¿Tiene futuro el Estado nacional?

Lo siguiente es el audio y la guía de la doceava sesión de prácticas del curso de Teoría del Estado del cual soy asistente este semestre. La novena sesión tuvo por eje la discusión de una selección de textos de La Inclusión del otro de Jürgen Habermas. La clase fue hecha a partir de unos posts pasados (aquí, aquí y aquí). La idea de compartir estos recursos es triple: (1) poder hacer que estos recursos sirvan a un público más amplio; (2) que los propios alumnos del curso tengan estos recursos con mayor disponibilidad; y (3) el que una mayor exposición de estos recursos posibilite una discusión crítica constructiva que lleve a mejorar la propia clase y mis propias lecturas, con el fin de brindar un mejor curso cada semestre. No está demás decir que cada uno de estos textos y autores daría para muchas horas (o meses) de discusión  teórica. Sin embargo, las sesiones asignadas son de dos horas semanales. Al mismo tiempo, el curso está pensado para alumnos de quinto semestre, alumnos que recién están empezando sus estudios de especialidad de ciencia política. De ahí que los temas tiendan a tratarse con un tono más introductorio y general.

*** 

[Introducción]

[Habermas]

Habermas empieza constatando que las “Naciones Unidas” tienen como “unidad” a los Estados nacionales.

Pero el origen de estos múltiples Estados no fue igual.

Estudiar los orígenes y las genealogías de los Estados actuales se vuelve imperativo, si es que queremos comprender con mayor profundidad a los Estados nacionales.

Dado que la expresión es “Estado nación” o “Estado nacional”, la relación que el Estado pueda tener con lo que entendamos por “la nación”, tiene un papel preponderante.

Hay, dentro de las múltiples posibilidades, cuatros orígenes centrales para los Estados nacionales:

1. Primero se conformó el Estado y luego la nación. Son los Estados que compusieron el sistema de Estados que resultó después de la paz de Weestfalia, en 1648. Los actores principales aquí fueron juristas, diplomáticos y militares.

2. Primero se conformó la nación y luego el Estado. Son las que algunos llaman las “naciones tardías”, como Italia y Alemania. Los principales actores fueron aquí historiadores, eruditos, intelectuales.

3. Los que fueron descolonizados (post Segunda Guerra Mundial). Principalmente África y Asia. Es característico de ellas el adquirir soberanía mucho antes de ganar la institucionalidad propia del Estado.

4. Los que se formaron después de la caída de la URSS, en Europa oriental y sudoriental. Lo más recurrente aquí han sido los procesos violentos. La norma han sido la conformación de movimientos etnonacionalistas.

Si seguimos las intuiciones históricas de Hegel, veremos que los Estados nacionales surgieron para dar una respuesta a las formas de integración social que demandaba una modernidad temprana.

Hoy, según Habermas, nos encontramos en una sitación análoga.

La globalización, el desarrollo de la tecnología y los medios de comunicación, así como el gran cambio en la economía internacional, en la industria y en la ecología del planeta, nos generan nuevas interrogantes, problemas y retos que deben ser abordados por una humanidad para la que los Estados nacionales cada vez son más “chicos” e “insuficientes”.

Habermas considera que la tendencia es a un orden global y cosmopolita, del que las instituciones internacionales y regímenes actuales son un mero e incipiente comienzo.

Pero para poder comprender bien nuestro futuro, necesitamos comprender bien el pasado y su devenir histórico. Por eso la primera pregunta es esencial:

¿Qué es el Estado (nacional moderno)?

La respuesta inicial es la de un poder soberano al interior de un territorio y para el exterior, dentro de un sistema de Estados internacional.

Eso en lo que concierne a la delimitación espacial, temporal y geográfica.

En lo que respecta a lo social, el Estado está delimitado por un conjunto finito de seres humanos, una totalidad de miembros que es entendida, desde la modernidad, como un pueblo (Staatsvolk).

Esto trae un orden jurídco específico y particular que el pueblo, de alguna manera, se autoimpone.

La expresión “nación” añade a la noción de “pueblo” un rasgo esencial: el origen común, la tradición, las raíces, las costumbres, la cultura. En pocas palabras, una historia común.

