colonia. De esta forma, el marxismo de Sendero Luminoso se erige sobre estas raíces teológicas y religiosas que buscaban dar cuenta de la manera cómo se había estructurado la sociedad desde la colonia (en ese sentido, la apuesta de Portocarrero se inscribe bajo el espíritu que anima Buscando un Inca de Flores Galindo). Portocarrero es consciente de los cambios y rupturas que se dan en la historia social y política de nuestro país. Sin embargo, quiere enfatizar que las continuidades son fumdanetales. Por eso, frente a la conocida tesis de Degregori de la “revolución de los manuales”, Portocarrero señala que de lo que se trata es de la persistencia de los catecismos. El marxismo ocupa el mismo lugar que antes tenía el dogma religioso. Es con el senderismo que asistimos a la constatación de una posibilidad terrible que ha tenido siempre la apropiación de las ideas de Marx (y sus herederos intelectuales y político): la de devenir una “religión atea”. Abimael Guzmán ocuparía el lugar del “profeta” que anuncia la verdad revelada (y necesaria). Los militantes serían los apóstoles.

Entonces, bajo la perspectiva que ensayamos, Sendero Luminoso aparece como un movimiento político moderno y, también, como una potente reformulación de la tradición andina, católico-colonial y prehispánica. Lo nuevo y lo antiguo se confunden (pág. 13).

Tal es, entonces, la primera paradoja: el marxismo que se presenta como ciencia opera, en realidad, como una religión fundamentalista (y compatible con una visión “encantada” del mundo). Portocarrero afirma que estas tensiones y paradojas se son compatibles porque suponen una visión de la sociedad antagónica y polarizada. Aquí parece afirmarse algo análogo a la heterogeneidad de la que habla Quijano (siguiendo a Mariátegui). El senderismo puede ser compatible con la creencia en pishtacos porque ambos suponen una concepción antagónica de la sociedad. Entonces se articulan relaciones entre ambas creencias (los pishtacos devienen “asalariados” de empresas extranjeras). Esto es interesante porque rompe la idea moderna de una progresión de “fases” o “etapas” (tanto en los modos de producción, como en las ideas y creencias). Pero Portocarrero afirma que el discurso senderista se apropia de este antagonismo social, exacerbando la posibilidad de un odio movilizador. Este odio sería fruto de la exclusión, del racismo, de la humillación.

La segunda paradoja tiene que ver el hecho de que el marxismo buscaría la emancipación humana (“redención”). Y si bien, no queda nunca muy claro cómo sería el comunismo, lo cierto es que se habla de una sociedad sin clases y sin explotación (sea lo sea que ello pueda significar). Sin embargo, la organización que se jactaba de perseguir la abolición de las jerarquías era radicalmente autoritaria. Fundamentalismo ideológico religioso y autoritarismo jerárquico son los rasgos de facto fundamentales del senderismo, aunque de jure de habla de una ciencia que persiga la liberación de los explotados. Me parece que es justamente este resultado el que “ganó” la lucha por la hegemonía de los significantes en el campo ideológico. “marxismo” y “comunismo” han sido desplazados en nuestro país para significar “senderismo”. No es posible en nuestro país ser marxista o comunista sin ser equiparado, sin más, con ser “senderista” o, en el “mejor de los casos”, un “cripto-senderista”. El significante que es negociable es el de ser de “izquierda” o “progresista”. Por eso, la verdadera tarea de los que se reconozcan como herederos de la tradición crítico-marxista es (1) defender la posibilidad de un marxismo no senderista en el país en el campo académico, intelectual e ideológico que pueda ser tenido como riguroso (anti-dogmático); y (2) defender la posibilidad de una política de izquierda democrática (anti-autoritaria). Sin calco, ni copia, de lo que se trata es de la necesidad de una nueva Defensa del marxismo o, por lo menos, de una defensa de la teoría crítica.


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