En el plano institucional, el Estado moderno obtendrá el monopolio legítimo de la violencia y de la coerción.

Tendrá una institucionalidad especializada y bastante compleja, que obtendrá sus recursos mediante la recaudación de impuestos.

Funcionarios especializados (burocracia) son aquí fundamentales, así como un ejército nacional consolidado, una policía y un sistema penitenciario.

La soberanía pues, tiene que ver aquí con el poder mantener el orden, la paz y la seguridad al interior del Estado mismo, dentro del territorio que reclama como suyo y que es reconocido como tal por sus miembros y por el resto de Estados.

Esta relación con el exterior debe llevarlo a poder competir en condiciones medianamente iguales y a ser considerado como un Estado que cuenta con los mismos derechos que cualquier otro Estado soberano.

Otro factor esencial es la distinción entre Estado y sociedad civil.

Las tareas administrativas son del Estado y las productivas, fundamentalmente, de la sociedad civil, a  través de una economía de mercado independiente.

Lo que el Estado provee es el marco jurídico que hace de condición necesaria para regular las reglas de la competencia económica y del intercambio.

Esta diferenciación entre Estado y sociedad civil se refleja, finalmente, en la diferenciación que la ciencia jurídica hace entre derecho público y derecho privado. De esta manera, el ciudadano gana cierta autonomía privada.

Las naciones mantienen lazos ce cercanía geográfica, de cultura, mantienen una lengua común, costumbres y tradiciones, pero no tienen necesariamente una forma unitaria común de organización política de tipo estatal.

Al surgir la nación, ésta se convirtió en el vínculo más real y efectivo de solidaridad entre las personas.

Habermás sintetiza el logro de la tarea del Estado de la siguiente manera:

“El mérito del Estado nacional estribaba, pues, en que resolvía dos problemas en uno: hizo posible una nueva forma, más abstracta, de integración social sobre la base de un nuevo modo de legitimación” (pág. 88).

El Estado, al secularizarse, tuvo que buscar otras maneras de legitimarse.

La modernización creciente trajo también problemas de integración social. Para resolver ambos problemas el Estado desarrolló una fuerte movilización política.

La ciudadanía pudo proveer niveles de solidaridad mediada jurídicamente que le dio al Estado la legitimidad secularizada que necesitaba.

El Estado democrático de derecho logró que la pertenencia al Estado significara más que una relación de súbditos soberanos: los ciudadanos participaban del poder político.

El ser humano paso de ser miembro, a ser ciudadano. Los derechos liberales y políticos le dan al ser humano, que pertenece a un Estado, cierta autonomía privada y pública.

Pero para que este impuso, de tipo político y jurídico, sea realizado de manera efectiva, se necesitaba de algo que pueda generar, de manera más enérgica (corazón, alma), la movilización política deseada. Esto lo consiguió la idea de nación.

La consciencia de pertenencia común, en términos históricos y culturales, hizo que los súbditos devengan, efectivamente, ciudadanos de una comunidad política, jurídicamente mediada.

Son miembros que se sienten unidos entre sí, y que mantienen lazos recíprocos de solidaridad y de responsabilidad entre ellos.

Este espíritu común o “espíritu del pueblo” (Volksgeist) es la forma moderna por antonomasia de identidad colectiva: la nación. este será el substrato o la sustancia cultural que requería la forma estatal constitucional para poder surgir y mantenerse, de manera vinculante sin ser, principalmente, coercitiva.

Este vínculo sustancial y enérgico que provee la nación, en un plano externo e internacional, puede devenir el ideal de la “supervivencia” o “autoafirmación existencial de la nación”.

Aquí parecen haber dos caminos, según Habermas: Kant o Hobbes, es decir, el ideal de una paz perpetua cosmopolita, o el reconocimiento de una lucha entre Estados inevitable.

Sin embargo, antes de entrar en ese problema fundamental, debemos regresar a abordar las tensiones inherentes que los logros del Estado nacional traen consigo. Fundamentalmente, es la tensión entre la universalidad y la particularidad:

“En las categorías conceptuales del Estado nacional se encuentra incrustada la tensión entre el universalismo de una comunidad jurídica igualitaria y el particularismo de una comunidad con un destino histórico” (pág. 91)

La pugna es entre concebir el sistema internacional de bajo un ideal cosmopolita o etnocéntrico.

Habermas cree que una manera viable de conciliar el ideal universalista, dentro del marco de los Estados nacionales, es a través de un concepto no naturalista de nación.

La idea es llevar a su radicalidad ese principio de solidaridad que la nación trajo consigo, para consolidar la universalidad propio de un mundo cosmopolita.

El nacionalismo naturalista genera la ficción “orgánica” de una sustancia que precede que unifica a la comunidad a través de un “origen común”.

Esto se logra con mitos nacionales artificiales.

Los gobiernos y las elites políticas sacan mucho control y poder político al explotar estos recursos de poder psicosocial. Esta lucha belicista por el prestigio y la gloria deviene en impulso imperialista y en guerra inminente.

Es un recurso muy efectivo para movilizar masas, ejércitos y para garantizar lealtad al poder estatal.

Habermas piensa que el Estado nación, para poder sobrevivir, necesita abandonar esa fuerza impulsora que, en un momento histórico determinado, sirvió para unificar y consolidar la mediación jurídica de las comunidades políticas de manera legítima.

La idea es, en analogía con Wittgenstein, la de tirar la escalera, ahora que ya hemos subido a través de ella.

Pero, como vivimos en un proceso creciente de globalización y multiculturalidad, necesitamos de algo que reemplace de manera efectiva eficaz a aquel nacionalismo naturalista y orgánico, si es que queremos realizar el ideal cosmopolita de paz, libertad y racionalidad.

La pregunta esencial es: ¿Cuál podría ser ese equivalente funcional?

Para lograr este objetivo, Habermas considera necesario desconectar a la cultura política de las subculturas y de las identidades prepolíticas.

Se necesitan principios constitucionales que estén por encima de cualquier etnia o diferencia cultural.

La expresión que acuña Habermas, como la que debería hacer de equivalente funcional del nacionalismo naturalista, es la de “patriotismo constitucional”.

Para que los principios constitucionales puedan tener tal grado de fuerza, en la integración social solidaria entre individuos, Habermas piensa que no bastan el mero decreto de derechos políticos, civiles y sociales.

La cuestión principal tiene que ver con lo siguiente:

“Los ciudadanos deben poder experimentar el valor de uso de sus derechos también en la forma de seguridad social y de reconocimiento recíproco de las diferentes formas de vida culturales. La ciudadanía democrática desplegará una fuerza integradora, es decir, creará solidaridad entre extraños, si se hace valer como un mecanismo con el que se realicen de facto los presupuestos para la existencia de las formas de vida deseadas” (pág. 96).

Esta perspectiva fue sugerida, según Habermas, por los Estados de bienestar. Ellos lograron, en el lapso de una generación, mejorar significativamente la calidad de vida de los ciudadanos. Ese status fue el que vinculó más a los ciudadanos entre sí.

Una economía completamente desregulada, en un contexto globalizado, tiende a generar desempleo y a generar una subclase desatendida.

La tasa de criminalidad y de protestas sociales aumenta y el Estado tiene que invertir en medios represivos.

Lo importante acá, es que los grupos sociales marginados de los Estados nacionales no tendránn este vínculo de solidaridad hacia la comunidad, ni sentirán que sus principios constitucionales velan por ellos.

En pocas palabras, se genera la desilusión y abandonamiento del ideal comsmopolita universalista, en pro de identidades grupales étnicas, más pequeñas, particulares y excluyentes.

Habermas piensa, no solo en mejorar el soporte de bienestar de los Estados nacionales, sino que mira con esperanza la conformación de verdaderos y efectivos sistemas supranacionales.

Un tribunal supranacional es lo único que podría hacer efectivo, realmente, un derecho internacional para los Estados.

Lo contrario a esta lógica universalista sería la emergencia de etnonacionalismos, a sobre todo a través de la multitud de Estados que se han conformado a la caída de la URSS.

Habermas considera que dicho término es poco inocente, ya que confunde y encubre cuestiones disímiles.

Los términos originales son “ethos” y “demos”. Lo que buscan definir como etnonacionalismo es un origen común y una misma pertenencia, ligada esencialmente por lazos de sangre.

El problema es que obvia por completo la historia política, la orden jurídico y al Estado de derecho, además de las dinámicas propias de la comunicación de masas.

Lo que debe tenerse en cuenta es que la nación no es algo dado o previo a la modernidad.

Todo lo contrario: es algo que surge con ella y que busca unificar algo que no estaba unificado a través de una serie de creaciones, como los mitos nacionales, es algo enraizado de un pasado ficticio:

“La idea de nación apunta al supuesto de que el demos de los ciudadanos tiene que estar enraizado en el ethos de los miembros de un pueblo para poder estabilizarse como asociación política de miembros libres e iguales de una comunidad jurídica, Supuestamente, la fuerza vinculante de la comunidad republicana no resulta suficiente” (pág. 110).

Habermas sostiene que es el status de ciudadano el que debe ahora fungir de fuente secular de legitimación, debe de ser el nuevo plano para la integración social que es mediada por el derecho.

Schmitt es la primera propuesta que Habermas examina para comprender las tensiones entre el Estado y la nación.

Y es que Schmitt considera que la homogeneidad sustancial es una condición necesaria para el ejercicio democrático del poder político.

La limitación de Schmitt, para Habermas, radica no pensar que el espacio común tiene que ver con la intersubjetividad, con el entendimiento común que los ciudadanos logran entre sí, reconociéndose recíprocamente como libres e iguales.

Lo que Schmitt hace es cosificar esto bajo la idea de “homogeneidad”.

El trato igual está, desde esta perspectiva, determinado por el origen nacional común.

La ecuación que se hace es: “igualdad democrática= igualdad sustancial”.

Solamente quien participa de la sustancia es un igual.

Lo que pueblo reunido quiere es lo bueno, ahí se encuentra la decisión.

En pocas palabras, se trata de una democracia directa donde “todos quieren lo mismo”.

Como la pertenencia es interna y no externa, lo cosmopolita es imposible.

No puede haber una democracia de la humanidad, lo único posible es la democracia de un pueblo.

Frente a esto está la idea de un pueblo o nación que surgen en el proceso mismo de la creación del Estado, a través de un contrato social. Son los seres humanos los que aceptan reconocer ciertos derechos a los demás. Lo fundamental, aquí, es la idea de un procedimiento para la autolegislación democrática.

Así, la visión procedimentalista busca erigirse por sobre la visión sustancial.

Esto es así, porque se considera que aquí pueden generarse condiciones procedimentales que permitan el acuerdo normativo racional entre extraños, sin tener que descartarlo por la necesidad de apelar a un acuerdo prepolítico, fundamento en una homogeneidad sustancia previa.

Lo que hay no es un contrato propio del derecho privado, entre intereses puramente egoístas, sino que, más bien, lo que tenemos es la práctica deliberativa y comunicativa de participantes que desean tomar decisiones que sean motivadas racionalmente.

Lo que esto trae como resultado es una política inclusiva que busca incorporar a todos los ciudadanos.

Habermas nos contrapone, de manera clara, la visión sustancialista y procedimentalista en el siguiente pasaje:

“La comprensión sustancialista de la soberanía popular relaciona la <<libertad>> esencialmente con la independencia exterior de la existencia de un pueblo; la comprensión procedimentalista, en cambio, con la autonomía privada y pública garantizada de igual modo para todos en el seno de una asociación de miembros libres e iguales de una comunidad jurídica” (pág. 118)

Habermas piensa, de esta manera, que la teoría de la comunicación puede superar los impasses que nos presentaban las concepciones etnonacionalistas, schmittianas, hegelianas y comunitaristas.

Esta manera de entender la soberanía plantean distintos caminos acerca si es posible que un Estado se inmiscuya en los asuntos de otro.

Habermas piensa que en materia de derechos humanos es necesario, y considera que el impasse schmittiano tiene justamente a negar de plano esa posibilidad.

El problema que se presente es el de cómo configurar actores supranacionales con poder efectivo.


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